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miércoles, 14 de diciembre de 2022

LUIS GALLEGOS ARRIOLA: «El muerto bailarín»




    ¿Quién me hace estas bromas? Cada año se me extravía un disfraz. Si yo los cuento bien y por repetidas veces; cuando son por docenas cuento pares, para no confundirme, y todo me sale exacto. El año pasado, en esta misma fecha, el mismo día, se me ha perdido el disfraz de vampiro, el anteaño pasado el de dragón, el tras anteaño pasado el de caporal, ni ya recuerdo el resto: la pérdida de disfraces la vengo sufriendo desde hace diez años. 

    Estas reflexiones las hace cada año un insigne bordador de disfraces para los danzarines de la fiesta de la Octava de la Virgen de la Candelaria. En su enorme almacén de la avenida Laykakota, los disfraces están correctamente adosados sobre andamios de madera, listos para ser entregados a los conjuntos que los van a alquilar con anticipación de varios días. Pero, cada año, el maestro bordador se queja que algún disfraz se le pierde en la víspera, a pesar de que tiene gran cuidado en confeccionarlos durante todo el año. Los hilos de oro y plata, las piedras preciosas y demás elementos los importa del extranjero; los paños y adornos también vienen de países exóticos. Es tal la fama del maestro Eufracio Valencia que es conocido en todos los pueblos del Altiplano, todo reside en la preciosidad y combinación de colores y los matices que ostentan los diversos disfraces que prepara con especial esmero. 

    Tengo que esperar la hora más adecuada, el minuto propicio para ingresar al establecimiento de bordados del maestro Eufracio, y así sustraer el disfraz que elijo, cada año, para bailar en la Octava de la Virgen de la Candelaria, no me entretengo mucho y cojo el que tengo más a mano. El año pasado me fue más fácil ya que el maestro viajó a un pueblo cercano, en esa ocasión me llevé el disfraz de vampiro.

    El día lunes de la octava de la fiesta, a la una de la mañana, abandono mi tumba en el cementerio. Cubro con ladrillos la entrada para que el guardián no sospeche que hay un sepulcro vacío y se arme el alboroto. El año pasado casi descubren que una tumba había sido abandonada por su morador. Hace diez años que llevo muerto. Fui socio fundador y primer presidente del conjunto Rey Moreno del barrio más populoso de la ciudad; y son esos mismos diez años que aprovecho para incorporarme a mi conjunto, porque las circunstancias se tornan propicias. Los danzarines ingresan al cementerio y ahí me incorporo al grupo y luego bailo solemnemente todos los días de la semana hasta que la fiesta termine, tras eso vuelvo a mi tumba y descanso hasta el próximo año. 

    Que me disculpe el célebre Eufracio Valencia, soy yo el culpable del extravío de sus disfraces, yo soy el muerto que se los roba para bailar. Este año me llevaré un disfraz de oso, prometo que oportunamente se lo devolveré. 


Este cuento pertenece al libro: «Cuentos de Q'oñi K'ucho» de Luis Gallegos Arriola, editado el año 1984 y también en el suplemento literario del diario "Los Andes", con fecha del 8 de febrero de 1981.


LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919 - PUNO, 2020)


Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social.

Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo.


Dibujo: The Dance of Death (1493) by Michael Wolgemut, from the Nuremberg Chronicle of Hartmann Schedel.

viernes, 13 de agosto de 2021

Luis Gallegos Arriola: «HERMOSA MAÑANA»





I

    En mi oficio de reportero, no recuerdo exactamente quien, ese día, me alcanzó una invitación para recepcionar a una Embajada Cultural, procedente de un país centroamericano, que visitaba la ciudad de Puno. La hora señalada para la cita cultural estaba anunciada para las ocho de la noche. Cinco minutos antes de la hora salí precipitadamente de mi casa. Para resguardarme del frío y la llovizna nocturna me puse un sobretodo y me cubrí la cabeza con un pequeño sombrero. Crucé varias calles, saludé a muchos amigos, luego ingresé a la Plaza de Armas de la ciudad y empecé a correr casi flotando como un pequeño globo a consecuencia de la densidad de la luz amarilla y pálida como la muerte, que brotaba a raudales de muchas lámparas fluorescentes suspendidas en postes de cemento armado. Llegué a la puerta de la Casa Consistorial y dando grandes trancos gané el patio del vetusto edificio, luego subí las gradas de la escalera e ingresé a la sala de sesiones, donde el piso de madera empezó a crujir como si fuera a desplomar todo el edificio. En la amplia sala había pocas personas sentadas en cómodos sofás. Me sorprendió encontrarme con Margot, mi colega de trabajo en el diario local «Los Andes». «Buenas noches» –saludé, levantando la voz. Y como quien lanza una sentencia, desde un extremo de la sala, Margot me gritó: ¡Alfonso dónde están las notas de prensa! «Me he olvidado, disculpa» –contesté con voz suplicante. Margot, colérica, sentencia. «Vaya a traer, rápido, rápido».

    Salí precipitadamente de la sala, corrí por el estrecho corredor y bajé a largos trancos por las gradas. El patio lo cubrí con dos saltos para alcanzar la calle. La luz amarilla y densa me cegó al instante y empecé a flotar nuevamente suspendido en el pálido y amarillo relente, y antes de elevarme lo suficiente, me atropelló un ómnibus que bajaba de algún barrio de la ciudad.

    Gran cantidad de personas se agolparon en torno al destrozado cuerpo del infortunado reportero. Media hora después, en una camilla blanca lo levantaron y lo metieron en un carro ambulancia que partió con el estrépito de la sirena de alarma. En el hospital, el médico legista, doctor López, declara que el periodista Alfonso Maydano dejó de existir a consecuencia de un traumatismo encéfalocraneano.

    Así murió el reportero Alfonso Maydano, un hombre muy popular y querido entre sus colegas de trabajo de la prensa escrita. Su nombre y el fatal accidente serán recordados por mucho tiempo por los vecinos de la ciudad. Maydano, la noche anterior a su muerte soñó que dormía por requerimiento de su trabajo en el interior del edificio del Concejo Municipal que iba siendo demolido por orden de un progresista alcalde. A medianoche, gran cantidad de pericotes botaban sus excrementos sobre la cara de Alfonso Maydano. El techo y las paredes del edificio iban cayendo a los golpes de picos y palas de cientos de obreros.


II


    La tarde toma una coloración indefinida, el sol termina por caer en un abismo y las sombras trepan como fantasmas a las cumbres de los cerros. Con el último resplandor de la luz que corona una alta montaña y las sombras que confunden las cosas. Los ventisqueros que bajan de la cordillera calman su furia y, más tarde, algunas estrellas brillan en el cielo profundo y negro, como un póstumo remordimiento.

    En mi tránsito a la muerte fungía como antiguo empleado de la Caja de Depósitos y Consignaciones, Departamento de Recaudaciones. Me tocó cubrir la vigilancia de las fronteras de nuestra patria con los países vecinos de Chile y Bolivia. Con este propósito al caer la tarde de ese día fin de semana, ensillé el mulo y previo el permiso del jefe de la oficina provincial, monté en el dócil animal, y al paso llano tomé una pequeña senda que conduce al cruce de tres caminos por donde, aprovechando la oscuridad de la noche, los contrabandistas de alcohol transitan con mucha frecuencia.

    Al aproximarme al cruce de los tres caminos sentí el lejano tañido de una campana que el viento traía de un lugar distante, como si fuera un eco tardío y perdido en la inmensidad del desierto andino. ¿Es el tañido de una campana o es una alucinación?, me pregunté. Podía tratarse, en todo caso, de una recua de mulos de los contrabandistas, con la mula madrina por delante, que transportan alcohol a la frontera con Bolivia para venderlo en los pueblos vecinos. Con estas suposiciones, presuroso desenfundé el revólver y moví el seguro, y en un descuido muevo el gatillo del arma y al instante escapa una bala que va directamente a incrustarse en la nuca del mulo. Al impacto mortífero, el animal cae desplomado, yo también caí al suelo junto a él. En mi desesperación intenté gritar pero me contuve pensando ser descubierto por los contrabandistas. Toqué la cabeza del animal, la sentí aún tibia y percibí que de su nariz brotaba una lenta respiración que poco a poco se fue apagando. La sangre corría a borbotones de la profunda herida abierta en la cabeza y al caer en la arena helada se iba congelando. Quité el ensillado, saqué la brida y me los eché al hombro y me puse a caminar en dirección al cruce de los tres caminos. Al aguzar nuevamente el oído en la noche oscura, sentí que el tañido de la campana se alejaba. Los contrabandistas al oír el estampido de la bala tomaron otro rumbo, seguramente para buscar otro atajo para burlar la vigilancia, pensé en ese instante. 

    Cuando llegué el cruce de los tres caminos en la oscuridad de la noche encontré a un animal que arrastraba la rienda del cabestro, la levantó a tientas y empiezo a caminar jalando la rienda hacia el centro poblado más próximo. Con la larga caminata mi cuerpo entró en calor. A mi detrás venía cansino el caballo o mulo o, en el peor de los casos, un asno porque no se distinguía en la oscuridad de la noche. ¿Qué cargaba? Supuse que dos cajas de alcohol, cuyo costo se aproximaba a dos mil nuevos soles. ¿O será un quintal de fibra de alpaca? Hice aproximaciones y concluí que por cualquier de las dos mercaderías, los comerciantes, sin protestar, me darán dos mil soles. ¿Una fortuna? Caminé cerca de dos horas y pasada la medianoche empezó a nevar. Una luna opaca y pálida, como una gota de luz, emerge del fondo de un abismo y se suspende a la cima de una montaña. La luz se derrama por las llanuras y descompone los copos de nieve en prismas transparentes. Despiertan las aves nocturnas, en la lejanía aúllan los perros de alguna comarca andina, escondida en los repliegues de la cordillera. Vencido por la curiosidad y la codicia de saber qué es lo que cargaba el animal, volteo la cara y veo que es un asno con una pesada carga en el lomo que le cae hasta los extremos de la panza. Me detengo y voy a verificar de cerca el hallazgo y descubro en un extremo los pies fríos de un cadáver y en el otro extremo la cabeza enfundada en una bolsa tejida de lana. ¿Una carga humana? Hice mil suposiciones ¿Contrabando de cadáveres? ¿Un grupo de comuneros llevan un cadáver para enterrarlo y en la noche oscura se perdió la carga? Sabe Dios. Me puse a temblar de miedo. Pensé en la muerte de mi acémila y finalmente en el tétrico y macabro hallazgo. Me sentí culpable de todo. Un sudor frío inundó mi cuerpo. Mis pies se negaron a caminar y me detuve como una piedra abandonada en medio del camino, en la noche, de nieve, en plena gélida cordillera de los Andes del Sur.

    Di un fuerte silbido para citar a los cóndores, el eco de las montañas transmitió mi mensaje y al instante, presuroso, llegó el mallku o jefe de los cóndores y detrás de él, en vuelo feroz, llegaron los demás miembros de la tribu. Les señalé el cadáver y empezaron a devorarlo lanzando feroces graznidos. Mientras la nieve caía espesa y cubría todo el espacio andino, a los muertos y a los vivos. A esa hora solo las montañas, la nieve, los caminos, la luna pálida y el viento helado eran testigos de mi desolación y desventura.

    Me puse a caminar en dirección al pueblo. Cuando ingresé por la calle principal me encontré con otro viajero que también llevaba en un asno a un muerto. Los vecinos al saber la noticia salieron de sus casas y descargaron el cadáver. Lo recostaron junto a una pared en plena plaza. Las autoridades ordenaron que las campanas tañeran por la presencia del muerto, al que suponían un muerto importante. Empezó a tañer la campana de mayor sonoridad, luego le siguieron las otras campanas de las demás iglesias. El pueblo se llenó con el furor de las campanas. La gente para entenderse tenía que hablar a grandes gritos y con el auxilio de señales de las manos.

    Mientras los hombres descansaban el muerto movió una mano, se descubrió la cara y preguntó: «¿Quiénes son ustedes? ¿Cuántos años hace que no ven un muerto?». Los hombres asombrados respondieron: «Señor, somos los músicos de la estancia Chili, el último muerto que hemos visto fue Patricio Espetia, al que lo estamos conduciendo a la cima de la montaña de Kenamari, allá en el poniente». El muerto les anunció: «Yo soy el músico Espetia, el que murió hace medio siglo por haberle sido extraída la grasa de su epiplón por el fraile degollador en la quebrada de Korivincho. Esta grasa los frailes la utilizan para preparar el óleo con que bautizan a los cristianos». El muerto hizo una pausa y luego continúo: «Yo no busco sepultura porque los hombres de todos los pueblos deben cargarme en un asno por todos los caminos anunciando a los hombres que hace quinientos años anda por todos los caminos desolados de esta América la leyenda del fraile degollador que llegó junto con el invasor español». El muerto se calló. Los músicos cargaron al muerto en el mismo asno y abandonaron ese pueblo para ir a otro pueblo, el más próximo. Apenas los hombres se fueron las campanas enmudecieron.


III


     En otro peregrinar hacia la muerte tuve que viajar en tren. La noche anterior había llovido intensamente. Las calles estaban completamente anegadas. Llegué a la estación y alargando la mano solicité un pasaje de primera clase. Me atendieron por encima de la cabeza de los demás muertos que también viajaban. Levanté mi bolsa de viaje y me instalé en un asiento desocupado y esperé la hora que debía partir el tren. Los demás pasajeros ingresaron en forma alborotada. Todos llevaban puestos una túnica blanca. Hombres y mujeres, con única diferencia que los hombres llevaban una pequeña corona en la cabeza, los niños también vestían de blanco con unas alas de color azul. Los pasajeros eran desconocidos. Cerca al mediodía salió el tren del pueblo emitiendo prolongados pitidos. La locomotora, que arrastraba quince coches, jadeaba por todo el camino. Las estaciones se sucedían a cada hora del recorrido. Los pueblos por los que atravesábamos eran desconocidos. Durante el trayecto nadie hablaba, parecía que todos los pasajeros iban sumidos en profundas meditaciones o porque nadie conocía el destino que llevaban. El tren, en su monotonía, cubría extensas pampas. Las sombras de la tarde se proyectaban largas y un viento frío corría por los horizontes abiertos. Cerros lejanos teñidos de azul formaban extensas murallas. El tren corría dejando a su paso los paisajes, los pueblos y las lejanías perdidas en las distancias infinitas. El movimiento de los coches obedecía a un ritmo sincronizado y al compás del acezo de la locomotora que trepaba pendientes y bajaba laderas para perderse en las curvas cerradas. Al final del día el sol fue a esconderse detrás de una elevada montaña, después la penumbra de la tarde inundó los campos cubiertos de pasturas. El viento silbaba en medio de los pajonales, los ovinos en largas puntas se recogen a sus cabañas. Algunos pájaros vuelan en las sombras y una lenta tristeza cubre los campos.

    Yo debía bajar en la próxima estación según indicaba mi itinerario de viaje. El tren, después de salir de un largo túnel, ingresó a una disimulada pendiente y se detuvo en una estación donde bebió bastante agua de un caño que surte este líquido. Consultó mi libreta y compruebo que en esta estación termina mi viaje. Consulto también el reloj y marca las seis de la tarde. Cogí apresurado mi bolso de viaje y bajé por las escalinatas. Los demás pasajeros continuaron su viaje al infinito. Levantan sus manos y se despiden de mí. Miro por última vez la cara de ellos y veo las cuencas vacías de sus ojos, llevan la misma palidez desolada en los rostros. Para orientar mis pasos hacia la hacienda Santa Tecla de propiedad de la familia Ballivián, a donde debo ir a pasar la noche, me quedé parado un largo momento en la estación. La bolsa la eché a la espalda y empecé a caminar por una senda apenas visible. Al primer peatón con quien me encontré le pregunté por la familia Ballivián. La respuesta fue inmediata: «Siga por la angosta senda y pronto llegará a la casa hacienda de los finados señores Ballivián». La voz del peatón parecía que venía de lejos, como si el viento lo acercara desde una distancia lejana, luego se perdió y el hombre y la voz se transformaron en una sombra larga tendida en el suelo.

    Mi madre una vez me advirtió que los Ballivián era una familia de costumbres ancestrales, muy conservadora y eminentemente religiosa. Sus creencias a veces llegaban al fanatismo. Con el recuerdo de este recuerdo, caminé despacio. Cuando ingresé al laberinto de casas que forma el conglomerado de la Casa Hacienda, desemboqué en un pequeño patio donde varios peones descansaban sentados en el suelo. La luz de la luna llena alumbraba con gran fulgor. Me detuve cerca de los hombres y pregunté por los dueños de la hacienda, me indicaron con gestos que ellos se encontraban en las habitaciones del interior. Miré el camino que viene de una llanura y descubrí que un hombre montado en un caballo blanco se aproximaba a todo galope. Y violentamente entró al patio de la casa espantando a las gallinas y a los perros. Desmontó y caminó en silencio. Los perros empezaron a aullar y las gallinas se escondieron en las sombras de la noche. Pregunté a los hombres sentados: «¿Quién es?». Me contestaron en coro: «Es Blas Segovia, el administrador de la hacienda que ha muerto el año pasado, él viene todas las noches, siempre a esta hora». Había escuchado muchas historias acerca del comportamiento de Blas Segovia. Su fama de hombre abusivo había llegado a muchos pueblos de la región. Decían que Segovia era natural de Cerro de Pasco, que antes de subir al Altiplano Andino había trabajado en muchas negociaciones ganaderas del Centro del país. El hombre que acaba de llegar era entonces, Blas Segovia.

    Ingresé a un gran patio rodeado de puertas abiertas, en el interior de las habitaciones alumbraba una luz pálida que iluminaba dejando grandes sombras en las paredes. En la amplia sala amoblada con sillas y sofás antiguos, junto a una ventana con cortinas oscuras, estaba sentada doña Andrea Ballivián. Tenía la cara pálida, casi transparente, de un color ceniza, como sí recién la hubieran desenterrado. Me aproximé y casi al oído le dije que yo era Alfonso Maydano, descendiente de los primeros habitantes que llegaron a poblar estos llanos andinos. Doña Andrea me miró con ojos ausentes, extraños y perdidos en el recuerdo de muchos años. Su voz venía de distancias, como si me hablara detrás de una pared. Le pregunté por su esposo, don Eufracio Maydano. Me respondió que estaba vivo y se encontraba posiblemente en algún lugar. Me pidió que le mostrara mis pies, donde yo debía llevar una marca o señal de los Maydanos, los presupuestos parientes de su esposo. Me suspendí el pantalón para enseñárselos y descubrí que mis pies era semejante a los de los gallos. Doña Andrea movió la cabeza en señal negativa y me ordenó que de inmediato abandoné su casa hacienda.

    En el gran patio, a esa hora, había gran cantidad de trabajadores que preparaban la chalona. Hombres desnudos hasta la cintura manipulaban carneros degollados, tasajeándolos con grandes cuchillos para luego echarles sal de cocina. Al frente había una gran ruma de carneros degollados, las cabezas de los ovinos aún saltaban abriendo desmesuradamente los ojos, de sus gargantas brotaban balidos lastimeros. Los hombres trabajaban en silencio, colgando de las patas la carne salada en los aleros de las habitaciones con techo de calamina. La luna tramontó las montañas y una sombra oscura cubrió el campo, junto a un árbol añoso de un qolli centenario estaba amarrada una vaca que bramaba como el viento anunciando el amanecer. En el techo de las casas, los gallos cantaban el alba y los gatos con ojos de fuego caminaban silenciosos. Un sueño de varios días cerró mis ojos.

    Hermosa mañana. Amaneció con un sol radiante. Los rayos calurosos que penetraban por la ventana me caían en plena cara. Abrí los ojos y sentí que en la habitación contigua dos jóvenes jugaban tenis de mesa. Apresurado me vestí y recién comprendí que me encontraba en el nosocomio Manuel Núñez Butrón, junto a otros enfermos que dormían en otras camas. Cuando entré a otra habitación me encontré con Margot que jugaba tenis de mesa con otro colega periodista. Abandoné el hospital. En la puerta del hospital me encontré con el médico legista, doctor López, quien al verme me dijo: «Yo certifiqué tu muerte, ya no estás entre los vivos, anda a Registro Público e inscríbete nuevamente». Yo le respondí: «Doctor, usted casi me hace sepultar vivo, qué le pasa. Voy, en seguida a Registro Público». Y caminé presuroso en la calle. Cerca de las nueve de la mañana registré mi nacimiento con el nombre simbólico de Lázaro Maydano, luego me dirigí a la redacción del diario «Los Andes», donde me encontré con el doctor Frisancho, quién me dijo: «Usted se ha perdido doce horas, ¿dónde estuvo? Ha llegado el maestro Joao Texeira. Está alojado en el hotel Ferrocarril, hay que cubrir es nota. Su colega Margot ya salió, vaya inmediatamente».






LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919 - PUNO, 2020)


Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social.

Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Luis Gallegos Arriola: «QORIWAY»

 



«¡Santusa trajo a este mundo un niño ciego!». La noticia corrió como un relámpago por toda la comunidad. Dicen que el Apu Allin Qhapaq cegó al niño con su resplandor —cuando este guerrero del Olimpo andino se vistió de gala para brillar igual que el Sol. Entonces, Santusa, madre del niño, habría mirado de frente al Apu cuando llevaba en sus entrañas a su hijo; y como castigo, el guerrero habría quitado los ojos al hijo de la madre atrevida.

Hay otra versión y es que, un día, Santusa dio a luz a un hijo varón con dos bellísimos ojos verdes. Al otro día, la madre habría llevado al hijo a la montaña majestuosa y los cóndores le arrancaron los ojos por mandato del guerrero Apu Allin Qhapaq.

Con estas sencillas leyendas explican los viejos de la comunidad de Machu-Kancha la ausencia de los ojos del pequeño Jerónimo. Y luego, más allá de la montaña del Atamari, y más acá del Kenamari —entre estas dos altas montañas—, Santusa enloqueció del susto y murió dejando un hijo ciego, sin luz en los ojos, para vivir en la noche eterna. Desde entonces, el pequeño Jerónimo creció entre los comuneros de Machu-Kancha, y comenzó a valerse de un bastón para guiarse por los caminos que se deslizan como cintas por las laderas de los cerros. Y dicen también que a la edad de once años, un comunero lo bajó de la montaña y lo dejó en Qawasani, junto con el ichu, a la vera del camino carretero que va de José Domingo Choquewanka a Macusani y se prolonga hasta San Gabán.

A propósito de esto último, hay que señalar que los hombres de la puna somos como el ichu, que sobrevivimos al reto del invierno, al mordisco de la helada, al garrote de la lluvia y al azote del rayo: «Donde crece el ichu, vive el hombre de la puna».

En el promontorio de Qawasani, dentro del territorio de la hacienda Ollanta, entre los pueblos de Tirapata y Asillo, mendiga un hombre ciego. Lleva un bastón gastado como guía. Su ropa de harapos es la de un quechua en desgracia. Cuando escucha el ruido de un carro que se aproxima, se incorpora, baja de su pedestal de Qawasani, luego avanza unos pasos hacia la carretera, se quita el sombrero —que hace muchos años fue de color marrón—, y estira la mano esquelética para que los viajeros, desde la caseta o los adrales de los camiones, le arrojen una moneda. «¡Qoriway!», «¡Qoriway!», exclama el ciego. Entonces, su cara se asemeja a los monolitos que tallaron en la piedra sus antepasados quechuas. El ciego mendigo se llama Jerónimo Atamari. Hace cuarenta años que es pordiosero, y a la fecha tiene cincuenta años. 

¡Viajero, que vas o vienes de Macusani, detente en Qawasani y arroja unas monedas a Jerónimo Atamari, ciego del camino!


Este cuento pertenece al libro: «Cuentos de Q'oñi K'ucho» de Luis Gallegos Arriola, editado el año 1984.


LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919 - PUNO, 2020)


Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social.

Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo.


de Izq a Der: Luis Gallegos, Vane Santos, Jolu Barriga e Iván Dueñas



Foto (1): Eberhard Grossgastegeir

Foto (2): Uriel Montúfar

jueves, 6 de agosto de 2020

LUIS GALLEGOS: «El cojudiómetro»



Los Ángeles, California, 4 de julio del año 1982

 

Señor:

Filimón Pérez Inkawanaku

QOLLASUYU


                 Dear Filimón.

             Hace tiempo que no te escribo, no es que no piense en ti, sino que es por falta de tiempo. Regreso a los Estados Unidos después de cuatro años de haber permanecido en el Collao, tu tierra natal (que es para mí una experiencia de truenos y rayos que se precipitan a diario en ese mundo altiplánico) te escribo esta carta.

            Aquí, en los Ángeles, más de un millón de peruanos han llegado como inmigrantes desde el año 1976, en que viajé a tu país. No solo peruanos han llegado sino también mexicanos, vietnamitas, coreanos, persas y chinos de Taiwán, inclusive refugiados como los Somoza y los parientes de los dictadores caídos en el Medio Oriente, en América Central y en el Asia. También encontré a unos peruanos parientes de los De la Piedra, dueños de Pomalca. ¡Imagínate! Todo esto ha pasado en cuatro años que he permanecido en el Collao.

             Ahora estoy tratando de integrarme de nuevo a la vida norteamericana, aunque esto es difícil. Acá nosotros no tenemos la psicología de la inflación, lo que es muy necesario tener para comprender cómo en el Collao los precios se multiplican por mil. Te contaré: Yo vivo en un tugurio por el que pagó 45 dólares al mes. Acá no construye más alojamientos ni casas, solo especulan con la llegada de tanto dinero robado en Irán, en Nicaragua, en el Perú y en Vietnam. Los refugiados han invertido su dinero en propiedades urbanas. Las casas que antes se vendían en 13 mil dólares ahora las venden en 540 mil dólares.

         Me tienes constantemente escribiendo mi tesis que me han robado en tu país, ahora escribo otra tesis al que le he buscado el título: «Qollao, tierra de hombres soñadores». Para concluir este trabajo lloro, agonizo, no como, he perdido peso, he perdido también cabellos y, sobre todo, maldigo a la persona que me ha robado mi tesis allá en tu tierra. Como te conté me robaron mi tesis junto con mi ropa y algunas pertenencias en la víspera de salir del Collao. Tuve que abandonar de miedo tu país.

           Acá no hay trabajo para los profesores universitarios, famosos doctores están trabajando como guardianes en las cárceles públicas. Y si un sociólogo o un antropólogo encuentra trabajo le pagan menos que a los recolectores de basura. Por eso siempre he dicho que los pastores de las punas viven mejor que las mayores partes de los gringos norteamericanos.

       Mi querido Filimón, los recuerdos que he traído de tu tierra maravillosa nunca los olvidaré. El Collao es cuna de hombres soñadores porque ustedes viven cerca de las estrellas del cielo, tienen gran capacidad creadora, sobre todo inventiva y fantasía. Recuerdo cómo en cuatro años que viví en el Collao, ustedes han elaborado una cantidad fabulosa de proyectos, subproyectos, programas y convenios, por ejemplo el proyecto Colza, la construcción del aeropuerto internacional, el proyecto del cultivo del trigo de invierno, la construcción del Cristo del Altiplano, la basílica de Cancharani, la planta de pasteurización de la leche en Illpa, el ferrocarril internacional, el parque industrial, la central de cooperativas, la construcción del malecón, la gran región Mariátegui, las empresas mineras del padre León, los convenios con los diferentes países del mundo y, por último, la gran cantidad de organizaciones creadas como la IRPA, ARPA y PIÑA.

         Querido Filimón, escríbeme comunicándome sí estos proyectos se han concretizado, y si ya están funcionando. Para lo sucesivo, para cuando estén elaborando más proyectos o, para cuando algún político les quiere vender o encajar un proyecto, te envío un aparato muy eficaz de nueva invención fabricada por los japoneses, de marca «T’oqo Siki», que sirve para detectar la eficacia de los proyectos y para evaluar a los políticos demagogos que abundan en tu tierra. El aparato se llama «Cojudiómetro». Su funcionamiento es muy sencillo pues anda con corriente eléctrica, con pilas y con waykuna en casos de apagones (que son muy frecuentes en tu pueblo). Para su correcto funcionamiento es cuestión de mover una palanca que va al costado derecho del aparato. Las instrucciones para hacer caminar el «Cojudiómetro» se encuentran en el folleto que va adherido a la antena. Está escrito en inglés, español, francés, ruso, japonés, quechua y aimara y chino.

     Estoy seguro que no vas a tener problemas con el funcionamiento del «Cojudiómetro». Cuando algún político les quiera vender, con su demagogia, un proyecto, o cuando alguien postule al cargo de alcalde o el de gobierno regional, aplíquenle el «Cojudiómetro» para detectar si es un perfecto cojudo. Apenas enchufan al tomacorriente verás cómo automáticamente brotan tres ojos como los ojos de los trilobites. Si el proyecto ofrecido por el político es pésimo enciende una luz roja, sí es regular luz amarilla y sí es buena luz verde. Sí el político o el candidato a ocupar un cargo público es un cojudo su rostro aparece en la pantalla del «Cojudiómetro». Filimón, cualquier falla que tengas te solucionaré por carta. Les deseo que tengan buena suerte en sus gestiones. Recibe un abrazo de tu amigo del alma. Hasta pronto, espero tu respuesta.

                                                                                                              Richard Charkibill.

          

                                                                       Qollasuyo, 4 de enero del año 1983

 

Señor

Richard Charkibill

36284 Colwater Canyon

Nort Hollywood California U.S.A.

 

            Mi gran amigo:

           Con gran placer recibí el «Cojudiómetro» este último sábado e inmediatamente, después de leer las instrucciones en el idioma aimara, hice funcionar el extraño aparato de fabricación japonesa. A manera de ensayo yo me puse en la pantalla del aparato solo para saber mi situación, con gran sorpresa de mi persona y de mi familia, el Cojudiómetro marcó en rojo y con letras doradas la frase: «Muy cojudo». Avergonzado, desconecté el aparato y lo guardé en su cajón hasta otra oportunidad.

             El día domingo llevé el «Cojudiómetro» al mitin en la Plaza de Armas de la ciudad, donde cuatro políticos, candidatos al Congreso de la República, expondrían sus planes de trabajo a favor del pueblo. El primer político habló sobre la necesidad de un tren subterráneo en la ciudad de Juliaca, en vista de la gran proliferación de triciclos —o taxi-cholos— en la ciudad de los calceteros, hasta ahora tasados en un millón, que obstaculizan el tránsito en las calles. Al escuchar este plan de trabajo del candidato el «Cojudiómetro» marcó luz verde y con letras doradas la frase: «Buen proyecto». El segundo candidato expuso su plan de cortar por la mitad el cerro Azoguine para dar más horas del sol a la ciudad de Puno, el «Cojudiómetro» marcó rojo: «Cojudez». El tercer candidato expuso su plan de trabajo en descontaminar la bahía de Puno a través de la magia con el asesoramiento de los chamanes de Charasani en Bolivia. El «Cojudiómetro» marcó rojo: «Cojudez del plan».

           El «Cojudiómetro» ya se encuentra en Puno y en Juliaca, lo venden en Bellavista y en el mercado de Chupeqhato en Juliaca. Ha llegado directamente del Japón vía Desaguadero. El pueblo usará este aparato para evaluar a los candidatos a las alcaldías y al Gobierno Regional, estoy seguro.

           Amigo Charkibill, estoy muy agradecido por tan valioso aparato; en lo sucesivo lo utilizaremos para evaluar a los jefes de las oficinas encargadas del desarrollo de la región de Puno. Hasta otra oportunidad me despido con un fuerte abrazo.

                                                                                                                    Filimón Pérez Incawanaku.


Este cuento pertenece al libro: «Cuentos de Q'oñi K'ucho» de Luis Gallegos Arriola, editado el año 1984.

Foto: «Masas» by Uriel Montúfar 

lunes, 22 de junio de 2020

LUIS GALLEGOS ARRIOLA: «Dicen que nos van a dar tierras»





A Cecilio Quispe 

     La tarde comienza a declinar, las montañas se cubren de sombras, el lago se tiñe de un color azul y el sol pierde todo su brillo para viajar a otros mundos. A esa hora, al calor de los últimos rayos solares, las familias campesinas se reúnen en el Q’oñi K’ucho, el rincón abrigado, donde las tardes son tan tibias y apacibles que invitan al descanso y a la conversación. 

      El Q’oñi K’ucho es un canchón cercado con piedras y rodeado por coposos eucaliptos y retamas fraganciosas. Se ubica a la espalda del conjunto de las casas, al otro extremo, donde todas las tardes duerme el sol. Los hogares de los campesinos, desde los más humildes hasta los más primorosamente arreglados tienen su Q’oñi K’ucho. En este lugar se reposa. Las madres y sus hijas se asean. Inicialmente las hijas la rodean, la colman a la madre de infinitas caricias, luego desatan sus trenzas ya marchitas y las exponen al sol de la tarde para que le devuelva el prístino brillo y el color endrino de los años primorosamente transcurridos en la soledad del campo y la vida casi primitiva de las aldeas andinas. 

     Las hijas inician el peinado y el trenzado que terminan en dos gruesas trenzas que se ocultan debajo del rebozo multicolor. Y la madre, recíprocamente, trenza a sus hijas, empezando por la mayor para terminar con la menor. En un extremo del canchón, el padre con sus hijos se calientan con el sol reconfortante y descansan la siesta. Afuera, en el descampado, la yunta de toros aradores después de la faena agotadora rumia pausadamente. 

    El día se recoge en una serenidad transparente, el viento calmo, las hojas de los gigantescos eucaliptos apenas se mueven, en las ramas más altas con voz aflautada y estridente, como si lloraran de alegría, cantan los chiwankos. Las palomas torcazas en las faldas de los cerros recíprocamente se acarician, en igual forma las gallinas se bañan en la tierra húmeda y fértil de las chacras. El Misti, el único perro, duerme a la sombra que proyectan los eucaliptos. Sus ojos están cerrados, la nariz húmeda y la boca abierta mostrando sus agudos colmillos de donde sale un resuello caliente. 

     El Q’oñi K’ucho es el lugar íntimo donde los padres con sus hijos conversan, se despojan de la pobreza, donde la familia se cohesiona y la miseria se exhibe a la luz del día o se esconde en las sombras de los frondosos eucaliptos. El Q’oñi K’ucho, es también el lugar donde llegan las noticias más breves referentes a cualquier acontecimiento que puede ser fasto o nefasto para los comuneros. En estas circunstancias, por encima del cerco de piedras asoma la cabeza de Marcos Qalamullu. 

—Buenas tardes, hermanos comuneros —saluda. 
—Buenas tardes —contestan todos levantando la cabeza. 

    Luego Marcos prosigue: “Me envía el presidente de nuestra comunidad, don Emilio Quispe y dice que ha recibido un aviso que ha llegado del pueblo, donde nos comunica que debemos viajar el sábado a la hacienda Santa Clara a recibir tierras de la reforma agraria. Ahora paso a otra casa a comunicar esta grata noticia”. Así llegó el mensaje escueto pero conciso. “Dicen que nos van a dar tierras”. 

      En la capital del departamento, en la calle Moquegua, hay un edificio de dos pisos con la fachada pintada de color verde. Durante el día y durante la noche, en la puerta principal de ingreso un hombre permanece sentado en un banco de madera. Tiene la apariencia de ser triste y siempre en actitud pensativa, acaso con muchas deudas, en muy raras oportunidades se le ha visto reír. El transeúnte que pasa por la puerta de este edificio público se lleva la impresión de que se trata de un sobreviviente de una terrible catástrofe. Y quien ingresa por primera vez por esa puerta con la benévola anuencia del hombre tétrico pronto desemboca en un zaguán y en un patio estrecho repleto de personas que conversan prediciendo acontecimientos sin importancia, como la llegada de un nuevo director, el ascenso de algún lambiscón o el traslado a Lima de un empleado pariente del diputado. Y si continuamos su biendo por una escalera estrecha pronto nos encontramos en un callejón donde la madera del piso llega a crujir como si todo el edificio se fuera a desplomar. Por un laberinto de puertas y ventanas se llega a una habitación donde dos mujeres simpáticas y sentadas en cómodas sillas conversan amigablemente. El visitante percibe un olor a marisco que inunda el cerrado ambiente. 

    Y dentro de la habitación con la puerta cerrada un hombre está sentado en una silla giratoria frente a un escritorio presidencial. El hombre, al sentarse solo, posa la nalga del costado derecho y deja en libertad la nalga izquierda. El hombre tiene la cara larga y magra como la de los indios siux. Aparenta escribir en un papel de color azul pero en realidad solo está haciendo planes diabólicos. En ese instante rememora la última experiencia sexual que tuvo recientemente con una secretaria. Las ideas se le extravían, le dan vueltas como las aspas de un molino de viento formando torbellinos en su fantasía. Por fin consigue agruparlas para diseñar una organización muy peregrina para desarrollar el campo. Sus labios resecos esbozan una sonrisa como si en ese instante hubiera puesto término a un problema largamente planeado y, al final, ríe mostrando unos dientes amarillos. Luego sus largos dedos presionan un timbre. Al poco instante se abre la puerta y entra un hombre con cara de conejo y otro hombre con una apariencia de ciego, con gruesos lentes detrás de los cuales unos ojitos diminutos, vivaces y risueños que brillan de euforia. 

    El hombre, desde su escritorio imparte órdenes referentes a la entrega de tierras a los feudatarios y no a los comuneros. Al parecer las ordenes solo son dirigidas al hombre ciego y risueño y no al hombre con cara de conejo. Entonces el conejo, al verse desairado, rumia unas palabras que después flotan, por mucho tiempo, en la habitación. “Así que yo soy solo un entenado, ¿no?” Y un rencor desagradable, como el que debe sentir el esclavo, brota de lo más íntimo de su ser, como sí emergiera un vaho fétido y nauseabundo desde el fondo de un estercolero. 

      El hombre de la cara larga y magra se pone de pie, se frota el glúteo derecho y empieza a caminar por la habitación llena de mapas, cuadros estadísticos y almanaques con mujeres desnudas pegadas en las cuatro paredes. El hombre se detiene en la puerta, sale de la habitación y se para delante de las dos mujeres. A la más flaca le besa en el cuello y a la otra solo en la mejilla, luego abandona la habitación dando largos pasos que se sienten en el estrecho callejón haciendo crujir las maderas del piso. Las mujeres quedan solas y conversan: 

—Qué rico es el jefe, ¿no? 
—¡No digas eso hija! Hoy el beso me ha tocado a mí, anoche estuve con él. 
—Pues mañana el jefe será mío, entonces. 

      El silencio cubre todas las cosas, las arañas salen de las rajaduras de las paredes y la tarde empieza a filtrarse por la única ventana que da a la calle, y una luz amarilla y pálida cubre las cuatro paredes de la sala. Las mujeres ahora están solas y empiezan a agostarse como tantas otras que se marchitan en los oscuros pasillos de los ministerios. Por la calle, en ese instante, pasa un vendedor de tamales y grita. ¡Tamales! ¡Tamales! ¡Tamales! La voz del tamalero se pierde en la calle mezclándose con el trajín de la gente y e bullicio de los niños que juegan. 

      En otra oficina del mismo ministerio, debajo del vidrio de su escritorio, en una estampita, una chica se viste y se desnuda, varios pequeños almanaques exhiben mujeres desnudas con turgentes senos y abultadas posaderas. Al ingeniero Díaz Bazán estas figuras le traen recuerdos de los burdeles que frecuentó en Buenos Aires, donde solía ir durante los quince años que demoró en estudiar su profesión de agrónomo en la Universidad de La Plata. Díaz Bazán, en ese instante, está solo en su oficina, un hondo contraste, una triste penuria lo aflige y lo consume en el recuerdo y la desesperación. Luego piensa: “Los primeros años de mi vida los pasé en la hacienda Santa Clara de propiedad de mi padre. No puede ser cómo esta hermosa propiedad con ganado fino de vacunos y ovinos y yeguarizos que tanto trabajo le costó a mi padre, ahora va a ser entregada a los colonos y a los comuneros. Esto hay que impedirlo, cómo quisiera tener algún poder para que esto no se cumpla. ¡Cómo sufrió él! Ahora recuerdo las temporadas que pasé en la hacienda, en vacaciones después de salir del colegio. Finalmente, me fui a la universidad. Todo el dinero para lograr mi profesión y la de mi hermano Walter, salieron de la hacienda. Si mis hermanas se han casado bien es porque mi padre tiene plata y aún tiene mucho dinero ¿A quién se le ocurre dar esta maldita ley de reforma agraria? Todo para joder, ordenando que las haciendas se entreguen a los indios. Esto es el más grande absurdo. Yo les pregunto: ¿Qué saben hacer los indios? Macanas, si ellos están acostumbrados solo a obedecer, ya veo las haciendas en manos de estos ignorantes, esto va a ser un fracaso. Trataremos hasta el último que esto no prospere. Si vamos a perder la tierra y la hacienda no me queda otro camino que hacer carrera en la administración pública, menos mal que yo me llevo bien con el director, pronto seré jefe de división y finalmente puedo agarrar la subdirección, y punto. Pero que linda hacienda vamos a perder, tengo que luchar para que la hacienda no caiga en manos de los comuneros, ellos sí que no la sueltan porque antiguamente la hacienda fue de ellos, de los colonos todavía se puede rescatar. Si esta reforma agraria la estamos haciendo nosotros, los indios no tienen nada que agradecernos, solo esperamos que las generaciones del futuro nos reconozcan cuando en este país no haya quedado ni un solo indio de mierda. Nosotros hemos perdido las tierras, carajo”. 

     Un intenso sol inunda, por la ventana, la oficina del ingeniero Díaz Bazán. Su preocupación y las hondas penurias lo conducen al borde de la desesperación y lo pueden conducir hasta la locura. 

       El día sábado 18 de diciembre a las ocho de la mañana los ingenieros agrónomos Lorenzo Quispe Pumacusi y Toribio Wallpacondori sacan una camioneta del garaje donde guardan los vehículos de servicio del Ministerio de Agricultura. En un grifo a la salida del pueblo se proveen de gasolina luego toman la carretera que va a la ciudad de Arequipa. El que conduce la camioneta es el ingeniero Lorenzo Quispe Pumakusi. 

—No te parece Lorenzo que las adjudicaciones de tierras debieron hacerse a las comunidades y no a los feudatarios como ahora lo están haciendo. Por otra parte, si les entregamos las tierras a los comuneros nuestros padres serían los directos beneficiarios o beneficiados. 
—Tienes razón Toribio, pero parece que la política del director es marginar a las comunidades y entregar las tierras únicamente a los ex colonos, a los hombres que apoyaron al hacendado a despojar las tierras de las comunidades para así extender las haciendas. 
—Para mí lo más correcto hubiera sido dar tierras a las comunidades, porque el problema está en las comunidades y no en los latifundios. 
—Se puede dar tierras a ambos, así solucionamos de una vez por todas el problema del campesinado en el país. 
—El Director de Reforma Agraria niega la existencia de la comunidad en este departamento. 
—El Director no conoce la realidad de nuestro departamento, precisamente la comunidad indígena llamada Ayllu dio origen a las haciendas, entonces existen las comunidades indígenas. 
—Creando las grandes empresas, quiere el director conservar las grandes haciendas, para que el dueño recoja la plata y se vaya tranquilo y agradecido para el gobierno, quien hace creer a los campesinos que se les va a entregar las tierras a ellos, mientras tanto el gobierno a través de las empresas agrarias que van a resultar otros latifundios explotará a través del Banco Agrario. Con el tiempo los ex colonos beneficiados con la reforma agraria serán los nuevos ricos, llenos de plata, abundante ganado y con buenas tierras y nuevamente surgirá el propietario de tierras. 
—Está claro, si las tierras fuesen entregadas a las comunidades, estas no aguantan el salto al gobierno. 
—No creas, los comuneros son buenos pagadores. 
—Pero hay un compromiso entre el gobierno y los dueños de los latifundios en el sentido de transferir el valor de las tierras a las industrias para que el país se industrialice rápidamente. Además, hay otro compromiso, el de abrir un mercado interno para que las empresas agrarias compren tractores, semillas, fertilizantes, fungicidas y otros insumos. Además, con la industrialización se crearía el proletariado. 

     Entretenidos con este diálogo, los ingenieros agrónomos a gran velocidad, levantando una gran nube de polvo por la carretera, van en la camioneta. El frío de la cordillera cada vez se pone más duro y cortante. 

—Nosotros no podemos hacer nada —dice el ingeniero Lorenzo Quispe. A pesar de que somos hijos de comuneros, por ahora ni siquiera podemos oponernos a la decisión del director. Claro que nosotros conocemos bien la realidad del campo, pero hay un interés muy fuerte por encima de nosotros. 
—Ni que estuviéramos locos para oponernos, en primer lugar, perderíamos nuestro trabajo y truncaríamos nuestra carrera —dice el ingeniero Wallpacondori. A mí me han ofrecido una dirección —agrega. 
—Este año, si Dios quiere, yo agarro también una dirección —dice Quispe Pumakusi. 
—Por eso hermano hay que estar chitón, hacer y obedecer lo que manda el director para ganar su confianza. 
—Yo ya tengo ganada su confianza porque soy su compadre —dice finalmente el ingeniero Toribio Wallpacondori. 

     Los dos ingenieros ríen con gran sonoridad de las ocurrencias que hablaron durante el viaje. La camioneta pronto pasa con velocidad por un puente recientemente construido. Lo dejan temblando al puente por un instante, luego ingresan a un camino carrozable muy bien nivelado. A las diez de la mañana llegaron a la hacienda Santa Clara donde se llevará a cabo la ceremonia de adjudicación de tierras a los indios. 

     En la comunidad de Warimarca con la noticia tan inesperada, el presidente citó a una asamblea extraordinaria para informar a los comuneros el propósito de recibir las tierras de reforma agraria que, en realidad, son las mismas tierras que fueron despojadas a la comunidad por los dueños de la hacienda Santa Clara. El presidente les leyó un legajo fechado en enero de 1973, era un memorial dirigido al Ministerio de Agricultura. El memorial dice: “Escolástico Mamani, en representación de los indígenas comunitarios de Warimarka, notifica que pedimos que nos devuelvan las tierras que nos fueron despojadas por el propietario de la hacienda Santa Clara. Las tierras despojadas se denominaban con los nombres de Leqeleqeni Pampa, Sallqaqollo y otros que hoy se encuentran dentro de la hacienda Santa Clara. Pedimos que sea cumplida esta petición. Es justicia que deseamos alcanzar”. 

   Los comuneros escucharon la lectura con mucha atención. El anhelo de todos era recuperar las tierras después de varios años en posesión de la hacienda. 

    Ese sábado, al primer canto de los gallos, en la casa del comunero Pascual Churacutipa suena un bombo que llama a una tropa de zampoñistas. A la llamada insistente, los comuneros concurren a la hora de partida. Los hombres en gran grupo y las mujeres formando otro grupo, y por delante salen de la comunidad por un camino casi invisible. Las casas quedan solo al cuidado de los ancianos y los perros. El viaje hasta la hacienda Santa Clara es, por los menos, de cuatro horas bien caminadas, porque había que llegar antes de las diez de la mañana hora fijada para la ceremonia de la adjudicación. 

     En la oscuridad de la noche treparon la larga cuesta de Hanqo Apacheta. Al coronar la cumbre descansaron junto a un montículo de piedras en cuya cima encontraron una cruz hecha con tronco de queñua. Los comuneros junto a la cruz dejaron unas hojas de coca y arrojaron unas piedras al montículo para elevarlo aún más, en la creencia que en la apacheta se queda el cansancio. Al otro lado de la apacheta la llanura se ve negra y extensa. 

—¿Creo que va a amanecer? —pregunta Silverio. 
—Falta poco —contesta alguien. 
—Ya estamos en la estación de lluvias, pueda que llueva más tarde —comenta Manuel Wallpa. 
—Así parece —dicen todos, mirando el cielo con nubes. 
—Hay que apurarse, alarguen los pasos —insinúa Cecilio Quispe. 

     Una nube negra se posa sobre la cabeza de los comuneros, gruesas gotas caen al suelo seco y polvoriento. 

    El camino va por una alta montaña en cuya cima blanquea la nieve. En el fondo del abismo corre un río brillante y cristalino, en sus riberas crecen hierbas aromáticas y arbustivas como la qariwa que sueltan sus flores en ramillete amarillo. En el oriente se abre un claror de luz, los rayos del sol naciente se esparcen por el horizonte dilatado de la meseta andina. La luz refulgente gana las cumbres dorándolas con su fulgor, luego la luz baja a las hondonadas y se esparce por encima de las pasturas. Y el campo se viste de colores y la mañana se presenta acogedora en su plenitud. 

     En los Andes del sur están los lagos más hermosos, profundos, solitarios y misteriosos. Sus aguas reflejan toda la belleza de los Andes, con sus parajes desérticos y sobrecogedores. Estos lagos tienen el agua más pura y cristalina porque baja de los deshielos de la cordillera. En sus riberas viven una infinidad de aves, como las blancas wallatas vestidas con el color de la nieve, las panas arropadas con plumas negras y las pariguanas gigantes, vestidas de rojo y blanco. Cuando los comuneros se acercaron a la orilla para bordearla las aves se alejaron hacia la profundidad de la laguna. 

      La laguna Wilaqota tiene el agua del color de la sangre, dicen que es el cráter oculto de un volcán. En sus riberas viven las ajoyas gordas y sabrosas, igual que las panas y las wallatas. La laguna Tujsaqota es de color amarillo y despide un olor semejante al azufre porque contiene gran cantidad de este mineral. En las riberas de esta laguna no vive ninguna ave. La gente dice que todas estas lagunas están encantadas, pues, en el momento indicado, de sus profundidades salen toros con lengua de fuego y despiden bufidos feroces capaces de enloquecer a los viajeros. 

      Hace varias décadas a estas lagunas de las alturas de Los Andes venían los aimaras que viven en las riberas del Lago Titicaca, portando sus balsas de totora. Llegaban el domingo de Pascua de Resurrección al chaco de aves que viven en estas lagunas solitarias. 

      La pampa perdida es un arenal desértico donde habitan los suris gigantes, por el color del plumaje se confunden con el desierto. Cuando el sol se ha levantado dos brazadas desde el horizonte un grupo de pariguanas pasaron volando a gran altura, sus alas extendidas parecían banderas peruanas que flameaban a gran distancia, casi cerca de las nubes blancas del cielo infinito. 

      Después de atravesar el desierto, los comuneros ingresaron a un bosque de queñua. Estos arbustos crecen en las laderas de los cerros rocosos de la cordillera, más abajo están los tolares arbustivos que emiten un olor acre muy característicos. Y pasando este bosque vienen las praderas de pastos nativos donde se encuentran las mejores haciendas ganaderas del departamento de Puno. 

       Desde una distancia de media legua los comuneros divisaron la casa hacienda de Santa Clara, los techos de calamina brillaban con el sol de la mañana y el aire frío y diáfano de la puna corría por el campo. Los comuneros caminaban, eran más de cien personas y antes de ingresar al amplio camino cercado con alambrada empezaron a soplar sus zampoñas. La música milenaria de Los Andes empezó a oírse en las altas cumbres de empinadas peñolerías donde solo habitan los cóndores. El eco devuelve una música dulce y sonora como la idiosincrasia del pueblo aimara. Y tocando un wayño alegre ingresaron al gran patio por un zaguán. El patio estaba empedrado con cantos rodados arrastrados y modelados por los ríos que bajan con gran fuerza desde las cumbres agrestes de la gran cordillera andina. 

        De la cocina de la ex hacienda sale un olor de asado de carnes, el sabor sápido y agresivo se expande por el amplio patio. Una mestiza bien arreglada y perfumada entra y sale de una habitación bien iluminada. En el centro del patio han levantado una especie de estrado armado sobre largas mesas de madera. La gente de los ayllus y los pastores de la ex hacienda y de las otras haciendas colindantes llegaban por turnos con sus danzarines y músicos. Desde un ángulo del patio un hombre con bigotes chorreados y ojos de chino, con una bocina de hojalata empezó a llamar a todos los beneficiarios de la reforma agraria. Los promotores y las asistentas sociales los acomodan en largas filas entregando a cada grupo banderines y cartelones alusivos al momento político que estaba viviendo el país, tales como: “Tierras para los comuneros”, “La tierra es para quien las trabaja”, “Viva la Revolución”. El hombre de la bocina de hojalata invita a entonar el Himno Nacional. En este instante los campesinos empezaron a mirar el cielo azul y profundo, después miraron las cumbres de las montañas y los llanos amarillos de los pajonales, por último miraron al sol refulgente que al instante cegó a todos y todos empezaron a llorar con lágrimas que les brotaban de los ojos. Todos cantaban el Himno Nacional en su condición de indios aimaras y quechuas. 

       El hombre flaco con la cara larga y surcada de arrugas ahora vestido de cholo con poncho subió al estrado y comenzó a hablar: “Por mandato de una Ley y porque así lo determina la revolución, hoy, 18 de diciembre, estas tierras que fueron de las haciendas serán entregadas a los campesinos beneficiarios de la reforma agraria, para que las trabajen. Ahora elijan a sus directivos”. Los promotores y las asistentes sociales les ayudaron a dar sus votos para que salga como presidente de la cooperativa el ex administrador de la hacienda Santa Clara, los demás miembros de la junta directiva fueron llenados con algunos campesinos de comunidades, después todos firmaron en unos papeles largos, los que no sabían firmar pusieron sus huellas digitales, en seguida los hombres y las mujeres de los ayllus y los pastores de las haciendas desfilaron tocando sus zampoñas por delante del estrado de donde los técnicos aplaudían. 

     Después de esta ceremonia los ingenieros y los técnicos ingresaron a una habitación donde empezaron a comer en abundancia trozos de carne asada y a beber cerveza. En la noche se inició un gran baile a puerta cerrada. La música de un toca caset escapaba por la puerta cerrada. Todos estos actos los comuneros y los pastores de las haciendas miraban desde las paredes de los cercos, parecían ajenos a la fiesta y a la reforma agraria, solo son los técnicos y las mestizas bailaban. Y antes que llegue la noche se retiraron los comuneros en el mayor silencio por todos los caminos. Iban como derrotados y llegaron a sus casas pasada la medianoche. 

    Esa noche, el hombre flaco con la cara surcada de arrugas, en otro predio, en la ex hacienda Ocomoro, pasó su mejor noche. El frío de la cordillera desgajó las estrellas que caían en racimos de luz que iluminaron la noche oscura llena de fantasmas. Para el hombre flaco fue una noche inolvidable. De antemano, con cierta premeditación, fue preparada la habitación por doña Petita, mujer reseca como los viejos qollis que crecen y se marchitan en las quebradas andinas. En los largos años de trabajo en la administración pública, en las oficinas burocráticas se había especializado en preparar planes amorosos para sus jefes. 

       En una pequeña habitación ófrica, una mísera vela de sebo de llamo macho alumbraba el estrecho recinto. En un rincón un viejo catre de madera donde muchas noches descansaron los fatigados cuerpos de los dueños de la hacienda, se improvisó la cama. Una destartalada silla junto a una pequeña mesa con las patas quebradas completaban el mobiliario de la habitación. La vela de sebo de camélido empezó a temblar como una vieja y dos sombras alargadas empezaron a desnudarse y acostarse en la cama, después la luz de la vela de sebo se fue a otra habitación y el pabilo se consumía lentamente. 

     Fue una noche de amor perdido, inolvidable y tierno, tranquilo y reconfortable. Dos almas se amaban intensamente y dos cuerpos se unían. 

—Te amaré siempre Isabelita… 
—No te creo, no digas eso, solo me quieres para tus caprichos y apetitos, si tú eres casado, no finjas, no mientas. 
—Tú también eres casada, Isabelita, eso qué tiene, es mejor así, y así es nuestro destino, así es nuestra suerte. 

      Después, un acceso fatigoso llenó la habitación. Afuera la noche era fría, la negrura de la noche cubría el campo, los perros empezaron a aullar, los zorros en celo cantaban carcajadas citando a las zorras para la fiesta del emparejamiento. 

      En la habitación contigua de la pareja amorosa, doña Petita lamentaba su desgracia y su destino. La soledad de la vida, su abandono y su condición de mujer especializada en preparar planes amorosos para sus jefes la atormentaba. Los largos años transcurridos, su vida gris y sin importancia la consoló de toda esta miseria humana y empezó a llorar. A veces el llanto lava momentáneamente los pecados. 

     A los pocos meses, después de la entrega de tierras a los feudatarios, la cooperativa agraria empezó a cercar los campos de pastos con alambrado especialmente los linderos con las comunidades vecinas. El cerco bajaba desde la cumbre de los cerros hasta las pampas y hoyadas para trepar hasta la cima de la cordillera. Las comunidades quedaron aisladas y sin tierras, entonces recién comprendieron los comuneros que todo había sido falso y un engaño. 

     En la tarde sin viento, al abrigo del calor del sol en el poniente, las familias comuneras volvieron a reunirse en el Q’oñi K’ucho para descansar y hacer comentarios. Desde una rama alta volvió a cantar el chiwanco y la tarde empezó a declinar. El gigantesco eucalipto movía lento sus ramas, a su sombra duerme el perro y las palomas torcazas detrás de los cercos de piedra terminan de solazarse. Y la vida continua igual girando como una enorme piedra que baja desde la cima alta de la montaña. 

     Marcos Quispe regresa a su comunidad después de haber servido durante dos años en el ejército. Una mañana bajó a la pampa a pastar el ganado ovino de sus padres y mientras los animales ramoneaban la hierba seca recordó claramente y precisó algunas contradicciones que él había observado en su vida de soldado. 

    “Un día lunes, el jefe de la compañía nos ordenó a veinte soldados que debíamos montar guardia en un edificio de cinco pisos ubicado en la esquina de la plaza de armas de la ciudad. La orden que recibimos fue la de cuidar el interior del edificio y garantizar la vida de los ocupantes. Nos dieron orden de disparar en caso de ataque. Yo observaba que a este edificio, todos los días, entraban en la mañana personas de distintas profesiones y salían al mediodía y luego se alejaban en sus automóviles en distintas direcciones. Ahora me pregunto: ¿Si eran amigos del pueblo por qué necesitamos protección? Si eran enemigos del pueblo más bien había que protegerlos. Entonces esta gente que trabajaba en el interior de ese edificio eran enemigos del pueblo”. 

     Marcos, con estas reflexiones pasó el día en el campo, por la tarde regresó a la casa de sus padres. Otro día Marcos con Pedro Vilcacutipa, viajaron a la ex hacienda Santa Clara, ahora gran cooperativa agraria para observar de cerca a los ex colonos. Se convencieron que casi nada había cambiado en dos años. Los antiguos colonos eran asalariados de su empresa. 

     Las viviendas eran las mismas casuchas miserables del tiempo de la hacienda, lo extraño y lo nuevo era que junto a esas casuchas había camiones estacionados de propiedad de los socios, ellos habían adquirido buenas casas en la capital de la provincia. Para el ganado fino, llamado reproductor, habían construido nuevas instalaciones y un médico veterinario cuidaba la alimentación y su estado sanitario. La salud de los trabajadores estaba descuidada, tal vez había hasta enfermos. 

     Cuando estaban observando este estado de cosas fueron sorprendidos por los vigilantes de campo quienes le preguntaron: ¿Qué es lo que buscan? Ellos contestaron que buscaban a un pariente de apellido Qorimaywa. El vigilante les dijo que entre los trabajadores de la empresa no hay ninguno de ese apellido, les dijo que se retiraran de inmediato, de lo contrario los iba a denunciar como a invasores, para que sean encarcelados. 

     Los jóvenes comuneros se retiraron en silencio. En el trayecto del retorno por un camino invisible en medio de pasturas vieron majadas de ganado ovino fino, también vieron vacas de alto rendimiento. El ganado wajcho de los trabajadores había aumentado en cantidad, más no en calidad. Este ganado se pasteaba en un lugar rocoso señalado por el gerente. 

     En el camino los dos amigos intercambian opiniones. Pedro Vilcacutipa contó a Marcos que él conocía la organización de los sindicatos de los trabajadores donde actuó en muchas huelgas y paros. El sindicato está formado por los trabajadores, dijo. El sindicalismo está basado en el sentimiento de camaradería similar a la conciencia de ser comunero. La reivindicación de los derechos de los trabajadores, es igual al derecho de los comuneros por la tierra para poder subsistir. Estas ideas Pedro las había aprendido en los distintos sindicatos donde actuó como militante. Los comuneros, ante estos hechos reales, decidieron recuperar las tierras usurpadas por los hacendados, ahora en poder de las cooperativas agrarias. En las reuniones los dos jóvenes intervenían activamente aportando nuevas ideas y una estrategia de acción. Y la mañana del día lunes de la primera semana del mes de marzo, cinco comunidades con cerca de tres mil comuneros recuperaron las tierras despojadas. Esa mañana, un largo tumulto de gente salió de la quebrada del puma. Por delante iban los dirigentes portando en alto cincuenta banderas peruanas. Una numerosa tropa de zampoñistas ejecutaban una música marcial, mezcla de qajelo y wayño cordillerano. La música del ande peruano resuena en la distancia, el eco regresa de la quebrada para ganar la llanura sin límites que lleva el viento por todo el Altiplano Andino. Atrás, grupos de mujeres y niños, ancianos y desvalidos vienen en tumulto, y antes que salga el sol la ex hacienda Santa Clara, hoy cooperativa agraria, estaba ocupada por las cinco comunidades legítimos dueños. Ellos habían recuperado la tierra porque así estaba escrito en los viejos papeles, porque así también determinan la tradición comunitaria y la justicia tal como ellos la entienden. 

     En la capital del departamento, en el edificio de cinco pisos ubicado en la esquina de la plaza de armas, se nota un ajetreo y finalmente salió una orden casi secreta para desalojar a los invasores por medio de la fuerza armada. El día jueves de la misma semana de marzo, treinta carros del ejército llenos de soldados y seguidos de varios tanques ocuparon la llanura de Supaypampa. Los comuneros se habían ubicado en las faldas de los cerros. El ex soldado y sindicalista y varios dirigentes, bajaron portando una bandera blanca y se dirigieron al lugar donde estaban los jefes. La entrevista fue breve. El jefe del batallón ordenó abrir fuego, los soldados se negaron disparar apuntando sus armas al cielo. Se vivió momentos de mucha tensión. Un silencio profundo se vivió a esta actitud y determinación de los soldados en que se negaron a disparar a los comuneros. Los jefes hablaron entre ellos y ordenaron retirarse simulando que tenían que hacer maniobras en otro lugar y después regresaron a su cuartel. 

     El quince de abril en la plaza de armas de la capital del departamento, se llevó a cabo un gigantesco mitin de protesta y en apoyo a los comuneros que habían recuperado sus tierras. Cerca de diez mil campesinos llenaron la histórica plaza. Los oradores, todos ellos comuneros y dirigentes sindicales, reclamaban justicia y pedían la inmediata libertad de los presos. Al terminar la manifestación una larga fila de comuneros recorrieron las principales calles de la ciudad. Al día siguiente los trabajadores y obreros del centro minero decretaron un paro de cuarenta y ocho horas en apoyo a los comuneros del altiplano.

Este cuento pertenece al libro: «Cuentos de Q'oñi K'ucho» de Luis Gallegos Arriola, editado el año 1984. El año 2016 el Centro de Investigación Cultural - Teatro «Yachaq Illa» adaptó este cuento para realizar una obra teatral de gran éxito en la ciudad de Puno. La dirección de este proyectó recayó en el polifacético artista Lizandro Aguilar Cotrado.



LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919)

Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social. Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo.