lunes, 11 de febrero de 2013

INMANENCIA



Jackson Pollock - "Numer 8"

 
 I

Es el tiempo de los asesinos,
Los sueños han revelado el martirio humano.

La mustia piel se impregna de libros y otras
Fantasmagorías y se crea el delito
Y descubrimos con cierto estupor la brevedad de lo sagrado.

Cercenar la amabilidad – desterrar la compasión de nuestras fronteras.
El propósito de los deficientes mentales es vagar
Por el valle defenestrado, recogiendo los platónicos
Instrumentos de la vida.


II

Sol, carne y sed:


Entiendo la vaguedad del poeta recostado en la fina hierba, los ojos rápidos, la palidez de su rostro; ¡tramamos juntos la huida! El flagrante deseo de resucitar la naturaleza nos desborda y nos conmueve presenciar la debacle.


¡Lo siento mi bienamada, mi bienaventurada, mi correosa y ardiente niña, siento que tu sangre sea ahora la marca que delimita el bien y el mal!

El amor telúrico, fuente inagotable de ritmos, se devanea en la niebla apocalíptica, ¡Planearemos la clemencia!.


III


Adivinar las blasfemias, entronizar al caos y hacer gala de nuestra codiciosa inhumanidad; salvar el cielo a cambio de besos en las manos, salvar la vieja cruz a cambio de orgasmos ilimitados, salvar el último fruto a cambio de cerebros frescos...
El catolicismo nos maniató y clausuró para siempre las ventanas que daban a los valles prósperos, despojó toda luz de nuestros cuerpos, nos despiojó y la oscuridad se apoderó de los delirios del hombre. Aniquiló la quintaesencia de la naturaleza que hace nido en nuestros corazones y la bruma y la infertilidad son ahora nuestros amargos trajes.


IV

El anhelo sabio del ser son las humildes aguas,
Que vienen a recorrernos amorosamente,
Es el jilguero que con su áspero canto
Mece nuestros núcleos sucios,
Es la deformada roca que nos ampara,
Que nos secuestra para librarnos del oprobio natural,
Son las crines de veloces potrillos que bailotean
Tras el rastro del viento,
Son los himnos de paz y gloria
Creados por los altísimos para nosotros,
Crédulos y necios por antonomasia,
Ver al chiquillo mordisquear una moneda,
Ver a las vírgenes clamar por un hijo.


V

Jesucristo trituró mi alma
Condujo ciegamente mi cuerpo
Sobre su espalda para depositarlo junto a su cruz,
Y bendijo los días del hombre.

Escondió mis ojos, y esperé siglos hasta recuperarlos,
Estaban acurrucados en el seno de la naturaleza.

Empeño mis manos en el bazar del turco y mis piernas
Fueron a parar a las gélidas aguas de los osos.

Trazó los planos de la otra vida en mi espalda
Y fustigó la arena con sus sangrantes piernas.

El mar llegó al amanecer
Fuimos devueltos al vientre inefable.


VI

Me alivié en el abrazo consanguíneo
Y deleité mi ojos con la presencia de mis pobres gentes apaleadas,
Y entonces sacudí mis manos implorando la condenación
Y el estío me trajo consigo manjares y licores.

He visitado con ansías las casuchas donde me crié.

He congelado las escenas colmadas de amor de mi sanguinaria niñez.

Junto a primos y ángeles he fumado los delirios fríos encima del monte, atalaya del imperio.

Doy mis manos para que adivinen mi destino, llegué a bañarme en el gran lago,
Acá soy un mal compatriota.


VII


Me he regodeado en el razonable reflejo que el espejo proyectó, me he escindido en dos mezquinos seres, capaces de recolocar el orden, vivificar la vida es la esperanza de mi corazón enjaulado -y la lluvia prosigue ahí fuera, y los árboles delineados son oscuros parapetos- me he ahogado en la amabilidad de esta vieja cárcel, estuve cantando todos los días de mi vida, he vapuleado el papel con letras empapadas. La serenidad de este país es insuperable, hoy mismo he descubierto un acto amoroso a bordo de un autobús enjoyado.


VIII

La retorcida luz se acrecienta, el parque del allí enfrente es el limbo, y mi nariz es un adoquín a la espera de la desgarradora lluvia, la lejanía es el pan de cada día.
Sentí agotar todas mis fuerzas tras la dura contienda con mi alma egotista...
¡Rejuvenezco en sueños!
Y tramaré la evolución y os llevaré a todos hacia la oscura bóveda, donde están enterrados los utensilios de los sagrados monos.
Y la burda verdad es un sofisma embarrado y mi rostro es el cielo reconciliado con la sangre.


IX


... Aún niño creí poseer el amor de mis congéneres - ¡El pasado se agiganta en mi garganta!- y veía con ojo distante las penalidades de mis allegados, sus rostros avejentados; sus caricias eran hipócritas... sacudí las empolvados ropas y luché contra intrigantes seres desperdigados por mi imaginación, el perro movió la cola, el verano era inmundo.

Las fiestas, -galantes y embravecidas fiestas- eran la religión de mi familia, la rendición de la voluntad era su credo... ¡y bebían sin mirarse a la cara!.


X

El placer del silencio
Comprobar una vez más
Que se es humano,
Más humano aún en la soledad.

¡El reloj de mi esperanza está tocando el saxofón!
¿Cuán largo es el deseo de saber?

No preciso de pan y amores
¡Me han ofrecido una cama de flores y les he escupido en la cara!
Soy desmerecedor de esas ambrosías
Mas cabalgo locamente hacia los confines de esta absurda
Búsqueda primigenia.

¡Sí! Represento a todos los hombres y estoy en sintonía con los vegetales,
¿Iré codiciando la idea de volver al redil taimado?


XI

Ese paño empapado de perfumes, de semen y de lágrimas,
Flota inmune por la iglesia, merodea por el pulpito,
Y va a parar a los ojos del salvador,
¡Hay quien se tira pedos en plena eucaristía!
Hay orondos patrones ensalzando la inmundicia,
Hay quien bebe decenas de litros de vino para ver la sombra del patrón
Resbalo y grito en el pasillo contemplando a los santos encarnados,
¡Me han arrebato la dulzura y la energía con sólo un hábil pestañeo!


Leo Cáceres, de "Los ocasos de Larios" (Hernani, 2010)

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