jueves, 30 de julio de 2020

YACHAQ ILLA: «Teatro de la tierra» Entrevista a Fernando Medrano

Teatro intenso y del pueblo. La mayoría de estrenos se hicieron en las instalaciones del Teatro Municipal de Puno.

1) Cuéntanos cómo se dio y en qué circunstancias el nacimiento del Centro de Investigación Cultural – Teatro «Yachaq Illa». ¿Qué pasaba en ese tiempo en la ciudad, qué otros grupos existían? 

Es una propuesta elaborada el 2008, por tres jóvenes puneños: Edwin Challapa, Vilma Leque y Lourdes Maquera. Ellos tuvieron la iniciativa de crear algo auténtico, algo con raíces propias; previamente estuvieron integrando otro grupo de teatro llamado «Puku – Puku» y aprendieron muchas cosas, pero querían lanzarse a una aventura que los completara por dentro y felizmente, se concreta la idea de «Yachaq Illa» (ambos términos provienen del quechua y se traducen como: «amuleto del saber» o «sabio amuleto») y ya ves que de entrada, lo que quieren es revalorar nuestros idiomas primigenios, nuestra cultura inagotable, la de nuestros ancestros. Hay que recalcar que lo que fundan no solo es un grupo de teatro, si no un Centro de Investigación Cultural, una apuesta bastante arriesgada para tan solo tres integrantes. Lo que pretendían estos activistas era recopilar e investigar la literatura oral de los pueblos altiplánicos, sus costumbres, sus fiestas, sus rarezas, danzas en peligro de extinción. La búsqueda, necesariamente, debía hacerse por toda la región de Puno, y con todo ese material elaborar obras de teatro. La fecha exacta del nacimiento del grupo es el 26 de junio de 2008. 

El movimiento teatral era pobre en esa época, no había un público educado para tomar en serio el teatro y acudir a él. Pocas eran las instituciones que abogaban por la cultura, se desconocía que el teatro podría crear un tipo de industria. Estaban: «Puku – Puku» y «Tawa», dos grupos que persistían, que no dejaron que el teatro se muriera, y que tuvieron recordadas apariciones; además se trataba también de teatro ambientado en nuestra realidad. Muy poco se sabía de la importancia de la etapa anterior: Los 80’s y los 90’s con «Escena Inka» y el «Grupo Yatiri», que fueron la semilla para todo lo que vino después. 


2) Haznos un repaso de toda la etapa previa a tu llegada. ¿Qué obras se realizaron y dónde? ¿Hubo trabajo con la comunidad? 

Algunas de ellas son «Hatun juez», una propuesta denominada «Cenicienta», la conocida «Se vende una mula», «Salvemos la Pachamama». La que considero más importante fue: «Candelaria». Esta obra ya estaba en creación cuando arribé al grupo, es una obra que muestra a los personajes que están «detrás» de la fiesta, que muchas veces no vemos: La vendedora de velas, las beatas que cambian de atuendo a la virgen, el celador, el alferado, etc.; al final todo confluye en una tragedia. 

Después, «Pagar y no pagar» fue una de las primeras obras de teatro que vi en Puno, en la inauguración del remodelado Teatro Municipal de Puno, en 2014; dicho sea de paso, esta remodelación tuvo muchísimas deficiencias que hasta ahora se mantienen. En la obra actuaban Edwin Challapa y Madeleine Zapana, integrantes de «Yachaq Illa». 

En cuanto al trabajo con la comunidad, antes de mi llegada, lo que sé es que ellos estuvieron muchas veces de gira por toda la selva puneña y en ocasiones también al sur de la región, siempre de la mano de proyectos del Gobierno Regional de Puno y del Núcleo de Salud. Llevando a esos hogares, a través del teatro, la clarificación de temas sociales como el presupuesto participativo, los males de la rabia, cómo combatir la anemia, también obras lúdicas para niños, qué es una buena alimentación, etc. Es lo que más me emocionó del grupo, su contacto con la gente. 

En sus inicios el grupo apostó por obras propias. Aquí se puede ver el montaje de «Candelaria».

3) Cuéntanos quién te invitó a participar en el grupo y cuál fue la primera actividad que desarrollaste, qué es lo que te encontraste. 

En el año 2010, cuando cursaba mis estudios de Educación Superior, conocí a Cesar Cutipa y Edwin Challapa, ellos fueron los que me integraron a «Yachaq Illa». Mi ingreso se dio muy lentamente. Sobre todo, le debo mi adición al grupo a la perseverancia de Cesar Cutipa, en ese entonces no era de mi interés el ámbito cultural y, a veces, hasta huía de las reuniones del grupo y él me alentaba, me hacía ver que el teatro era de vital importancia para una sociedad. Poco a poco fui implicándome cada vez más, me fui enamorando perdidamente. 


4) Creo que a partir del 2016 el grupo fue creciendo cada vez más, se da apertura también a otras ramas artísticas. Cuéntanos cómo fue esta etapa hasta que asumiste la presidencia. 

El grupo adoptó la costumbre de presentar una obra teatral diferente cada año y paulatinamente participábamos en algunos eventos creados por algunas instituciones culturales. El año 2015 fue un buen punto de partida, pues hubo una cohesión entre todas las agrupaciones culturales, y esto dio pie a utilizar varios espacios como La Casa de la Cultura, el Teatro Municipal, el Cetpro de Arte, etc. Se hacían, por ejemplo, «Los jueves culturales». Esa continuidad nos exigió la presencia de un director y la convocatoria de algunos amigos para montar obras más grandes, y también se sumaron a nosotros algunos personajes de la escena cultural hermanados al teatro, al arte en general. Es así que, a mediados del 2016, se abre un taller de teatro con nuestro recordado y querido amigo Lizandro Aguilar Cotrado. Se suma a nosotros y dirige varias obras y también dicta talleres de teatro, él ya tenía una extensa experiencia en este campo, había seguido cursos de teatro y montado varios espectáculos en otras ciudades. Fue algo fundamental para muchos de nosotros, ya que en la ciudad no había talleres de teatro. 

Uno de los emblemas del grupo: los pasacalles musicales por el centro de la ciudad.

5) Una vez asumida la presidencia: ¿Qué iniciativas tomaste? ¿Cuáles eran los patrones de trabajo? ¿Cómo fue la agenda en el plano laboral con distintas entidades con las que trabajaron? Háblanos un poco de los viajes que realizó el grupo. 

Fue una sorpresa asumir un cargo tan importante, he reconocer que yo no estaba preparado para ello y menos me lo había imaginado, pero ya teníamos muchas propuestas y proyectos y además hubo mayor cohesión entre grupos culturales. La cosa no podía parar. Casi semanalmente había alguna actividad y nosotros nos sumábamos, siempre con mucho entusiasmo. El grupo fue creciendo, de pronto de ser 8 o 10 ya éramos más de 20. En nuestras galas en el Teatro Municipal empezamos a tener bastantes invitados, sobre todo en danza, pero también estaban los músicos, los poetas, y claro, grupos de teatro que nacían. Dichas galas a veces duraban tres horas. 

Desde que asumí la presidencia, en el 2018, el paso fue ampliar un tanto el rumbo y hacer que crezca el grupo en varias direcciones. Comenzamos un proceso de retroalimentación, esto quiere decir que los integrantes debían de formarse artísticamente y, a la vez, enseñar a otros, entonces se dio inicio a la etapa de los talleres para estar preparados a futuros proyectos. Taller de creación de máscaras, de artes plásticas, de poesía, de música, de dramaturgia. Antes nos veíamos dos veces por semana en nuestro centro de ensayos y talleres y de pronto ya las sesiones abarcaban cinco días de la semana. 

Se creó una alianza con las instituciones principales, como la Dirección Desconcentrada de Cultura de Puno, Educación Comunitaria Puno, Zumbi (ONG de Educación, que trabaja con niños) y Manuela Ramos; los cuales reconocieron nuestro trabajo y se convirtieron en aliados estratégicos para muchas de nuestras actividades en bien de nuestra cultura. Nos llevaron a diferentes distritos de nuestra región llevando obras para niños, activaciones teatrales con temática social y artística en pro de la salud pública. Donde otros grupos e instituciones no llegan nosotros llevamos teatro, poesía, danza. Nuestro público predilecto siempre va ser el pueblo, el ciudadano de a pie con sus hijos al hombro. En los pueblos, los niños nos perseguían, se sumaban a los pasacalles como si fuéramos artistas famosos reconocidos. Muchas veces padres y niños reconocían nuestra carpa azul y se alegraban de que estuviéramos ahí. En general disfrutaban de nuestro espectáculo y que además dejaba un mensaje social y cultural. Todos los integrantes revelan que esos viajes fueron altamente enriquecedores, crecimos como personas. 


6) ¿Cómo ves la congregación de los varios grupos de teatro en un solo colectivo, en este caso «Ruraspa»? 

Fue genial el encuentro con todos los grupos de teatro de la ciudad. Nos llegamos a conocer muy bien. Esta asamblea, en parte, fue por iniciativa nuestra, tenemos muchas ganas de que funcionen las cosas, de que las políticas culturales den verdaderos frutos y que el esfuerzo de cada una de las instituciones sea recompensado. Por esa época hicimos un conversatorio donde participaron los principales grupos de la región para hacer un recuento de toda la historia del teatro en Puno y que además se exponga el trabajo de tantos y tantos activistas. Revaloramos la obra de Inocencio Mamani, uno de los padres del teatro en el sur peruano, realizamos dos de sus obras con una afluencia masiva. 

Con «Ruraspa» recién vamos empezando, tenemos muchos proyectos a largo plazo, siempre con la contribución de cada grupo teatral. A veces hay que dejar del lado intereses propios y agruparnos para representar a toda la región en las artes escénicas, situarnos en un pedestal alto a nivel nacional. 

La visita a pueblo y comunidades, llevando teatro, es algo que nos colma de alegría. En el medio se puede observar a la actriz y educadora Ameth de Lune, rodeada de niños.

7) Ya en el plano de las ideas, ¿a qué sectores de la población va dirigido vuestro trabajo?, ¿cuáles son los principales ejes del grupo?, ¿qué grandes trabajos de investigación cultural han desarrollado? 

Siempre nos han preguntado esto y respondemos lo mismo: Nuestro trabajo es para nuestra tierra, para nuestro ayllu, para los niños, para nuestra gran nación, para nuestros hermanos, para nuestros padres. Nos damos el trabajo de recopilar, reconocer, nuestras costumbres y tradiciones para transformarlas en un guion teatral o también en alguna ponencia, o en una danza. Hemos recopilado varios cuentos altiplánicos y le dimos voz a las aves y a las flores en la obra «Alas de Kantuta», con un mensaje muy bello de que hay que cuidar y proteger nuestra Pachamama. Hemos realizado ponencias magistrales como «El mensaje oculto de Wirakocha» por Raimy Zen Seven, «Solsticio de invierno» por Fernando Medrano Verano, y «Esencias femeninas en el altiplano», dictada por mí. Tenemos ya un elenco muy grande de danza. Varias instituciones han reconocido nuestro trabajo. 


8) «Alas de Kantuta»: Cuéntanos cómo fue la experiencia de dirigir una obra propia. 

Se trata de un triángulo amoroso entre el cóndor, el colibrí y una ñusta de nombre Kantuta; pero luego hay mas de quince personajes en escena. Dividida en cuatro partes, abarca casi una hora y media. Es valioso el mensaje de preservación de la vida, de un amor incondicional a nuestra tierra y el deber de protegerla, de vigilar de que continúe floreciendo, que sigan esos ciclos reproductivos. Ahora, el dirigir una obra teatral de tal magnitud, con un equipo de más de treinta personas, definitivamente fue complicado, pero a la vez me abrió nuevos horizontes. Ensayamos más de tres meses casi a diario, fue algo satisfactorio ir perfeccionando las escenas, agregándole más cosas, detalles. Fue un trabajo diferente a los demás, ya que por primera vez en Puno se hizo posible la ópera teatral con propuestas líricas propias tanto en quechua y castellano, los personajes decían su diálogo cantando, el escenario era magnífico, repleto de flores, fue algo gigantesco. Y bueno, el público se quedó muy contento, hicimos cuatro funciones en Puno y dos en Juliaca a finales del 2019 e inicios de este año, y prácticamente hubo un aforo elevado en todas ellas. Recopilamos las opiniones de la audiencia y en general tuvimos críticas muy positivas. Les gustó nuestro trabajo. 

Un equipo de más de treinta personas hizo posible el estreno de la obra «Alas de Kantuta»

9) Proyectos futuros y cómo está afrontando el grupo esta pandemia global. Háblanos de la «Familia Yachaq Illa». 

Tenemos en la casa muchos proyectos los cuales quieren y deben surgir, pero necesitamos paciencia. Por el momento los que están más pronto a salir son dos obras teatrales que están en stand by por la cuarentena: «Los Kukuchis» y «Los guardianes (Lupi y Phaxsy)». Y algunos eventos como el «Gran Maratón Teatral» con los colegios de la región. También mencionar el «Pukllasum II», un evento para todos los que conservan su espíritu de niño. 

La cuarentena ha afectado hondamente nuestros proyectos de este año e incluso del que viene, pero el deber de los agentes culturales y organizaciones es continuar de cualquier manera por el bienestar de nuestra cultura y de nuestros jóvenes que sin el arte no tendrían una razón de ser, no tendrían identidad. Mediante plataformas virtuales continuamos con nuestro trabajo, hacemos transmisiones en vivo: performance, poesía, monólogos, damos talleres de pintura, dibujo, hacemos acústicos con músicos invitados y tenemos ahora un taller virtual de teatro. Actualmente, cada lunes hay algo nuevo en nuestra página de Facebook. 

Somos, efectivamente, una familia. Entre nosotros nos damos apoyo, muchos de nuestros integrantes están pasando este tiempo con sus familias en sus lugares de origen, así que hacemos reuniones virtuales para encarar el futuro, pero también para informarnos de cómo estamos. El mundo va a cambiar, nosotros, los artistas, tenemos que presentir qué es lo que va a pasar, todas nuestras células apuntan hacia la creación. 


En un conversatorio - debate acerca de la realidad del Teatro Puneño: De izq. a der: Guadalupe Estofanero, Fernando Medrano, Julissa Paredes, Leo Cáceres y Raúl Tomaylla, en la Casa de la Cultura de Puno (2018).

jueves, 23 de julio de 2020

ALBERTO MOSTAJO: «Canción infinita»




I

Estoy de vuelta,
de muy lejos de la vida.
Traigo en mi alforja
un puñado de todas las cenizas.
He golpeado taciturno
Los caminos sedientos de tragedia.

Poliforme trajín
De esa mecánica comercial.
Sombría oscilación de sueños.
Martilleo incesante de tumbas.
Todas las tintas ensayan
sus colores sobre los horizontes.

Un siniestro labrador
ha pasado tres veces 
su arado sobre mi corazón.


X

Ni una línea,
ni una vertical amiga
en el plano oscilante de mi soledad.
Espejo fugaz de la mañana.
Siento apenas las contorsiones
del esqueleto musical del recuerdo.
Cesa mi pluma de pintar
en el circo cuotidiano de las orbes.

Tumbos de fuerza para la sed
vigilante de mis ansías.
Mágicos carteles del movimiento:
en el jalope de sus venas incrusto
las aristas pensantes de mi nombre.
En vano danza en mi cielo
el hechizo comercial de la esperanza.
Dialogando conmigo mismo,
simplifico el sentido de la Tierra
con la lente total de mi pensamiento. 


XIII

Parto en dos el harapo
arrogante de las horas.
Me siento más fuerte
que nunca en este agitado
comercio de motores dispersos.
Campanas de mis puños
sobre los cuatro
girones crepusculares.
Herméticamente entierro
en los senos de la Tierra
el teclado incesante
de una larga correspondencia.
Interrogatorio quemante
de la noche enlutada.
Con espiral de imanes
escribo en la frente de la Vida
la mayúscula de mi nombre.

Extraño rondar edades.
De mis entrañas arranco
una mágica hilera
de puñales pensantes.
Siento a las ruedas de mi credo
estrujar el esqueleto del hombre errante.


XIV

Miro lo ilimitado. Caminan mis ojos
a la estación de todos los viajeros.

Están cerradas las puertas.

Sed de desierto en los senderos.

En los cuatro puntos cardinales
está triste la materia
y visten luto las montañas.

Festín de voces en las alturas.

Entre cenizas, vivos y muertos
mezclan las migas de sus instintos.

Derramando siglos, pasta
el Tiempo… rebaños de Universos.


BONUS


POEMA

La calle se viste de luto
y está sola de amigos.
Soy el único caminante
que amasa sus veredas
con golpes bien marcados.
Trayectoria cíclica
de mi nocturno amor.
Los postes taciturnos
están desnudos
de cortinas familiares.
De tanto pasar por los arcos
de las casas, mi nuevo sombrero
tiene ya el aspecto
de una tumba sin color.
En la pizarra eléctrica del cielo
se clavan los signos de mi nombre
como una llamarada azul.

Hoy, en mi mesa de trabajo,
pongo un manojo de papeles
mojados de tanto llorar.


ALBERTO MOSTAJO RIQUELME
(PUNO 1896 - AREQUIPA 1984)

Cursó estudios iniciales en el Centro Escolar 881, que dirigió el emblemático José Antonio Encinas. Prosiguió estudios en Lima, en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe. Años después regresó a Puno y, a pesar de sus gusto marcado por la literatura, no mantuvo contacto con la generación Orkopata. Su desmedida pasión por la vanguardia lo motivó a publicar, en 1925, «Cosmos». Su segundo libro de poemas se tituló «Canción infinita», los poemas presentados en este post pertenecen a este libro. Dejó inconcluso un tercer libro de poemas: «Rayos X», ya que una decisión familiar lo condujo, severamente, hacia el hospital psiquiátrico Víctor Larco Herrera, aduciendo que el poeta mostraba ya una avanzada esquizofrénia. Auxiliado por su hijo, salió de Larco Herrera en 1982 y finalmente murió en Arequipa en 1984. En las últimas décadas su obra se ha revitalizado y recuperado su esplendor. 

Fotografía: Fotograma de la película «El gabinete del Doctor Caligari», de la cual se han cumplido 100 años, en febrero.

lunes, 6 de julio de 2020

FILONILO CATALINA: «El monstruo de los cerros»



Todo El Callao amaneció aterrado al hallarse la última de las víctimas del «Monstruo de los cerros», en el cerro «La Regla», ubicado en el barrio «Ciudad de papel». Al parecer se trataría de una mujer trigueña de aproximadamente 19 años, que fue encontrada por un reciclador que se negó a dar su nombre. La víctima fue hallada al igual que las nueve anteriores víctimas (desnuda, de cara al suelo, con la cabeza apuntando hacia la salida del sol y con las manos atadas). Lo sorprendente es que a diferencia de las anteriores víctimas, está vez se encontró un mensaje escrito alrededor del cuerpo, sobre la tierra, y según los especialistas lo habría escrito con sus propias manos el asesino. A continuación reproducimos sus palabras: «Todos nacemos con un vacío que en el transcurrir de nuestras vidas nos empeñamos en agrandarlo lo suficiente, como para que pueda ser llenado, cómodamente, por la muerte».

«El Comercio», 08 de abril de 1999





AUTORRETRATO 


Yo también
fui un señor de lentes
que por las tardes
—siempre después del maldito tráfico—
regresaba con hambre a casa
perdido
caminando entre señales de tránsito
con el semáforo
indicándonos el tiempo reglamentario de nostalgia
y la vida acusándonos con esa inmensa fila de autos

aprendiendo a ser noche
recogiendo las estrellas 
que resbalaban por nuestro rostro
echándonos la vida y la familia en la billetera
con una casa que los domingos olía 
a pescado frito
cebiche fresco
y
cebada fermentada

estudiando
la mejor manera de robar las manecillas al tiempo
echando espuma
echando baba

llorando...
incluso por otras penas
esperando luz verde
deseando
—más aún cuando anduve borracho—
la muerte y la mujer ajena

columpiándome
en las piernas de una mujer que gime 
y dice que me ama

yo también
—como cualquiera—
di
un tierno beso a la frente de mi madre
un sábado por la noche
antes de salir a esa juerga interminable.





NOTICIA DE PERÍODICO AMARILLO


Se sabe que antes de matarlas
danza con un poco de tierra en la cabeza
y llora mientras las mata
recita una extraña plegaria
(mezcla de Sánscrito y vulgar Arameo)
—se presume que sea poeta—

después
acaricia paternalmente sus cabezas
y concluye el asesinato
con un beso en el dorso de cada mano.





NOTICIA DE ÚLTIMO MINUTO


Confirmado
la sucesión de asesinatos
sólo fue
la mascareta
de un poemario dominguero
que
se publicará
póstumo al suicidio 
de un sábado desilusionado.



LAMENTO II

Cada vez que amanece
despierto con un extraño remordimiento
y otra vez le hablo a mi zapato 
tratando de escribir algo
marcando
cualquier fecha en el calendario
... escapando

no le alcanza a mis ojos 
el sol que nos despierta cada mañana
y
cuando oscurece
le juego a la noche mis huesos mis carnes 
y todo cuanto traigo

a veces escribo un poema
y lo envuelvo en una flor
entonces siento vergüenza 
porque veo agrandarse mis ojos

sabía
que la mujer crece 
cuando esta desnuda

ahora sé que el hombre crece 
cuando está solo 
y se hace terriblemente pesado

llegué vivo
una mañana de verano
y
lloré
lloré como sólo lloramos nosotros
porque me encontré
durmiendo
intacto 
y
divinamente bello.




DESPEDIDA Y ARREPENTIMIENTO


Me voy desdentado hasta en los pies
los ojos de nadie son ya mi refugio
y yo
no soy refugio de nadie

me voy y las noches 
ya no me sorprenden
ni siquiera
las señaladas para las fiestas 
con su maquillaje de mujerzuela

me voy
pero dejo a mi madre
ella
como siempre
rezará apretando en sus manitas 
lo poco que queda de mí

también dejo mis ojos
más negros y más grandes que la caída de Lucifer
caminaré tras el dulce signo de la muerte
(esa mujer que alarga su brazo
y se posa
lentamente en nuestras frentes 
como el dulce beso que ofrece al hijo la madre)
caminaré pasos que jamás me revelaron
dios
ya nada me queda 
y quizá por eso te recuerdo

temo llorar
porque quizá llore lechuzas 
que no adivinen la muerte de nadie

me voy
y tal vez sólo me lloren
los ojos de mi madre.


Estos poemas forman parte del libro «El monstruo de los cerros», impreso por vez primera el año 2000 por la editorial «Tríangulo», en Arequipa - Perú.

FILONILO CATALINA
(Coaza - Puno 1974)

Poeta y gestor cultural. Estudió Literatura y Linguística en la Universidad San Agustín de Arequipa. Obtuvo el Premio Copé de poesía peruana en el 2005. Ha publicado los libros: «El monstruo de los cerros» (2000), «La canción de la cucaracha» (2003), «Poesía» (2006), «Pájaros al viento» (Khala Editores, 2010), «Estigmas» (Cascahuesos Editores, 2011), «Arquitectura de pájaros» (Cascahuesos Editores, 2013), «Primer accidente universal» (Rupestre Ediciones, 2015), «Pop esía» (Rupestre Ediciones, 2015), «Movimiento Perpetuo» (Rupestre Ediciones, 2017). Ha obtenido los primeros lugares en el I y II Concurso Literario de Cuento, Poesía y Ensayo Breve, organizado por el semanario «El Búho» en 2007 (cuento) y 2008 (poesía). Ha obtenido el primer lugar en el Premio Internacional de Poesía «El país de Ofelia», realizado en las Islas Canarias - España, en el 2016. 

Foto: Yoni Lerner. Gente agolpándose delante de un puesto de periódicos en las calles de Lima en busca de los titulares, el monstruo podría ser cualquiera de ellos. 

lunes, 22 de junio de 2020

LUIS GALLEGOS ARRIOLA: «Dicen que nos van a dar tierras»





A Cecilio Quispe 

     La tarde comienza a declinar, las montañas se cubren de sombras, el lago se tiñe de un color azul y el sol pierde todo su brillo para viajar a otros mundos. A esa hora, al calor de los últimos rayos solares, las familias campesinas se reúnen en el Q’oñi K’ucho, el rincón abrigado, donde las tardes son tan tibias y apacibles que invitan al descanso y a la conversación. 

      El Q’oñi K’ucho es un canchón cercado con piedras y rodeado por coposos eucaliptos y retamas fraganciosas. Se ubica a la espalda del conjunto de las casas, al otro extremo, donde todas las tardes duerme el sol. Los hogares de los campesinos, desde los más humildes hasta los más primorosamente arreglados tienen su Q’oñi K’ucho. En este lugar se reposa. Las madres y sus hijas se asean. Inicialmente las hijas la rodean, la colman a la madre de infinitas caricias, luego desatan sus trenzas ya marchitas y las exponen al sol de la tarde para que le devuelva el prístino brillo y el color endrino de los años primorosamente transcurridos en la soledad del campo y la vida casi primitiva de las aldeas andinas. 

     Las hijas inician el peinado y el trenzado que terminan en dos gruesas trenzas que se ocultan debajo del rebozo multicolor. Y la madre, recíprocamente, trenza a sus hijas, empezando por la mayor para terminar con la menor. En un extremo del canchón, el padre con sus hijos se calientan con el sol reconfortante y descansan la siesta. Afuera, en el descampado, la yunta de toros aradores después de la faena agotadora rumia pausadamente. 

    El día se recoge en una serenidad transparente, el viento calmo, las hojas de los gigantescos eucaliptos apenas se mueven, en las ramas más altas con voz aflautada y estridente, como si lloraran de alegría, cantan los chiwankos. Las palomas torcazas en las faldas de los cerros recíprocamente se acarician, en igual forma las gallinas se bañan en la tierra húmeda y fértil de las chacras. El Misti, el único perro, duerme a la sombra que proyectan los eucaliptos. Sus ojos están cerrados, la nariz húmeda y la boca abierta mostrando sus agudos colmillos de donde sale un resuello caliente. 

     El Q’oñi K’ucho es el lugar íntimo donde los padres con sus hijos conversan, se despojan de la pobreza, donde la familia se cohesiona y la miseria se exhibe a la luz del día o se esconde en las sombras de los frondosos eucaliptos. El Q’oñi K’ucho, es también el lugar donde llegan las noticias más breves referentes a cualquier acontecimiento que puede ser fasto o nefasto para los comuneros. En estas circunstancias, por encima del cerco de piedras asoma la cabeza de Marcos Qalamullu. 

—Buenas tardes, hermanos comuneros —saluda. 
—Buenas tardes —contestan todos levantando la cabeza. 

    Luego Marcos prosigue: “Me envía el presidente de nuestra comunidad, don Emilio Quispe y dice que ha recibido un aviso que ha llegado del pueblo, donde nos comunica que debemos viajar el sábado a la hacienda Santa Clara a recibir tierras de la reforma agraria. Ahora paso a otra casa a comunicar esta grata noticia”. Así llegó el mensaje escueto pero conciso. “Dicen que nos van a dar tierras”. 

      En la capital del departamento, en la calle Moquegua, hay un edificio de dos pisos con la fachada pintada de color verde. Durante el día y durante la noche, en la puerta principal de ingreso un hombre permanece sentado en un banco de madera. Tiene la apariencia de ser triste y siempre en actitud pensativa, acaso con muchas deudas, en muy raras oportunidades se le ha visto reír. El transeúnte que pasa por la puerta de este edificio público se lleva la impresión de que se trata de un sobreviviente de una terrible catástrofe. Y quien ingresa por primera vez por esa puerta con la benévola anuencia del hombre tétrico pronto desemboca en un zaguán y en un patio estrecho repleto de personas que conversan prediciendo acontecimientos sin importancia, como la llegada de un nuevo director, el ascenso de algún lambiscón o el traslado a Lima de un empleado pariente del diputado. Y si continuamos su biendo por una escalera estrecha pronto nos encontramos en un callejón donde la madera del piso llega a crujir como si todo el edificio se fuera a desplomar. Por un laberinto de puertas y ventanas se llega a una habitación donde dos mujeres simpáticas y sentadas en cómodas sillas conversan amigablemente. El visitante percibe un olor a marisco que inunda el cerrado ambiente. 

    Y dentro de la habitación con la puerta cerrada un hombre está sentado en una silla giratoria frente a un escritorio presidencial. El hombre, al sentarse solo, posa la nalga del costado derecho y deja en libertad la nalga izquierda. El hombre tiene la cara larga y magra como la de los indios siux. Aparenta escribir en un papel de color azul pero en realidad solo está haciendo planes diabólicos. En ese instante rememora la última experiencia sexual que tuvo recientemente con una secretaria. Las ideas se le extravían, le dan vueltas como las aspas de un molino de viento formando torbellinos en su fantasía. Por fin consigue agruparlas para diseñar una organización muy peregrina para desarrollar el campo. Sus labios resecos esbozan una sonrisa como si en ese instante hubiera puesto término a un problema largamente planeado y, al final, ríe mostrando unos dientes amarillos. Luego sus largos dedos presionan un timbre. Al poco instante se abre la puerta y entra un hombre con cara de conejo y otro hombre con una apariencia de ciego, con gruesos lentes detrás de los cuales unos ojitos diminutos, vivaces y risueños que brillan de euforia. 

    El hombre, desde su escritorio imparte órdenes referentes a la entrega de tierras a los feudatarios y no a los comuneros. Al parecer las ordenes solo son dirigidas al hombre ciego y risueño y no al hombre con cara de conejo. Entonces el conejo, al verse desairado, rumia unas palabras que después flotan, por mucho tiempo, en la habitación. “Así que yo soy solo un entenado, ¿no?” Y un rencor desagradable, como el que debe sentir el esclavo, brota de lo más íntimo de su ser, como sí emergiera un vaho fétido y nauseabundo desde el fondo de un estercolero. 

      El hombre de la cara larga y magra se pone de pie, se frota el glúteo derecho y empieza a caminar por la habitación llena de mapas, cuadros estadísticos y almanaques con mujeres desnudas pegadas en las cuatro paredes. El hombre se detiene en la puerta, sale de la habitación y se para delante de las dos mujeres. A la más flaca le besa en el cuello y a la otra solo en la mejilla, luego abandona la habitación dando largos pasos que se sienten en el estrecho callejón haciendo crujir las maderas del piso. Las mujeres quedan solas y conversan: 

—Qué rico es el jefe, ¿no? 
—¡No digas eso hija! Hoy el beso me ha tocado a mí, anoche estuve con él. 
—Pues mañana el jefe será mío, entonces. 

      El silencio cubre todas las cosas, las arañas salen de las rajaduras de las paredes y la tarde empieza a filtrarse por la única ventana que da a la calle, y una luz amarilla y pálida cubre las cuatro paredes de la sala. Las mujeres ahora están solas y empiezan a agostarse como tantas otras que se marchitan en los oscuros pasillos de los ministerios. Por la calle, en ese instante, pasa un vendedor de tamales y grita. ¡Tamales! ¡Tamales! ¡Tamales! La voz del tamalero se pierde en la calle mezclándose con el trajín de la gente y e bullicio de los niños que juegan. 

      En otra oficina del mismo ministerio, debajo del vidrio de su escritorio, en una estampita, una chica se viste y se desnuda, varios pequeños almanaques exhiben mujeres desnudas con turgentes senos y abultadas posaderas. Al ingeniero Díaz Bazán estas figuras le traen recuerdos de los burdeles que frecuentó en Buenos Aires, donde solía ir durante los quince años que demoró en estudiar su profesión de agrónomo en la Universidad de La Plata. Díaz Bazán, en ese instante, está solo en su oficina, un hondo contraste, una triste penuria lo aflige y lo consume en el recuerdo y la desesperación. Luego piensa: “Los primeros años de mi vida los pasé en la hacienda Santa Clara de propiedad de mi padre. No puede ser cómo esta hermosa propiedad con ganado fino de vacunos y ovinos y yeguarizos que tanto trabajo le costó a mi padre, ahora va a ser entregada a los colonos y a los comuneros. Esto hay que impedirlo, cómo quisiera tener algún poder para que esto no se cumpla. ¡Cómo sufrió él! Ahora recuerdo las temporadas que pasé en la hacienda, en vacaciones después de salir del colegio. Finalmente, me fui a la universidad. Todo el dinero para lograr mi profesión y la de mi hermano Walter, salieron de la hacienda. Si mis hermanas se han casado bien es porque mi padre tiene plata y aún tiene mucho dinero ¿A quién se le ocurre dar esta maldita ley de reforma agraria? Todo para joder, ordenando que las haciendas se entreguen a los indios. Esto es el más grande absurdo. Yo les pregunto: ¿Qué saben hacer los indios? Macanas, si ellos están acostumbrados solo a obedecer, ya veo las haciendas en manos de estos ignorantes, esto va a ser un fracaso. Trataremos hasta el último que esto no prospere. Si vamos a perder la tierra y la hacienda no me queda otro camino que hacer carrera en la administración pública, menos mal que yo me llevo bien con el director, pronto seré jefe de división y finalmente puedo agarrar la subdirección, y punto. Pero que linda hacienda vamos a perder, tengo que luchar para que la hacienda no caiga en manos de los comuneros, ellos sí que no la sueltan porque antiguamente la hacienda fue de ellos, de los colonos todavía se puede rescatar. Si esta reforma agraria la estamos haciendo nosotros, los indios no tienen nada que agradecernos, solo esperamos que las generaciones del futuro nos reconozcan cuando en este país no haya quedado ni un solo indio de mierda. Nosotros hemos perdido las tierras, carajo”. 

     Un intenso sol inunda, por la ventana, la oficina del ingeniero Díaz Bazán. Su preocupación y las hondas penurias lo conducen al borde de la desesperación y lo pueden conducir hasta la locura. 

       El día sábado 18 de diciembre a las ocho de la mañana los ingenieros agrónomos Lorenzo Quispe Pumacusi y Toribio Wallpacondori sacan una camioneta del garaje donde guardan los vehículos de servicio del Ministerio de Agricultura. En un grifo a la salida del pueblo se proveen de gasolina luego toman la carretera que va a la ciudad de Arequipa. El que conduce la camioneta es el ingeniero Lorenzo Quispe Pumakusi. 

—No te parece Lorenzo que las adjudicaciones de tierras debieron hacerse a las comunidades y no a los feudatarios como ahora lo están haciendo. Por otra parte, si les entregamos las tierras a los comuneros nuestros padres serían los directos beneficiarios o beneficiados. 
—Tienes razón Toribio, pero parece que la política del director es marginar a las comunidades y entregar las tierras únicamente a los ex colonos, a los hombres que apoyaron al hacendado a despojar las tierras de las comunidades para así extender las haciendas. 
—Para mí lo más correcto hubiera sido dar tierras a las comunidades, porque el problema está en las comunidades y no en los latifundios. 
—Se puede dar tierras a ambos, así solucionamos de una vez por todas el problema del campesinado en el país. 
—El Director de Reforma Agraria niega la existencia de la comunidad en este departamento. 
—El Director no conoce la realidad de nuestro departamento, precisamente la comunidad indígena llamada Ayllu dio origen a las haciendas, entonces existen las comunidades indígenas. 
—Creando las grandes empresas, quiere el director conservar las grandes haciendas, para que el dueño recoja la plata y se vaya tranquilo y agradecido para el gobierno, quien hace creer a los campesinos que se les va a entregar las tierras a ellos, mientras tanto el gobierno a través de las empresas agrarias que van a resultar otros latifundios explotará a través del Banco Agrario. Con el tiempo los ex colonos beneficiados con la reforma agraria serán los nuevos ricos, llenos de plata, abundante ganado y con buenas tierras y nuevamente surgirá el propietario de tierras. 
—Está claro, si las tierras fuesen entregadas a las comunidades, estas no aguantan el salto al gobierno. 
—No creas, los comuneros son buenos pagadores. 
—Pero hay un compromiso entre el gobierno y los dueños de los latifundios en el sentido de transferir el valor de las tierras a las industrias para que el país se industrialice rápidamente. Además, hay otro compromiso, el de abrir un mercado interno para que las empresas agrarias compren tractores, semillas, fertilizantes, fungicidas y otros insumos. Además, con la industrialización se crearía el proletariado. 

     Entretenidos con este diálogo, los ingenieros agrónomos a gran velocidad, levantando una gran nube de polvo por la carretera, van en la camioneta. El frío de la cordillera cada vez se pone más duro y cortante. 

—Nosotros no podemos hacer nada —dice el ingeniero Lorenzo Quispe. A pesar de que somos hijos de comuneros, por ahora ni siquiera podemos oponernos a la decisión del director. Claro que nosotros conocemos bien la realidad del campo, pero hay un interés muy fuerte por encima de nosotros. 
—Ni que estuviéramos locos para oponernos, en primer lugar, perderíamos nuestro trabajo y truncaríamos nuestra carrera —dice el ingeniero Wallpacondori. A mí me han ofrecido una dirección —agrega. 
—Este año, si Dios quiere, yo agarro también una dirección —dice Quispe Pumakusi. 
—Por eso hermano hay que estar chitón, hacer y obedecer lo que manda el director para ganar su confianza. 
—Yo ya tengo ganada su confianza porque soy su compadre —dice finalmente el ingeniero Toribio Wallpacondori. 

     Los dos ingenieros ríen con gran sonoridad de las ocurrencias que hablaron durante el viaje. La camioneta pronto pasa con velocidad por un puente recientemente construido. Lo dejan temblando al puente por un instante, luego ingresan a un camino carrozable muy bien nivelado. A las diez de la mañana llegaron a la hacienda Santa Clara donde se llevará a cabo la ceremonia de adjudicación de tierras a los indios. 

     En la comunidad de Warimarca con la noticia tan inesperada, el presidente citó a una asamblea extraordinaria para informar a los comuneros el propósito de recibir las tierras de reforma agraria que, en realidad, son las mismas tierras que fueron despojadas a la comunidad por los dueños de la hacienda Santa Clara. El presidente les leyó un legajo fechado en enero de 1973, era un memorial dirigido al Ministerio de Agricultura. El memorial dice: “Escolástico Mamani, en representación de los indígenas comunitarios de Warimarka, notifica que pedimos que nos devuelvan las tierras que nos fueron despojadas por el propietario de la hacienda Santa Clara. Las tierras despojadas se denominaban con los nombres de Leqeleqeni Pampa, Sallqaqollo y otros que hoy se encuentran dentro de la hacienda Santa Clara. Pedimos que sea cumplida esta petición. Es justicia que deseamos alcanzar”. 

   Los comuneros escucharon la lectura con mucha atención. El anhelo de todos era recuperar las tierras después de varios años en posesión de la hacienda. 

    Ese sábado, al primer canto de los gallos, en la casa del comunero Pascual Churacutipa suena un bombo que llama a una tropa de zampoñistas. A la llamada insistente, los comuneros concurren a la hora de partida. Los hombres en gran grupo y las mujeres formando otro grupo, y por delante salen de la comunidad por un camino casi invisible. Las casas quedan solo al cuidado de los ancianos y los perros. El viaje hasta la hacienda Santa Clara es, por los menos, de cuatro horas bien caminadas, porque había que llegar antes de las diez de la mañana hora fijada para la ceremonia de la adjudicación. 

     En la oscuridad de la noche treparon la larga cuesta de Hanqo Apacheta. Al coronar la cumbre descansaron junto a un montículo de piedras en cuya cima encontraron una cruz hecha con tronco de queñua. Los comuneros junto a la cruz dejaron unas hojas de coca y arrojaron unas piedras al montículo para elevarlo aún más, en la creencia que en la apacheta se queda el cansancio. Al otro lado de la apacheta la llanura se ve negra y extensa. 

—¿Creo que va a amanecer? —pregunta Silverio. 
—Falta poco —contesta alguien. 
—Ya estamos en la estación de lluvias, pueda que llueva más tarde —comenta Manuel Wallpa. 
—Así parece —dicen todos, mirando el cielo con nubes. 
—Hay que apurarse, alarguen los pasos —insinúa Cecilio Quispe. 

     Una nube negra se posa sobre la cabeza de los comuneros, gruesas gotas caen al suelo seco y polvoriento. 

    El camino va por una alta montaña en cuya cima blanquea la nieve. En el fondo del abismo corre un río brillante y cristalino, en sus riberas crecen hierbas aromáticas y arbustivas como la qariwa que sueltan sus flores en ramillete amarillo. En el oriente se abre un claror de luz, los rayos del sol naciente se esparcen por el horizonte dilatado de la meseta andina. La luz refulgente gana las cumbres dorándolas con su fulgor, luego la luz baja a las hondonadas y se esparce por encima de las pasturas. Y el campo se viste de colores y la mañana se presenta acogedora en su plenitud. 

     En los Andes del sur están los lagos más hermosos, profundos, solitarios y misteriosos. Sus aguas reflejan toda la belleza de los Andes, con sus parajes desérticos y sobrecogedores. Estos lagos tienen el agua más pura y cristalina porque baja de los deshielos de la cordillera. En sus riberas viven una infinidad de aves, como las blancas wallatas vestidas con el color de la nieve, las panas arropadas con plumas negras y las pariguanas gigantes, vestidas de rojo y blanco. Cuando los comuneros se acercaron a la orilla para bordearla las aves se alejaron hacia la profundidad de la laguna. 

      La laguna Wilaqota tiene el agua del color de la sangre, dicen que es el cráter oculto de un volcán. En sus riberas viven las ajoyas gordas y sabrosas, igual que las panas y las wallatas. La laguna Tujsaqota es de color amarillo y despide un olor semejante al azufre porque contiene gran cantidad de este mineral. En las riberas de esta laguna no vive ninguna ave. La gente dice que todas estas lagunas están encantadas, pues, en el momento indicado, de sus profundidades salen toros con lengua de fuego y despiden bufidos feroces capaces de enloquecer a los viajeros. 

      Hace varias décadas a estas lagunas de las alturas de Los Andes venían los aimaras que viven en las riberas del Lago Titicaca, portando sus balsas de totora. Llegaban el domingo de Pascua de Resurrección al chaco de aves que viven en estas lagunas solitarias. 

      La pampa perdida es un arenal desértico donde habitan los suris gigantes, por el color del plumaje se confunden con el desierto. Cuando el sol se ha levantado dos brazadas desde el horizonte un grupo de pariguanas pasaron volando a gran altura, sus alas extendidas parecían banderas peruanas que flameaban a gran distancia, casi cerca de las nubes blancas del cielo infinito. 

      Después de atravesar el desierto, los comuneros ingresaron a un bosque de queñua. Estos arbustos crecen en las laderas de los cerros rocosos de la cordillera, más abajo están los tolares arbustivos que emiten un olor acre muy característicos. Y pasando este bosque vienen las praderas de pastos nativos donde se encuentran las mejores haciendas ganaderas del departamento de Puno. 

       Desde una distancia de media legua los comuneros divisaron la casa hacienda de Santa Clara, los techos de calamina brillaban con el sol de la mañana y el aire frío y diáfano de la puna corría por el campo. Los comuneros caminaban, eran más de cien personas y antes de ingresar al amplio camino cercado con alambrada empezaron a soplar sus zampoñas. La música milenaria de Los Andes empezó a oírse en las altas cumbres de empinadas peñolerías donde solo habitan los cóndores. El eco devuelve una música dulce y sonora como la idiosincrasia del pueblo aimara. Y tocando un wayño alegre ingresaron al gran patio por un zaguán. El patio estaba empedrado con cantos rodados arrastrados y modelados por los ríos que bajan con gran fuerza desde las cumbres agrestes de la gran cordillera andina. 

        De la cocina de la ex hacienda sale un olor de asado de carnes, el sabor sápido y agresivo se expande por el amplio patio. Una mestiza bien arreglada y perfumada entra y sale de una habitación bien iluminada. En el centro del patio han levantado una especie de estrado armado sobre largas mesas de madera. La gente de los ayllus y los pastores de la ex hacienda y de las otras haciendas colindantes llegaban por turnos con sus danzarines y músicos. Desde un ángulo del patio un hombre con bigotes chorreados y ojos de chino, con una bocina de hojalata empezó a llamar a todos los beneficiarios de la reforma agraria. Los promotores y las asistentas sociales los acomodan en largas filas entregando a cada grupo banderines y cartelones alusivos al momento político que estaba viviendo el país, tales como: “Tierras para los comuneros”, “La tierra es para quien las trabaja”, “Viva la Revolución”. El hombre de la bocina de hojalata invita a entonar el Himno Nacional. En este instante los campesinos empezaron a mirar el cielo azul y profundo, después miraron las cumbres de las montañas y los llanos amarillos de los pajonales, por último miraron al sol refulgente que al instante cegó a todos y todos empezaron a llorar con lágrimas que les brotaban de los ojos. Todos cantaban el Himno Nacional en su condición de indios aimaras y quechuas. 

       El hombre flaco con la cara larga y surcada de arrugas ahora vestido de cholo con poncho subió al estrado y comenzó a hablar: “Por mandato de una Ley y porque así lo determina la revolución, hoy, 18 de diciembre, estas tierras que fueron de las haciendas serán entregadas a los campesinos beneficiarios de la reforma agraria, para que las trabajen. Ahora elijan a sus directivos”. Los promotores y las asistentes sociales les ayudaron a dar sus votos para que salga como presidente de la cooperativa el ex administrador de la hacienda Santa Clara, los demás miembros de la junta directiva fueron llenados con algunos campesinos de comunidades, después todos firmaron en unos papeles largos, los que no sabían firmar pusieron sus huellas digitales, en seguida los hombres y las mujeres de los ayllus y los pastores de las haciendas desfilaron tocando sus zampoñas por delante del estrado de donde los técnicos aplaudían. 

     Después de esta ceremonia los ingenieros y los técnicos ingresaron a una habitación donde empezaron a comer en abundancia trozos de carne asada y a beber cerveza. En la noche se inició un gran baile a puerta cerrada. La música de un toca caset escapaba por la puerta cerrada. Todos estos actos los comuneros y los pastores de las haciendas miraban desde las paredes de los cercos, parecían ajenos a la fiesta y a la reforma agraria, solo son los técnicos y las mestizas bailaban. Y antes que llegue la noche se retiraron los comuneros en el mayor silencio por todos los caminos. Iban como derrotados y llegaron a sus casas pasada la medianoche. 

    Esa noche, el hombre flaco con la cara surcada de arrugas, en otro predio, en la ex hacienda Ocomoro, pasó su mejor noche. El frío de la cordillera desgajó las estrellas que caían en racimos de luz que iluminaron la noche oscura llena de fantasmas. Para el hombre flaco fue una noche inolvidable. De antemano, con cierta premeditación, fue preparada la habitación por doña Petita, mujer reseca como los viejos qollis que crecen y se marchitan en las quebradas andinas. En los largos años de trabajo en la administración pública, en las oficinas burocráticas se había especializado en preparar planes amorosos para sus jefes. 

       En una pequeña habitación ófrica, una mísera vela de sebo de llamo macho alumbraba el estrecho recinto. En un rincón un viejo catre de madera donde muchas noches descansaron los fatigados cuerpos de los dueños de la hacienda, se improvisó la cama. Una destartalada silla junto a una pequeña mesa con las patas quebradas completaban el mobiliario de la habitación. La vela de sebo de camélido empezó a temblar como una vieja y dos sombras alargadas empezaron a desnudarse y acostarse en la cama, después la luz de la vela de sebo se fue a otra habitación y el pabilo se consumía lentamente. 

     Fue una noche de amor perdido, inolvidable y tierno, tranquilo y reconfortable. Dos almas se amaban intensamente y dos cuerpos se unían. 

—Te amaré siempre Isabelita… 
—No te creo, no digas eso, solo me quieres para tus caprichos y apetitos, si tú eres casado, no finjas, no mientas. 
—Tú también eres casada, Isabelita, eso qué tiene, es mejor así, y así es nuestro destino, así es nuestra suerte. 

      Después, un acceso fatigoso llenó la habitación. Afuera la noche era fría, la negrura de la noche cubría el campo, los perros empezaron a aullar, los zorros en celo cantaban carcajadas citando a las zorras para la fiesta del emparejamiento. 

      En la habitación contigua de la pareja amorosa, doña Petita lamentaba su desgracia y su destino. La soledad de la vida, su abandono y su condición de mujer especializada en preparar planes amorosos para sus jefes la atormentaba. Los largos años transcurridos, su vida gris y sin importancia la consoló de toda esta miseria humana y empezó a llorar. A veces el llanto lava momentáneamente los pecados. 

     A los pocos meses, después de la entrega de tierras a los feudatarios, la cooperativa agraria empezó a cercar los campos de pastos con alambrado especialmente los linderos con las comunidades vecinas. El cerco bajaba desde la cumbre de los cerros hasta las pampas y hoyadas para trepar hasta la cima de la cordillera. Las comunidades quedaron aisladas y sin tierras, entonces recién comprendieron los comuneros que todo había sido falso y un engaño. 

     En la tarde sin viento, al abrigo del calor del sol en el poniente, las familias comuneras volvieron a reunirse en el Q’oñi K’ucho para descansar y hacer comentarios. Desde una rama alta volvió a cantar el chiwanco y la tarde empezó a declinar. El gigantesco eucalipto movía lento sus ramas, a su sombra duerme el perro y las palomas torcazas detrás de los cercos de piedra terminan de solazarse. Y la vida continua igual girando como una enorme piedra que baja desde la cima alta de la montaña. 

     Marcos Quispe regresa a su comunidad después de haber servido durante dos años en el ejército. Una mañana bajó a la pampa a pastar el ganado ovino de sus padres y mientras los animales ramoneaban la hierba seca recordó claramente y precisó algunas contradicciones que él había observado en su vida de soldado. 

    “Un día lunes, el jefe de la compañía nos ordenó a veinte soldados que debíamos montar guardia en un edificio de cinco pisos ubicado en la esquina de la plaza de armas de la ciudad. La orden que recibimos fue la de cuidar el interior del edificio y garantizar la vida de los ocupantes. Nos dieron orden de disparar en caso de ataque. Yo observaba que a este edificio, todos los días, entraban en la mañana personas de distintas profesiones y salían al mediodía y luego se alejaban en sus automóviles en distintas direcciones. Ahora me pregunto: ¿Si eran amigos del pueblo por qué necesitamos protección? Si eran enemigos del pueblo más bien había que protegerlos. Entonces esta gente que trabajaba en el interior de ese edificio eran enemigos del pueblo”. 

     Marcos, con estas reflexiones pasó el día en el campo, por la tarde regresó a la casa de sus padres. Otro día Marcos con Pedro Vilcacutipa, viajaron a la ex hacienda Santa Clara, ahora gran cooperativa agraria para observar de cerca a los ex colonos. Se convencieron que casi nada había cambiado en dos años. Los antiguos colonos eran asalariados de su empresa. 

     Las viviendas eran las mismas casuchas miserables del tiempo de la hacienda, lo extraño y lo nuevo era que junto a esas casuchas había camiones estacionados de propiedad de los socios, ellos habían adquirido buenas casas en la capital de la provincia. Para el ganado fino, llamado reproductor, habían construido nuevas instalaciones y un médico veterinario cuidaba la alimentación y su estado sanitario. La salud de los trabajadores estaba descuidada, tal vez había hasta enfermos. 

     Cuando estaban observando este estado de cosas fueron sorprendidos por los vigilantes de campo quienes le preguntaron: ¿Qué es lo que buscan? Ellos contestaron que buscaban a un pariente de apellido Qorimaywa. El vigilante les dijo que entre los trabajadores de la empresa no hay ninguno de ese apellido, les dijo que se retiraran de inmediato, de lo contrario los iba a denunciar como a invasores, para que sean encarcelados. 

     Los jóvenes comuneros se retiraron en silencio. En el trayecto del retorno por un camino invisible en medio de pasturas vieron majadas de ganado ovino fino, también vieron vacas de alto rendimiento. El ganado wajcho de los trabajadores había aumentado en cantidad, más no en calidad. Este ganado se pasteaba en un lugar rocoso señalado por el gerente. 

     En el camino los dos amigos intercambian opiniones. Pedro Vilcacutipa contó a Marcos que él conocía la organización de los sindicatos de los trabajadores donde actuó en muchas huelgas y paros. El sindicato está formado por los trabajadores, dijo. El sindicalismo está basado en el sentimiento de camaradería similar a la conciencia de ser comunero. La reivindicación de los derechos de los trabajadores, es igual al derecho de los comuneros por la tierra para poder subsistir. Estas ideas Pedro las había aprendido en los distintos sindicatos donde actuó como militante. Los comuneros, ante estos hechos reales, decidieron recuperar las tierras usurpadas por los hacendados, ahora en poder de las cooperativas agrarias. En las reuniones los dos jóvenes intervenían activamente aportando nuevas ideas y una estrategia de acción. Y la mañana del día lunes de la primera semana del mes de marzo, cinco comunidades con cerca de tres mil comuneros recuperaron las tierras despojadas. Esa mañana, un largo tumulto de gente salió de la quebrada del puma. Por delante iban los dirigentes portando en alto cincuenta banderas peruanas. Una numerosa tropa de zampoñistas ejecutaban una música marcial, mezcla de qajelo y wayño cordillerano. La música del ande peruano resuena en la distancia, el eco regresa de la quebrada para ganar la llanura sin límites que lleva el viento por todo el Altiplano Andino. Atrás, grupos de mujeres y niños, ancianos y desvalidos vienen en tumulto, y antes que salga el sol la ex hacienda Santa Clara, hoy cooperativa agraria, estaba ocupada por las cinco comunidades legítimos dueños. Ellos habían recuperado la tierra porque así estaba escrito en los viejos papeles, porque así también determinan la tradición comunitaria y la justicia tal como ellos la entienden. 

     En la capital del departamento, en el edificio de cinco pisos ubicado en la esquina de la plaza de armas, se nota un ajetreo y finalmente salió una orden casi secreta para desalojar a los invasores por medio de la fuerza armada. El día jueves de la misma semana de marzo, treinta carros del ejército llenos de soldados y seguidos de varios tanques ocuparon la llanura de Supaypampa. Los comuneros se habían ubicado en las faldas de los cerros. El ex soldado y sindicalista y varios dirigentes, bajaron portando una bandera blanca y se dirigieron al lugar donde estaban los jefes. La entrevista fue breve. El jefe del batallón ordenó abrir fuego, los soldados se negaron disparar apuntando sus armas al cielo. Se vivió momentos de mucha tensión. Un silencio profundo se vivió a esta actitud y determinación de los soldados en que se negaron a disparar a los comuneros. Los jefes hablaron entre ellos y ordenaron retirarse simulando que tenían que hacer maniobras en otro lugar y después regresaron a su cuartel. 

     El quince de abril en la plaza de armas de la capital del departamento, se llevó a cabo un gigantesco mitin de protesta y en apoyo a los comuneros que habían recuperado sus tierras. Cerca de diez mil campesinos llenaron la histórica plaza. Los oradores, todos ellos comuneros y dirigentes sindicales, reclamaban justicia y pedían la inmediata libertad de los presos. Al terminar la manifestación una larga fila de comuneros recorrieron las principales calles de la ciudad. Al día siguiente los trabajadores y obreros del centro minero decretaron un paro de cuarenta y ocho horas en apoyo a los comuneros del altiplano.

Este cuento pertenece al libro: «Cuentos de Q'oñi K'ucho» de Luis Gallegos Arriola, editado el año 1984. El año 2016 el Centro de Investigación Cultural - Teatro «Yachaq Illa» adaptó este cuento para realizar una obra teatral de gran éxito en la ciudad de Puno. La dirección de este proyectó recayó en el polifacético artista Lizandro Aguilar Cotrado.



LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919)

Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social. Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo.