Hay una ciudad que sueña ser otra ciudad, y ahí empieza el presagio. Arqueología nocturna: el cerro se vuelve animal, la cicatriz se vuelve casa, la fotografía se vuelve testigo obligado de un dolor que nadie más quiere mirar. El tiempo no avanza en estos versos: se enciende, se apaga, vuelve a bailar un vals aunque las aceras sigan sangrando.
El hombre deja de ser espectador y se convierte en cómplice, en cámara, en pregunta que camina sola por calles llenas de dioses menores y de muertos cotidianos. Vacah no escribe para explicar la ciudad. Escribe para dejarla temblando entre el cuchillo y la ternura, como una pareja que sigue bailando aunque sepa que el amanecer va a doler mucho.
CICATRIZ
Salimos de la fiesta a comprar cigarros.
Desde el cerro una cicatriz de pequeñas casas,
iluminadas por el rencor de las estrellas,
se desgarra
y la luz hierve en el cielo oscuro.
Dentro de aquellos muros
—la noche nos está gritando—
una madre violenta,
un padre idiota,
se acuestan, se penetran las entrañas;
dices que lo sabes y te quedas señalando a los
[fantasmas.
Hemos salido entonces para conocer la cólera
y el amor que crece
en nuestro lado del frío.
Te he dicho que ya no convoques aquellos frutos,
que no los comas,
¿qué había antes?, te pregunté.
Te abracé
mientras las gatas maúllan para atraer a los machos.
El cerro es un animal
de huesos brillantes.
¿Qué había antes?,
porque tú y yo salimos de la fiesta hacia la noche
felices
y de pronto
has pensado en las consecuencias
y yo he quedado triste.
Tus pasos resuenan todavía sobre la calle rota.
En esta soledad larga de la calle
tus pasos
día, noche, todavía resuenan sobre la calle rota,
las manchas de óxido en nuestra piel
lucen bajo las lámparas
cuando la última tienda está cerrando.
Tuve miedo,
fui sólo un muchacho que registraba tu voz
pidiendo que la noche no terminara.
He corrido a comprar los cigarros,
la perra luz,
aquella luz enferma de las casas,
ha encendido el primero.
El humo se espesa en las cicatrices,
¿qué había antes?
En el silencio de las premoniciones
la música que llega
es atravesada por la muerte.
He guardado la visión de tu cuerpo
a esa hora;
atrapado en el lugar más oscuro de la ciudad.
Tus ojos mirando a las luciérnagas que no se
[mueven;
tu mano señaló una casa entre todas,
atravesó el futuro:
“esa es la nuestra,
allí llorarán nuestros hijos,
llevarán nuestro nombre
y nuestras cicatrices”.
Tuve miedo entonces del mañana,
¿qué había antes?,
te he preguntado.
“Primero fue la fiesta”, me dijiste,
“ahora es la noche”.
FOTOGRAFÍA
su sangre.
Es el camino,
su sangre y el dolor de la calle,
y el ruido
y los gritos de los idiotas.
Mis huesos están hechos de violencia.
Mi lengua pertenece al dominio de los cobardes,
aprendí el lenguaje de los asesinos
y lo único que he hecho
es hablar de la belleza.
No es un caballo el que está muriendo.
He preguntado a otros si están de acuerdo.
Nadie sabe,
o fingen no saberlo.
Y si de pronto dijera que es un ángel,
que es un niño.
Pasan sin saber que ahí está Dios.
¿Cómo es posible que todos los ojos se oculten de
[esos ojos?
¿Quién soy para advertirlo?,
no puedo participar de todos los accidentes,
todos los milagros.
Los perros ladran, la tarde se pudre.
En las ventanas
alguien toma una fotografía.
¿Por qué soy el único testigo?
¿Por qué soy yo el ruido de la cámara?
DE LOS PRESAGIOS
He visto el rostro de los ángeles que regresan a casa.
No comprendo por qué la noche está vacía,
aún con tanto sobreviviente.
Presagios aparecen frente a mí,
cruzo entre autos, despidiéndome;
veo, tras los cristales,
lo enamorado de los hombres,
de las mujeres esa ternura.
Sí, sólo estoy cruzando
¿por qué los dioses dicen mi nombre?
Toda la noche el reloj ha marcado esta hora.
Me siguen, por todas partes,
por las orillas de la noche,
arrullando al viento
los templos secretos de la ciudad,
cantan oraciones
en los jardines negros.
Para poner fin a todo,
camino los cuchillos de la soledad,
el rencor. Cortan mi carne
mientras mi cuerpo…
¿Por qué no me detengo?
No quiero descansar en la compasión.
He salido para sanar.
Tarda tanto el amanecer.
Bajo las lámparas agoniza el verano.
Bebo el recuerdo de tus ojos,
el azul de la lluvia en casa,
los días de amor y música envenenando los
[pulmones.
Bebo el último trago con los espíritus.
No sé si hoy
sea el último día.
Sobre los huesos de la noche,
he tomado el camino.
¿Estoy en el momento?
Tal vez.
Avanzo,
observo a los muertos,
de bruces contra el alba.
Toda la noche el reloj ha marcado esta hora
—¿qué hora es?—.
El último dios ríe desde la acera contraria.
¿A dónde me conducen?
Atravieso despacio la ciudad,
no tengo ojos para el horror ni para el pánico.
Camino en el amanecer,
mientras las calles rotas sangran.
Por una vez, al dar vuelta en la esquina,
no tengo miedo de toparme
con el resplandor del mundo.
VALS NOCTURNO
Bebo de este amor, y vuelvo a empezar
como si nunca la hubiera besado.
Este vals a la orilla de la tarde herida
que moja su cola en el río de los autos…
La tomo de la mano, bailaré con ella,
mientras los edificios sigan siendo el piano
enloquecido de alcohol y de ternura,
enloquecida ciudad de amantes y asesinos.
Este vals que tomo entre mis manos
se convierte en pájaros, ay, cómo vuelan;
guardaré esos trinos para ti, le digo al oído,
toma este vals de dulces plumas
que desaparecen en las guirnaldas negras de las
[nubes.
Toma este vals, le digo, mientras la noche nace sobre
[nosotros.
Este vals, dice ella, me recuerda viejas canciones
que ponía mi padre durante las fiestas.
Pero yo la quiero, y bailaré con ella
por melancólicos pasillos y oscuras sendas.
La beso sobre las sombras, en los libros muertos
y en la locura de los perros ladrando a las estrellas.
Este vals, este vals, este vals
que pinta de azul el lomo de las ratas,
pinta de blanco el pecho de los ladrones;
mientras la beso en nuestra cama hecha de luna
en cada esquina un fragmento de nuestro amor
sin que nadie se dé cuenta.
En cada esquina está ella y estoy yo,
locos al sentir que todo está en armonía,
ay, el mundo a cada paso nuestro,
el amor a cada paso cortando de la noche las espigas,
a cada paso reventando los sepulcros de la acera,
sanando las heridas de las calles rotas.
Sobre el libro
Presagios es un poemario del escritor, periodista cultural y gestor cultural mexicano José Manuel Vacah (Estado de México, 1990), publicado por Mantra Edixiones en 2019. El libro reúne una serie de poemas sobre la ciudad, el amor y la noche, entendidos como un territorio de movimiento constante y de anuncios que se cumplen o se frustran. Vacah —codirector de Corazón de Diablo Ediciones y conductor del programa cultural Mapa Vacío— construye aquí una voz urbana que dialoga con la tradición del poeta-vidente, esa figura que lee en la ciudad las señales de su propia destrucción y de su propia belleza.
Fotografía: Jorge Pantaleon

No hay comentarios:
Publicar un comentario