LA TAREA DEL CÓNDOR
«¡Qué fugaces
son los deseos y esfuerzos del hombre!
¡Qué breve su
tiempo!, y, por consiguiente, ¡qué pobres
serán sus
resultados, en comparación con los acumulados
en la Naturaleza
durante períodos geológicos enteros!»
Charles Darwin
«Vivant du sud
du Mexique jusqu'au nord de
l'Argentine, il
faisait partie intégrante de la
la culture maya,
puisque c'est à travers son
image, bien
discernable avec sa caroncule
(excroissance)
sur le bec, qu'était représenté
Cozcaquauhtli,
le 13e jour du calendrier
de cette
civilisation mésoaméricaine».
Janlou Chaput
—¿Saben de dónde vienen las aves?... De los dinosaurios, jóvenes y señoritas, de los dinosaurios. Las aves, filogenéticamente, son dinosaurios. Comparten más de cien características anatómicas. Las aves fueron terópodos o para que entiendan “pie-de-bestias” que vivieron desde el triásico superior hasta el cretácico. Hace veinte años se descubrieron fósiles de dinosaurios con plumas. Pero las semejanzas entre los arcaicos dinosaurios y las aves no son únicamente las plumas, sino el cuello, el pubis, la muñeca, la cintura pectoral, el omóplato, la fúrcula y la quilla del esternón…
—Disculpe,
profesor... ¿qué es la fúrcula?
—Buena
pregunta. ¿Alguna vez, sin duda, usted ha comido pollo? Pues existe un
huesesillo en forma de horquilla con el que existe la costumbre de jugar a los
deseos. Dos personas cogen el mismo huesito, y tiran hacia sí. Quien se queda
con el trozo mayor, puede creer que su deseo se cumplirá. Ese hueso se llama
fúrcula... Volvamos... Los dinosaurios terópodos caminaban de dos patas, como
lo hacen las aves... ¿Qué otras semejanzas existen?... Pues... los pulmones, el
corazón, la postura al dormir, y una cosa importante, la reproducción...
Finalmente, surge la interrogante: ¿Cómo llegaron los reptiles a volar? Existen
varias teorías... Pero eso lo dejamos para el próximo lunes. Jóvenes, que pasen
un buen fin de semana.
Los
estudiantes universitarios se dispersaron cada quien a lo suyo. Subían algunos
por las escalinatas, bajaban otros por el ascensor, mientras que algunos se
quedaban a charlar. Inti Quispe, de origen boliviano, biólogo y sociólogo,
participante de la formación en París, pidió a Jessy, una de las chicas que
había conocido recientemente, que le devuelva su iPhone.
—¿Lograste
encontrar el dato? —le dijo.
—No,
Inti. Pero alguna vez pude averiguar que la etnobiología está desarrollada en
México. De todas maneras, buscaré en mi ordenador, cuando llegue al hotel.
—Tengo
contacto con el Dr. Arturo Rey Carpio. Tal vez te sea útil.
—¿Quién
es?
—Es un
investigador...
Inti no
terminó de pronunciar la frase cuando otro joven le tocó el hombro, saludándolo
y preguntándole si esa noche estaría en el bar. Él contestó que no, que tenía
mucho trabajo. Luego continuó hablando con Laurence, su colega:
—...
¿Qué te iba decir...?
—Dime,
Inti... ¿cuál es tu especialidad?
—Las
aves grandes del territorio americano, en especial el cóndor...
—¡El
cóndor! ¡Qué hermoso! ¿Cómo te interesaste por el cóndor?
—Un día
conocí a un pastor de aves. Se llamaba Mario Álvarez Keller. Hoy día es un
conocido especialista de los buitres negros en España. Los conoce tanto que se
ha producido un diálogo entre ellos y él.
Los dos
descendieron por el ascensor hasta la planta baja y se dirigieron a la salida.
Atravesaron por entre un grupo de estudiantes que se manifestaban contra el
alza de los derechos de enseñanza, y se despidieron al llegar al límite del
campus.
***
Esa
noche, Inti se puso a trabajar. Desde muy niño, había sentido el anhelo de
conocer la naturaleza. Entre sus objetos más preciados, estaba un álbum de
cromos con el título de Naturama, una colección bastante didáctica de especies
animales que iban desde las primeras formas de vida hasta la diversidad actual.
Con el correr del tiempo, la biología se convirtió en profesión.
Ahora,
la simple idea que un dinosaurio transformara su cuerpo para poder levantar
vuelo, mientras otros de su tipo se quedaran en tierra, le parecía
extraordinaria. Un ave que dejó de caminar transformó sus escamas en plumas,
aligeró sus huesos y aprendió a sostenerse en el aire, tal vez lanzándose desde
los árboles, o quizás aprovechando el impulso del viento. Pero ¿cuántas
especies de aves existen? Ni la propia ornitología lo llega a saber
exactamente. Miles y miles. Desde el pájaro mosca o colibrí, o los grandes
rapaces, pasando por el pollo que es comida habitual humana, hasta llegar a las
hermosas aves selváticas, coloridas y parladoras. Por otro lado, también
llamaba su atención el simbolismo de las aves. Por ejemplo, el del ave fénix,
en cuyo origen real está el flamenco migratorio; el de la paloma mensajera
transformada en el símbolo de la paz; o algunas aves de cetrería, elevadas a
ícono en los estandartes romanos o en la bandera alemana; sin dejar de lado a
animales mitológicos como pegaso, el caballo alado, o los ángeles, mensajeros
de los dioses y protectores de los desvalidos.
Por eso
se había inclinado por escoger como materia de sus investigaciones al
majestuoso cóndor. Aunque nacido en Bolivia, llevaba dentro de su alma, con
orgullo identitario, una melodía muy famosa en el mundo entero, compuesta por
un músico peruano, Daniel Alomía Robles, llamada El cóndor pasa.
Sus
estudios los fundamentaba con las obras de Konrad Lorenz y Edward O. Wilson, y
ahora prestaba gran importancia a Manuel Soler.
Precisamente,
leía su ensayo Adaptación del comportamiento: comprendiendo al animal humano,
en cuyo índice, se le ofrecía temas de su interés, como, por ejemplo:
reproducción, búsqueda de pareja, selección sexual, fecundación, competencia
espermática, selección críptica de la hembra, cuidados parentales, sistemas de
apareamiento, gregarismo, agrupaciones y sociedades, comportamientos
altruistas, relaciones entre especies, comunicación y lenguaje humano, y la
mente animal. Casi nada.
Sin
embargo, otros aspectos le parecían increíblemente interesantes. El hecho que
varios animales son capaces de realizar gestos, aunque no “hablar”; las
conductas monógamas de algunas aves, y las de dividir el trabajo y actuar comunitaria
y altruistamente.
Estas
prácticas reorientaban constantemente su trabajo. Y la especie elegida, el
cóndor, phus gryphus, el ave más grande del planeta, era su reto, su meta y de
momento el sustento de su labor.
***
Eran
las siete y media cuando su radioreloj emitía la canción de Llapaku, con la que
se despertaba. Inmediatamente se duchó, preparó café, desayunó y salió en dirección
a la universidad.
Al
ingresar al laboratorio de etnobiología encontró a dos colegas suyos, con los
que empezó a dialogar empezando por intentar explicar los objetivos de su
investigación.
Una
tarea era comprender por qué el cóndor habita en el continente americano y no
en otros continentes. Cuestión tan simple como preguntar por qué la cebra
habita en África. Cada ser llega a ser como resultado de un proceso de
reproducción y de adaptación ecológica, genética, selección sexual y
preservación de su descendencia, a través de un proceso de millones de años...
y sin embargo... ¡el ser es al mismo tiempo único y siempre en camino de
cambio...! ¿Quiere esto decir, que después del cóndor aparecería una especie
nueva, mejor, más poderosa, más bella y más increíble que el cóndor? ¿Gracias a
la informática podríamos proyectar cómo sería esta nueva especie? Y para poder
lograrlo... ¿cuál, cuánta información, y qué programa utilizar?
—Es una
búsqueda inútil —dijo Gilberto Bennet, un austriaco nacionalizado francés,
profesor de la Universidad Autónoma de México.
—A mí
me parece interesante, pero, aunque tampoco le veo utilidad, puede llevarnos a
descubrir un camino para hacer lo mismo con otras especies no domésticas
—intervino el otro, un ruso llamado Boris Mendeleiev.
—¿Por
ejemplo? —replicó Gilberto.
—¿El
elefante? —dijo Inti.
—El
elefante... ¿por qué el elefante? El elefante en la India es doméstico, no...
—Sí y
no. Sí, cuando se le usa para ejecutar trabajos de tracción de cargas pesadas,
y no cuando se le trata en un estatuto superior al que en otros lugares del
planeta se le otorga al camello, a la llama, al caballo o al burro. Ustedes
saben que me refiero a Ganesh.
—No nos
desviemos... El gran reto es imaginar si de una especie actual saldría una
nueva especie. Si esto es posible, de cada especie podría salir otra.
—U
otras.
—¿De la
gallina, por ejemplo, también?
—Hmmm,
sí. De una especie tan cercana al ser humano, también.
—Un
momento, intervino Boris. Esto no está relacionado con la manipulación
genética.
—O sí.
La ciencia tiene como una de sus características la libertad, incluyendo...
—... En
realidad, deberíamos precisar a qué llamamos especie...
—Exacto.
¿Qué es una especie? —dijo Inti.
—Nosotros
somos una especie. Nuestro genoma ha sido descifrado. Hemos conseguido ser una
especie diferente después de millones de años, en África, y desde entonces, no
descansamos de explorar y poblar la Tierra, la Luna y próximamente Marte.
—Gracias
por la aclaración, Gilberto, pero no me refería a eso precisamente, sino: ¿Cómo
se llega a distinguir una especie...? ¿En qué instante y cómo se separa de otra
y varía su propia esencia? — exclamó Boris.
—Es
cierto. Sin embargo, creo que esto ya lo dejó claro Darwin. Diversificar para
purificar, que es lo mismo que analizar para luego sintetizar. De la abundancia
brota la singularidad —aclaró Inti.
—Voy a
por un café, disculpen —dijo Gilberto.
—Mi
problema más difícil, este momento, es lograr que el proyecto sea clasificado
dentro de la próxima financiación. De lo contrario, ya puedo estar pensando en
otra cosa.
—No te
preocupes, Inti. Me parece que si agregas, como se suele hacer, el detalle de
preservar la especie, nadie puede oponerse tratándose de un ave tan conocida,
espectacular y con connotaciones culturales como el cóndor. ¿Cuántos ejemplares
existen? ¿Menos de mil?
—Eso
espero, Boris. Eso espero —finalizó Inti, y enseguida continuó su labor.
Se
colocó los auriculares y abrió su cibersesión con la intención de comprender
mejor el término especie. La especie muchas veces era definida de una manera
tautológica indicando que se trataba de cada uno de los grupos en que estaba
dividido un género; pero otras veces se era más preciso dando la definición:
ser vivo, animal o vegetal que tiene determinadas características... o miembros
de poblaciones que se reproducen o pueden reproducirse entre sí en la
naturaleza... Esta última definición le resultaba más apropiada porque exigía
dos condiciones básicas: poder reproductivo y producción de descendencia
reproductiva. En suma, continuidad de vida. A ello se agregaba la similitud o
distancia entre el ADN de dos especies, y cinco códigos internacionales de
nomenclatura. Un argentino, Sergio A. Lambertucci, de la Universidad de
Comahue, Río Negro, tenía difundido un estudio sobre el cóndor andino, en el
que identificaba las amenazas contra esta ave: matanza, ingesta de cebos
tóxicos y municiones de plomo, colisión contra tendidos eléctricos, cacería
furtiva, competencia por alimento y trampas de cepo. En realidad, existían siete
especies americanas de la familia Cathartide, de las cuales dos son cóndores:
Vultur gryphus (en los Andes) y Gymnogypus californianus (en Norteamérica).
Sonó la
señal en su iPhone. Inti rápidamente supo que era ella. No existía otra
posibilidad. Contestó: «Hola». «¿Inti? Soy yo: Jessie. ¿A qué hora terminas? Lo
digo para encontrarnos a mediodía y comer». «¿Te parece a las doce y media?».
«A partir de la una, por favor». «Bien. Estaré en el mismo lugar de la última
vez». Después de desconectar, pensó: "Cada especie se comunica de una
manera determinada para encontrar pareja. ¿Cómo lo hacía el cóndor?". Ya
sabía que después del apareamiento el cóndor hembra ponía un único huevo
incubado por espacio de dos meses, y que las crías de cóndor permanecían en el
nido más de medio año antes de acompañar a sus progenitores en el vuelo.
Asimismo, sabía que la madurez sexual la alcanzaba entre los seis y los ocho
años de edad... pero ¿cómo elegían pareja?
Volvió
al artículo. Primero, las condoreras —en las que pueden habitar hasta más de
una centena de individuos— están ubicadas en roquedales acantilados con repisas
para perchar. Luego, los nidos están en cuevas o repisas, distintos de las
condoreras. Ello indica que al momento de reproducirse la pareja se separa temporalmente
del resto del grupo y elige su nido, en un período de ocho a nueve meses,
mediante cortejos, cópulas y elección de nido. ¿Indicaba esto que los cóndores
eran endógamos? Y otro detalle. Si los cóndores tienen atrofiada la siringe,
¿quiere decir que los machos no cantan para atraer a las hembras? Al parecer
son las hembras, quienes en el momento del estro cambian el color de su cabeza
del rojo habitual a amarillo. Signo que es observado por su pareja. Según
ciertos investigadores, la época de celo es entre los meses de agosto y
septiembre, y el cortejo consiste en una especie de danza sobre el suelo. El
macho abre y cierra muchas veces sus alas, hincha su cuello y lo encorva hasta
tocar con su pico la parte superior del pecho, emitiendo débiles silbidos. La
hembra de vez en cuando se acerca al macho para tocarlo con el pico. La acción
concluye con el apareamiento, que es cuando el macho lanza fuertes bufidos...
Lamentablemente, nada sobre su endogamia...
Gilberto,
que había permanecido en silencio, se dirigió a Inti, y le pidió disculpas,
dándole a entender de que si entre ellos no se producía la solidaridad y el
aliento mutuo, menos se podía esperar de otras personas.
Inti
dejó para la tarde la revisión del tema del gran intercambio americano, cuando
el sur americano se conectó con el norte americano, y pensando en Jessie salió
a buscarla para comer.
* * *
En el
restaurante, ambos departían una ensalada de betarraga, zanahoria y lechuga
bañadas con aceite de oliva, luego una cremosa lasaña de carne picada,
acompañadas de jugo de frutas, y de postre helado de vainilla con canela.
—Jessie...
Ya me explicaste que eres bióloga, pero no conozco cuál es tu especialidad.
—Eres
olvidadizo, Inti. ¿No te acuerdas?
—No.
—Soy
candidata a un doctorado en etnobiología.
—Sí.
Eso sí recuerdo. Lo que no sé es cuál es tu tema de doctorado.
—Adivina.
Inti la
miró fijamente. Luego le pidió que se ponga de pie, y que haga un giro
mostrando su figura. Ella le siguió la broma. Al final él hizo un gesto de
suficiencia y sentenció: «Una mujer así sólo puede dedicarse a una cosa.» «¿A
qué?», dijo ella. «Al sexo», respondió él. Rieron.
No.
Ella no dedicaba sus estudios al sexo, sino a la reproducción de quelonios,
específicamente de las tortugas de mar. Y por eso necesitaba contactar con el
Dr. Arturo Rey Carpio, biólogo marino.
—Dime,
Jessie. ¿Cómo se aparean las tortugas? Debe ser complicada su cópula... como si
se tratara de juntar las dos partes de un yoyó.
Rieron
nuevamente. Al despedirse quedaron para volverse a encontrar el fin de semana.
Visitarían el zoológico de Chapultepec. Una buena manera de divertirse y
continuar hablando de sus temas de interés.
***
Al día
siguiente, Inti se dirigió a la enorme Biblioteca Central del Instituto
Paleontológico para incrementar su información sobre el gran intercambio
biótico americano, llamado GIBA, una de las más grandes redemarcaciones
naturales geográficas del decurso planetario, que se produjo como resultado de
cambios téctónicos y actividad volcánica que permitieron el surgimiento del
itsmo de Panamá, el enfriamiento global, la gran elevación de los Andes que
formó asimismo una barrera que cambió el clima y patrones de drenaje; y
finalmente los intercambios biológicos entre la masas terrestres de la región
neotropical y de la región neoártica, desde el sur hacia el norte y viceversa.
Tomó
nota:
«Brown
y Lomolino, en su Biogeografía, 1998, señalan que: “Este evento provee un
fascinante caso de estudio de los efectos combinados de dispersión, interacción
interespecífica, extinción y evolución de diversidad biológica”». Inti
reflexionó: “Al parecer desaparecieron los animales de más de media tonelada
excepto el bisonte americano. Se extinguieron todos los inmigrantes sureños en
el norte con un peso mayor a 15 kilos, todo animal nativo sudamericano mayor de
65 kilos y todo inmigrante norteño en Sudamérica mayor de 450 kilos”.
Inti se
sorprendió al comprobar que había existido en Suramérica una enorme ave
terotónida del mioceno, llamada Argentavis, cuya extraordinaria envergadura fue
de ocho metros, así como otra gran ave marina, Pelagornis chilensis, un poco
menor. Llegó entonces a la conclusión que el cóndor fue el ave más grande que
sobrevivió al GIBA.
Y ahora
se preguntó: ¿Cuáles son los siguientes pasos? Respecto del programa
informático que él gustaba llamar el “premonitor”, la última noticia era la de
Microsoft en coordinación con el Instituto Tecnológico Technion, basada en la
revisión de acontecimientos registrados en el New York Times, bajo el lema: “El
pasado no se repite, pero rima”, queriendo indicar con ello que el mundo tiene
un ritmo. Efectivamente, el mundo tiene un vaivén. Las estaciones se suceden
ininterrumpidamente desde un registro de frío, los meses de invierno, hasta el
calor estival. Las placas tectónicas de tiempo en tiempo chocan entre ellas, en
los días festivos se repiten accidentes de tránsito, delitos y estupideces que
la policía ya tienen computados; como en el filme Minority report, algún
policía puede impedir el crimen si entiende que la cantidad de información
enciende una lucecita roja, o simplemente análisis de ciclos, de repeticiones
en general. Sin embargo, para los fines de su proyecto de investigación el
programa informático, en realidad debía ser mucho más especializado. Era
ineludible manejar datos desde la era protozoica hasta el plioceno. El asunto
era complicado. Demasiada información difícilmente obtenible. Y también algo
fundamental relacionado con el financiamiento. Era imprescindible obtener los
datos más fidedignos y actualizados sobre la población del cóndor y toda la
legislación y reglamentación al respecto, en los diferentes países de su hábitat.
Si todo salía bien, por fin su sueño de niño un día tendría la posibilidad de
llegar a un buen final.
Y
aunque habían pasado más de veinte años, se acordaba como si fuera ayer de un
hermoso relato que su profesor de comunicación, a él y a sus compañeros, les
hizo leer en aula, una fría mañana de agosto. El autor del texto, o de la
recopilación no se conocía. Quizás era el editor del libro. O un escritor que
decidió permanecer en el anonimato. ¿Por qué ese relato le impresionó bastante?
¿Por su nombre? Tal vez. El nombre Inti, sol en quechua, indicaba la
preferencia de la familia por preservar la identidad cultural andina. El relato
se titulaba: La diplomacia del cóndor.
Escrito
en un lenguaje fácil, especialmente comprensible para un público lector joven,
contaba la terrible historia de la destrucción de nuestro planeta, a
consecuencia de la extinción de la capa de ozono, del abuso del uso de
combustibles tóxicos, de la contaminación de las aguas de los mares, lagos y
ríos, y, sobre todo, por la basura que en ese entonces nadie reciclaba. Había
guardado el libro como un tesoro de su niñez, y cuando releía el relato era
cada vez más consciente que recrudecía el exterminio de muchas especies,
precisando aquella cuyo hábitat era la Amazonía. La deforestación y la
contaminación sobrevenida por la explotación del caucho, del petróleo y del
gas, causaban gravísimos daños.
El
relato era más o menos así:
Todos
los seres vivos, puestos en alarma por el peligro en que se encontraba el
planeta, se reunieron en asamblea de sociedades y pueblos en el gran pantanal
de Matto Grosso, unos meses antes que los gobiernos se congregaran en la Cumbre
de la Tierra. Entre los cientos de asambleístas, los mamíferos estaban
representados por Cebú y Otorongo; los reptiles, por Anaconda y Lagarto; las
aves por Tucán, Loro, Águila y Papagayo; los insectos por Libélula y Abejorro;
los peces por Paiche y Piraña; los árboles por Mono trepador y Pájaro
carpintero; las frutas por Gusano y Mosca; las raíces por Papa y Yuca; los ríos
por Paiche y Ronsoco; y las plantas en general, por Orquídea.
Después
de mucho discutir, decidieron elegir un representante para que pronuncie un
discurso ante los jefes de gobierno de todo el planeta. Y se encontraron con el
grave problema que ninguno de los que estaban allí estaba capacitado para hacer
frente a semejante empresa. Alguien dijo que necesitaban la presencia de Puma,
otro dijo que se necesitaba alguien ágil como Colibrí, y otro, fue más audaz
aún y dijo que el mejor vocero era Llama. Esta última sugerencia provocó en
algunos de los concurrentes gestos de desavenencia.
Finalmente,
de entre los cientos de representantes extranjeros al mundo andino, un anciano
venido del Techo del Mundo elevó su voz y dijo:
—Yo ya
estoy viejo, y me quedan pocas horas. No me quejo. Al contrario. Vivo en libertad,
y esa misma libertad es la que espero para todos ustedes. Cuando mis funciones
corporales se detengan, lleven mis despojos por favor a la cumbre de un nevado.
Allí, el cóndor hará su labor.
—Si así
lo desea, así lo haremos —dijo Paiche.
—Pero...
¿qué ganamos con ello, estimado maestro?
—Al
mismo tiempo que él me purifica, cada una de las aves, en especial las más
coloridas, entregarán una o varias plumas a los mejores tejedores para que, con
ellas, confeccionen un traje, una hermosa investidura...
—Y
entonces...
—...
Ese atuendo, espléndido y significativo, será el que use el cóndor para
concurrir a la Cumbre del Planeta en nombre de los seres vivos y de la
naturaleza. ¡Los gobernantes oirán su discurso y tendrán la oportunidad de recapacitar
de sus estúpidas acciones!
—¿Y si
el cóndor no acepta el reto?
—Aceptará.
Aceptará. Lo siento así —concluyó el anciano, con una sonrisa de satisfacción.
El relato continuaba describiendo cómo los
mejores artesanos juntaron las plumas, y con la ayuda de los animales más
creativos, tejieron una hermosa vestidura, al tiempo que agonizaba el anciano.
Durante el proceso de confección, todos compartieron comida, bebida, música
danza y conversación. Cuando el corazón y el cerebro del abuelo se detuvieron,
una comitiva ceremoniosa ascendió hasta las alturas nevadas para cumplir las
exequias. El cóndor los esperaba en lo alto. Su aspecto imponente, oscuro y
fiero, adquirió la solemnidad del caso. Su misión era purificar la vida.
Mientras
los ayarachis se balanceaban tocando sus sikus, el cóndor lentamente ingirió
las entrañas del anciano, y cogiéndolo con sus garras lo llevó hasta un alto y
hermoso picacho de la cordillera. Después, cuando salió el sol, dos allqamaris
vistieron al cóndor con el traje hermosamente tejido, y él, investido de
radiante poder, se despidió de la concurrencia, y levantó el vuelo en dirección
a la extensa selva amazónica.
Y llegó
su turno.
En la
Cumbre del Planeta, ante la sorpresa y expectativa de los cientos de delegados
y representantes, con la fuerza de la naturaleza, con la magia de las plumas de
aves parladoras, con el cielo cuyas nubes dejaron ver un hermoso arco iris, el
cóndor provocó un estado emocional colectivo muy especial. Modulando su canto
con la misma intensidad del trueno andino, de su garganta casi siempre
atrofiada, salió un magistral y convincente discurso. El ave más grande del
planeta logró ser escuchada, entendida, y su mensaje se transmitió en todas las
lenguas. Los representantes de los gobiernos entraron en diálogo, en
comprensión, en solidaridad, y finalmente en acuerdo.
Tiempo
después, los gobiernos de los países ricos e industrializados anunciaron
medidas contundentes para solucionar las causas del cambio climático y la
contaminación ambiental. El mensaje de los seres vivos había causado efecto.
Inti se
acordaba, como si fuese ayer, que su profesor les había dejado de tarea dibujar
un cóndor.
* * *
Se
detuvieron frente a un letrero que indicaba: Tortuga africana de espolones, y
Jessie comenzó a explicarle su estado de conservación, pero él miraba sus ojos,
atendía a sus ojos y únicamente le interesaban sus ojos.
—En La
Paz tenemos el Zoológico de Mallaza. Allí se puede observar el cóndor en
cautiverio. En septiembre de 2010 la Fundación Bioandina Argentina y el
Zoológico de Buenos Aires liberaron tres ejemplares en las sierras de Paileman,
en Valcheta... Si deseas puedes verlo en Vimeo.
—Observa...
¡observa! Ves la tortuga... En su lentitud está expresada su sabiduría. Esta
especie no es objeto de tráfico ilegal. La pochicote y la golfina, sí.
—¿Tráfico
ilegal? ¿Aquí en México hay tráfico ilegal?
—La Procuraduría
Federal así lo constata a diario.
Continuaron
dialogando y caminando por el zoo. En un momento dado, cuando él le habló de la
necesidad de utilizar un programa informático, ella se refirió a los animales
del futuro, diseñados por ordenador.
—Cuando
visité Francia, en un parque de atracción llamado Futuroscopio pude
experimentar modelos virtuales de animales del futuro. Por ejemplo...
—Sí. Pero
eso, aunque es ciertamente diseño con características científicas, se parece
más a Jurassic Park que a la idea de mi trabajo.
—¿Jurassic
Park?
—Es una
película que me impresionó de niño. Mucho. Me impresionó, pero luego comprendí
que allí todo estaba confundido.
—¿Te
refieres al genoma?
—Claro.
Jurasisc Park, ahora, me parece un horror de película. Sin embargo, si hay algo
que rescatar es el tema que sugiere la posibilidad de reconstrucción de un
genoma, y, por tanto, su modificación. Es un tema apasionante. ¿Tienes sed?
Vamos a beber algo. Tengo calor.
Se
dirigieron a un quiosco, compraron dos pequeñas botellas de jugo de frutas, y
se sentaron en un tronco de árbol. El parque del zoológico era un buen lugar
sentirse en un ambiente completamente natural.
Continuaron
el diálogo hablando del Futuroscopio, ubicado en las proximidades de Poitiers.
Antes
de despedirse, se pusieron de acuerdo en mirar juntos un filme. ¿Cuál? Ella
había sugerido Jurassic Park y él estuvo de acuerdo, sólo si era el
primero de la saga. Cuando ella le preguntó por qué, él le explicó que era el
único que planteaba el tema verdaderamente desde un ángulo científico.
Salieron
del zoológico de Chapultepec y caminaron por el Paseo de la Reforma llegando al
Metro Auditorio. Al descender por las escalinatas, compraron dos tickets en la
máquina expendedora y atravesaron la tranquera. Cuando el tren arribó y las
puertas se abrieron, montaron e inmediatamente buscaron asientos; pero estaba
lleno y permanecieron de pie. De pronto, un hombre topó contra Inti, justo en
el instante que llegaban a la siguiente estación. Al abrirse las puertas, Inti
se tocó el bolsillo del pantalón comprobando la existencia de su billetera...
¡No estaba! El hombre tropezó adrede contra él para sustraérsela. Pero el tren
ya estaba en marcha.
—¡Jessie,
me acaban de robar la billetera...! —dijo Inti.
—¡No es
posible!
Tuvieron
que esperar la siguiente estación para salir, de manera apresurada, indagar la
ubicación de la agencia de policía más próxima y presentar la denuncia. Inti se
encontraba muy nervioso y enfadado.
Ella,
acongojada, trataba de consolarlo. Una hora y media duró la gestión, más
protocolar que efectiva: explicar el dónde, el cómo, qué documentos, cuánto
dinero en efectivo, y dar sus señas.
—Lo
peor de todo es que en la billetera también está la carta magnética con la que
abro mi habitación.
Jessie
vivía con su familia y no podía alojarlo. Sin embargo, conocía una amiga que en
su apartamento tenía una habitación libre. La llamó y ella consintió alojarlo.
Entonces tomaron un taxi, con el que atravesaron la enorme ciudad de México
hasta llegar a la dirección de la amiga de Jessie. La esperaron una media hora,
y cuando llegó les invitó a pasar.
Se
quedaron charlando hasta que se hizo de noche. Ordenaron una pizza por teléfono
para acompañarla con vino tinto.
—¿Dónde
vives, Jessie? ¿Lejos de aquí? ¿Hasta qué hora funciona el metro?
—Sí.
Vivo un poco lejos.
—Por mí
no hay ningún problema si te quedas a dormir aquí.
Inti y
Jessie cruzaron sus miradas. ¿Es que había algo más que una amistad entre
ellos?
Decidieron
que Jessie y su amiga dormirían juntas y él en la habitación libre. Al día
siguiente todo volvería a la normalidad. La inmobiliaria le proporcionaría una
nueva llave magnética, el banco una nueva carta, y del dinero, simplemente a
darlo por perdido.
* * *
—Una
especie llega a serlo en millones de años. ¿Cómo podría surgir una especie
sucedánea del cóndor? Gatos, perros, caballos, gallinas, y cuanto animal
doméstico existía en el mundo, miles de años habían sido objeto de manipulación
reproductiva. Las llamadas “razas” no eran o cosa que fruto de esa
manipulación, a la que se podía llamar decentemente crianza. Para poner un
ejemplo didáctico, veamos el caso del perro doméstico... ¿cuántas razas o
variedades existen? Veamos; usted, Lisandro, ¿sabe cuántas razas de perros
existen en el mundo, o por lo menos tiene alguna idea?
—No,
doctor. Lo siento. Si le digo quinientos o le digo ochocientos, le mentiría. No
tengo ni idea.
—En la
actualidad se calcula, de manera aproximada, la exorbitante cifra de unas 343
catalogadas y de 700 no catalogadas... La razón de esta gran variedad,
indudablemente, es la facilidad de la reproducción, y el corto período de
maduración sexual. Los perros pueden procrear a los dos o tres años de vida.
La
media docena de asistentes al Seminario esperó a que finalizara la charla y
cuando el expositor se hubo marchado, dos de ellos se quedaron a charlar, e
Inti también, solitario. Pensaba en la edad de maduración sexual del cóndor y
en la enorme dificultad de ensayar la “mejora racial” a través de la crianza.
Entonces, ¿cómo hacerlo? Su mente divagaba: «¿Gracias a la informática
podríamos proyectar cómo sería una nueva especie? Y para poder lograrlo...
¿cuál, cuánta información, y qué programa utilizar?» Nuevamente, volver al
principio. ¿Quizás en México algún biólogo ensayaba a través de la informática?
No. No lo sabía. Y estaba perdido. Se sentía como en un paraje desértico.
Abrió
de mala gana su ordenador portátil y busco en Google.
Después
de unos minutos no tenía sino pistas referidas a ganadería, así que abandonó la
idea. Luego, pensó en Jessie. No era su tipo de mujer, pero...
Cerró
el ordenador, se levantó de la silla y salió de la sala, con la idea fija de
alquilar la película Jurassic Park, e invitar a Jessie a verla juntos.
¿Dónde? No lo tenía claro, pero, ya se le ocurriría un lugar adecuado. Además,
le buscaría el contacto con el Dr. Arturo Rey Carpio, un gran especialista en
tortugas. Y de paso, podría intercambiar algunas expresiones con él, porque a
diferencia de otras especies, las tortugas eran longevas, y presentaban
semejanzas con la especie que le interesaba a él. Buscó su email en las páginas
web de los organismos que lo tenían fichado como profesor o investigador y al
encontrarlo, abrió su servidor, y escribió un texto breve:
Doctor...
¿Se acuerda de mí? Soy Inti Quispe, de Bolivia. Tuve el honor de conocerlo en
el Curso de Evolución en Montevideo. Le envío este mensaje para solicitarle una
entrevista personal. Si usted se encuentra actualmente en el Distrito Federal,
podríamos sostener un encuentro con Jessie Peralta, una bióloga y conservadora
interesada en consultarle temas sobre su especialidad. Gracias.
Luego
escogió “Enviar mensaje”, y presionó “Enter”.
Volvió
a sus apuntes. Notas sueltas: 1953, James Watson y Francis Crick deducen la
estructura tridimensional del DNA y proponen un modelo para su replicación.
Manolis Kelis Genómica funcional genómica evolutiva Bruce Tidor Genoma =
constitución genética del organismo... Tenía la mente llena de esas ideas. ¿Y
la mente de Jessie?
La
última vez ella le dijo algo referido a la Fundación Flora, Fauna y Cultura de
México... un Programa de Conservación de Tortugas Marinas en la Riviera Maya.
Cruzó, de pronto, por esa mente llena de ciencia, alquilar una habitación de
hotel para ver con Jessie la película. Luego reflexionó. No: era una
chifladura. Mejor verla en su habitación. Y, con el dinero del alquiler podía
comprar un equipo de cinema. Pero horas más tarde, cuando recibió un mensaje de
respuesta del doctor Rey, consintiendo el encuentro, se animó a poner en
práctica la cita con Jessie. En el fondo sabía que no sentía por ella más que
simpatía, pero también tenía plena consciencia que tanto él como ella no tenían
pareja, y, por tanto, en caso de ligar no harían ningún mal a nadie. Buscó en
un Centro Comercial una consola de cine. Después de dos horas de caminar,
observar y comparar, al fin escogió un sistema llamado Bbox VOD - Sensatio TV
Cine – Multiecran Interface TV HD. Pero antes de comprar se dio cuenta que
hacía falta el DVD de la película, y como era antigua... ¿dónde y cómo
hallarla? Imposible. Sería mejor, más sencillo y menos caro verla en su
ordenador portátil, aunque sin la calidad del elegante aparato. Llamó a Jessie,
e hizo la invitación formal. Ella se sorprendió al comienzo, pero luego captó
la idea y aceptó. Traería tacos y una botella de vino tinto. Al atardecer él la
esperó en un parque, al frente de su estudio. Se saludaron con beso, y una mirada
cómplice.
El
ambiente le reveló a Jessie que era una típica vivienda de un aprendiz de
científico con un desorden de soltero, hasta cierto punto agradable.
Destaparon
la botella de vino, colocaron los tacos en el horno microondas y se acomodaron
en un sofá colocando el ordenador en una pequeña mesa de centro.
—Es la
cuarta o quinta vez que la veo —dijo Inti. ¿Y tú?
—No. Yo
la he visto una única vez. Casi no me acuerdo de qué se trata... ¿es de un
parque de diversiones, no es así? —respondió ella.
Inti
activó el play del filme, pero pasadas las primeras escenas, en la escena de la
excavación en la que encuentran la resina que conserva íntegro el mosquito
succionador de la sangre y el ADN del dinosaurio, lo detuvo, con el fin de
comentar el hecho. ¿Era posible realmente esto? Jessie opinó que eso no tenía
importancia. «Las especies vivas de la biósfera actual establecen el equilibrio
ecológico por sí mismas». «Totalmente de acuerdo. Pero es el hombre que
sobrepasa la condición de depredador y arriba a la de destructor. Es la
especie...» —exclamó Inti.
—Te
entiendo. Detén la película, Jessie. Ése es el problema, y no es un problema
genético, sino un asunto sociocultural. La lucha entre manadas de póngidos, al
arribar los homo sapiens a multiplicarse y distinguirse en unas tribus y otras
tribus, al mismo tiempo que inventaron la agricultura, la ganadería y la
arquitectura, inventaron la guerra como una manera más de lograr mejorar su
nivel de vida a través de la expoliación. ¿Es eso difícil de comprender?
—Cierto.
La guerra y la esclavitud. De todas maneras, en cuanto a lo que estoy
investigando, es para mí interesante avanzar sobre el tema de la manipulación
genética. Yo sé que ese no es tu dominio, pero compréndeme que para mí es
interesante el tema.
Continuaron
mirando el filme sin mucha atención y terminaron la botella de vino. Enseguida,
Inti abrió dos cervezas y mientras las bebían, se atrevió a preguntar: «Jessie:
¿tienes novio?». «No. ¿Y tú?», respondió ella. «No. Pero tengo un hijo en La
Paz. No estoy casado con su madre. La llamo a veces, pero únicamente para
preguntar por mi hijo. Ahora él tiene cuatro años. ¡Lo quiero mucho!»,
respondió Inti. «Y a ella ¿la amas aún?», indagó Jessie. «No. No. Rompimos hace
más de dos años», concluyó él.
Mientras
el ordenador seguía reproduciendo las imágenes de Jurassic Park, los dos jóvenes se enlazaron en caricias mutuas y
terminaron dirigiéndose al lecho. La noche vino a ellos y los cubrió con su
manto de calor.
* * *
Unos
días después, Inti recibió respuesta afirmativa del Dr. Arturo Rey Castro, y se
lo comunicó a Jessie. El encuentro se produciría en dos semanas en el mismo
México DF. Jessie entusiasmada, escogió un restaurante típico para celebrar la
reunión: La serpiente emplumada.
El día
acordado buscaron al científico y los tres se desplazaron hasta el restaurante
en taxi. Era un local estupendo en Álvaro Obregón, uno de cuyos muros estaba
decorado con una hermosa reproducción del famoso mural de Cacaxtla. Cuando tomaron
asiento y les trajeron la carta de vinos, empezó la conversación.
—¿Desde
cuándo se dedica al estudio de las tortugas, Jessie? —dijo Arturo Rey.
—Hace
varios años. La reproducción de tortugas de mar es algo que me impresionó
después de hacerme voluntaria en Campamento Tortugueros, cerca de Acapulco.
Luego centré mi estudio en las tortugas laúd.
—Ah...
¡las laúd!... Conozco la especie. Se le calcula una antigüedad de cien millones
de años. Sí. Ciertamente está en peligro de extinción.
Mientras
Jessie degustaba el guacamole, Inti y Arturo Rey devoraban el pozole blanco. De
pronto, Arturo preguntó a Inti: «¿Y usted? ¿Cuál es su campo de investigación?»
«Hace dos meses que vengo estudiando el cóndor andino», respondió él.
—¿Conoce
el urubu?
—Sí.
¿El zamuro negro?
—No. El
rey. El rey zamuro que en Brasil le llaman Urubu rei. Su nombre científico es
Sarcoramphus papa. El que tiene la cabeza de colores. ¿Nunca lo ha visto?
—No. Lo
siento.
—Sí se
da cuenta. Su hábitat hace contraparte con el cóndor. Es como si se hubieran
dividido los territorios. Para el cóndor las cordilleras y para el urubu las
selvas. Mi apellido es Rey, si se ha dado cuenta.
* * *
De
regreso a su estudio, lo primero que hizo Inti, fue buscar información sobre el
Urubu. No bien observó las primeras imágenes, comprendió las palabras del
científico. Efectivamente, era el mismo cóndor, pero de colores. Simplemente
magnífico. Y se diría formidable, mágico... en una palabra: increíble.
Ahí
estaba la respuesta a su trabajo de investigación. La naturaleza había
utilizado millones de años para avanzar en todas las direcciones posibles,
recorrer todas las rutas, subir y bajar y atravesar todos los ambientes,
revolver todos los nichos ecológicos, elaborar las microbellezas y los menos
comunes artificios, y al fin liberar y desplazar sus energías encapsuladas
hacia la libertad de los elementos.
«Sin
duda, pensó Inti, el Urubu rei es el ave más bella del mundo», y enseguida
comprendió que su investigación podría reorientarse: estudiar de manera
comparada el sarcoramphe roi (rey zamuro o urubu rey) y el vultur gryphus (su
amado cóndor). Y una luminosa idea brilló en su corteza frontal: ¿sería posible
un cruce entre estas dos aves? Y nuevamente la imagen de su profesor le vino a
la memoria. Ahí estaba la nueva tarea.
Foto: "Urubu Rei" Instagram: zoosapaulo

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