martes, 1 de septiembre de 2026

«AQUÍ EMPIEZA LA HERIDA»: Alexánder Hilasaca






Aquí un hombre dispara para poder nacer: el papel es su cadáver, el poema su tumba, y solo muriendo consigue decir algo verdadero. María y Sussan son la misma mujer partida en dos —a una la ama con un cuerpo que ya es despojo, a la otra le entrega poemas como quien entrega piedras— y en ese doble reparto el afecto y la condena se vuelven un solo gesto. El país también es madre y verdugo en el mismo aliento: lo insulta como quien reza, lo venera como quien escupe. Detrás de todo, una guerra tan vieja que ya no truena, apenas deja pájaros ardiendo en cielos que nadie levanta la vista a mirar. Satita no confiesa: disfraza el desastre de plegaria, y no hay forma de saber si el que habla está sanando o cavando.



1


Cuando abras este libro, 
como una herida fresca y en escombros,
sabrás por qué dejé mi cuerpo baleado 
en medio de la calle,
donde los fantasmas
caen degollados desde los cielos.

Cuando mis palabras 
ardan de cólera,
la rosa florecerá en el corazón del mendigo.
Mis alaridos despertarán 
el fuego arcaico de la tierra, 
y el amor desmuelado 
caerá sobre el corazón estéril y estúpido,
caerá sobre el cuerpo leproso
como cenizas de augurios.

Este papel es mi cadáver, María.

Cuando brillen los diamantes de la noche,
mil plagas bíblicas
brotarán de mis vísceras. 

Entonces comprenderás por qué invoco 
en la hoguera esta oración,
que maldigo con la rabia de un animal
que ha escapado de casa
para encontrar la vida.

María, este poema es mi tumba.
Cuando los buitres devoren mi cadáver,
las aves arderán en cada vuelo 
y las espinas  penetrarán 
el miedo que hay en mi corazón. 

Me hundiré en tus muslos,
amando la actitud de las palmeras .
Perdóname, María,
pero la poesía me destruyó. 



8


Este no es mi destino que esperaba,
pero no podía ser de otro modo,
porque así estaba predicho que los hombres
que nacen en el desierto
solo heredan el silencio y la guerra.

Por eso todos han huido de la ciudad.

Solo quedaron los pájaros ardiendo en los cielos,
las rosas degolladas 
sobre el papel.

Estoy solo contra la ausencia,
temblando como los poemas
que se agitan antes de morir.

Huyo con el viento,
marcado por la sangre sombría
Solo la noche me precede 
y sabe inventar la soledad de tus ojos,
para que los búhos aprendan a llorar.



9


Espero que la música de las palmeras 
escarbe la tierra
para sepultar 
estos vocablos 
con que está hecho mi nombre,
y los caminos 
que conducen al mar,
donde te espero
y te busco
y no estás 
en la furia de mis manos
ni en el llamado 
de mi conciencia 
que está lejos del mundo. 



11


País de cerdos, escucha:
no te compadezcas de mí,
porque solo flores tuve 
en las venas de tu camino.

Escúpeme, somo siempre lo has hecho. 

País de hipócritas:
amé a una niña que me alimentó
con el filo de sus senos.

Resucité para recordarles que yo he muerto
degollado
con los labios cortantes de mi verdugo.

País de tartufos:
nunca creí en la libertad de tus ojos,
tampoco canté el himno de memoria,
por pensar en ti
y en los hombros torturados
que te amaron como yo. 

País de cínicos:
tus hijos, maniatados y violados,
también a ti y a mí nos violarán.

Hace tiempo vimos la muerte palidecer.
Igual que tu madre,
yo sepultaba canciones
para decirte que siempre cantes esta canción.

No te duelas ni te amargues 
cuando rompa los papeles donde anidan las
palabras,
o cuando queme los astros.
No te duelas en mí.

Quiero verte así, Sussan:
escribiendo poemas con sabor a aceitunas
en los malecones donde el cartero perdió su alma.

No te molestes cuando me veas ebrio,
con mis recuerdos quebrados,
oliendo a pólvora y licor barato,
con los ojos fragmentados por la lluvia,
tal vez tosiendo mis culpas en viejos libros.

Porque me equivoqué siempre.
Nunca pude tocar tus manos 
con las nubes que hay en mí.

País de ladrones:
estoy endeudado hasta el cuello.
Cuando me muera,
a mi muerte le pondrán precio,
y a ti, Sussan,
solo te daré poemas como piedras en las manos.

Porque a este país no le debo nada 
y lo he olvidado.
País de idiotas:
te acusarán por mis actos, 
es mejor que lo sepas,
porque así es este país de los culpables.

Se lavará las manos,
te hará creer que has amado a un monstruo,
te impondrá reglas, normas para odiarme.

Sin embargo,
te reirás de todo ello,
porque sabemos tú y yo 
del canto que ilumina la libertad.

País de sueños:
enumeré mis angustias en el universo
y hallé en los mapas tu silencio.

Moriremos aquí, a estas horas,
en estas calles 
que son plumas, desiertos o lágrimas
que nos pertenecen.

País de sangre: 
cura las heridas de mi llanto.

Se han borrado los poemas   
que tatué en los huesos de la noche.

Ya no estaré en tu regazo 
abriendo los augurios de la vida,
tampoco en la tarde cuando te marches,
pero siempre escribiré con sangre
este vapuleo de aullidos.


Estos poemas fueron desprendidos de las páginas de Aquí empieza la herida, del poeta Alexánder Hilasaca — libro publicado por Paye Producciones en su primera edición, abril del 2026, impreso en Lima, y que aquí se cita como quien recoge esquirlas de una explosión.



ALEXÁNDER HILASACA 

Escritor, poeta, abogado y docente de la Universidad Nacional del Altiplano. Como un estudioso sobre la cultura puneña actual, ha venido desarrollando una serie de investigaciones vinculadas a la poesía, narrativa, música rock y el cine. Fue ganador del concurso Integrado2 organizado por la "Fundación integración y solidaridad" Tres Cantos, España. Finalista del concurso El Búho en la categoría poesía en el año 2022. Además ha publicado los poemarios: Para maldecir violetas (2015), Pájaro ebrio (2016), Testamentos negros de Babilonia (2017), Libro del harakiri (2019). También el libro de cuentos: Sobre el arte de enloquecer (2021). El ensayo: Huérfanos - Los poetas indómitos del post 2000 (2021). El rock también es para cholos: rock, punk y metal en Puno. La novela Cinco y Medio (2023).

Foto: Valentín Salja

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