martes, 13 de octubre de 2026

«BREVE MEDITACIÓN SOBRE LA POESÍA DESDE UN MANZANO»: Gabriel Apaza

 







QUEMÓ EL MANUSCRITO Y PUBLICÓ EL LIBRO

Gabriel Apaza prometió una breve meditación y entregó doce mil palabras de pan, puertas y botellas vacías. Ya ahí hay humor negro: un poeta que jura renunciar a la poesía, quema doscientas páginas con solemnidad de velorio y termina publicando este libro. Las cenizas, al parecer, también tienen editorial.

Son cinco estaciones en prosa poética (Génesis, Amor, Desamor, La tierra y el pan, La palabra) que van de un manzano en Moho al mismo manzano, viejo, con ramas secas y frutos mordidos por los pájaros. En medio hay una madre que ofrece una silla a la pobreza antes de preguntarle el nombre, un padre que discute con la piedra hasta convencerla de ser pan, una mujer que se va con un libro ajeno en la cartera y una cerveza diaria que hace de coro griego.

Lo mejor del libro está en el desamor. Apaza sabe que los amores no mueren en una tragedia con orquesta, sino en un descuido doméstico: un cuchillo que resbala sobre el pan y una mano que, de pronto, ya no aprieta. La catástrofe llegó sin avisar y, para colmo, a la hora de la cena. Luego la casa se llena de botellas alineadas, un ejército transparente que gana la guerra sin disparar, y el poeta descubre que las metáforas no calientan la cama. Él ofrecía eternidad; ella pedía futuro. La eternidad, ya se sabe, ni paga el alquiler ni cierra la ventana en invierno.

Lo valiente viene después. El libro se levanta de la mesa del bar, se sacude la resaca y se pone a mirar a los otros: el panadero, el albañil, la mujer que trapea el patio, el conserje que abre las puertas antes que el sol. La pena aprende proporción. Hasta el sueldo de maestro entra como chiste cruel: una cifra escrita para convencerlo de que su trabajo no pesaba. El dolor deja de ser patria y se vuelve oficio; se parte como el pan duro y se reparte. Es el método más barato para superar a una ex: hacerle sitio al hambre ajena.

El verso que se queda: El más logrado está en "El hombre que aprendió demasiado tarde el idioma de las puertas". El personaje quiere decir «quédate», pero por orgullo dice «cuídate». Entre ambas palabras, escribe Apaza, «cabían Troya e Ítaca». En una sola línea, un adiós de pasillo se vuelve una guerra antigua. Una palabra pide que ella se quede, la otra la deja irse con abrigo. A ratos el poeta se pone didáctico y habla del pan y de la Historia con tono de maestro. No es descuido, es obsesión: repite porque no puede soltar lo que le duele, y esa terquedad es lo que le da unidad al libro. Como el manzano, insiste en florecer, aunque nadie se lo pida.

Todo termina donde empezó. Cae un fruto, la tierra lo escucha y el universo aprende el nombre de la poesía. Apaza no medita sobre la poesía desde un manzano; medita desde un manzano que sabe que va a morir y aun así da fruta, torcida y mordida. Es más de lo que pueden decir muchos poetas, que solo dan sombra y se hacen llamar frondosos.





La primera muerte


Nadie supo explicar por qué la casa respiraba más despacio aquella tarde. El reloj continuó obedeciendo a las horas, pero las horas habían dejado de obedecer a la vida. Una taza permaneció sobre la mesa defendiendo el último calor de unas manos que ya no regresarían. La silla, ligeramente apartada, descubrió que también los objetos pueden enviudar. Nadie quiso devolverla a su lugar. En el jardín, una flor abrió sus pétalos con una delicadeza casi ofensiva: la belleza nunca pide permiso para coincidir con el dolor. Los camaradas hablaban en voz baja de mi padre, como si la muerte pudiera despertarse con el ruido o escuchar detrás de las paredes el nombre que ninguno se atrevía a pronunciar. Pero la muerte ya estaba despierta desde mucho antes que nosotros. Había entrado sin abrir la puerta y ahora permanecía sentada en medio de la habitación, ocupando el sitio de quien faltaba. Alguien cerró la ventana. Otro recogió una prenda y volvió a dejarla donde estaba, porque moverla significaba aceptar que su dueño no regresaría a buscarla. Aquella noche la casa aprendió una nueva forma de silencio. Cada objeto conservó el gesto de la última vez que fue tocado: la taza, la silla, el abrigo, los zapatos detenidos junto al umbral. Entonces comprendimos que perder a alguien no consiste solamente en dejar de verlo. Consiste en seguir encontrándolo en todo aquello que permanece y descubrir que las cosas, incapaces de morir con nosotros, prolongan en silencio la forma exacta de nuestra ausencia.



El hombre que aprendió demasiado tarde el idioma de las puertas


Al final, amor, mi amor, quise decir: «Quédate». Dije: «Cuídate». Entre ambas palabras cabían Troya e Ítaca, Jerusalén y Babilonia, una sílaba que llegó después de la ruina. Los tratados registran las fechas de las guerras; nadie escribe la cronología de las palabras que no alcanzaron a pronunciarse. Descendiste la escalera sin volver la cabeza. Tus pasos se apagaron piso tras piso, como la última vibración de una campana cuando el bronce ya está inmóvil. Permanecí detrás de la puerta, ignorando que también las puertas poseen un idioma: una bisagra que suplica, una cerradura que sentencia, un umbral donde dos destinos intercambian sus sombras. El orgullo trabaja en silencio. Coloca una piedra, luego otra, y al final nos entrega las ruinas donde iremos a buscar aquello que nosotros mismos derrumbamos. Aprendí que abrir no siempre significa permitir la entrada y que cerrar puede ser la forma de quedarse afuera. Tu bata colgaba detrás de la puerta. Las pantuflas aguardaban bajo la cama con la obediencia de dos animales que desconocen la muerte de su dueña. Sobre la mesa de noche permanecía abierta la novela que leías. No la cerré. Durante meses el polvo fue ocupando las páginas sin atreverse a cubrir la última línea. Hay libros que adquieren el derecho de esperar, del mismo modo que ciertas vidas conservan una página que nadie consigue terminar. Yo aprendí demasiado tarde el idioma de las puertas: cuando por fin supe decir «quédate», el pasillo ya había olvidado tus pasos y la llave pertenecía a otra casa.

Dios tuvo la forma de un espejo ennegrecido: me devolvió el rostro del incendiario. Yo había entrado en aquel amor cuando el calendario ya preparaba su eclipse; confundí la luz prestada con una estación y quise habitarla. No fuiste tú quien derribó la casa. Fui yo quien edificó sobre el relámpago y acusó al cielo de no sostener los muros. La culpa instaló su balanza: de un lado, tu ausencia; del otro, todo cuanto inventé para volverla destino. Abrí la ventana. La madrugada arrojó monedas de hielo sobre el piso. Las botellas formaban un órgano de vidrio; bebía y cada sorbo pulsaba una nota grave, hasta que mi cuerpo pareció una iglesia abandonada. Decidí renunciar a la poesía. Encerré los lápices, cubrí los libros, dejé la tinta secándose como una sangre que ya no encontraba herida. Sin embargo, debajo de una hoja sobrevivía una imagen, brasa empeñada en conservar el incendio. Al amanecer compré dos panes. El panadero envolvió aquella aritmética sin preguntar por el comensal ausente.



Tu mensaje iluminó la pantalla:


«Espero que estés bien». Cuatro vocablos, cuatro ventanas abiertas hacia una habitación inaccesible. Quise responder. El pulgar quedó suspendido sobre el teclado, pequeño náufrago incapaz de elegir una costa. Guardé el teléfono. Bajo mi brazo, el segundo pan perdía su calor. Así fue como sentí el dolor de haber amado con la obstinación de quien siembra en la nieve y culpa a la primavera por no llegar. Entré en casa llevando una ración para nadie y una frase que no aceptaba morir.
La paciencia de la sal

La sal no florece. Permanece bajo la tierra como el esqueleto de un mar retirado, memoria blanca de aguas que dejaron de existir. Cuando entra en el alimento renuncia a su figura: ningún grano conserva su nombre, pero la materia demora su corrupción. Esa desaparición no es sacrificio ni derrota. Es una forma mineral de la dialéctica: perderse para actuar, negarse como cuerpo visible y persistir como fuerza. Sobre el mantel quedaron cristales. La luz del día los hizo brillar con una severidad estelar. Esa sal recuerda a quienes atraviesan la Historia, sin estatua ni firma, disueltos en aquello que ayudaron a preservar. La inteligencia puede enumerar las razones del fracaso, medir la herrumbre de una época, reconocer el moho detrás de sus discursos; la voluntad trabaja como la sal: penetra lo perecedero y combate donde nadie contempla la batalla. No promete eternidad. Concede tiempo. Tal vez una comunidad no sea una suma de individuos, sino aquello que cada uno acepta perder de sí para impedir la descomposición del conjunto. El mantel conservaba depresiones donde descansaron platos y antebrazos. No eran recuerdos: eran presión convertida en forma. También la convivencia deja su peso sobre la materia. Tomé un grano entre los dedos. Parecía insignificante, incapaz de oponerse a la noche. Lo dejé caer en la olla y desapareció sin ruido. Minutos después, todo había cambiado de sabor. Así opera lo esencial: no ocupa el centro, no exige ser visto, no levanta monumentos. Modifica desde dentro aquello que, abandonado a su inercia, comenzaría a corromperse.



El nombre que todavía no conoce el universo


Cuando el último libro haya perdido su cubierta, cuando la tinta regrese al silencio del que salió y las bibliotecas sean polvo conversando con la lluvia, quedará una mujer apartando el fuego para que nadie se queme al despertar; un hombre acomodando, con los dedos partidos, la manta sobre quien duerme; un niño preguntando por qué las estrellas descienden las noches de mayor frío. La literatura no habrá salvado sus páginas. Habrá cumplido otra tarea: conservar la temperatura de esos gestos más allá de sus autores. El poeta atraviesa ciudades donde las estatuas habían olvidado su rostro prometido. Ve idiomas quebrarse como vasijas, fronteras desplazarse con la indiferencia de los ríos y banderas cambiar de color mientras la necesidad continuaba hablando una lengua sin emblemas. Conoce la obstinación de quienes sembraban bajo un cielo cerrado, enseñaban en aulas sin recursos, curaban cuerpos y escribían sabiendo que nadie los leería. Aprendió que la esperanza no es optimismo. Es una forma del trabajo: prepara aquello que sólo otros alcanzarán a recibir. Yo regresé al manzano al atardecer. El árbol había envejecido. Algunas ramas estaban secas; otras sostenían frutos imperfectos, mordidos por los pájaros. Apoyé la frente en el tronco. No pedí respuestas. Después de tantos nombres, supe que lo esencial quizá sea aquello que el universo todavía no sabe pronunciar. Una fruta se desprendió y cayó cerca de mis pies. El golpe fue leve, pero la tierra pareció escucharlo. Nadie dijo nada. El manzano tampoco. En aquel silencio, el universo comenzó a aprender el nombre de la poesía.



Sobre el autor y la edición. Gabriel Apaza es poeta de Juliaca, incluido entre los autores de la antología Toqoro, Juliaca 100 años de poesía (2022). Forma parte de la generación de fin de siglo. Breve meditación sobre la poesía desde un manzano forma parte de la colección Máquinas inservibles y fue publicado en setiembre de 2026 por el Grupo Editorial Hijos de la lluvia, de Juliaca, con edición de Walter L. Bedregal Paz y una tirada de 500 ejemplares. Los cuatro poemas que se reproducen en esta entrada fueron tomados de esa primera edición.

Fotografía: Yari Emmanuel