María no le canta al incendio: le canta a la brasa que alguien sostiene para que otro no tirite. En El fuego que sostiene la mano la herida deja de ser accidente y se vuelve animal propio, la sed no encuentra vaso donde caber y aun así se aprende a beber, la madre reparte siglos enteros con el mismo cucharón. Es un libro que no busca apagar el dolor sino nombrarlo hasta domesticarlo, que confía más en el lenguaje entrecortado —versos que se quiebran como leña— que en cualquier consuelo fácil. Su aporte no es la calma: es enseñarnos a sostener el fuego sin soltarlo y sin quemarnos del todo, a saber que lo que nos da forma también puede deshacernos, y que aun así vale la pena acercar la mano.
El espejo
es el color rojo
que se acerca
sin bajar la mirada.
Toca la desnudez
que desconozco
de mí.
Dice:
No hay peor sordo que/
El que no quiere ver/
Ni peor ciego/
Que el que mira la luz/
La verdad es un animal inapropiado/
Nos queda el sonido/
De lo que cae y cae/
En el bosque/
Cuando no estamos/
Levanta tu piedra y anda.
◆
Acepta al tajo
por su vacío.
La herida ya tuvo lo suyo.
No te demores.
Ahí, no hay más.
Los fugaces pechos del tiempo se derraman.
Mama y descansa.
Observa el fuego
que sostiene la mano.
El aire que le permite ser
puede apagarlo.
Sin embargo
quema y arrasa,
se nutre de su enemigo.
Se entrega, erguido, al agua.
¿Lo ves?
Mama y descansa.
◆
He sanado
de la mujer
que me mira,
he servido el agua ligera
de los partos;
Debajo de la batalla
escondíamos el terror,
la malicia ingenua,
pretendidamente salva.
He devuelto el puñal
por el inverso.
Aliviar la sangre
como quien limpia un río,
maleza y palabra,
arrancar y arrasar,
la turba a salvo.
La fecundidad es el después
sembrado en barro.
◆
Coloca la mano
en el agua muerta
y tira.
Esa es su fe.
La forma laxa
de lo que ignora
de lo que no sabe ver,
reclama
el sudor laborioso
reclama
la atenta disciplina.
Es difícil
destruir lo correcto.
La certeza del golpe
talla
la escultura.
Esa es su fe
—se dice—
Tendrás
el monstruo
que seas capaz
de buscar
—se dice—.
Coloca la mano
en el agua muerta
y tira.
Estos poemas fueron extraídos de El fuego que sostiene la mano, de María Negro, publicado por Azul Francia en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, en 2025.
Foto: Sherine
