viernes, 1 de mayo de 2020

Eduardo Galeano: «EL DERECHO AL DELIRIO»


      Ya está naciendo el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año 2001 de los cristianos es el año 1379 de los musulmanes, el 5114 de los mayas y el 5762 de los judíos. El nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper con la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera. Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació.

El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esa frontera.

Una invitación al vuelo

Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio.
La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros, seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.
Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de vero, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:
El aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;
en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;
la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;
el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;
la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;
se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;
en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;
los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumismo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;
los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;
los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;
los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;
la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;
la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;
nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más lugar de lo que más le conviene;
el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;
la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;
nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;
los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;
los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;
la educación no será privilegio de quienes puedan pagarla;
la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;
la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;
una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será la presidenta de los Estados Unidos de América, una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;
en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;
la Santa madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;
la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;
serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;
los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y os que se perdieron de tanto buscar;
seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;
la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

La parentela

            Somos familia de lo que brota, crece, madura, se cansa, muere y renace.
            Cada niño tiene muchos padres, tíos, hermanos, abuelos. Abuelos son los muertos y los cerros. Hijos de la tierra y del sol, regados por las lluvias hembras y las lluvias machos, somos todos parientes de las semillas, de los maíces, de los ríos y de los zorros que aúllan anunciando cómo viene el año. Las piedras son parientes de las culebras y de las lagartijas. El maíz y el frijol, hermanos entre sí, crecen juntos sin pegarse. Las papas son hijas y madres de quien las planta, porque quien crea es creado.
            Todo es sagrado, y nosotros también. A veces nosotros somos dioses y los dioses son, a veces, personitas nomás.
            Así dicen, así saben los indígenas de los Andes.


Eduardo Galeano, «Patas arriba» (Siglo XXI Editores, 1998). Impreso en México.





jueves, 12 de marzo de 2020

«DESLUZ»



«Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz,
sino haciendo consciente su oscuridad»

Carl Jung

«El silencio es el original, las palabras son la copia»

Joan Brossa

«Solo como fenómeno estético se justifican
eternamente la existencia y el mundo»

Friedrich Nietzsche




HIJO DE LAS SOMBRAS


Soy hijo de las sombras,
y mi silencio 
es un profundo
resplandor sin fuga

                para hacer bailar el mundo

persiguiendo la hermosura
de las noches primitivas.

Nieto 
de las sombras
este grito
             preciso
abismo iluminado

                para hacer bailar el mundo

persiguiendo la hermosura
de las lunas primitivas.

 





«Desluz» es un conjunto de poemas fechados en la primavera del año 2006 en el barrio de Chamberí - Madrid. Forman parte de una obra de poesía general llamada «Aromas Oscuros» y que recoge toda mi peripecia vital a través de escritos desde el 2006 al 2012.



Foto: «Leo on drugs», by Edgar Pacompia.


miércoles, 11 de marzo de 2020

Ditmar Castro: «GALERA AL EXTRAVÍO»





TRIPULANTE GALATEA

Busco la fragilidad de náufrago
entre miles dientes de león
por ese camino viejo
traigo los pies
como mecenas
de campo ajeno
andando cuando el gentío
duerme

Se rellena de tierra la muerte
con rastro a vino
nombrando a alguien
y perdiéndose en una
madreselva de una flor
con zafios grillos a través
de las ondas de agua

Con setas a espaldas mostrando
las minucias vestidas de lobo

Enemistado con las aves
marcho imitándolas 
planeando desde
un mástil atado
sospechoso de errantería
golpeando 
con martillos de un piano
sepulcral
aquí se emulan a naturaleza
porque somos
todo lo que se nos parezca
(barroco remedo)

CORO

Aquí la muerte se viste de niebla
herético
como el lloro gutural
de una recién nacida.




TRIPULANTE FILIS

Tengo la confusión de
advertirme tras un espejo
aparento ser una pintura
duplicada sin nombre
parida del estupor

Sentirme vapor en medio
del Sahara
siendo tragada por el vacío
como flama que se extingue
por falta de oxígeno

En río de sol 
que percibe
mi espíritu como
mauritano.



IV TRIPULANTE

Soy el loco que duerme 
en el viento de la noche y el día
calles abiertas
abiertas como fauces ballenas
(Cálido entre las aceras
acompañados de guijarros
sembrados como cañaverales)

Ese loco que le vence al tiempo
comiéndose a trozos su propio
cuerpo
Ese mismo
que por cumplir con una
promesa
se suicida
y nace con cada orgasmo
TENGO LA LOCURA EN LOS PIES

En la palma de las manos
en la suerte de los impúberes
abandonados
haraposo
mugriento
dándole la cara a la amada
multitud
En sus mil aromas y hedores
que emana mi cuerpo
en la mugre
de los asfaltos
hago míos
los pasos errantes
y mortales
soy de esos pocos dioses
que toparon su personalidad exacta.


LA ÚLTIMA MORADA TERRENA

Ya nadie llama antes de entrar
y solo las libélulas
se anuncian con manso zumbar
que aún alguien habita
que el vacío no es vacío
que en la mecedora
aún se apostillan manos rosadas
y niños con alharacosos ojos
jugando al conejo de hule
hacen hoyos despojados

Se observan mariposas de luz
haciéndole el amor 
a la inexistencia
es
la última casa
la última estación
la última morada
el último silencio
la última existencia
el último exilio del afuera
la penúltima barca 
de un naviero

CORO

Amor y Muerte
dos grandes sabios
se muere después de vivir
siendo el amor a la vida.



DITMAR CASTRO VILLENA: Poeta y educador afincado en Puno. Ha publicado «Neurastenias de un individuo solo» (Cuervo Editores, 2014, la plaquette «Isla de carne» (Cuervo Editores, 2015) y el poemario «Galera al extravío» (Rupestre Ediciones, 2017). Conforma también la Asociación Cultural Huajsapata desde el 2015. Formó parte de la muestra poética «10 poetas de un solo caño» (Cuervo Editores, 2014). 


viernes, 14 de febrero de 2020

Jaime Sáenz: «LA PIEDRA IMÁN»



V

Con ojos que no miran ya en la oscuridad uno avanza a campo traviesa en pos de la piedra imán.
En lo profundo de un hueco excavado por las lluvias reposa la piedra imán.
A dos pasos de un árbol descuajado por el rayo se abre la fisura en que se oculta la piedra imán.
A la vera de una tapia que sirvió de parapeto a los coraceros de Melgarejo en la batalla de Letanías discurre una vertiente de cristalinas aguas que solo encubren la oscura forma de la piedra imán.
Existe en el derrotero un punto impreciso que seguramente corresponde al misterioso túnel que por causas ignoradas fue abandonado en las antiguas obras ferroviarias y que según se afirma desemboca en la tan mentada cámara de mampostería en cuyas grietas precisamente mis enemigos podrían haber escondido la piedra imán.
Mucho me temo que los albaceas de la que en vida fue Albertina Tontini más conocida como Tontini Albertini de repente se me adelanten y por lo mismo que son tan hurguetes se les ocurra hurgar el ataúd que por puro cantor he dejado para el último y en que por idéntica razón actualmente reposo y si esto no es así no me extrañaría en lo más mínimo que por puro imbéciles y sin tener nada que ver con el mono se apoderen de mi cuerpo creyendo que se trata de la piedra imán.
Me han dicho que en la casa del nuevo diácono de San Andrés de Machaca hay una lata de sardinas debajo del catre de campaña y que en dicha lata precisamente se encuentra la llave de la famosa petaca en que el maldito Meneses habría ocultado la piedra imán.
El que fuma y adivina y el que zapatea y el que impreca y el que depreca y el que se aprovecha de los incautos y el que hace crujir a los cautos haciendo crujir sus dientes ha consultado la baraja y me ha dicho que me de una vuelta magnífica por el Montículo munido de una manzana de Adán a ver si no me salía al paso el Sapo que Pía que me conduciría a la mata de margaritas en cuya espesura quizá me esperaría la piedra imán.
El tal Perico Sillerico que no es sino un pobre de espíritu que se cree epígono de Milarepa y que se gasta una frente del tamaño de tu culo y un cacumen que brillas por su ausencia y que se las da de acólito de Quién Sabemos ha venido a tomar el té y so capa de alentarme y traerme noticias ha agarrado y se ha puesto a beber con asqueroso desenfreno para escarnio de mi pena y luego de reírse en mi propia cara se ha embolsillado mi diccionario de bolsillo y como si eso no fuera poco quién te dice que de repente no me dice que buscando en mis bolsillos a lo mejor no me toparía con la piedra imán.
He subido al calvario en busca de la palabra sabia de prepotentes brujos hechiceros que moran en tenebrosas concavidades y que se pasan la vida repantigados en gigantescos pedrones y que se alimentan de ásperas ortigas y de sutiles lagartijas y me han dicho que vaya a la tienda de una tal Ninfa Marina Cabrona a quien las malas lenguas precisamente llaman Ninfa Carmona Marín y que compre un huevo cualquiera dando ya por descontado que en el interior del referido huevo encontraría la piedra imán.
En reciente visita de cortesía a la Sociedad de Administradores del Bien y del Mal el notable literato ecléctico Juan Joseph Cortés ha tenido a bien disertar sobre los misterios de la piedra imán desde el punto de vista de la paciencia y con tono dogmático ha citado una sentencia que dice:
«Perdida la paciencia, perdida la piedra imán».
Mas yo cité una sentencia que dice:
«Perdida la impaciencia, perdida la piedra imán».
Y luego cité una variante que dice:
«Con impaciencia se gana la piedra imán».
Pero niñerías aparte, yo sostengo que por paradoja la paciencia se paga caro, al igual que la impaciencia
y sostengo asimismo que todo tiene su precio menos la piedra imán.
Por lo demás tengo mis razones para afirmar que la posesión de la piedra imán no depende absolutamente para nada de la paciencia ni de la impaciencia,
sino que la piedra imán es una cosa totalmente aparte
—y guay de los descreídos, digo yo para mi coleto.


Jaime Sáenz, «La piedra imán», (Editorial Huayna Potosí – La Paz, 1989)

Foto: Jaime Sáenz Guzmán "El Castellano" con Alfonso Barrero Villanueva "El Alquimista". La obra teatral se llama «Sábado de tentación».


miércoles, 12 de febrero de 2020

dos poemas: OSWALDO CHANOVE





UN SOL DIMINUTO

La sonrisa es un instrumento (tecnológicamente)
    avanzado
Es indicio de civilización
Es un instrumento violentísimo
(Uno puede sonreír y sonreír)
(Y ser un villano)
(Dice el sweet príncipe)
La sonrisa es perceptible (desde la distancia)
En tiempos de los cazadores (y recolectores)
Era urgente
Los (demás) primates (solamente) hacen ruidos
(Con labios y dientes)
Pero eso es efectivo (únicamente) en distancias
     (demasiado) cortas


ESCALERA AL CIELO

El alma inmortal es (extremadamente) apetecida
Por los antropófagos
En un sentido laborioso los poetas son
   caníbales (también)
Pero los amantes son los hambrientos
Por que los amantes lamen las pieles
Los poetas prefieren el simple hálito
  (como ignición)
Porque la energía del astro rey ha fluido
   (de un eslabón a otro)
(El tejido viviente ha sido pergeñado por el
    fitoplancton flotante)
Y cada salto es un drama (imprescindible)
Para los malditos fines del verbo


Estos dos poemas pertenecen al libro: «Plexo Solar» (Aquellare Ediciones, 2010 – Arequipa)

Ilustración: «The fabric of life» by René Campbell

lunes, 12 de agosto de 2019

PACO GOYZUETA, pincel emocionado





PACO EN PUNtO:

«Teta roja del sol, 
Teta azul de la luna»

Federico García Lorca


«¡Funambulista, cierra los ojos, desmaquíllate para verme! Yo soy el pequeño dios de la humanidad. Soy el verde hígado pagliaccio que danza en el centro de la paleta del mundo. Mira como toreo las adversidades, desciendo con firmeza, sintiendo los huesos de la calzada, algo me conduce al Titicaca para sentir la delicada dentadura de la tarde. Un hombre compungido despierta en un bar canoso, sus manos se han fusionado con el vaso y se produce una humareda solo para comprobar que el ciervo herido es el que más salta. ¡Funambulista, cierra los ojos, desmaquíllate para ver a Charly Lira!, ese bandolero del verso, coulrofóbico, siempre expuesto a peligros, que un buen día desapareció de pronto tras amenazar de muerte al dueño de los pinceles de piedra, ¿recuerdas? Y el pintor, entonces, atravesó las cadenas montañosas con su mundo en brazos, una, dos, mil veces, para exponer el osado virtuosismo de una maleta no ya llena de colores sino también de emociones por vez tercera. Me detengo a comprobar como las manecillas del reloj se quitan el sombrero en los salones de mi rostro y se sirven unas copas de vino acompañadas de rostros viajeros cuyo amanecer es el fuego, el mismo fuego que insufla vida a la hoguera que ahora nos deshoja calladamente ante el pincel mientras charlamos. ¡Funambulista, abre los ojos! Hoy le ha vuelto la voz al loco, ya mismo se pone a gritar y predicar en el mercado y esa escena te gusta tanto que todo te saluda, hasta la lechera de ese viejo sueño del dos mil quince, hasta esa carnicera romántica que destroza el cráneo de un cordero para el beneplácito de un soldado de la poesía, hasta esa vieja «Lady Gatusa» que ahora vive en uno de tus cuadros y se acurruca en las faldas de un heladero de plata que conversa desde el faro. ¡Ese es tu oficio, funambulista! tú has de pulsar esos botones, solo tú y tus diversas confesiones, tus disoluciones de conciencia e improvisaciones para hacer vibrar a los niños a los que les impresiona ver un cuerpo familiar, pero con una cara tan poco común. Y literalmente el cuadro cobró vida, funambulista sin ojos, te lo juro. Sucedió hace exactamente una semana en el cerrito Huajsapata (el mismo que nos amparó tres días de juerga en tu primera muestra en Puno). Tres auténticos viciosos protagonizaron uno de tus cuadros, el de los payasos que le dan una serenata a una pantera heroica que les muestra los pechos en señal de recibimiento y complicidad, en la otra orilla. ¡Lo he visto todo a través de una ventana del Coronel Barriga! Expresionismo, tan mentado, pero pobremente vivido en la corte de faraón Dadkeri Assi hace muchos siglos».

Y así mi mente fue regresando a la galería, a los amigos, lentamente, cuando de pronto alguien observó unos de tus cuadros y pronunció: «De tal Paco, tal astilla»

Espero que este sueño te llegue en punto.


Nota: La exposición «PACO EN PUNtO» se puede ver en la sala Francisco Montoya Riquelme de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Puno (Jr. Deustua 630) hasta el día 15 de agosto.

martes, 23 de julio de 2019

ALEXÁNDER HILASACA: «Libro del Harakiri»



3

ah, los gemidos 
de mi madre labraban
la luz de mi cuerpo


14

mi llanto se ha dignado
a vivir en otro rostro
ya no sé qué harán mis ojos


33

nací con el corazón viejo
con el rostro de piedra
que teme ser lanzado al mar


60

solo una vez la nieve besó
el rostro de los hombres
fue cuando mi madre cerró los ojos


114

la poesía 
trae dos cosas:
deudas y pedantería


126

el árbol es fuerte
en la tormenta
sabio en la incertidumbre


140

quién reclamará
mis huesos
la tierra o el fuego


«Libro del harakiri» (Editorial Amarti, Ayacucho, 2019) es el nuevo poemario de Alexánder Hilasaca, artista muy conocido en la Macro Sur peruana. Está compuesto de 162 haikus. Fue presentado en Puno el día 5 de julio del presente año en las instalaciones del Ministerio de Cultura de Puno, evento organizado por la Asociación Cultural Huajsapata. Otros títulos de Alexánder son: «Memorias de una verga» (2010), «Trece lascivas perversiones» (2011), «Para maldecir violetas» (Rupestre Ediciones, 2015), «Pájaro ebrio» (12 ándulos Editores, 2016), «Testamentos negros de Babilonia» (Rupestre Ediciones, 2017).

Pintura: «Harakiri» de Reynerio Tamayo. (Acrílico sobre lienzo, 165 x 115 cm).

miércoles, 3 de julio de 2019

dos poemas: YULIANA LUQUE RODRÍGUEZ



TÚ EN TU ATAÚD Y YO EN MI LAÚD

¿Y aquel será el vidrio despintado del amor?
Mi alma vibra envuelta en tu corazón,
mi sonrisa última te la dedico hoy;
pues mañana no estaré muerta.
Tú seguirás en tu sarcófago;
y yo seguiré en mi recinto azul.

Seguiremos juntos, amor.
No importa: tú en tu ataúd
y yo en mi laúd.
No importa: tú, pálido y frío;
y yo cálida en tu sombrío.

Ya es de día y sigo viva,
es de día
y tú aún penas por un beso
beso prohibido entre muerto y vivo.
Además tú y yo
estamos juntos, aunque se solo en sueños.

                      Tú en tu ataúd y yo en laúd.


MI PECAR

Mientras al compás modele la belleza
y el cálculo agrupe recóndita estela;
la luz seguirá siendo tibia e inmensa
y la noche seguirá en la llama seca.

Mientras ande por las pesadillas
tú, ve y sueña;
no importa si es con ella;
yo deleitaré belleza y un poco de pena.
Buscaré más el rastro que deja detrás
y deslizaré por ella mi pecar.


«Flor de relámpago», es el primer poemario de la joven Yuliana Luque Rodríguez. Fue editado por Inkarri Editores (Cusco), en abril de este año. Contiene un prólogo del poeta y crítico Rodolfo Sánchez Garrafa. El libro fue presentado en junio, en la Feria del Libro de Puno 2019, con los comentarios del catedrático José Luis Velasquez Garambel y Rony Bernaola, el editor.

domingo, 2 de junio de 2019

FEDERICO MORE: «Oración fúnebre del amor completo y de la mujer perfecta»




Jamás pudiste pronunciar bien o en mediano español el nombre de quien mereció la gloria y la gracia de tu amor último. Deja, Marcela, llamarte en español. Para el amor, todos los idiomas son mal francés.
 Te conocí en las postrimerías de tu primera juventud, la única maravillosa y, por maravillosa, tuya. Hoy, cuando mi segunda juventud termina, debo dedicarte un ardiente y emocionado recuerdo.
 Te mataron el amor y la alegría. Te mató el alegre vicio de amar. Tu único disgusto fue la tumba bajo tus ojos verdes cuando apenas tenías diecinueve años. Infelices los sobrevivientes.
 De tu aldea mediterránea llegaste, una tarde brumosa y húmeda, a la gran ciudad mercantil y galante; a la fantástica Buenos Aires, devoradora de belleza y energía. Caíste como un jazmín en una nebulosa. Lucía tu cara los colores adolescentes de las vírgenes antiguas. Tu boca era fina y optimista. En tus ojos irradiaba la córnea azul de los recién nacidos. Tan bonita surgías y los hombres te miraban de tal modo, que al fin descubriste que tu destino era el amor. Ninguna mujer bonita se opone a su destino. Oponerse al destino, Marcela, tú lo sabías, es el amargo destino de los hombres inteligentes. 
 La gran ciudad donde la multitud no mira a nadie, te concedió un momento de gloria venusta. Entre los miles de mujeres hermosas; entre los cientos de miles de mujeres elegantes, tu figura sencilla y pueril tuvo la triunfal resonancia de una gran noticia en un diario de la tarde.
 En tu primer templo —Corrientes de San Martín a Cerrito— compartiste con otras divinidades la adoración de los hombres. Luego, cuando aquel viejo millonario renovó en tus ojos sus deseos, señoreaste en el cabaré. Durante un tiempo infinito de seis meses —quién sabe cuánto son seis meses en Buenos Aires— fuiste reina de la coruscante sala de baile. Te pertenecieron el mejor vestido, el auto más caro, la joya más linda. 
 Al influjo de tu risa infantil se aplacaron las disputas. Ningún hombre —ni aun el saturado con el mal vino del cabaré— dejó de alegrarse cuando tu voz clara sonaba incomparablemente bajo tu cabello rubio. Cabello de un rubio alsaciano. Rubio germánico, agraciado, embellecido por el sol de Mediodía.
 Fui tu amigo en la hora esplendorosa del triunfo, cuando miles de pesos rodaban a tus pies y cuando las luces de cabaré parecían encendidas para adularte. Fui tu amigo en los días de tu tango mal bailado, encanto de bailarines; cuando por tu capricho, la orquesta —orquesta crujiente de la edad del shymmy— durante una noche entera tocó solamente valses anticuados, valses llenos de suspiros y de saludos. Fui tu amigo en esas noches: el mantel de tu mesita de cabaré, debía, antes de ser tendido para que lo mancharas con champaña al hielo, ser macerado con perfume de musgo. A la muchacha le envanecía regalarte profusamente la suave esencia. Hasta Marieta, la italiana vendedora de niñas y flores, se complacía en obsequiarte los jazmines más blancos, las violetas más frescas, las más pomposas rosas, los claveles más lindos. Hasta Marieta, avara y trajinadora sintió que en su embrutecido corazón florecía tu belleza. 
 Fui tu amigo en esos días y te hizo gracia mi aburrimiento sistemático, en medio del bullicio del cabaré. Te reías como una loca ante mi seriedad de suramericano indígena, ante mi analfabetismo coreográfico —analfabetos modernos son quienes no saben bailar, ha dicho Pitigrilli— y ante mi indiferencia por quienes nos rodeaban.
 Tu gloria se apagó en el cabaré, no porque hubiera mujeres más bonitas que tú. No las hubo. Tu gloria se apagó porque en el cabaré las glorias aburren. ¡Te acuerdas de aquel café de la Avenida Mayo, de aquel café donde Santiago Rusiñol —te expliqué su fama—se hastiaba, solo y triste, en un rincón, saboreando su copita de anís? Rusiñol tuvo quince días de gloria en Buenos Aires. Después, su compañero fue el anís. Tu brillaste seis meses. Como que valías mucho más que Rusiñol. Luego, y hasta tu muerte solo tuviste un compañero.
 No supiste soportar la vida oscura. Conocías tu belleza y sabías que, en nombre de ella, te era debida tu celebridad. Cuando tu estrella empezó a apagarse, estabas más bonita que nunca. La niña aldeana de la primera hora; la niña robusta, fresca y sana que llegó a Buenos Aires una tarde brumosa y húmeda, había sido reemplazada por una criatura lánguida y frágil. En vez de las rosas vibrantes, en tus mejillas floreció el nácar mortecino. Tu boca perdió el optimismo escolar de dos años antes; pero ganó en elegancia nerviosa, en comprensión de la vida y en exquisitez sentimental. Tu voz no poseía la metalicidad cristalina del día de tu llegada; pero sonaba con ternura opaca y acariciadora. Parecías más alta y estabas más esbelta porque el ejercicio del amor te dio silueta y paso, cadencia y línea, movimiento y ritmo.
 El solo espectáculo de tu belleza no te consolaba. Te negaste a seguir traficando con ella y —buena aldeana de Europa— con tus ahorros y con la corta fortuna —un escritor no es un millonario— de aquel que te amo tanto, quisiste organizar una vida familiar apacible; pero las mujeres hermosas y los hombres de genio, son incapaces de esa vida. El cabaré te llamo de nuevo.
 Habíamos vivido un año de amor. Un año bajo el auxilio de Eros. En tan dulce tiempo, hice las dos únicas cosas que deseo en la vida: amar y leer. Y en las treguas lánguidas, en esos instantes en que parece que algo o alguien nos ha hecho el vacío en el cerebelo, contarte largas historias inverosímiles o recitarte versos galantes, explicándotelos palabra por palabra. Cierta vez comprendiste unos versos de Rubén Darío. Tu sagacidad prodigiosa te hizo pronunciar el nombre magistral: Verlaine. Te enamoraste del vizconde rubio de los desafíos y te estremeciste —oh, Marcela, católica, europea como Isabel de Hungría— ante la idea de una amor sacrílego con el abate joven de los madrigales.
 El cabaré te llamó de nuevo. La tristeza te era insoportable. El cabaré te recibió en los brazos gélidos, albos y mortales de la cocaína. La tristeza te llevó, en sus manos palúdicas, la cajita de plata y la diminuta espátula de marfil. Y tu graciosa naricilla respingada, tu nariz tan meridional, conoció la caricia anesteciante del poderoso y mirífico polvillo blanco. Por tus encías frescas como las rosas, fragantes como los duraznos, rosadas como las ciruelas de  Japón, el alcaloide pasó adormecedor y fulminante.
 Y así como fuiste frenética en lujo y frenética en el amor, fuiste frenética en la coca. Tu cuerpo, en el que no había ni un milímetro insensible, tembló férvido bajo la acción del clorhidrato exaltador. Tu instinto de voluptuosidad tan seguro e infalible —siempre supiste qué órgano debías poner y en dónde debías ponerlo— se aguzó hasta la maravilla. Habías centuplicado tu capacidad de gozar y atomizado tu capacidad de vivir.
Mi egoísmo pensó en cancelar nuestro amor. Pero vi la canallada y no quise dejarte sin compañero. La cocaína te mató en seis meses. Fueron los seis meses gloriosos en año y medio de pasión. En tu belleza no se alteró ni una línea. La cocaína te devoró por dentro. Te comió el hígado, te hizo saltar el corazón, te desquició los riñones. Pero la tragedia visceral no tuvo tiempo de traducirse en tu cuerpo y en tu rostro. Fuiste bella hasta el instante mismo de desaparecer. Te ahogaste suavemente en un dísnea digna del minuto supremo, en una dísnea que Afrodita, de no ser inmortal, desearía para morir.
 Tus ojos, agrandados, eran más verdes que tu esperanza de vida y amor.
No pude ni supe impedir que tomaras coca. Entendí que ese era tu destino. Tu risa alegre me convenció siempre. Nunca logré ni una frase severa o un juicio indignado para morigerarte.  Fuíste perfectamente bella, porque fuiste perfectamente alegre. Ni tú ni yo éramos sentimentales y el romanticismo nos hacía cosquillas. Por eso lo usábamos con prudencia y sabiduría. 
 También la muerte fue galante contigo: llegó despacio, con pantuflas de confidente terciopelo; te abrazó con suave perfidia, te sedujo y te besó engañándote; y , al fin, se apoderó de ti como en un rapto seductor. Eran las seis de una mañana de primavera; la hora de salir del cabaré ; la hora gris, rosa y azul: la hora de las ojeras y del último taxímetro. El instante de morir debió parecerte un instante de sumo deleite.
 Tu córnea se azuló en grado celeste, se depuró tu perfil, se quintaesenciaron tus manos; tu boca readquirió la gracia cándida del día en que saliste de Europa. Pediste un espejo. Te contemplaste con mimo. Y el abismo perdurable te abrió sus puertas. Con un espejo en la mano, entraste a la Eternidad.
 De todo esto, oh Marcela sin par entre todas las mujeres, no hace sino un año. Un año hace apenas que tu cadáver y yo, solos, fuimos al cementerio. Volví sin compañía.
Gracias a tu muerte he encontrado mi destino, mi único destino: errar buscando tu imagen; caminar con la esperanza de encontrarte de nuevo. Nuestro amor, tan humano, tan profundo, tan libre de reservas, tan lleno de misterios; nuestro amor. Marcela, bien vale dos vidas. Porque fue un amor de dos seres de carne y hueso, que, en un minuto sin definición, comprendieron que la vida se ha hecho para amar.
 Sé que no te veré nunca. Y, sin embargo, Marcela, no me atrevo a decirte adiós.  

Este hermoso texto se halla en el libro «Prosas de la luna y del mar» de Federico More, impreso en los Talleres Gráficos de la Empresa Editora Peruana, en Lima el año 1941. El libro fue reeditado en el 1er Festival del Libro Sur - Peruano el año 1958 gracias a la labor de Luis Nieto. 

Foto: Cartel de la revista del escritor alemán y director de cine Franz Wolfgang Koebner.
  

miércoles, 29 de mayo de 2019

FRANZ KAFKA: «Un mensaje imperial»




El Emperador, tal va una parábola, te ha mandado, humilde sujeto, que eres la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje: el Emperador desde su lecho de muerte te ha mandado un mensaje para ti únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado que está correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte —toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio— ante todos ellos él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca en su viaje; es un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio —pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder—, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimentos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas te sientas tras la ventana, al caer la noche, y te lo imaginas, en sueños.
Foto: Franz Kafka y su hermana, Ottla.