Hay una piedra que sueña bajo otra piedra, y ahí empieza todo. Arqueología secreta. El tiempo no se mide en estos versos: se muerde, se vuelve raíz, fruto, polvo, magma, sangre de San Pedro ardiendo en la noche. El hombre deja de ser centro y se convierte en combustible, en eco, en sombra que rebota contra sí misma.
Lisset no escribe para responder. Escribe para dejar la pregunta afilada, temblando en el aire, como un ave que cae en espiral y aun así se levanta sobre el mar.
Del sueño
El planeta de los simios
Pasé la edad joven del sueño de los ancestros.
Espejo suspendido en cada pasado.
Árbol que ha fuerza del tiempo se endereza;
Sin embargo, llego pronto a despertar el silencio.
Soñé que la felicidad era un árbol cayendo
en el huérfano privilegio de la noche
a la deriva del bosque.
¿Atravesar la edad como un acertijo o
a través de mi la raíz elongar en el fruto del árbol?
Cambio angular del pensamiento.
Elegí perder las alas en la placenta del suelo
Y así sentir el vacío del polvo
cubriéndome del espacio. Ánima abandonada.
Guiño inexplicable que cubre inexistencias.
¿Acaso el pétreo recuerdo del tiempo
podrá sanarnos?
Somos el recuerdo inerte de otra forma de vida.
Somos la piedra dormida sobre la piedra.
La noche de San Pedro reavivando la sangre.
Así salimos de nosotros mismos.
Fruto tejido. Arrojado al tiempo.
Somos la edad del sueño de los abuelos.
Una constante en la angostura de la existencia.
Y siguen evolucionando las especies
A pesar del hombre, por el también
En un curso que no pide permiso a los hombres
o a las bestias, tampoco a los animales.
El gran vientre que nos alberga
quien nos manda a desplazarnos para dejar vivir a
especies tal vez más nobles
Puede incluso expulsarnos de la historia del tiempo.
Existe a pesar de nosotros, con o sin nosotros.
(Crecer: mantener el ruido del alma intacto.
Lengua materna que recorre frente a los ojos
con nuevas preguntas)
Abrupta grieta que nos entierra a todos
y fosiliza en negro magma.
Combustible para otro futuro.
El único futuro: fuego incesante en tus entrañas.
Centro de la tierra, masa viva del cosmos.
Rugimos en sus entrañas,
no selecciona, no expulsa,
devora sus frutos.
Como toda selección natural.
(Expulsión natural)
Nos abriga, alimenta y nos revierte
a su centro de estrella deseosa.
No hay nombre que te sobreviva,
¿edad acaso?, que importe menos
que tu hambre al paso del tiempo, a la inevitable,
pérdida del tiempo, el tiempo que empuja a vivir.
El tiempo que nos prolonga como
líquido inflamable.
El objeto es dejar de ser objeto
Pensamientos: Memoria.
Toco en espiral la caída del ave
que se levanta sobre el mar.
Madriguera maternal
desovada en el tiempo.
En el recuerdo: la humanidad
(murió hace siglos)
mirada nonata
de un mito desproporcionado.
¿Exhumarnos nos devolverá belleza?
El objeto es dejar de ser objeto.
Volutas emergen en su lugar
en este flujo de estado de reflejo
de nosotros en otros objetos
Somos, pues, hasta cierto punto,
vertiginosas huellas para medir el tiempo.
Si hay algo vivo en mí
es la memoria del recuerdo,
por ello se nos dio conciencia
desde y por nosotros
Queda: Ánima pendiendo
sobre la alta tensión de la ausencia.
¿Se perdió la belleza de ser uno mismo?
¿Acaso como misterio desgastado de otro Dios
que nos ocupa a toda hora?
¿Observas desde el desangramiento y los clavos
o por encima de la tortura que deserta las horas?
El hombre no es esclavo anímico de sus ídolos
Esculpimos la existencia de saber ser
en la eternidad misma de nosotros.
¿Cuánto silencio en este instante?
Perfume empotrado abrasando la retina.
Rebote espacial entre la carne y tu sombra
Somos más que el objeto y el recuerdo.
Somos la desnuda pregunta de salvar el tiempo
que vivimos dentro.
Estos poemas son apenas la grieta por donde ya se asoma algo mayor: Mito Radical, el libro donde Lisset termina de incendiar la piedra que sueña. Editorial Wilaqota lo trae pronto al mundo, y no será un libro más en el estante: será una fractura sideral en la poética peruana actual, un mito que se niega a quedarse quieto y prefiere estallar en la boca de quien lo lea.
LISSET ORIHUELA ASCARZA
Nació —o más bien fue invocada— en Ayacucho, tierra donde la piedra también recuerda. Estudió Contabilidad y Auditoría en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, pero su verdadera contabilidad ha sido la del silencio: cuánto cabe en un verso, cuánto se pierde en el intento de nombrar lo innombrable. Ha recorrido festivales de Lima a Quito, de Iquique a Arequipa, sembrando palabras como quien siembra fuego lento. Es autora de Nadie nos habita/Manan saphiyuq, publicado dentro de la colección latinoamericana El árbol migratorio. Ahora prepara Mito Radical, su próxima erupción, bajo el sello de Wilaqota.
Foto: Gaby López

No hay comentarios:
Publicar un comentario