miércoles, 20 de febrero de 2019

Alfred Jarry: «UBU COLONIAL»




(COMEDIA EN UN SOLO ACTO)

(PADRE UBÚ, MADRE UBÚ, DOCTOR FOGÓN)


PADRE UBÚ: 
                          ¡Ah! ¿Es usted doctor Fogón? Nos sentimos encantados de que haya venido a nuestro encuentro ahora que acabamos de desembarcar del paquebote que nos ha traído de nuestra ruinosa expedición colonial a expensas del gobierno francés. En el trayecto de aquí a nuestra mansión, si es que insiste en venir a compartir nuestra comida a pesar de que no tengamos lo suficiente para nos y la Madre Ubú (si es que lo que tenemos llega a ser divisible por dos), le pondremos al corriente de cuanto nos ha acontecido en el transcurso de nuestra misión... La primera dificultad estribó en que ni siquiera pudimos pensar en procurarnos esclavos, dado que, desgraciadamente, habían abolido la esclavitud. Así, nos tuvimos que limitar a establecer relaciones diplomáticas con determinados negros bien armados, que estaban a la greña con otros negros desprovistos por completo de medios de defensa. Cuando los primeros hubieron capturado a los segundos, nos hicimos con todos en calidad de trabajadores libres. Y ello por pura filantropía, como es práctica habitual en las factorías de París, y para evitar que los vencedores se comieran a los vencidos... Deseoso de procurar su felicidad y de mantenerlos en el bien, les prometimos, si no se portaban mal, y una vez transcurridos diez años de trabajo libre a nuestro servicio —previo informe favorable de nuestro capataz— otorgarles la condición de electores y el derecho de hacer por sí mismos sus propios hijos... Para asegurar su seguridad, reorganizamos el cuerpo de policía, es decir, suprimimos los comisariados, que, por decirlo todo, todavía no se habían establecido. En su lugar pusimos a una vidente, quien se ocupaba de denunciarnos a los delincuentes con la condición, claro está, de que nuestros carceleros tomasen la precaución de no consultarla más que en sus momentos de trance.

DR. FOGÓN:
                       Esa sí que fue una buena ocurrencia, padre Ubú. Sobre todo si la vidente se ponía en trance a menudo.

PADRE UBÚ: 
                              Lo hacía bastante a menudo, sí. Por lo menos cuando no estaba borracha. 

DR. FOGÓN: 
                              ¡Ah! ¿Pero también se emborrachaba de vez en cuando?

PADRE UBÚ: 
                       ¡Continuamente...! ¡Oh, doctor Fogón! Trataría usted de burlarse de mí si intentase inducirme a contarle tan solo cosas divertidas. Escuche, escuche por el contrario. Entérese de cómo, gracias a nuestros conocimientos de medicina y a nuestra presencia de ánimo, conseguimos acabar con una terrible epidemia que se nos declaró a bordo, afectando a todo nuestro cargamento de hombre libres. Entérese, sí, y díganos si usted hubiera sido capaz de llevar a cabo semejante cura... El caso es que los negros son, según hemos podido descubrir, individuos muy proclives a contraer una rara enfermedad. Sin motivo que lo justifique, pero más especialmente cuando se les exhorta al trabajo, se quejan de tener «tatana», se tumban en el suelo y es imposible levantarles del sitio que han elegido hasta que no están completamente muertos. Evidencia no obstante la cual, y recordando que la afusión con agua fría resulta muy recomendable para casos de delirium tremens, se me ocurrió la idea de echar por la borda al más enfermo de todos, quien al instante resultó devorado por un inmenso bacalao... Tal sacrificio expiatorio debió resultar propicio a los dioses marinos, pues, de repente, todos los demás negros se pusieron a bailar en señal de súbita curación y para demostrar alegría por nuestro eficaz remedio. Y así, uno de los que estaban más graves, llegó a convertirse en un magnífico y libre semental. 

DR. FOGÓN:
                        ¿Lo habéis traído con vos, Padre Ubú? Si es así, se lo presentaré a mi mujer, que siempre se está quejando de que la especie se haya extinguido.

PADRE UBÚ:
                          ¡Lo siento, ay...! Dado que nos debía la vida y que nos no nos gustan las deudas que se tienen con nuestra caja de phinanzas, no fuimos capaz de encontrar reposo hasta que no dimos con la ocasión de dejar saldado tamaño crédito. Y, la verdad, no tardamos mucho en dar con ella. Cierto día, aquél desgraciado llevó su malicia hasta el punto de echar a un pequeño malabar al interior de nuestra gran turbina de azúcar, que funciona a dos mil revoluciones por minuto y que, en un abrir y cerrar de ojos, convierte en dulce polvo cualquier pedruzco o chatarra que se le quiera confiar. Cierto que aquel cachorro de malabar no crecía lo suficientemente de prisa para llegar a ser en poco tiempo un verdadero trabajador libre. Pero, a pesar de todo, no dudamos ni un segundo en ordenar la ejecución del criminal, considerando principalmente que teníamos un testigo presencial de su fechoría. Y es que, después de sufrirla, el pequeño malabar vino en persona ante nosotros a presentarnos la queja.

DR. FOGÓN:
                           Eso quiere decir, si no os he entendido mal, que el pequeño malabar no fue arrojado a la turbina, dado que espero que, cuando se presentó antes vos, no estaría convertido en azúcar...

PADRE UBÚ: 
                              Sí. Seguramente no fue arrojado. Pero para justificar nuestro acto de justicia era suficiente con que el otro hubiera tenido la intención de arrojarle. Y además, si el pequeño no murió, no es menos cierto que a partir de aquel momento se vio atacado por una grave y dolorosa indolencia.

DR. FOGÓN:
                            Creo que no sabéis lo que decís, Padre Ubú.

PADRE UBÚ:
                          ¿Cómo que no, señor...? Bueno, dado que se considera tan inteligente, ¿podría explicarnos lo que significa la palabra oos?

DR. FOGÓN:  
                            ¿Se trata de griego o de un idioma negro, Padre Ubú?

PADRE UBÚ:
                             Traduzca, traduzca. Cuando lo haya hecho, ya se enterará.

DR. FOGÓN:
                            ¿Oos...? Hay una palabra griega que se parece mucho y que quiere decir huevo... También conozco el término os, que significa hueso, en francés. Los libros que tratan de los huesos se llaman tratados de osteología.

PADRE UBÚ:
                               ¡Bien demostrado queda que es usted un burro, señor doctor! Oos o l'oos significa «el agua crece, «el agua sube» y no en idioma negro, sino en puro y simple francés (1). El agua sube, sí, pero nunca alcanzará el escalofriante nivel del perpetuo estiaje de su inteligencia, señor.

DR. FOGÓN:
                           La vuestra, Padre Ubú, puede contemplarlo todo desde la desmedida estatura de su canijez. 

PADRE UBÚ:
                           ¡¡Oh... !! Más vale que dejemos el tema, señor, o acabará usted pereciendo tan miserablemente como aquellos tres tiburones a los que pusimos en fuga valiéndonos únicamente de nuestro temible valor.

DR. FOGÓN: 
                          ¿Disteis caza a tres tiburones, Padre Ubú?

PADRE UBÚ:
                           En efecto, señor. A tres ni más ni menos, y ello ante todo el mundo, en plena calle. Pero dado lo ignorante que es, tendré que partir de la base de que sus conocimientos acerca de mineralogía no son los suficientes como para saber lo que es un tiburón... Sí, señor, como lo oye. Conseguí salir con la barriga intacta de entre las patas de tres tiburones a los que sometí a implacable persecución caminando delante de ellos y volviendo la cabeza de vez en cuando, modo del que seguí, si no a tan peludas piezas de caza, si por lo menos las costumbres del país. Pues debe usted saber que en él se acostumbra llamar tiburones, o tiburonas, a las mujeres negras de mala vida.

DR. FOGÓN:
                          (Escandalizado) ¡Oh, Padre Ubú!

PADRE UBÚ:
                        Sí, creo que se trata de un nombre de pájaro... Ellas, por su parte, se complacían en llamarme «mi pequeña ballena», a pesar de tan amoroso diminutivo, siempre me pareció irreverente, dado que comparada a nos, las ballenas suelen ser muy inferiores en cuanto a dimensiones. Por eso considero que esa forma de llamarme era un diminutivo, pues tengo que decir que, para enterarnos de lo que en realidad era ese bicho, tuvimos que inventar el microscopio para ballenas... Aparte de lo cual, tenemos que reconocer que aquellas damas no estaban del todo mal, así como que solían hacer gala de sentido común y de una muy exquisita educación. Nuestra conversaciones con ellas venían a desarrollarse, más o menos, de la manera que sigue:
—¿O sá que tó va asá asá?— le preguntábamos, por ejemplo, a una de ellas.
—Asá asá, más ma que bí— respondía la negra—. Esta mañá me sién tris-tris. No ten ni gán de hacer na-na.
—Pos no gas ná.
—Haré todó lo que ma pé.
—¿Mujé ser vos de senadó o diputá?— aventurábamos, seducidos por sus maneras exquisitas.
—No, mi marí vendé café, ron y maní.
—Podré yo a tú volver a ver?
—Si quié comprá produc exó, podrá podrá. Pero cuidá, cuna no é una cual-cual.

DR. FOGÓN:
                           ¡Nunca os habría creído tan mujeriego, Padre Ubú!

PADRE UBÚ: 
                           Le mostraré a qué se debe, señor. (Busca en el bolsillo izquierdo de su pantalón). ¿Ve esta botella? ¿Adivina qué tipo de licor contiene...? Pues nada menos que extracto de tangá.

DR. FOGÓN:
                              ¡Por dios! ¿Y esa mirífica bestezuela que flota en su interior?

PADRE UBÚ:
                            ¡Cómo! ¿Llegáis a ver el animal...? ¡Pues sí, es cierto! No se ha llegado a disolver del todo en el alcól. Oséase, que disponemos de una disolución sobresaturada como la acostumbramos llamar... Para su conocimiento, le diré señor, que la tangá no es más que una rata, una muy humilde rata. Como quizá sepa, dos clases hay de ratas, la de ciudad y la de campo. ¿Quién se puede atrever a insinuar que no somos un gran entendido en entomología? La rata de campo es más prolífica porque dispone de más espacio para educar a sus descendientes. Y por esa causa, los indígenas del país del que venimos, la comen, a fin de tener muchos hijos. Y de ese modo, asimiladas sus propiedades, pueden, por ejemplo, decir: 
—Leván tatel mandí, mujé.
—No ten gogá.
—Come tangá.
—No sás pesá. Tú comerá tambié y querrás lo hacé otras quincevé.

DR. FOGÓN:
                          ¿No sería más decente que cambiáramos de conversación, Padre Ubú?

PADRE UBÚ:
                           Como quiera, señor. Vemos que la falta competencia en este tipo de temas. Pero para darle gusto le contaremos la manera en la que construimos puertos en las colonias... En primer lugar, le diremos que nuestros puertos siguen conservándose en excelentes condiciones, y ello porque no funcionan jamás. Así el único trabajo que dan es el de tener que quitarles el polvo cada mañana, pues en su interior no entra ni una sola gota de agua.

DR. FOGÓN: 
                            ¡¿...?!

PADRE UBÚ:
                           Cada vez que deseamos construir un puerto, determinadas personas en que lo hiciéramos en sus posesiones, nos procuraban la phinanza de todo el mundo, y solo en ese momento, téngalo en cuenta, procedíamos a pedir al gobierno la concesión de la mayor ayuda posible. A continuación, convencíamos a aquellas personas de que se nos habían concedido créditos solamente para un puerto. Entonces, por fin, construíamos dicho puerto en un lugar suficientemente alejado y que no fuera propiedad de ninguno de los estafados. Y, como es lógico, situado también tierra adentro, pues, en definitiva, no se trataba de que a él vinieran barcos, sino de que todos aquellos propietarios se avinieran a razones y de que la discusión sobre los derechos de cada cual a tener la obra en su tierra, no dejara de llegar a buen puerto.

DR. FOGÓN:
                          ¡Pero, Padre Ubú! ¿Y no acabasteis peleado con todo el mundo? 

PADRE UBÚ: 
                           ¡En absoluto! Por el contrario, se nos invitaba a todos los bailes, y tengo que reconocer que lo pasábamos muy bien. Excepto, claro está, la primera vez, porque, para congraciarnos con los colonos, me vestí de fiesta con mi gran traje colonial de explorador perfecto, mi chaqueta blanca y mi casco de tapones de botella. Tal indumentaria resultaba muy cómoda, pues en aquella tierra llega a hacer hasta cuarenta grados de temperatura por las noches. Pero todos aquellos propietarios, movidos por una gentileza reciproca hacia la metrópolis, representada por mi persona, se habían puesto sus trajes oscuros y abrigos de pieles. Y, al verme, me llamaron malcriado, y se liaron a patadas conmigo.

DR. FOGÓN:
                         Y dígame, ¿también los negros se ponen de vez en cuando trajes negros?

PADRE UBÚ:
                           Sí, señor. Pero cuando lo hacen, no se nota demasiado, lo que no deja de tener sus ventajas y sus inconvenientes. Aunque hablando de ventajas e inconvenientes tengo que decirle que el negro, en general, resulta poco visible por las noches, ya que por más que lo intentamos no conseguimos que entrara en vigor, aplicado a los negros, el reglamento de los ciclistas, es decir timbre y luz de dinamo obligatorios. Y le digo que es molesto porque a menudo se tropieza con ellos; y al mismo tiempo agradable, porque así se les puede pisotear mejor. Los negros de baja extracción, a los que se les puede distinguir un poco en la oscuridad porque llevan chalecos de tela blanca de color, no se quejan en modo alguno, sino que, al contrario, dicen: «Perdón, blanco mío». Pero a los negros elegantes, por completo vestidos de oscuro, no se les puede ver de ninguna manera. Y así caen sobre uno como si una chimenea se le cayera a uno en la cabeza, le aplastan los dedos gordos de los pies y hunden para adentro la barriga, después de todo lo cual, les queda cara dura para gritar: «¡Sucio negro...!». Para conseguir que nos respetaran un poco, tomamos la decisión de hacernos acompañar siempre por el más negro y económico de todos los negros, es decir, por nuestra propia sombra, a la que encargamos que, llegado el caso, se pegase con ellos. Pero a partir de ese momento nos vimos obligado a caminar por el mismo centro de la calzada, pues, si no, el mencionado negro, tan indisciplinado como volátil, se dedicaba a huir de nuestra compañía so pretexto de irse a jugar al trompo con otras sombras de los faroles de gas y con otros negros de las aceras... Lo que le digo, esos negros invisibles son el principal inconveniente del país, el cual podría llegar incluso a ser delicioso con solo algunas mejoras. Entre otras ventajas, por ejemplo, está lleno de corrientes de agua y de niños negros, cosas ambas que permitirían aclimatar y alimentar cocodrilos en él, sin apenas gasto. Ningún cocodrilo llegué a ver en la isla, lo que es una pena, pues allí podrían pasárselo muy bien. Mas en mi próximo viaje cuento con importar, a fin de que se reproduzcan, una pareja de especímenes jóvenes, a ser posible formada por dos machos, para que las crías resulten más vigorosas... En revancha, el avestruz abunda mucho, y quedamos asombrado de no poder capturar ninguno, a pesar de haber observado estrictamente las reglas contenidas sobre el particular en nuestros libros de cocina. Principalmente la que consiste en ocultar la cabeza debajo de una piedra.

DR. FOGÓN:
                         ¿En los libros de cocina, decís? Dudo mucho de que en ellos se hable de la caza de avestruces. A lo sumo llegarán a decir como poner en remojo, en una cazuela, altramuces.

PADRE UBÚ:
                          ¡Silencio, señor! Sepa que nada ocurre en aquel país como usted tiene el candor de imaginar. Por ejemplo, nunca podíamos encontrar nuestra mansión cuando regresábamos a ella. Y ello debido a que allí, cuando alguien se cambia de casa, se lleva la placa donde está escrito el número de la calle que le corresponde, y hasta la placa del nombre de ésta, o incluso dos calles, cuando vivía en una esquina. Costumbre gracias a la cual los números de las casas siguen allí el mismo orden que los de los premios de lotería, y llega a haber calles que disfrutan hasta de tres o cuatro nombres superpuestos, mientras que otras no tienen ninguno. No obstante lo cual siempre acabábamos por encontrar el camino de regreso gracias a los negros, pues cometimos la imprudencia de pintar, con grandes letras sobre nuestra fachada: «Prohibido verter basuras». Y como a los negros les encanta desobedecer , acudían a hacerlo desde todos los rincones de la ciudad. Incluso me acuerdo de un negrazo que todos los días venía desde muy lejos a vaciar el orinal de su dueña bajo las ventanas de nuestro comedor, y que antes de hacerlo, mostrándonos su contenido, decía: mirá, mirá, vosté, mirá: el negro hacer caca amarilla, y su dueña, que es blanquilla, hacerla color café.

DR. FOGÓN:
                           Lo que como máximo vendría a demostrar que el blanco no es otra cosa que un negro al que se le ha dado la vuelta como un guante.

PADRE UBÚ:
                            Me asombra, señor, que haya llegado por usted mismo a tan certera conclusión. Si sigue sacando tanto provecho de nuestras conversaciones, acabaremos por conseguir que llegue a ser alguien en la vida. Incluso puede llegar a ser, vuelto del revés por ese método del guante, el espécimen de esclavo negro que no nos atrevimos a traer, considerando excesivo el coste de los fletes. 

Llegado a este punto, los interlocutores se encuentran frente a la casa del Padre Ubú. La Madre Ubú sale a su encuentro. Efusiones conyugales, pero ¡oh sorpresa!, durante la ausencia del Padre Ubú, de su virtuosa esposa ha nacido un niño negro. El Padre Ubú se pone escarlata y se dispone a castigarla como merece. Pero ella lo impide al tiempo que grita:

MADRE UBÚ:
                             ¡Miserable! ¡Me has estado engañando con una negra!


(1) Ubú se refiere aquí a la pronunciación figurada de las palabras francesas: l'eau hausse, que suenan, más o menos como l'oos.


Esta pequeña obra teatral se halla en el Almanaque Ilustrado del Padre Ubú del año 1901

«Todo Ubú», Editorial Bruguera (1980)
Traducción: José Benito Alique 

Dibujo: Oliver Cardin

martes, 19 de febrero de 2019

Juan Gonzalo Rose: «Huayno al uru»






Del lugar ya te fuiste, Malika. ¿Cómo te encontrarás? A la ciudad te fuiste, donde hasta los guagos tienen boñiga en el corazón. Ahí, Malika, ay qué será de ti.
Y yo aquí solo. Volatinero de las tinieblas, la blanca luna no me sacude. Y hasta Toribio, el amable, no me saluda.
Los perros chiquititos a sus amos crueles mueven la cola, ¿yo, a quién?
Por eso en botella de mosca crío una mosca, no más para que te siga.
Ay mamacita, señorita, labios de cinta labrada, entre tu boca te escupirán.
De nuestros padres no te olvides, Malika. Somos urus. Nos somos seres humanos. La voz metálica del uru golpeó el tambor del aire haciéndolo pedazos.
Somos los kut'suns, la gente del lago. Antes de los inkas, mucho antes que el Ta Ti Tu, el Padre del Cielo, creara a los quechuas, a los aymarás y a los blancos; antes que el sol alumbrara el mundo, cuando la tierra se encontraba a media oscuridad, solo iluminada por la luna y las estrellas; cuando el Titicaca se extendía hasta las últimas fronteras de la puna, nuestros tatas ya vivían aquí ¿Y te olvidarás? 
Nuestra sangre es negra y no podemos ahogarnos. Ningún frío puede herirnos. Ningún rayo matarnos. Somos otros. Los kut'suns, el pueblo del agua. ¿Allá qué harás?
El Misti, como a ovejita te encerrará. El pelo te cortará. Sucia amanecerás. Como los ríos cuando se enferman, así serás. En las chicherías molerás maíz. «Qué lindo culo», te dirán, mi mamacita, señorita. Y los soldados del regimiento con sus espuelas te pisarán, te harán sangrar como ovejita. Chancro tendrás. 
Ay, mi Malika, Ay, mi Malika, y yo estaré cantando canciones lindas a un muñeco de totora sin corazón. 
Pero a ti te cantaré, sin que los sepas, mi señorita:


Muñeco lindo, muñeco lindo,
hazte vaquita, 
hazte vaquita de labios rojos.
Porque te quiero, porque te quiero
bebe mi llanto,
masco tu pelo, masco tu pelo
muñeco seco.

Muñeco lindo, muñeco lindo
sé vicuñita,
para ir contigo todas las tardes
por esos cerros,
y allí tumbarte hasta que caiga
lluvia de fuego.

Muñeco lindo, muñeco lindo
sé venadito,
para llevarte, para llevarte
cerca del lago,
y allí beberte los lindos ojos,
hasta que junte con mi saliva
la luz del lago.


Ay, mi Malika, mala no más serás. Puta te han de decir, oh señorita, oh mamacita, labios de cinta labrada. 
Ya no más mi paloma, la que conmigo lloraba: ya no más mi gorrioncito que se asustaba. Ya no será mi lorochay, mi lorochay con ojos de oro. Ya no jalaré tu cordoncito. Ya no tendré de tu fineza. Malika cruel. Ya no serás mi tordo lindo.
Triste no más he de seguir. Soltero no más seré.
Desde esta noche malditos estamos, Malika. Para nosotros, ya la tórtola no cantará, ni la yerba crecerá y aún por los caminos de la muerte iremos solos, llorando como quecllos asustados y sin podernos encontrar.
Ya para nunca, jamás nunca, Malika. 


Poema que pertenece al libro de Juan Gonzalo Rose, titulado «Las comarcas» (1964), posteriormente este libro fue reconvertido en «Las nuevas comarcas», realizada por el FCE el año 2002.

lunes, 18 de febrero de 2019

dos poemas: LUZ LUQUE BÁRCENA

























VEHEMENTIA 

Inanición, me persigues y me muestras tu rostro sin seguro de vida. 
Estamos solas las dos entre libros y esputo 
Estamos contemplando la vesania 
               
                 OJOS TRISTES FLOTAN EN EL AIRE 

Los colores cobran vida forman seres extraños, sin útero, sin carne, sin ano 
Atrapo los colores y de mi manos salen rosas, mil rosas 

                  AHORA SOY UN ROSAL ARDIENTE 

Y hago el amor con la escoba, con los libros con los objetos 
Regalo mis rosas, y poco a poco mi cuerpo desflorándose, poco a poco 

                                          No Existo




MANUAL DE AHOGO 



Todos están en la mesa y esperan que me ría, 
esperan que estudie, esperan que los sirva. 

Todos esperan este pedazo de carne, 
que no quiere estar ahí, que no necesita estar ahí. 

Todos están con el cotidiano de sus días, 
con su praxis hasta las mangas, 
con su catálogo de ahogo, 
con su manual de supervivencia. 

Es mi cumpleaños 
y necesito que me regalen la relatividad del tiempo, 
un pasaje microscópico, 
un lindo recuerdo de agujeros negros.



Estos poemas pertenecen al reciente libro: «Lírico Interruptus» de la poeta Luz Luque Bárcena (Tacna, 1991). Editorial Kunnih Munnah del Cusco, enero del 2019

Cuadro: «Candela» de Nilton Vela Dámaso
Técnica Mixta sobre tabla
25 cm x 15 cm
2007

viernes, 11 de enero de 2019

Alfred Jarry: «TATANA»





La dama negra a su marido con ocasión del primero de enero

«No me deniegues
ese favor;
tatana pegues 
a mi motor»


Tatana es la palabra que dimana
del negro al que ha vencido la pereza.
Traducida al cristiano, Tatana reza:
«¡Déjame en paz!» Eso es Tatana.
                                                      Tatana

Tatana, por doquier, es la tirana.
Los negros son unas personas muy corteses
de un color muy distinto a los franceses
ya vistan estos levita, o bien sotana.
                                                       Tatana

Lo mismo en el país de la banana,
que en París, en Berlín o en el Japón,
aunque no se haya alcanzado la ilusión
puede uno quedar, sin más, sin gana.
                                                        Tatana

El mismo que zurraba la badana
a otros, y de cráneo los traía
mientras del mando y de la fusta disponía,
dice de hinojos cuando no gana:
                                                         Tatana

En invierno, y al mendigo que se afana
por conseguir ayuda caritativa
contesta haciendo ahorro de saliva
el elegante bien abrigado en lana:
                                                          Tatana

El flujo de la marea oceana 
devora tierra como una fiera
recordando del diluvio la amarga era,
Mas el dique intraspasable la hace vana.
                                                           Tatana

A bordo de la galera capitana
ochenta eran por lo menos los remeros,
mas cayeron en poder de unos arteros
cuando dejó de soplar la tramontana.
                                                            Tatana

El buen ciclista de pedalada enana
afrontar puede toda excursión 
si no descuida la precaución
de llegar al andén a hora temprana.
                                                             Tatana

La anciana loca hasta se afana
en demostrar al cadete su emoción
mas aunque ponga cabeza y corazón
el buen mozo, al final, le saldrá rana.
                                                             Tatana

El indómito turco en brazos de su sultana
da pruebas y más pruebas de su amor,
mas le ocurre que un día, con dolor,
descubre un manantial que ya no mana.
                                                              Tatana

De sangre cubierta hasta la badana,
el coracero se da al cruel combate:
ni ante el certero disparo que le abate
el buen soldado siente Tatana.
                                                               Tatana

                     (hablado)

¿Y eso qué es? ¿Qué es Tatana?

Tatana es la palabra que dimana 
del negro al que ha vencido la pereza.
Traducida al cristiano Tatana reza:
«¡Déjame en paz!» Eso es Tatana.
                                                             ¡Tatana!

                  (advertencia)

Confesarelo al profano y la profana:
poco ha faltado —cruel ataque—,
para que harto de este Almanaque
no terminara esta «Tatana».
               ¿Y eso? ... ¡Tatana!



*Versión escrita para el Almanaque del Padre Ubú que no llegó a publicarse.

«Todo Ubú», Editorial Bruguera (1980)
Traducción: José Benito Alique 

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Guillermo Cabrera Infante: «Amor propio»




 No voy a hablar del desmedido aprecio por uno mismo sino del amor bien entendido que, como la caridad, empieza por casa, por la casa del propio cuerpo: ese campo de batalla sexual en que tuve tempranos triunfos y en el que no sufrí una sola derrota. Hablo de la masturbación, esa que se llamó paja al principio (fue mucho después que vino a ser masturbación pero por mucho tiempo fue paja solamente y su ejercicio hacerse la paja), en ella, por ella, gracias a ella vencí mi soledad: nunca me sentí solo con mi mano y todavía recuerdo el momento de amor más imperecedero que sentí en mi vida el día, después de años de práctica pajera, en que uno de los baños de Zulueta 408 yo solo con mi mano produje un instante que duró más de un instante, inmortalidad temporal, el lapso de tiempo que tomó la venida, demorada muchas veces, hecha interrupta como un coito, saliendo el pene de la mano, la mano soltando el pene en el último instante, hasta que la culminación se hizo avasallante y el hundirse del piso de cemento húmedo, logrando la desaparición del espacio (no más suelo, no más paredes, no más puerta, el techo elevándose miles de metros por encima de la ducha fundida y el cielo fue testigo), el momento hecho todo de tiempo, oyendo una canción en un radio lejano que sonó como debían sonar los sones celestiales, la música de las esferas, los acordes perfectos para un oído musical, hundiéndome, hundido, cayendo con las piernas aflojadas, cediendo bajo el torso (porque el vientre y el bajo vientre se habían volatilizado) pero la mano derecha existía todavía soldada a mi partes sólidas en ese momento —catedral de mi religión— y por cuya causa, plexo universal, dejaba de existir ahora todo el cuerpo, latiendo como un enorme corazón solitario que diera sus últimos latidos, temblando como carne con temblor postrero, estertores del yo, desaparecido el ser en el semen que iba a pegar en chorros espasmódicos contra la materializada puerta ahora medio metro más allá, no sabiendo entonces que nunca después iba a sentir tan intenso eso que todavía no se llamaba orgasmo, la que era venida de venidas.

Guillermo Cabrera Infante, «La Habana para un infante difunto». Editorial Seix Barral (1979)

Foto extraída del blog de la escritora Zoe Valdéz: 

lunes, 10 de diciembre de 2018

dos poemas: Américo Yábar






EN EL TURBIO SUEÑO DE LOS PÁJAROS

En el turbio sueño de los pájaros
bajo la noche cautiva
habla tu cabeza de álamo lanoso.
Solo tú puedes mostrarnos
las espigas del tiempo
que en tus retinas son distintas.
Y debes callar
sin embargo
porque la boca duele
y duelo ver como las mariposas
ven ennegrecida tu cara
donde palabras y sueños
son una mezcla.
Debes callar
porque no puedes responder
ni al excremento de tu quimera
que va cayendo como copos de nieve
sobre tus hombros.



DESDE SU TRAPO DE HARINA

Y cuando el espantapájaros
se queda ciego, es cuando ve
empieza a ver loco, loco,
los pájaros negruzcos que se estacan
en el mal tiempo.
Cae la tarde, cae la noche sin abrigo,
él busca 
para ver desde su trapo de harina
sin ojos.
Los pájaros gritan al llegar las sombras
los pájaros cierran los ojos en los nidos
la tierra es golpeada por el aguacero
y el espantapájaros tiembla
paciente y frío.


Estos poemas pertenecen a «Sesofagia Humbría», (Círculo Editor Universo, Barcelona, 1977)





AMÉRICO YÁBAR
(Paucartambo - Cusco, 1947) 

Fundador del movimiento poético energético Salk'a. Viaja por el mundo compartiendo el espíritu andino en conferencias poéticas sobre energía no domesticada. Ha publicado Poemario del Camino (1971), De pie sobre el crepúsculo (1972), Sesofagia Humbría (1976), La Cresta del clavel (1976) y Poemas Moscas (2017).


Pintura: Illustration for The 1993 Little Ark Children’s Calendar compiled by Albert Ullin, published by Allen & Unwin, 1992


Hinostrozos (IV parte)



Hormigas danzan alrededor de las alas.
Se ha incinerado la gravitación.
Si quisieras sumergirte nuevamente
y volver a palpar la vegetación triunfante,
yo sería el oído en la copa.



Fragmento del poema colectivo "Hinostrozos" realizado en SISA, Residencia de Artistas.
He aquí el poema completo:
http://lagunabrechtiana.blogspot.com/2016/12/aqui-el-poema-hinostrociano-tan-mentado.html

jueves, 29 de noviembre de 2018

dos poemas: ALEXÁNDER HILASACA




IN MEMORIAN


«Bebo para olvidar que soy un borracho»
Antoine de Saint-Exúpery


Y fui malo por amar la soledad de las aves


Donde el sol muere
existe un castillo construido de sombras
que palidecen en el disparo del recuerdo
incansablemente clavado en los ojos de Leopoldo María Panero
chiflado desde que vio los senos de su madre
sobrepasó los límites de los sanatorios
donde los héroes desesperados vagaron
con la única compañía de sus sombras, feroces entonces.
La muerte, errante y llena de espasmos, 
se posó en las rodillas del pirata ahorcado por enésima vez.
En los solsticios de su juventud se agotó en los cestos.
Recuerdo la Navidad póstuma y tu relación con los orates
que pintaban los galeones con calaveras y espadas.
Los misterios bañados con la brea 
fueron descifrados por tus hábitos de fabular leyendas
atestiguadas por los pescadores y beber en botas de cuero.
Recuerdo a Panero llenándose la boca de caracoles
preparados con manos obscenas y algas marinas
hablando de ti
con los labios partidos por el hachís.
Junto a los rebaños has llorado centellas 
y curabas tus heridas con almendras,
era diciembre, el mes para morirse en tus caderas.
El pánico delirio de los cadalsos ya no te atormenta,
sobreviviste a los cañones y al olvido.
Cuando trazo un puente para llegar a ti
como espectro o luz de neón, grito o lágrima.
La mar se me sale por los ojos.
Mendigar en tu sangre,
orgulloso del boceto que acompaña tu tumba sórdidamente,
poema ciego que se apaga 
en las pupilas de los que han muerto en mí,
disputándose la casta locura.
Qué tragedia sepultar tu esqueleto en el sexo pútrido,
maloliente, y beber un trago en tu nombre
por el resto de la vida.
Aquí estamos para desgarrar el odio del mundo
mientras la muerte habla y habla
y Satán diciéndote: «A levantarse, hombre, a levantarse...
que el universo ya es ceniza parda, y nada más que eso».
Sigo escribiendo, perdiendo el iris en los tinteros,
agonizando como un enfermo de cáncer o de vida,
al fin poseído por un rostro que me es ajeno,
tan ciego como los dioses 
que no vislumbran nuestras murallas.
Estoy en tierras inertes,
sembrando conjuros y razas
en el rincón del infierno donde el sol negro
desciende para cortar tu alma,
y la tarde fue el ángel que salió de tu semen
y soñó con los duende entre multitudes de cadáveres
al fin canibalizado por nobles ratas.
Hablen, qué hay detrás de estos olores a mierda y orina
si no muerte hecha verso saliendo del ano.
Ya murió el sol y con él los girasoles.
Dejemos que estas palabras se pudran en la tumba a la hora del alba
para entrar a ti como una aguja llena de heroína. 



ESCRIBIR AHORA QUE EL ALCOHOL ESTÁ EN MIS VENAS



«Levanto mi copa, invito a la luna
y a mi sombra, y ahora somos tres»
Li Po


Las cosas que hice por amor —Palabra de borracho—


Aquí en tus párpados mi corazón siempre está herido
como un fantasma que tose y escupe sangre
sobre los desiertos que andan desgraciados
igual que los rostros de la noche.
Los esqueletos de los poemas 
exhumados por los gallinazos
se desvanecían en los picos
y tenían un sabor a conejo.
Mi abuelo, por aquel entonces
hablaba con la sabiduría de las plantas venenosas
como la espina de perro 
o la menstruación de los murciélagos.
Entiendo que la cura de los siglos
va fracturando los tobillos del cartero.
Las dulces sílabas palpitaban en tus muslos
grabando en las páginas de tu cuerpo
la miel de las abejas
y ciertas utopías que maduraban en el sexo de los ángeles.
Los gritos del bucanero eran precoces y malentendidos
gritos de pequeñas alas ansiosas por ser libres.
Sé del llanto del pueblo 
que es un fantasma musical
de los mitos flotantes sobre los dos pozos de tus ojos,
de esos amores malparidos
escritos con armas blancas.
Y aún cuando cavamos nuestra propia tumba 
buscamos el principio del daño,
por eso naturalmente escribimos agonizando
como perros sin dueño,
muriendo en los refugios desesperados por predecir
la vida de los asmáticos o de los cancerígenos.
Esa noche muchos metiches y pendejos 
me interrogaron por el solitario fantasma 
que enterró su nombre en los bares de mala muerte,
en pieles cansadas de tanto exhibirse en las esquinas 
y sobre todo por su inocencia tibiamente trocada
en las arcaicas posadas de paja y barro.
Todo se terminó bajo la luna
y así mi locura se ahogó en la raíz de la piedra
y este domingo se trenzó al pellejo del cigarro
y caminó algunos pasos
y se perdió en los espejismos de los manantiales.
En la soledad de una palabra 
mi dolor es un libro complejo.
Aquí escribo poemas sobrios
que se levantan y asumen su identidad.
Por eso bebo en la calle esperando
que el amanecer desparrame su sangre en el asfalto
y entonces volveré a creer en aquél hombre
que tomó un atajo para llegar al pueblo
con una botella de ron entre las manos. 


Estos poemas pertenecen al libro «Pájaro ebrio» del poeta Alexánder Hilasaca (Puno, 1987), editado por 12 ángulos, en Arequipa, en mayo del 2016.

Pintura: «The deep» por Jackson Pollock (1953)
https://www.jackson-pollock.org/