miércoles, 24 de noviembre de 2021

PACHA JATHA WILLKA: «3 poemas póstumos»





ESPACIOS ONÍRICOS



El niño que fui 
mira dentro de mis sueños
      está mirando los espacios infantiles

                    el alto muro de tierra que separaba
la casa de mis padres de la otra parte
de ese pequeño enorme mundo: 
                                                           la vida.

El niño me despierta en mis sueños 
sigue soñando con espacios infantiles
inexplicables
extrañamente suyos / míos
dispuestos a reeditarse cada noche 
insertándome en un pasado / presente 
                                                                   vívido, vivido.

Esos ojos que vieron mis sueños / ojos interiores
que siguen viendo / siendo / mis sueños / ojos superiores

los sueños de ese niño que fui
son ojos que me permiten 
deslizar sobre el papel 
                                         la perdurable tinta.

Los espacios infantiles oníricos
no pueden existir 
sin los nervios ópticos nocturnos 
adecuadamente estimulados... y recordados.



PRECIPICIO ABISMAL


La realidad de realidades
biológicas / geobiológicas / sociobiológicas / zoológicas 
es increíblemente grande 
es un        rompecabezas 
que cada día
                       cada momento 
                                                   cada año / mes / hora / segundo

nos pregunta si somos o no somos 
capaces de sumarle piezas.

El mundo es un rompecabezas 
en el que nuestros cuerpos son las piezas 
totalmente confundidas entre sí
mezcladas 
                     abigarradas 
                                            entreveradas 
unas veces decididas a componer
otras veces desaparecidas en el tumulto de la sombra.

El rompecabezas del mundo 
comienza cuando dos células se funden
y termina cuando los sistemas corporales se detienen 
y el abismo de la vida

el insondable precipicio de cada vida
se va deshilachando dulcemente en miles de piezas 
que conforman

increíblemente
enormemente
fantásticamente

un ROMPECABEZAS
que arma interminable 
el precipicio abismal de cada vida. 



LOS DESCONTROLADOS REGUEROS DE LUZ 
QUE RECORREN MI MENTE CUANDO TE AMO

A Marie Claire Court

Amémonos a cámara ultralenta

Como se abren las flores a la luz y al aire
Acariciando el universo

Mujer
Dulce
Mujer

Amémonos profundamente
Como los océanos abrazan el planeta
Como la luciérnaga que es su propia lámpara
Lluvia del alma
Sábana con la que descanso

Amémonos intensamente
Bibliotecaria de mi espíritu
Adagio donde vibra la vida
Sencilla como el hidrógeno
Compleja como el cerebro

Amémonos de facto
Como se abren las flores a la luz del aire

Mujer
Dulce
Entrañable

Sentir el corazón
Sentir el pensamiento
Pensar con la razón
amar con sentimiento


Amo el centro de esta noche
Que nos tenemos
Y nos bebemos
La luz de lluvia

(Y sé que hoy está lloviendo en Puno
Garúa en el bosque de Paxa)

Soyme centro de esta tu nube
Me alojo en tus ojos
Y me pongo circulatorio
Pleno
Acerado
Cósmico
Gentil

Como entorno
Fabulante que nos tiene
Que te pone dulce
En el íntimo aparato de tus labios
En la temperatura
De tu llamarada blanca

Sentir el corazón
Sentir el pensamiento
Pensar con la razón
amar con sentimiento


Cuando pienso en ti
Salen ideas de la tierra
Y ascienden hasta las redes
De mis redes
Traviesas
Que invaden el infinito

LOS INCONTROLABLES REGUEROS DE LUZ 
QUE INVADEN MI MENTE CUANDO TE AMO

Son el propio universo
Lácteo
Vasto
Como látigo espiral
Precioso y raro
Maravillosamente fractal

En mis sueños europeos
Veía llegar ante mis ojos
Como marcha indescifrable
El camino lleno de nieve
El cielo en el camino
La nieve fundida

Tiempo QUIETITO
Blanco blanco todo blanco
Y tú Pacha
                   Tú, Pacha Willka

Sentado en lo blanco
En un vehículo inexistente
De ruedas blancas
De timón blanco
Caballo blanco
Suspendido en el espacio
Describiendo un movimiento rotatorio
Mi camisa blanca
Alargada al horizonte
Entre las patas blancas del caballo real
Y el despertar
Y la nieve
Y la hora blanca
Y
Yo en blanco
Fallecido

Sentir el corazón
Sentir el pensamiento
Pensar con la razón
amar con sentimiento


Mis nervios ópticos
Después de atravesar los precipicios
Del tiempo y de
La muerte
Te presintieron
Nos presintieron:

¿Cuál es el lecho?
Cuál la casa
Cuál el dormitorio
Cuál su rostro de algas purificadas
Cuál el dulce orificio de sus venas
Cuál su voz
Cuál su voz
Cuál

Yo me pregunto cuál eres
Por qué estás en mis neuronas

No eres sino la misma
La compañera que hace los días
La que deshace las noches
La que termina por convertirme
En un mamífero hambriento

soñador
creador
y
envanecido.




PACHA J. WILLKA

(Puno, 20/08/1957 - San Sebastián, 24/09/2021)

Alberto Cáceres Gómez. Escritor y artista. Licenciado en Educación por la UNA. Regidor de la Municipalidad Provincial de Puno (1984 - 1986) y Director Regional de Cultura de la Región «José Carlos Mariategui». Jefe de redacción de «Los Andes». Productor de radio y TV. Editor de libros y revistas. Gerente de Collas Creadores. Integró la APAFIT y la ANEA-Puno. Ganó el Primer Premio Departamental de Poesía convocado por el Instituto de Cultura Andina, dirigido por Ernesto More y Augusto Ramos Zambrano. Fundó el grupo artístico «Quaternario» y la agrupación teatral «Yatiri». Presidió la Casa del Poeta (Puno). Con Boris Espezúa condujo el Taller de Poesía «Oquendo de Amat». Ha publicado en poesía: «Invenciones» (1988), «Luz de lluvia» (1999) y «Wayrita» (2004). Y en narrativa: «La máquina de gobernar» (2007) y «La tarea del cóndor» (2018). 

Imagen: Jayant Kulkarni


lunes, 6 de septiembre de 2021

«METAFÍSICA DE LOS AROMAS OSCUROS» [Documental]


CAMINOS ANCESTRALES


Su paz no ha sido descartada
Ha gobernado la palabra
En la paleta tiene nuevos rostros
Anquilosados párpados
Espinas en el bajo cielo

                                       Cáaaalido

Hay unas mariposas
¿No serán las tuyas?
A lo lejos un chacal
El humo
El desgraciado humo que transforma todos los colores
En rocas de ningún color
Para ellas este canto
Que comienza con la muerte vespertina del chiwanco

No me quiero engañar
Son guitarras
Tristes transeúntes empachados
Ni fuga ni desierto
Cancerígenas cárceles
Atolondrados párpados

En esta senda
Tantas noches han pasado
Llevando a sus bebés en brazos
Y las rocas se preguntan a sí mismas
¿Quién nos mama?
¿Quién bebe de estas ubres caóticas?

Y allá la negra risotada saca la lengua
Muestra el espanto de su pecho
                                                           
              Va mucho más allá
                            Sin moverse del camino

No ha empezado la primavera
Porque no han pagado el recibo de otoño.






En esta ciudad obscenamente saltimbanqui y que está gratamente infestada de poesía, a mediados del año 2019, dos jóvenes estudiantes de cine (extremadamente apuestas) me pidieron acercarse a mi vida para hacerse eco de mi poética y a través de mi día a día (por un espacio de varios meses) registrarlo todo cámara en mano. Es así como fuimos armando, paulatinamente, este artefacto que revela las capas más álgidas (y las más frágiles) de un personaje que viaja a destiempo por el esqueleto ya roído y desmadejado de una estrofa inabarcable que conecta con lo que está más vivo en él. 


«La locura trae consigo una soledad tan abundante 
que terminas danzando con todo lo que es el tiempo,
trae consigo espejos antiguos cargados de sombras... 
temo reconocerlas, temo ser una sombra danzante».


PRODUCCIÓN:

Sussan Y. Ccorimanya Tinta
Marjorie Angela Tapia Nina

GUIÓN Y DIRECCIÓN:

Sussan Y. Ccorimanya Tinta

SONIDO:

Marjorie Angela Tapia Nina

MONTAJE Y EDICIÓN:

Sussan Y. Ccorimanya Tinta
Marjorie Angela Tapia Nina

PUNO - 2019

lunes, 23 de agosto de 2021

PUPA DÁVILA: «Otros cantares de mi requinto»






AUKI PULI (*)


Wayño


Siempre en las cumbres en redor,
en redor,
de alguna cruz, signo fatal
del dolor.
Voy dando vueltas sin cesar,
sin cesar, mi amarga suerte fallar,
sin fallar.
Como una tromba de horror y de luto,
y como un perdido proscrito paria;

¡d  o  y    v  u  e  l  t  a  s!

Visto de negro sin querer,
sin querer,
llevo a los ojos un telar
de sombras.
Todos ahuyentan mi clamor,
mi clamor,
el pueblo impío me odia cruel,
me odia cruel.
Mi quena al viento es mi fiel compañera,
mi audaz consuelo, mi eterno lamento:

¡d  o  y    v  u  e  l  t  a  s!

Y ando sin saber donde voy,
donde voy,
mi quena llora ante una cruz
ingrata.
como un recuerdo de maldad,
de maldad,
como un estigma de ese horror,
de ese horror,
como un estigma de ese horror,
de ese horror,
como un sollozo de aquel dolor negro;
dolor fatal de mis antepasados:

¡d  o  y    v  u  e  l  t  a  s!

Perqa – Chucuito, Mayo del 37.

(*) Viejos vagabundos (Voz aimara)

La música es captación del Auki Puli. Se toca y baila en los calvarios de la Cruz de Mayo. Por una superstición —ajena a la razón— les niegan su ingreso al pueblo, por ser signo de hambruna. Nada más ingenuo.



CAMPANAZOS


Wayño


Entre las sombras que llena,
la media noche lejana,
triste y lenta, suena y suena,
solitaria una campana.

Sonando en el viento corres,
campana cantas o lloras,
voz amarga de las torres
con quien hablas a estas horas.

¡Ay! campana lenta y fría,
como puñal, desgarrando
las carnes, tu sinfonía
va sonando, va sonando.

Tiene tu acento sombrío,
algo de agudo que hiere,
o es quizá por algo mío,
que se muere, que se muere.

Me han llenado de tristeza
tus lamentos, oye y di
campana si acaso rezas
es por otro, o es por mí.

Porque muerto no es quien goza,
la calma de los sepulcros;
muertos son los que sufriendo
están en pie, todavía…

Tengo abierta la ventana,
la noche está negra y triste,
has vuelto a sonar campana;
¿qué dijiste?, ¿qué dijiste?

Y es que estoy oyendo dobles,
dobles que doblan la vida,
la partida del olvido,
campanazos de la muerte,
campanazos de la vida.


Cabana, Agosto del 32.




CASCABELITO DE PENAS


Wayño


Con el dolor de los siglos, siempre en cruz,
voy arrastrando mi suerte, cantando,
sin que ni Dios, ni los hombres permitan
que el tráfago de mis penas se acabe.

Yo no soy el tenebroso del mundo,
mi suerte es la tenebrosa injusta;
yo soy el trauma perpetuo del dolor,
que libo la copa fría de este vivir.

Un corzo de mil tormentos me asalta,
me abate y me exaspera, y nada más.
Y en vano llamo a los hombres llorando,
para ver si alguno restaña mis llagas.

Y aunque siento el gran bullicio en mi redor,
siento que estoy solitito en el mundo,
como una cometa al viento, acá y allá,
sin que siquiera su hilito se arranque.

Y entre el vivir y la muerte, saltando;
cascabelito de penas, me llamo.

Y entre la risa y el llanto, es el hombre:
Amalgama de payaso y sepulcro.

Cascabelito de penas,
cascabelito de penas,
al fin tendremos que cambiar
el disfraz por la mortaja.

Titicaca, Mayo del 35.



LOS WAJJTEROS

Wayño

I

Todos me dicen, walaycho,
porque me gusta cantar,
hasta en sucuchos wajjteros,
donde es urgente chupar.
Y canto a los cuatro vientos
del mundo, la adversidad.

Canto el dolor de los pobres:
la injusticia universal;
canto el clamor de los hombres,
y a los caídos sin cruz…
Me gusta sufrir con gusto,
hasta perder la razón.

Y canto y me lloro a ultranza,
la llaga de mi corazón,
como acero inoxidable,
como cien kilates de alcohol.

Canto a la turba suicida
de los wajjteros sin Dios,
que en las chinganas sombrías
amasan su perdición;
signo aciago de un submundo,
q  u  e    a  r  r  o  d  i  l  l  a    l  a   r  a  z  ó  n


II

La chingana está esperando,
la mesa sucia también,
los verdugos pronto,
pronto, llegarán.
Y la copa de mil tragedias,
a  b  r  e    s  u  s    f  a  u  c  e  s,   v  o  r  a  z

Cuatro wajjteros se juntan
de noche y a media luz
en el tenducho alcoholero
de la chola Rantifuz.
Y temblorosos comienzan
c  o  n    e  l    «c  u  a  r  t  i  t  o»  f  a  t  a  l

Pasan las horas, las noches,
en penosa bacanal,
y todos toman y toman,
sin acabar de tomar.
Y en un grito de histerismo
dicen que el wajjto es   p  i  e  d  a  d

Llega el cuadro: «Yo te estimo»,
máscara del arlequín:
Abrazos, lágrimas, besos,
para enseguida pelear.
El vicio en el paroxismo,
c  a  m  i  n  a    a  l    p  u  n  t  o    f   i  n  a  l

No les importa la suerte,
ni el trabajo ni el pudor,
y arrastran su vida y su alma,
en penosa procesión.
Difuntos aquesta vida,
r  e  s  a  b  i  o  s   d  e   u  n    p  e  r  r  o   a  m  o  r

Jamás se acuerdan del hijo,
de la madre, del hogar,
y con un triste recuerdo,
v  u  e  l  v  e    l  a    c  o  p  a   y    ¡s  a  l  u  d!
y al bordón de mi requinto,
lloran su vicio sin fin.

Con veinte tragos adentro
cada uno se siente un rey,
enfermos ya demenciales,
ninguno de ellos es quién.
Se asoma el delirium tremens:
l  a   p  a  r  c  a    s  e    a  s  o  m  a   a  l    p  o  r  t  ó  n

Cambiará el mundo, los siglos,
pero ellos no cambiarán,
de esa vida en la PICOTA,
hasta la consumación.
Sin que nadie se conduela,
d  e   e  s  t  a   t  r  i  s  t  e    p  r  o  c  e  s  i  ó  n

Ya es tarde, dice la chola,
«Páguenme y váyanse pues».
«Aurititita, patrona,
un cuartito más, no más».
Y con dos sorbos groseros,
c  i  e  r  r  a  n   e  l   d  r  a  m  a   o  t  r  a   v  e  z

Ya aguaita tenue la aurora,
y los wajjteros se van,
sin un real en el bolsillo,
jalándose el pantalón.
DESTINO INMISERICORDE;
d  ó  n  d  e,   d  ó  n  d  e    i  r  á  n    a   d  a   r

Bohemios de rompe y raja,
caricias de maldición.
Wajjteros de cara sucia,
sin la menor novedad…

III

Y la chola ya curtida,
wajjtera de ocupación,
despachó treinta cuartitos.
Pero al hacha la mitad,
mira la tragicomedia,
soñolienta en un rincón.

Cholita linda lechona,
de cara muy regular,
ojos de polilla ingrata,
su hociquito es un primor.
Quisiera que la degüellen,
para comprar chicharrón.


Lago sagrado de los Inkas, Junio del 80.

Wajjto: Alcohol rebajado con agua.




PRÓLOGO

    Creo que ha llegado, al fin, la insinuación de los amigos y de mis hijos, para la edición de este modesto compendio de wayños de mi creación.

    Aquí pues, los móviles, los sentimientos y los motivos que me impulsaron a componer y cantar —siempre a los cuatro vientos— el momento y la cosa vivida de las postergaciones en que se debate la humanidad; así como todos los sitios: páramos, selvas, cordilleras; mundos propios, extraños, y cuanto más; en que me tocó vivir; sobre todo en el gran Altiplano puneño; fuente étnica y recia de la música autóctona y vernacular, en todos sus aspectos collavinos, que son el alma de la vivencia ancestral y hasta de la contemporánea. La prueba: la gama de presentaciones jubilares y patronales de cada año, que asombra a propios y extraños, atrayendo el turismo a la zona.

    La belleza del Titicaca, la música multifacética, las costumbres serranas y tantas otras manifestaciones; en los campos de puna y de las regiones nevadas; son fuentes de inspiración para la poesía, para la cantata y un aporte más a la cultura; la misma que para los poderes públicos —formados por la dinastía de los opulentos— es un mito y una negación.

    Cada pueblo, cada región, cada nación, tiene su propio folklore que se debe respetar; porque es parte del hombre mismo, que con un signo de heroísmo, lucha y se desarrolla sin egoísmos.

    El wayño —del que soy apasionado— vale en Puno; sobre todo los de tónica aimara, que sobresalen por su música, su danza y su coreografía, tal como el q’ajelo, por el que tengo predilección.

    La música como arte, es indispensable para la vida y será por siempre el patrimonio supremo de los pueblos, del cielo y de la tierra, y no tendrá límite jamás.

    Mis composiciones trágicas, sentimentales y de protesta, hablan de desigualdad social, la discriminación del hombre por el hombre, el trauma de la miseria y el castigo de un Dios o qué… El hambre no se discute, se satisface. Pero, ¿quién la satisface?...

    Mi música al compás de mi requinto arranca verdaderamente cuando mi madre murió, dejándome solo. Solo sin saber adónde ir, me enfrenté al destino fiero, mendigando la vida; así, acurrucado en la orfandad y el misterio, me puse a cantar la tragicomedia del mundo que siempre nos arrastra a un final incierto; final al que nos han condenado la fatalidad y las circunstancias. No olvidemos que siempre ríe y canta la boca lo que llora el corazón.


Los poemas y el prólogo pertenecen al libro: «Volatinero y otros cantares de mi requinto» de José Andrés Dávila, cuya edición data de 1983 en la ciudad de Arequipa. Está corregida y dirigida por Jaime Ponce Dávila.





JOSÉ ANDRÉS DÁVILA MARTÍNEZ

Excelso músico, compositor y poeta. El «Pupa Dávila» fue el último de seis hermanos. Nació en Acora en 1896, y cursó estudios primarios en el Centro Escolar 881 y secundarios en el colegio San Carlos, trabajando paralelamente como amanuense. En sus múltiples trabajos, tuvo la oportunidad de recorrer el Altiplano y conocer sus melodías, danzas y costumbres. Fue un infatigable animador de nuestro folklore siempre al compás de su poderoso requinto. En 1983 salió a la luz un compendio de sus canciones titulado «Volatinero y otros cantares de mi requinto». Dejó de existir el año 1989 en Arequipa.

Pintura: «Autorretrato» (Óleo sobre lienzo), por Víctor Humareda. (1964).

viernes, 13 de agosto de 2021

Luis Gallegos Arriola: «HERMOSA MAÑANA»





I

    En mi oficio de reportero, no recuerdo exactamente quien, ese día, me alcanzó una invitación para recepcionar a una Embajada Cultural, procedente de un país centroamericano, que visitaba la ciudad de Puno. La hora señalada para la cita cultural estaba anunciada para las ocho de la noche. Cinco minutos antes de la hora salí precipitadamente de mi casa. Para resguardarme del frío y la llovizna nocturna me puse un sobretodo y me cubrí la cabeza con un pequeño sombrero. Crucé varias calles, saludé a muchos amigos, luego ingresé a la Plaza de Armas de la ciudad y empecé a correr casi flotando como un pequeño globo a consecuencia de la densidad de la luz amarilla y pálida como la muerte, que brotaba a raudales de muchas lámparas fluorescentes suspendidas en postes de cemento armado. Llegué a la puerta de la Casa Consistorial y dando grandes trancos gané el patio del vetusto edificio, luego subí las gradas de la escalera e ingresé a la sala de sesiones, donde el piso de madera empezó a crujir como si fuera a desplomar todo el edificio. En la amplia sala había pocas personas sentadas en cómodos sofás. Me sorprendió encontrarme con Margot, mi colega de trabajo en el diario local «Los Andes». «Buenas noches» –saludé, levantando la voz. Y como quien lanza una sentencia, desde un extremo de la sala, Margot me gritó: ¡Alfonso dónde están las notas de prensa! «Me he olvidado, disculpa» –contesté con voz suplicante. Margot, colérica, sentencia. «Vaya a traer, rápido, rápido».

    Salí precipitadamente de la sala, corrí por el estrecho corredor y bajé a largos trancos por las gradas. El patio lo cubrí con dos saltos para alcanzar la calle. La luz amarilla y densa me cegó al instante y empecé a flotar nuevamente suspendido en el pálido y amarillo relente, y antes de elevarme lo suficiente, me atropelló un ómnibus que bajaba de algún barrio de la ciudad.

    Gran cantidad de personas se agolparon en torno al destrozado cuerpo del infortunado reportero. Media hora después, en una camilla blanca lo levantaron y lo metieron en un carro ambulancia que partió con el estrépito de la sirena de alarma. En el hospital, el médico legista, doctor López, declara que el periodista Alfonso Maydano dejó de existir a consecuencia de un traumatismo encéfalocraneano.

    Así murió el reportero Alfonso Maydano, un hombre muy popular y querido entre sus colegas de trabajo de la prensa escrita. Su nombre y el fatal accidente serán recordados por mucho tiempo por los vecinos de la ciudad. Maydano, la noche anterior a su muerte soñó que dormía por requerimiento de su trabajo en el interior del edificio del Concejo Municipal que iba siendo demolido por orden de un progresista alcalde. A medianoche, gran cantidad de pericotes botaban sus excrementos sobre la cara de Alfonso Maydano. El techo y las paredes del edificio iban cayendo a los golpes de picos y palas de cientos de obreros.


II


    La tarde toma una coloración indefinida, el sol termina por caer en un abismo y las sombras trepan como fantasmas a las cumbres de los cerros. Con el último resplandor de la luz que corona una alta montaña y las sombras que confunden las cosas. Los ventisqueros que bajan de la cordillera calman su furia y, más tarde, algunas estrellas brillan en el cielo profundo y negro, como un póstumo remordimiento.

    En mi tránsito a la muerte fungía como antiguo empleado de la Caja de Depósitos y Consignaciones, Departamento de Recaudaciones. Me tocó cubrir la vigilancia de las fronteras de nuestra patria con los países vecinos de Chile y Bolivia. Con este propósito al caer la tarde de ese día fin de semana, ensillé el mulo y previo el permiso del jefe de la oficina provincial, monté en el dócil animal, y al paso llano tomé una pequeña senda que conduce al cruce de tres caminos por donde, aprovechando la oscuridad de la noche, los contrabandistas de alcohol transitan con mucha frecuencia.

    Al aproximarme al cruce de los tres caminos sentí el lejano tañido de una campana que el viento traía de un lugar distante, como si fuera un eco tardío y perdido en la inmensidad del desierto andino. ¿Es el tañido de una campana o es una alucinación?, me pregunté. Podía tratarse, en todo caso, de una recua de mulos de los contrabandistas, con la mula madrina por delante, que transportan alcohol a la frontera con Bolivia para venderlo en los pueblos vecinos. Con estas suposiciones, presuroso desenfundé el revólver y moví el seguro, y en un descuido muevo el gatillo del arma y al instante escapa una bala que va directamente a incrustarse en la nuca del mulo. Al impacto mortífero, el animal cae desplomado, yo también caí al suelo junto a él. En mi desesperación intenté gritar pero me contuve pensando ser descubierto por los contrabandistas. Toqué la cabeza del animal, la sentí aún tibia y percibí que de su nariz brotaba una lenta respiración que poco a poco se fue apagando. La sangre corría a borbotones de la profunda herida abierta en la cabeza y al caer en la arena helada se iba congelando. Quité el ensillado, saqué la brida y me los eché al hombro y me puse a caminar en dirección al cruce de los tres caminos. Al aguzar nuevamente el oído en la noche oscura, sentí que el tañido de la campana se alejaba. Los contrabandistas al oír el estampido de la bala tomaron otro rumbo, seguramente para buscar otro atajo para burlar la vigilancia, pensé en ese instante. 

    Cuando llegué el cruce de los tres caminos en la oscuridad de la noche encontré a un animal que arrastraba la rienda del cabestro, la levantó a tientas y empiezo a caminar jalando la rienda hacia el centro poblado más próximo. Con la larga caminata mi cuerpo entró en calor. A mi detrás venía cansino el caballo o mulo o, en el peor de los casos, un asno porque no se distinguía en la oscuridad de la noche. ¿Qué cargaba? Supuse que dos cajas de alcohol, cuyo costo se aproximaba a dos mil nuevos soles. ¿O será un quintal de fibra de alpaca? Hice aproximaciones y concluí que por cualquier de las dos mercaderías, los comerciantes, sin protestar, me darán dos mil soles. ¿Una fortuna? Caminé cerca de dos horas y pasada la medianoche empezó a nevar. Una luna opaca y pálida, como una gota de luz, emerge del fondo de un abismo y se suspende a la cima de una montaña. La luz se derrama por las llanuras y descompone los copos de nieve en prismas transparentes. Despiertan las aves nocturnas, en la lejanía aúllan los perros de alguna comarca andina, escondida en los repliegues de la cordillera. Vencido por la curiosidad y la codicia de saber qué es lo que cargaba el animal, volteo la cara y veo que es un asno con una pesada carga en el lomo que le cae hasta los extremos de la panza. Me detengo y voy a verificar de cerca el hallazgo y descubro en un extremo los pies fríos de un cadáver y en el otro extremo la cabeza enfundada en una bolsa tejida de lana. ¿Una carga humana? Hice mil suposiciones ¿Contrabando de cadáveres? ¿Un grupo de comuneros llevan un cadáver para enterrarlo y en la noche oscura se perdió la carga? Sabe Dios. Me puse a temblar de miedo. Pensé en la muerte de mi acémila y finalmente en el tétrico y macabro hallazgo. Me sentí culpable de todo. Un sudor frío inundó mi cuerpo. Mis pies se negaron a caminar y me detuve como una piedra abandonada en medio del camino, en la noche, de nieve, en plena gélida cordillera de los Andes del Sur.

    Di un fuerte silbido para citar a los cóndores, el eco de las montañas transmitió mi mensaje y al instante, presuroso, llegó el mallku o jefe de los cóndores y detrás de él, en vuelo feroz, llegaron los demás miembros de la tribu. Les señalé el cadáver y empezaron a devorarlo lanzando feroces graznidos. Mientras la nieve caía espesa y cubría todo el espacio andino, a los muertos y a los vivos. A esa hora solo las montañas, la nieve, los caminos, la luna pálida y el viento helado eran testigos de mi desolación y desventura.

    Me puse a caminar en dirección al pueblo. Cuando ingresé por la calle principal me encontré con otro viajero que también llevaba en un asno a un muerto. Los vecinos al saber la noticia salieron de sus casas y descargaron el cadáver. Lo recostaron junto a una pared en plena plaza. Las autoridades ordenaron que las campanas tañeran por la presencia del muerto, al que suponían un muerto importante. Empezó a tañer la campana de mayor sonoridad, luego le siguieron las otras campanas de las demás iglesias. El pueblo se llenó con el furor de las campanas. La gente para entenderse tenía que hablar a grandes gritos y con el auxilio de señales de las manos.

    Mientras los hombres descansaban el muerto movió una mano, se descubrió la cara y preguntó: «¿Quiénes son ustedes? ¿Cuántos años hace que no ven un muerto?». Los hombres asombrados respondieron: «Señor, somos los músicos de la estancia Chili, el último muerto que hemos visto fue Patricio Espetia, al que lo estamos conduciendo a la cima de la montaña de Kenamari, allá en el poniente». El muerto les anunció: «Yo soy el músico Espetia, el que murió hace medio siglo por haberle sido extraída la grasa de su epiplón por el fraile degollador en la quebrada de Korivincho. Esta grasa los frailes la utilizan para preparar el óleo con que bautizan a los cristianos». El muerto hizo una pausa y luego continúo: «Yo no busco sepultura porque los hombres de todos los pueblos deben cargarme en un asno por todos los caminos anunciando a los hombres que hace quinientos años anda por todos los caminos desolados de esta América la leyenda del fraile degollador que llegó junto con el invasor español». El muerto se calló. Los músicos cargaron al muerto en el mismo asno y abandonaron ese pueblo para ir a otro pueblo, el más próximo. Apenas los hombres se fueron las campanas enmudecieron.


III


     En otro peregrinar hacia la muerte tuve que viajar en tren. La noche anterior había llovido intensamente. Las calles estaban completamente anegadas. Llegué a la estación y alargando la mano solicité un pasaje de primera clase. Me atendieron por encima de la cabeza de los demás muertos que también viajaban. Levanté mi bolsa de viaje y me instalé en un asiento desocupado y esperé la hora que debía partir el tren. Los demás pasajeros ingresaron en forma alborotada. Todos llevaban puestos una túnica blanca. Hombres y mujeres, con única diferencia que los hombres llevaban una pequeña corona en la cabeza, los niños también vestían de blanco con unas alas de color azul. Los pasajeros eran desconocidos. Cerca al mediodía salió el tren del pueblo emitiendo prolongados pitidos. La locomotora, que arrastraba quince coches, jadeaba por todo el camino. Las estaciones se sucedían a cada hora del recorrido. Los pueblos por los que atravesábamos eran desconocidos. Durante el trayecto nadie hablaba, parecía que todos los pasajeros iban sumidos en profundas meditaciones o porque nadie conocía el destino que llevaban. El tren, en su monotonía, cubría extensas pampas. Las sombras de la tarde se proyectaban largas y un viento frío corría por los horizontes abiertos. Cerros lejanos teñidos de azul formaban extensas murallas. El tren corría dejando a su paso los paisajes, los pueblos y las lejanías perdidas en las distancias infinitas. El movimiento de los coches obedecía a un ritmo sincronizado y al compás del acezo de la locomotora que trepaba pendientes y bajaba laderas para perderse en las curvas cerradas. Al final del día el sol fue a esconderse detrás de una elevada montaña, después la penumbra de la tarde inundó los campos cubiertos de pasturas. El viento silbaba en medio de los pajonales, los ovinos en largas puntas se recogen a sus cabañas. Algunos pájaros vuelan en las sombras y una lenta tristeza cubre los campos.

    Yo debía bajar en la próxima estación según indicaba mi itinerario de viaje. El tren, después de salir de un largo túnel, ingresó a una disimulada pendiente y se detuvo en una estación donde bebió bastante agua de un caño que surte este líquido. Consultó mi libreta y compruebo que en esta estación termina mi viaje. Consulto también el reloj y marca las seis de la tarde. Cogí apresurado mi bolso de viaje y bajé por las escalinatas. Los demás pasajeros continuaron su viaje al infinito. Levantan sus manos y se despiden de mí. Miro por última vez la cara de ellos y veo las cuencas vacías de sus ojos, llevan la misma palidez desolada en los rostros. Para orientar mis pasos hacia la hacienda Santa Tecla de propiedad de la familia Ballivián, a donde debo ir a pasar la noche, me quedé parado un largo momento en la estación. La bolsa la eché a la espalda y empecé a caminar por una senda apenas visible. Al primer peatón con quien me encontré le pregunté por la familia Ballivián. La respuesta fue inmediata: «Siga por la angosta senda y pronto llegará a la casa hacienda de los finados señores Ballivián». La voz del peatón parecía que venía de lejos, como si el viento lo acercara desde una distancia lejana, luego se perdió y el hombre y la voz se transformaron en una sombra larga tendida en el suelo.

    Mi madre una vez me advirtió que los Ballivián era una familia de costumbres ancestrales, muy conservadora y eminentemente religiosa. Sus creencias a veces llegaban al fanatismo. Con el recuerdo de este recuerdo, caminé despacio. Cuando ingresé al laberinto de casas que forma el conglomerado de la Casa Hacienda, desemboqué en un pequeño patio donde varios peones descansaban sentados en el suelo. La luz de la luna llena alumbraba con gran fulgor. Me detuve cerca de los hombres y pregunté por los dueños de la hacienda, me indicaron con gestos que ellos se encontraban en las habitaciones del interior. Miré el camino que viene de una llanura y descubrí que un hombre montado en un caballo blanco se aproximaba a todo galope. Y violentamente entró al patio de la casa espantando a las gallinas y a los perros. Desmontó y caminó en silencio. Los perros empezaron a aullar y las gallinas se escondieron en las sombras de la noche. Pregunté a los hombres sentados: «¿Quién es?». Me contestaron en coro: «Es Blas Segovia, el administrador de la hacienda que ha muerto el año pasado, él viene todas las noches, siempre a esta hora». Había escuchado muchas historias acerca del comportamiento de Blas Segovia. Su fama de hombre abusivo había llegado a muchos pueblos de la región. Decían que Segovia era natural de Cerro de Pasco, que antes de subir al Altiplano Andino había trabajado en muchas negociaciones ganaderas del Centro del país. El hombre que acaba de llegar era entonces, Blas Segovia.

    Ingresé a un gran patio rodeado de puertas abiertas, en el interior de las habitaciones alumbraba una luz pálida que iluminaba dejando grandes sombras en las paredes. En la amplia sala amoblada con sillas y sofás antiguos, junto a una ventana con cortinas oscuras, estaba sentada doña Andrea Ballivián. Tenía la cara pálida, casi transparente, de un color ceniza, como sí recién la hubieran desenterrado. Me aproximé y casi al oído le dije que yo era Alfonso Maydano, descendiente de los primeros habitantes que llegaron a poblar estos llanos andinos. Doña Andrea me miró con ojos ausentes, extraños y perdidos en el recuerdo de muchos años. Su voz venía de distancias, como si me hablara detrás de una pared. Le pregunté por su esposo, don Eufracio Maydano. Me respondió que estaba vivo y se encontraba posiblemente en algún lugar. Me pidió que le mostrara mis pies, donde yo debía llevar una marca o señal de los Maydanos, los presupuestos parientes de su esposo. Me suspendí el pantalón para enseñárselos y descubrí que mis pies era semejante a los de los gallos. Doña Andrea movió la cabeza en señal negativa y me ordenó que de inmediato abandoné su casa hacienda.

    En el gran patio, a esa hora, había gran cantidad de trabajadores que preparaban la chalona. Hombres desnudos hasta la cintura manipulaban carneros degollados, tasajeándolos con grandes cuchillos para luego echarles sal de cocina. Al frente había una gran ruma de carneros degollados, las cabezas de los ovinos aún saltaban abriendo desmesuradamente los ojos, de sus gargantas brotaban balidos lastimeros. Los hombres trabajaban en silencio, colgando de las patas la carne salada en los aleros de las habitaciones con techo de calamina. La luna tramontó las montañas y una sombra oscura cubrió el campo, junto a un árbol añoso de un qolli centenario estaba amarrada una vaca que bramaba como el viento anunciando el amanecer. En el techo de las casas, los gallos cantaban el alba y los gatos con ojos de fuego caminaban silenciosos. Un sueño de varios días cerró mis ojos.

    Hermosa mañana. Amaneció con un sol radiante. Los rayos calurosos que penetraban por la ventana me caían en plena cara. Abrí los ojos y sentí que en la habitación contigua dos jóvenes jugaban tenis de mesa. Apresurado me vestí y recién comprendí que me encontraba en el nosocomio Manuel Núñez Butrón, junto a otros enfermos que dormían en otras camas. Cuando entré a otra habitación me encontré con Margot que jugaba tenis de mesa con otro colega periodista. Abandoné el hospital. En la puerta del hospital me encontré con el médico legista, doctor López, quien al verme me dijo: «Yo certifiqué tu muerte, ya no estás entre los vivos, anda a Registro Público e inscríbete nuevamente». Yo le respondí: «Doctor, usted casi me hace sepultar vivo, qué le pasa. Voy, en seguida a Registro Público». Y caminé presuroso en la calle. Cerca de las nueve de la mañana registré mi nacimiento con el nombre simbólico de Lázaro Maydano, luego me dirigí a la redacción del diario «Los Andes», donde me encontré con el doctor Frisancho, quién me dijo: «Usted se ha perdido doce horas, ¿dónde estuvo? Ha llegado el maestro Joao Texeira. Está alojado en el hotel Ferrocarril, hay que cubrir es nota. Su colega Margot ya salió, vaya inmediatamente».






LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919 - PUNO, 2020)


Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social.

Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo.

miércoles, 4 de agosto de 2021

YO SOY LA LUNA QUE CANTA




Pídanme que baile 

en el hambre del tiempo

que es un afluente de mis ojos y de mis manos

porque yo soy la luna que canta

yo soy la luna metida en la tierra

y mi destino es el alimento que puebla todas las bocas

yo soy la luna escarbada y puedo crecer en cualquier suelo

y tengo tantos nombres como habitantes tiene el orbe

yo soy la luna que muerden los cinco continentes

mi rostro somete la hambruna y decapita las guerras

porque mi luna es la papa 

almacenada en los tambos de mi orilla Tiwanaku.


Pídanme que baile

como bailan mis raíces en la tierra.



Poema leído en el evento central de la Semana Cultural - Ancestral Andina «TUKUY RAIMY», acaecido el 24 de Junio en el Teatro Municipal de Puno.

Foto: Polina Tankelivitch

lunes, 31 de mayo de 2021

ITALO PASSANO: «Entrevista a una piedra»

            



Entrevista a una piedra en el palacio de Praga.
 Desatando toda polémica, 
toda ley física, 
una piedra comenta 
sobre asuntos universales.


¿Qué opina usted de Mustafá, «El Lanza llamas Azul»?

Ese tipo arrebató muchas raciones de vida por los caminos, pero no tuvo la valentía de levantarme o levantar a alguna de mis compañeras y alzar la ciudad que reclamó como suya. Eso lo hicieron por él sus domadores de libertad.

Te hice esa pregunta para ver si esto no era una representación ventrílocua. Ahora, ¿hay algún sentido en tu vida, Piedra? 

El sentido consiste en saber que no hay extraños en este mundo. Todos descendemos de la misma piedra que flotaba sin sentido en medio del espacio. Somos casi hermanos, pero algunos seres no se preguntan el porqué de las cosas y eso en mi mundo significa conformarse con estar ciego. Puedo decir lo que desee, soy una piedra y no temo al candor humano. No comparto sus leyes ni su biodiversidad. Todo lo que a ustedes les afecta a mí me hace renacer, porque los vi en medio de su juramento inicial de vida y los veré cuando todo esté acabado. Por eso, puedo decir que mi vida comenzó como un hermoso sin sentido del que todos descienden.

¿Crees en Dios, tú que has servido para simbolizar su eterna divinidad en formas de todo tipo de idolatría? 

Sin nosotros (humanos y piedras) no hay Dios. Pero sin Creación tampoco existiría ni Dios ni nosotros. Somos la mente, el conjunto que imaginó un ser, un ente muy superior al que llamamos Dios.

Como entidad, ¿qué es lo que te complace en ser una piedra? 

Las emociones de toda clase, la fortuna que es verme reflejada en algo. Es tan solo olvidarme de las cosas que todos consideran pseudo importantes cuando no lo son. Al hacer algo, olvidan que somos puntos moviéndose y eso lo entorpece todo. Soy feliz siendo una piedra, por ahora.

¿Cómo es la vida de una piedra? ¿Hay metas u objetivos en tu existencia? ¿Cómo es la comunicación con el resto de materia? 

Soy alguien que valora mucho su soledad y estar sola me sirve de mucho. No la tengo tan fácil conseguirlo. Encontrarme es más importante que buscar un lugar o posición en el conjunto. Es solo avanzar por otra ruta, una que quizá la mayoría de gente ignora debido a que sus ansias de llegar por lo trazado los ciega. Además, que mejor que tener miles de escapes, porque «lo trazado» me suena a «parámetro» y el orden en la vida déjaselo a otros. Es más fácil volverse activo que volverse emocionalmente completo.

¿Dirías que pese al avance de la humanidad, la individualidad de la persona no está desarrollada? 

La estabilidad la consideramos gloriosa. Recientemente, lo que veo en todos es volverse lo que dicen aborrecer y transfórmalo en algo más, olvidando que su día a día es parte de todo. Quizá llegará un momento en el que lo respeten mucho para transfórmalo como es necesario. Me pregunto si aún siguen caminando y pensando en lo que realmente quieren, o esperan estar sentados. Nos aburrimos por ser simples espectadores de un film biológico pero no vemos que también estamos en él, y que aún no llegamos a ningún lugar.

¿Te consideras, quitando toda escala de materia y considerando solo la escala evolutiva de la consciencia, un hombre? 

Me siento despierta y más que asumirlo, es una realidad constante.

Muestras orgullo. ¿La perfección en el hombre consiste en ser infalible? 

El creerse infalible es una de las peores falencias. Sin embargo, yo estoy viéndolo todo. Sé cómo avanza y dónde se detiene. Alguna vez fui nombrada como «Roca Fundacional» en Sion. Esos musulmanes hasta un domo me construyeron solo por ser un aerolito. En fin, el sueño de nosotros los minerales es el más profundo, por eso no nos interesa que nos tomen como tótems de sus culturas.

¿Podrías decir que tienes el fuego interior tan desarrollado como el de un Poeta? 

A mí me bañaban en fuego. Me contaban que ciertas compañeras (como la amatista de Macedonia, las piedras lunares caucásicas, la Cyanita Siberiana o las crisocolas pre-hispánicas) por más hermosas que fueran, no tenían la naturaleza para ser calentadas y soportar un baño así. Imagino que con la poesía es igual: solo los de fuego desarrollado no terminan quemándose a sí mismos, sin dañarse con las explosiones emocionales de cualquier clase.

Soy la piedra que se ríe debajo de otra piedra. 
Encima de aquella, el sol cae, nos calienta. 
Sin embargo una arde, quema, 
no se le puede aun tocar. 
A la otra la levantas, ríes con ella, 
y no temes gritar su nombre en el desierto. 
Estás solo, y nada arde mejor ahora 
que el fuego vívido de su resplandor.


Estos versos fueron extraídos del poemario «Desovaciones», publicado el 2014


ITALO PASSANO LOZADA (Lima, 1987) 

Poeta, editor y diseñador. Participó en festivales de diversas ciudades del Perú y Latinoamérica: «Dentro de los Bosques Famélicos» (Pucallpa, 2016), «Enero en la Palabra» (Cusco,2015) y en el «III Festival Transfronterizo de Poesía Panza de Oro» (Cochabamba 2016). Organizó el festival «Enero en la palabra XXII» en Cusco el año 2018. Ha publicado los poemarios «Desovaciones» (Kunnih Munnah Editores, 2014) y «Envanecido» (Editorial Nuberrante, 2016). En la actualidad dirige el sello editorial y productora audiovisual «Kunah». Hace unos días presentó el Mapa Literario de Puno.

jueves, 6 de mayo de 2021

EFRAÍN MIRANDA: «Muerte cercana»



             — 5 —

Piedra pequeña, ¡oh, sencilla piedra!,
secreto, eternidad, hermética potencia.

Tendido en las orillas
he visto a los guijarros acatar 
la ley de las cascadas: precipitación, carrera, dispersión,
e imaginaba que algunas vidas rodaban
con idéntico destino.

¡Mira...! Una piedra pesada cae, ¿es ésa la mía?
¿por qué vías secretas avanza?,
yo no veo la orilla donde le toca reposar,
yo no imagino nada de mí,
el pensamiento es duro y no conoce sujeción;
mi pensamiento es como el alma oculta de las piedras: 
esquiva e impenetrada.
El alma de las piedras es todo interior
de manera que no tiene exterior,
y una terrible inmovilidad la inclina hacia sí misma,
habita caprichosas estructuras silícicas,
grutas heladas, talmudes de talquita.

Piedra migrada, yo te guardaré con amor;
en mis manos brillas más que una estrella
y en tus superficies veo ojos,
ojos de niñas dormidas bajo el agua.



             — 21 —

De un extremo la araña pende
en tanto del otro, segura y confiada, 
se mantiene sujeta. 
De nosotros, ¿cuál es el hilo?
Nada es tan cierto como el misterio,
pero mi cabeza cae también ahí
como en un abismo.

Hasta estas tinieblas avancé, grande
y desplegado como una luz, apartando toda oscuridad
que era alejamiento para mí.
Y no sé quién será iluminado.



              — 23 —

Erka es hoy joven. Pero la niña que fue 
sigue viviendo en ella, íntegra y reflexionada.

Erka soñó bajo un plenilunio —enteramente blanco—
que los dedos de sus ingenuas manos
eran raíces largas, extrañamente
entretejidas con las tramas de los desconocido.

Erka tenía su cántaro y su canción.
La fuente le enseñó el cántico de su mágico murmullo
y el diálogo inefable con la eternidad.

Sobre la superficie límpida ella irrumpía
con su cántaro y su canción,
y su figura trasluciente se ondeaba en ensimismado transcurrir.

Una mañana sorbió toda la dulzura del agua,
rompiose su cántaro y cesó su canción.
La tierra exornó sus labios con piedras lustrosas
y flores atractivas. El canto que el aire quieto escuchaba 
al viento le enseñó,
y ahora el huracán lo proclama.

Erka se dejó amar por la tierra.
Por la tierra persuasiva.



              — 38 —

El día con su puerta de luz
irrumpe en mi cuarto.
Algo mío también encuentro en el día.

Calle infinita, donde las otras calles concluyen,
yo también tengo mis aceras eternamente paralelas,
y estas puertas que veo son doblemente mías, puertas
por las que entro y salgo según a quien represente.
Hoy no las abro ni las cierro
ni las topeteo llamándome a mí mismo. ¡Las recojo!,
las pongo a todas sobre mi hombro
y con mi carga comienzo a caminar...

Puertas que comprendo, ansias que las cruzan;
puertas que tropiezan, se atropellan y... caen;
puertas que acusan y señalan,
puertas que agonizan y gimen en la noche,
puertas de hojas flexibles como el amor,
puertas que dicen claramente: H A M B R E.



                — 41 —

Muerte, lo sé, estás allí, atenta, vigilas.
Otras veces te presentabas como una cosa entre las cosas
y yo en silencio bebía las largas horas
que hasta ti llevaban.

Oh, siempre te acercaras de ese modo:
que mis honduras no se conmuevan 
cuando tus superficies se mueven;
ocurre, entonces, que la voluntad ya no es mía
y al llamado de mis fuerzas, éstas huyen 
como refugiadas en espanto; 
los días vacilan sin unidad ni sentido,
el mundo se torna vacío
como una gran casa habitada, en cuyo exterior 
nuestra locura instalara el interior, 
y los árboles humanos que se desarraigan 
caen como vestimentas sin dueños...
—Si tú, vieras su abandono y su miseria
regresarías conmovida, devolviendo al mundo
su corazón alegre y dulcificado.




EFRAÍN MIRANDA LUJÁN
(Putina 1925 - Arequipa 2015)  


Nació en Putina en 1925. Fue el penúltimo hijo de una numerosa familia y pasó su niñez en Azángaro y Huancané. Fue una voz muy importante en la poesía de los 50 del Perú. En 1954, publicó «Muerte cercana» (1954), y luego vinieron: «Choza» (1978), «Vida» (1980) y «Padre Sol» (1998). Su poesía tiene una honda realidad histórica y biológica, acerca de los oprimidos que habitan el Altiplano. Su poesía también nos habla de las continuas migraciones del campo a la ciudad y sus repercusiones. Falleció el año 2015 en la ciudad de Arequipa.

Foto: Benjamin Suter 

sábado, 17 de abril de 2021

YACHAQ ILLA: «El sueño de Elizabeth»




Eres la mejor luna
ahora no hay nadie más
nadie puede vernos
solo existimos

Eres la mejor luna
y yo solo soy
un gótico en el sol

Eres la mejor luna
abrázame, quiébrame
quémame lentamente
siempre te he pertenecido

Eres la mejor la luna
recógeme, llévame
déjame a tu lado
llevaré nuestra historia
la que no fue contada
la que no fue

Eres la mejor luna
la más azul
la más hermosa
la más inalcanzable
la que no está
ni estará conmigo

Elizabeth: Llevas días diciendo eso. ¿Podrás cumplir tu promesa?

Solimaru: He querido encontrar el camino y ahora sé que eres tú.

Elizabet: Más allá del tiempo he de esperar y recoger tu corazón en una vasija.

Solimaru: Sabes que no es necesario recogerlo, te perteneció desde el momento de mi muerte

Elizabeth: Camina conmigo, recógeme, llévame, no esperes más. ¡Hazlo ya!

Solimaru: Te seguiré desde nuestro pasado, que ahora está más presente.

Elizabeth: El miedo canta una bendición. Campanas lloran en nuestro adiós.

Estoy esperando el último vals.

Solimaru: Dos almas bailando por la eternidad. Que la muerte espere por mí. Que este día vuelva a vivir.

Elizabeth: Ahora llega nuestra canción. Son notas escritas para los dos.

Solimaru: El tiempo detiene su caminar. Los muertos heridos se vuelven a amar.

Elizabeth: Mírame, te he vuelto a encontrar. Esta noche no acabará. Que la muerte espere por mí. Que este día vuelva a vivir.

Solimaru: Ven hacia mí, una vez más. Ven a este vals, no sentirás la soledad. Ven a este vals.

Elizabeth: Estoy esperando el último vals. Dos almas bailando por la eternidad.

Solimaru: Que la muerte espere por mí, que este día vuelva a vivir. Toma mi mano con la melodía. Que nuestras velas descansen en paz.

Elizabeth: Viejos retratos con tinta enmohecida.

Elizabeth y Solimaru: ¡Y manos que nunca se podrán tocar!


El Centro de Investigación Cultural – Teatro «Yachaq Illa» se complace en presentar una performance titulada: «El sueño de Elizabeth». Escrita por el director del grupo, Fernando Medrano, esta obra es en detalle un gran poema visual creado a partir del encuentro de dos almas condenadas a estar juntas y confabuladas para rondar de cerca la calidez onírica de la luna y escuchar desde todos los ángulos, la inundante música del tiempo, que los persigue a donde quiera que vayan. El amor entonces cobra vida nuevamente, sale cadenciosamente de su tumba y se sienta a distinguir el inigualable gesto de caballerosidad de un fogoso Solimaru, y la belleza etérea y fugaz que irradia Elizabeth. Esta obra fue emitida virtualmente por la Dirección Desconcentrada de Cultura de Puno, el día 16 de abril de 2021, en el marco de las celebraciones por el Día Mundial del Arte.

Actores: Fernando Medrano y Danissa Cari.
Producción: «Yachaq Illa».
Fotografia: Uriel Montúfar Butrón.

jueves, 15 de abril de 2021

CARLOS MENDOZA: «Tus manos son una canción de ovejas preñadas»




A VECES ES MEJOR IRSE…


A veces es mejor irse
Coger un pañuelo
Agitarlo en son de paz
Columpiar los ojos en el aire
Abrir la mochila
Guardar latas de atún, galletas
Beber harta agua y guardarla en el lomo
Es necesario marcharse con las manos limpias
Y los pies desempolvados
Hurgarse la nariz 
Mirarse al espejo
Peinarse las penas
Descubrir arrugas, líneas que expresan el peso en los párpados
El ritual de huida debe ser ceremonioso
Observar el lecho, las paredes, el cielo
Agitar nuevamente el pañuelo como quien se despide en el puerto rumbo a la guerra
Coger la mochila cargarse el orgullo y la tristeza y emprender hacia la puerta
Abrirla lentamente
Como quien pela una fruta
Recibir el golpe de la brillantina sobre el rostro
Cruzar el umbral
Describir la calle con la mente en la orilla de los labios
Empuñar la manija y cerrarla violentamente
Para que el mundo se entere que partes hacia el infinito
Y que si te buscan
Jamás estuviste aquí.



NO HAY PADRE EN ESTE CEMENTERIO DE MOSCAS


No hay padre en este cementerio de moscas
Ni una figura de barro que se deshaga al sol
Las calles revestidas de ausencia
—nadie entra ni sale—
No hay padre en mis manos ni en mi ojo
Los hospitales, las comisarías, las cárceles, los hoteles están llenos de ellos, 
Pero en mi cuarto y en mi estómago no hay padre, 
No lo encuentro este día de ceniza y quizá
Mañana deba ir en busca de uno
Que yace en algún rincón de esta estúpida ciudad 
Que le huele hasta la axila mordida por un pájaro silvestre
No hay padre que por bien no venga ni orfandad que aguante cien años
Acaso el teléfono que quedó descolgado cuando hiciste la última llamada 
Hace XXIX Años. V meses. XX días. XV horas. XXIV minutos 
Sea el pretexto perfecto para justificar la falta de agua en el inodoro
Y no olvidemos que el orgullo es un pan quemado que huele a azufre
No hay padre, y no pesa como antes la ausencia
Las
Flores
Que mamá recogía las he dejado en su tumba para que crezca un caballo
Los días que aún faltan por escupir sólo traen ansiedad
(las noches que aún faltan por beber traen calma)
La cruz, el rezo, las polillas del libro de Lenin me miran sordos
Sobre esta corona cae la tarde y también tu recuerdo, no hay padre
Y esta melancolía azul se enciende como los pechos de Clara
¿A dónde has ido, por qué demoras tanto?
Clara debes apurarte, el silencio duele más cuando te llevas el amor en la cartera.



RÉQUIEM OBSOLETO

para Rosa Verenisse Arela Mamani


Cuando era niño creía que tus ojos eran puentes oscuros
... también paisajes eternos
Yo te pintaba de cuerpo entero en hojas silvestres,
Hermana,
Compañera,
Tus manos son una canción de ovejas preñadas
Ahora en ti
Solo cabe mi silencio cuando te digo que te quiero
Pero
Siempre
En
Shuuuu!



ARQUITECTURA NATURAL


Una puerta es una ventana
Una puerta de metal es una ventana de papel
Una ventana de papel es una puerta de madera
Un árbol es una puerta y una ventana
(un pasadizo oscuro donde guardamos los ojos).



POEMA PARA LA CASA


/ EJERCICIO N° 1

‌Si olvidas el retrato o la miscelánea hecho de colillas de cigarro. Si desatas las agujetas o el carmín que sostiene mi pena, dejarás una pregunta que oscila entre los frascos de aerosol y las almohadas que oxidaron sueños ajenos. De un silencio brotan caracoles desquiciados; exhuman los colores de la luna, oran y cantan sobre los tejados. Yo descubro las luces del último cielo que ciego de estrellas vuelve a herir mis brazos, corte tras corte desfigurando mis venas las puebla de heridas de donde solo brota mistura. ¿Dónde quedó mi sangre? ¿Por qué ya no posee el color de las tardes? ¿Por qué en cambio anida un reptil que blasfema tu nombre con la cola? Sé que las noches se han inventado para esconder el corazón en la huerta de los vecinos y cuando amanece siempre encuentras una flor en su lugar. Sé también que tú duermes boca abajo respirando los aullidos, los pasos, todo lo que la ciudad deja caer en tu blanco sueño. Es entonces que espejos de agua inundan todos los parques públicos donde la soledad es un árbol, una banca, un tacho de basura. El amor está donde menos lo piensas. Despojarse de la piel no siempre es desollarse, puede ser un ejercicio, por ejemplo: Cuatro niños poseen dieciséis extremidades. ¿Cuántos corazones hay en total?

Foto: Marco Zamora


CARLOS MENDOZA 
(Ayaviri - Puno,  1990)

Estudió psicología. Ha publicado los libros de poesía: Cuerpo enamorado, 2010; Canto pedestre, 2012; 15 poemas para acompañar la soledad, 2013; la plaquette Las llaves de la muerte, 2014; como homenaje a la madre, publicó Qué pasará mañana cuando te hayas ido, 2015; con el seudónimo de Matías Gris, publicó La máquina del azar, 2017; Hasta aquí ningún recuerdo será una fotografía vencida, 2018. Ha sido antologado en la muestra de poesía puneña editada por el Municipio de Puno en su formato Munilibros. Obtuvo la Primera Mención Honrosa en el VI Concurso Literario «El Búho», organizado por el semanario El Búho (Arequipa, 2014) con el libro Retrato de familia y otros poemas, también obtuvo el Primer Lugar en el Concurso Nacional de Poesía Homenaje por los 100 años de vida del poeta Nicanor Parra, organizado por la academia Cygnus (Lima, 2014) con el libro La danza de los alucinados. Ha sido finalista en el Premio Copé Internacional de Poesía Petroperú 2015 con el libro Desierto de ceniza. Fue finalista en el VII Concurso Literario El Búho (Arequipa, 2018). Poemas suyos han sido publicados en la revista de arte «La Hormiga», también en la revista mexicana electrónica de poesía Circulodepoesía.com. Actualmente dicta cursos de Plan Lector para instituciones particulares y estatales en la ciudad de Juliaca. Los poemas presentados en esta selección son inéditos.