lunes, 22 de junio de 2020

LUIS GALLEGOS ARRIOLA: «Dicen que nos van a dar tierras»





A Cecilio Quispe 

     La tarde comienza a declinar, las montañas se cubren de sombras, el lago se tiñe de un color azul y el sol pierde todo su brillo para viajar a otros mundos. A esa hora, al calor de los últimos rayos solares, las familias campesinas se reúnen en el Q’oñi K’ucho, el rincón abrigado, donde las tardes son tan tibias y apacibles que invitan al descanso y a la conversación. 

      El Q’oñi K’ucho es un canchón cercado con piedras y rodeado por coposos eucaliptos y retamas fraganciosas. Se ubica a la espalda del conjunto de las casas, al otro extremo, donde todas las tardes duerme el sol. Los hogares de los campesinos, desde los más humildes hasta los más primorosamente arreglados tienen su Q’oñi K’ucho. En este lugar se reposa. Las madres y sus hijas se asean. Inicialmente las hijas la rodean, la colman a la madre de infinitas caricias, luego desatan sus trenzas ya marchitas y las exponen al sol de la tarde para que le devuelva el prístino brillo y el color endrino de los años primorosamente transcurridos en la soledad del campo y la vida casi primitiva de las aldeas andinas. 

     Las hijas inician el peinado y el trenzado que terminan en dos gruesas trenzas que se ocultan debajo del rebozo multicolor. Y la madre, recíprocamente, trenza a sus hijas, empezando por la mayor para terminar con la menor. En un extremo del canchón, el padre con sus hijos se calientan con el sol reconfortante y descansan la siesta. Afuera, en el descampado, la yunta de toros aradores después de la faena agotadora rumia pausadamente. 

    El día se recoge en una serenidad transparente, el viento calmo, las hojas de los gigantescos eucaliptos apenas se mueven, en las ramas más altas con voz aflautada y estridente, como si lloraran de alegría, cantan los chiwankos. Las palomas torcazas en las faldas de los cerros recíprocamente se acarician, en igual forma las gallinas se bañan en la tierra húmeda y fértil de las chacras. El Misti, el único perro, duerme a la sombra que proyectan los eucaliptos. Sus ojos están cerrados, la nariz húmeda y la boca abierta mostrando sus agudos colmillos de donde sale un resuello caliente. 

     El Q’oñi K’ucho es el lugar íntimo donde los padres con sus hijos conversan, se despojan de la pobreza, donde la familia se cohesiona y la miseria se exhibe a la luz del día o se esconde en las sombras de los frondosos eucaliptos. El Q’oñi K’ucho, es también el lugar donde llegan las noticias más breves referentes a cualquier acontecimiento que puede ser fasto o nefasto para los comuneros. En estas circunstancias, por encima del cerco de piedras asoma la cabeza de Marcos Qalamullu. 

—Buenas tardes, hermanos comuneros —saluda. 
—Buenas tardes —contestan todos levantando la cabeza. 

    Luego Marcos prosigue: “Me envía el presidente de nuestra comunidad, don Emilio Quispe y dice que ha recibido un aviso que ha llegado del pueblo, donde nos comunica que debemos viajar el sábado a la hacienda Santa Clara a recibir tierras de la reforma agraria. Ahora paso a otra casa a comunicar esta grata noticia”. Así llegó el mensaje escueto pero conciso. “Dicen que nos van a dar tierras”. 

      En la capital del departamento, en la calle Moquegua, hay un edificio de dos pisos con la fachada pintada de color verde. Durante el día y durante la noche, en la puerta principal de ingreso un hombre permanece sentado en un banco de madera. Tiene la apariencia de ser triste y siempre en actitud pensativa, acaso con muchas deudas, en muy raras oportunidades se le ha visto reír. El transeúnte que pasa por la puerta de este edificio público se lleva la impresión de que se trata de un sobreviviente de una terrible catástrofe. Y quien ingresa por primera vez por esa puerta con la benévola anuencia del hombre tétrico pronto desemboca en un zaguán y en un patio estrecho repleto de personas que conversan prediciendo acontecimientos sin importancia, como la llegada de un nuevo director, el ascenso de algún lambiscón o el traslado a Lima de un empleado pariente del diputado. Y si continuamos su biendo por una escalera estrecha pronto nos encontramos en un callejón donde la madera del piso llega a crujir como si todo el edificio se fuera a desplomar. Por un laberinto de puertas y ventanas se llega a una habitación donde dos mujeres simpáticas y sentadas en cómodas sillas conversan amigablemente. El visitante percibe un olor a marisco que inunda el cerrado ambiente. 

    Y dentro de la habitación con la puerta cerrada un hombre está sentado en una silla giratoria frente a un escritorio presidencial. El hombre, al sentarse solo, posa la nalga del costado derecho y deja en libertad la nalga izquierda. El hombre tiene la cara larga y magra como la de los indios siux. Aparenta escribir en un papel de color azul pero en realidad solo está haciendo planes diabólicos. En ese instante rememora la última experiencia sexual que tuvo recientemente con una secretaria. Las ideas se le extravían, le dan vueltas como las aspas de un molino de viento formando torbellinos en su fantasía. Por fin consigue agruparlas para diseñar una organización muy peregrina para desarrollar el campo. Sus labios resecos esbozan una sonrisa como si en ese instante hubiera puesto término a un problema largamente planeado y, al final, ríe mostrando unos dientes amarillos. Luego sus largos dedos presionan un timbre. Al poco instante se abre la puerta y entra un hombre con cara de conejo y otro hombre con una apariencia de ciego, con gruesos lentes detrás de los cuales unos ojitos diminutos, vivaces y risueños que brillan de euforia. 

    El hombre, desde su escritorio imparte órdenes referentes a la entrega de tierras a los feudatarios y no a los comuneros. Al parecer las ordenes solo son dirigidas al hombre ciego y risueño y no al hombre con cara de conejo. Entonces el conejo, al verse desairado, rumia unas palabras que después flotan, por mucho tiempo, en la habitación. “Así que yo soy solo un entenado, ¿no?” Y un rencor desagradable, como el que debe sentir el esclavo, brota de lo más íntimo de su ser, como sí emergiera un vaho fétido y nauseabundo desde el fondo de un estercolero. 

      El hombre de la cara larga y magra se pone de pie, se frota el glúteo derecho y empieza a caminar por la habitación llena de mapas, cuadros estadísticos y almanaques con mujeres desnudas pegadas en las cuatro paredes. El hombre se detiene en la puerta, sale de la habitación y se para delante de las dos mujeres. A la más flaca le besa en el cuello y a la otra solo en la mejilla, luego abandona la habitación dando largos pasos que se sienten en el estrecho callejón haciendo crujir las maderas del piso. Las mujeres quedan solas y conversan: 

—Qué rico es el jefe, ¿no? 
—¡No digas eso hija! Hoy el beso me ha tocado a mí, anoche estuve con él. 
—Pues mañana el jefe será mío, entonces. 

      El silencio cubre todas las cosas, las arañas salen de las rajaduras de las paredes y la tarde empieza a filtrarse por la única ventana que da a la calle, y una luz amarilla y pálida cubre las cuatro paredes de la sala. Las mujeres ahora están solas y empiezan a agostarse como tantas otras que se marchitan en los oscuros pasillos de los ministerios. Por la calle, en ese instante, pasa un vendedor de tamales y grita. ¡Tamales! ¡Tamales! ¡Tamales! La voz del tamalero se pierde en la calle mezclándose con el trajín de la gente y e bullicio de los niños que juegan. 

      En otra oficina del mismo ministerio, debajo del vidrio de su escritorio, en una estampita, una chica se viste y se desnuda, varios pequeños almanaques exhiben mujeres desnudas con turgentes senos y abultadas posaderas. Al ingeniero Díaz Bazán estas figuras le traen recuerdos de los burdeles que frecuentó en Buenos Aires, donde solía ir durante los quince años que demoró en estudiar su profesión de agrónomo en la Universidad de La Plata. Díaz Bazán, en ese instante, está solo en su oficina, un hondo contraste, una triste penuria lo aflige y lo consume en el recuerdo y la desesperación. Luego piensa: “Los primeros años de mi vida los pasé en la hacienda Santa Clara de propiedad de mi padre. No puede ser cómo esta hermosa propiedad con ganado fino de vacunos y ovinos y yeguarizos que tanto trabajo le costó a mi padre, ahora va a ser entregada a los colonos y a los comuneros. Esto hay que impedirlo, cómo quisiera tener algún poder para que esto no se cumpla. ¡Cómo sufrió él! Ahora recuerdo las temporadas que pasé en la hacienda, en vacaciones después de salir del colegio. Finalmente, me fui a la universidad. Todo el dinero para lograr mi profesión y la de mi hermano Walter, salieron de la hacienda. Si mis hermanas se han casado bien es porque mi padre tiene plata y aún tiene mucho dinero ¿A quién se le ocurre dar esta maldita ley de reforma agraria? Todo para joder, ordenando que las haciendas se entreguen a los indios. Esto es el más grande absurdo. Yo les pregunto: ¿Qué saben hacer los indios? Macanas, si ellos están acostumbrados solo a obedecer, ya veo las haciendas en manos de estos ignorantes, esto va a ser un fracaso. Trataremos hasta el último que esto no prospere. Si vamos a perder la tierra y la hacienda no me queda otro camino que hacer carrera en la administración pública, menos mal que yo me llevo bien con el director, pronto seré jefe de división y finalmente puedo agarrar la subdirección, y punto. Pero que linda hacienda vamos a perder, tengo que luchar para que la hacienda no caiga en manos de los comuneros, ellos sí que no la sueltan porque antiguamente la hacienda fue de ellos, de los colonos todavía se puede rescatar. Si esta reforma agraria la estamos haciendo nosotros, los indios no tienen nada que agradecernos, solo esperamos que las generaciones del futuro nos reconozcan cuando en este país no haya quedado ni un solo indio de mierda. Nosotros hemos perdido las tierras, carajo”. 

     Un intenso sol inunda, por la ventana, la oficina del ingeniero Díaz Bazán. Su preocupación y las hondas penurias lo conducen al borde de la desesperación y lo pueden conducir hasta la locura. 

       El día sábado 18 de diciembre a las ocho de la mañana los ingenieros agrónomos Lorenzo Quispe Pumacusi y Toribio Wallpacondori sacan una camioneta del garaje donde guardan los vehículos de servicio del Ministerio de Agricultura. En un grifo a la salida del pueblo se proveen de gasolina luego toman la carretera que va a la ciudad de Arequipa. El que conduce la camioneta es el ingeniero Lorenzo Quispe Pumakusi. 

—No te parece Lorenzo que las adjudicaciones de tierras debieron hacerse a las comunidades y no a los feudatarios como ahora lo están haciendo. Por otra parte, si les entregamos las tierras a los comuneros nuestros padres serían los directos beneficiarios o beneficiados. 
—Tienes razón Toribio, pero parece que la política del director es marginar a las comunidades y entregar las tierras únicamente a los ex colonos, a los hombres que apoyaron al hacendado a despojar las tierras de las comunidades para así extender las haciendas. 
—Para mí lo más correcto hubiera sido dar tierras a las comunidades, porque el problema está en las comunidades y no en los latifundios. 
—Se puede dar tierras a ambos, así solucionamos de una vez por todas el problema del campesinado en el país. 
—El Director de Reforma Agraria niega la existencia de la comunidad en este departamento. 
—El Director no conoce la realidad de nuestro departamento, precisamente la comunidad indígena llamada Ayllu dio origen a las haciendas, entonces existen las comunidades indígenas. 
—Creando las grandes empresas, quiere el director conservar las grandes haciendas, para que el dueño recoja la plata y se vaya tranquilo y agradecido para el gobierno, quien hace creer a los campesinos que se les va a entregar las tierras a ellos, mientras tanto el gobierno a través de las empresas agrarias que van a resultar otros latifundios explotará a través del Banco Agrario. Con el tiempo los ex colonos beneficiados con la reforma agraria serán los nuevos ricos, llenos de plata, abundante ganado y con buenas tierras y nuevamente surgirá el propietario de tierras. 
—Está claro, si las tierras fuesen entregadas a las comunidades, estas no aguantan el salto al gobierno. 
—No creas, los comuneros son buenos pagadores. 
—Pero hay un compromiso entre el gobierno y los dueños de los latifundios en el sentido de transferir el valor de las tierras a las industrias para que el país se industrialice rápidamente. Además, hay otro compromiso, el de abrir un mercado interno para que las empresas agrarias compren tractores, semillas, fertilizantes, fungicidas y otros insumos. Además, con la industrialización se crearía el proletariado. 

     Entretenidos con este diálogo, los ingenieros agrónomos a gran velocidad, levantando una gran nube de polvo por la carretera, van en la camioneta. El frío de la cordillera cada vez se pone más duro y cortante. 

—Nosotros no podemos hacer nada —dice el ingeniero Lorenzo Quispe. A pesar de que somos hijos de comuneros, por ahora ni siquiera podemos oponernos a la decisión del director. Claro que nosotros conocemos bien la realidad del campo, pero hay un interés muy fuerte por encima de nosotros. 
—Ni que estuviéramos locos para oponernos, en primer lugar, perderíamos nuestro trabajo y truncaríamos nuestra carrera —dice el ingeniero Wallpacondori. A mí me han ofrecido una dirección —agrega. 
—Este año, si Dios quiere, yo agarro también una dirección —dice Quispe Pumakusi. 
—Por eso hermano hay que estar chitón, hacer y obedecer lo que manda el director para ganar su confianza. 
—Yo ya tengo ganada su confianza porque soy su compadre —dice finalmente el ingeniero Toribio Wallpacondori. 

     Los dos ingenieros ríen con gran sonoridad de las ocurrencias que hablaron durante el viaje. La camioneta pronto pasa con velocidad por un puente recientemente construido. Lo dejan temblando al puente por un instante, luego ingresan a un camino carrozable muy bien nivelado. A las diez de la mañana llegaron a la hacienda Santa Clara donde se llevará a cabo la ceremonia de adjudicación de tierras a los indios. 

     En la comunidad de Warimarca con la noticia tan inesperada, el presidente citó a una asamblea extraordinaria para informar a los comuneros el propósito de recibir las tierras de reforma agraria que, en realidad, son las mismas tierras que fueron despojadas a la comunidad por los dueños de la hacienda Santa Clara. El presidente les leyó un legajo fechado en enero de 1973, era un memorial dirigido al Ministerio de Agricultura. El memorial dice: “Escolástico Mamani, en representación de los indígenas comunitarios de Warimarka, notifica que pedimos que nos devuelvan las tierras que nos fueron despojadas por el propietario de la hacienda Santa Clara. Las tierras despojadas se denominaban con los nombres de Leqeleqeni Pampa, Sallqaqollo y otros que hoy se encuentran dentro de la hacienda Santa Clara. Pedimos que sea cumplida esta petición. Es justicia que deseamos alcanzar”. 

   Los comuneros escucharon la lectura con mucha atención. El anhelo de todos era recuperar las tierras después de varios años en posesión de la hacienda. 

    Ese sábado, al primer canto de los gallos, en la casa del comunero Pascual Churacutipa suena un bombo que llama a una tropa de zampoñistas. A la llamada insistente, los comuneros concurren a la hora de partida. Los hombres en gran grupo y las mujeres formando otro grupo, y por delante salen de la comunidad por un camino casi invisible. Las casas quedan solo al cuidado de los ancianos y los perros. El viaje hasta la hacienda Santa Clara es, por los menos, de cuatro horas bien caminadas, porque había que llegar antes de las diez de la mañana hora fijada para la ceremonia de la adjudicación. 

     En la oscuridad de la noche treparon la larga cuesta de Hanqo Apacheta. Al coronar la cumbre descansaron junto a un montículo de piedras en cuya cima encontraron una cruz hecha con tronco de queñua. Los comuneros junto a la cruz dejaron unas hojas de coca y arrojaron unas piedras al montículo para elevarlo aún más, en la creencia que en la apacheta se queda el cansancio. Al otro lado de la apacheta la llanura se ve negra y extensa. 

—¿Creo que va a amanecer? —pregunta Silverio. 
—Falta poco —contesta alguien. 
—Ya estamos en la estación de lluvias, pueda que llueva más tarde —comenta Manuel Wallpa. 
—Así parece —dicen todos, mirando el cielo con nubes. 
—Hay que apurarse, alarguen los pasos —insinúa Cecilio Quispe. 

     Una nube negra se posa sobre la cabeza de los comuneros, gruesas gotas caen al suelo seco y polvoriento. 

    El camino va por una alta montaña en cuya cima blanquea la nieve. En el fondo del abismo corre un río brillante y cristalino, en sus riberas crecen hierbas aromáticas y arbustivas como la qariwa que sueltan sus flores en ramillete amarillo. En el oriente se abre un claror de luz, los rayos del sol naciente se esparcen por el horizonte dilatado de la meseta andina. La luz refulgente gana las cumbres dorándolas con su fulgor, luego la luz baja a las hondonadas y se esparce por encima de las pasturas. Y el campo se viste de colores y la mañana se presenta acogedora en su plenitud. 

     En los Andes del sur están los lagos más hermosos, profundos, solitarios y misteriosos. Sus aguas reflejan toda la belleza de los Andes, con sus parajes desérticos y sobrecogedores. Estos lagos tienen el agua más pura y cristalina porque baja de los deshielos de la cordillera. En sus riberas viven una infinidad de aves, como las blancas wallatas vestidas con el color de la nieve, las panas arropadas con plumas negras y las pariguanas gigantes, vestidas de rojo y blanco. Cuando los comuneros se acercaron a la orilla para bordearla las aves se alejaron hacia la profundidad de la laguna. 

      La laguna Wilaqota tiene el agua del color de la sangre, dicen que es el cráter oculto de un volcán. En sus riberas viven las ajoyas gordas y sabrosas, igual que las panas y las wallatas. La laguna Tujsaqota es de color amarillo y despide un olor semejante al azufre porque contiene gran cantidad de este mineral. En las riberas de esta laguna no vive ninguna ave. La gente dice que todas estas lagunas están encantadas, pues, en el momento indicado, de sus profundidades salen toros con lengua de fuego y despiden bufidos feroces capaces de enloquecer a los viajeros. 

      Hace varias décadas a estas lagunas de las alturas de Los Andes venían los aimaras que viven en las riberas del Lago Titicaca, portando sus balsas de totora. Llegaban el domingo de Pascua de Resurrección al chaco de aves que viven en estas lagunas solitarias. 

      La pampa perdida es un arenal desértico donde habitan los suris gigantes, por el color del plumaje se confunden con el desierto. Cuando el sol se ha levantado dos brazadas desde el horizonte un grupo de pariguanas pasaron volando a gran altura, sus alas extendidas parecían banderas peruanas que flameaban a gran distancia, casi cerca de las nubes blancas del cielo infinito. 

      Después de atravesar el desierto, los comuneros ingresaron a un bosque de queñua. Estos arbustos crecen en las laderas de los cerros rocosos de la cordillera, más abajo están los tolares arbustivos que emiten un olor acre muy característicos. Y pasando este bosque vienen las praderas de pastos nativos donde se encuentran las mejores haciendas ganaderas del departamento de Puno. 

       Desde una distancia de media legua los comuneros divisaron la casa hacienda de Santa Clara, los techos de calamina brillaban con el sol de la mañana y el aire frío y diáfano de la puna corría por el campo. Los comuneros caminaban, eran más de cien personas y antes de ingresar al amplio camino cercado con alambrada empezaron a soplar sus zampoñas. La música milenaria de Los Andes empezó a oírse en las altas cumbres de empinadas peñolerías donde solo habitan los cóndores. El eco devuelve una música dulce y sonora como la idiosincrasia del pueblo aimara. Y tocando un wayño alegre ingresaron al gran patio por un zaguán. El patio estaba empedrado con cantos rodados arrastrados y modelados por los ríos que bajan con gran fuerza desde las cumbres agrestes de la gran cordillera andina. 

        De la cocina de la ex hacienda sale un olor de asado de carnes, el sabor sápido y agresivo se expande por el amplio patio. Una mestiza bien arreglada y perfumada entra y sale de una habitación bien iluminada. En el centro del patio han levantado una especie de estrado armado sobre largas mesas de madera. La gente de los ayllus y los pastores de la ex hacienda y de las otras haciendas colindantes llegaban por turnos con sus danzarines y músicos. Desde un ángulo del patio un hombre con bigotes chorreados y ojos de chino, con una bocina de hojalata empezó a llamar a todos los beneficiarios de la reforma agraria. Los promotores y las asistentas sociales los acomodan en largas filas entregando a cada grupo banderines y cartelones alusivos al momento político que estaba viviendo el país, tales como: “Tierras para los comuneros”, “La tierra es para quien las trabaja”, “Viva la Revolución”. El hombre de la bocina de hojalata invita a entonar el Himno Nacional. En este instante los campesinos empezaron a mirar el cielo azul y profundo, después miraron las cumbres de las montañas y los llanos amarillos de los pajonales, por último miraron al sol refulgente que al instante cegó a todos y todos empezaron a llorar con lágrimas que les brotaban de los ojos. Todos cantaban el Himno Nacional en su condición de indios aimaras y quechuas. 

       El hombre flaco con la cara larga y surcada de arrugas ahora vestido de cholo con poncho subió al estrado y comenzó a hablar: “Por mandato de una Ley y porque así lo determina la revolución, hoy, 18 de diciembre, estas tierras que fueron de las haciendas serán entregadas a los campesinos beneficiarios de la reforma agraria, para que las trabajen. Ahora elijan a sus directivos”. Los promotores y las asistentes sociales les ayudaron a dar sus votos para que salga como presidente de la cooperativa el ex administrador de la hacienda Santa Clara, los demás miembros de la junta directiva fueron llenados con algunos campesinos de comunidades, después todos firmaron en unos papeles largos, los que no sabían firmar pusieron sus huellas digitales, en seguida los hombres y las mujeres de los ayllus y los pastores de las haciendas desfilaron tocando sus zampoñas por delante del estrado de donde los técnicos aplaudían. 

     Después de esta ceremonia los ingenieros y los técnicos ingresaron a una habitación donde empezaron a comer en abundancia trozos de carne asada y a beber cerveza. En la noche se inició un gran baile a puerta cerrada. La música de un toca caset escapaba por la puerta cerrada. Todos estos actos los comuneros y los pastores de las haciendas miraban desde las paredes de los cercos, parecían ajenos a la fiesta y a la reforma agraria, solo son los técnicos y las mestizas bailaban. Y antes que llegue la noche se retiraron los comuneros en el mayor silencio por todos los caminos. Iban como derrotados y llegaron a sus casas pasada la medianoche. 

    Esa noche, el hombre flaco con la cara surcada de arrugas, en otro predio, en la ex hacienda Ocomoro, pasó su mejor noche. El frío de la cordillera desgajó las estrellas que caían en racimos de luz que iluminaron la noche oscura llena de fantasmas. Para el hombre flaco fue una noche inolvidable. De antemano, con cierta premeditación, fue preparada la habitación por doña Petita, mujer reseca como los viejos qollis que crecen y se marchitan en las quebradas andinas. En los largos años de trabajo en la administración pública, en las oficinas burocráticas se había especializado en preparar planes amorosos para sus jefes. 

       En una pequeña habitación ófrica, una mísera vela de sebo de llamo macho alumbraba el estrecho recinto. En un rincón un viejo catre de madera donde muchas noches descansaron los fatigados cuerpos de los dueños de la hacienda, se improvisó la cama. Una destartalada silla junto a una pequeña mesa con las patas quebradas completaban el mobiliario de la habitación. La vela de sebo de camélido empezó a temblar como una vieja y dos sombras alargadas empezaron a desnudarse y acostarse en la cama, después la luz de la vela de sebo se fue a otra habitación y el pabilo se consumía lentamente. 

     Fue una noche de amor perdido, inolvidable y tierno, tranquilo y reconfortable. Dos almas se amaban intensamente y dos cuerpos se unían. 

—Te amaré siempre Isabelita… 
—No te creo, no digas eso, solo me quieres para tus caprichos y apetitos, si tú eres casado, no finjas, no mientas. 
—Tú también eres casada, Isabelita, eso qué tiene, es mejor así, y así es nuestro destino, así es nuestra suerte. 

      Después, un acceso fatigoso llenó la habitación. Afuera la noche era fría, la negrura de la noche cubría el campo, los perros empezaron a aullar, los zorros en celo cantaban carcajadas citando a las zorras para la fiesta del emparejamiento. 

      En la habitación contigua de la pareja amorosa, doña Petita lamentaba su desgracia y su destino. La soledad de la vida, su abandono y su condición de mujer especializada en preparar planes amorosos para sus jefes la atormentaba. Los largos años transcurridos, su vida gris y sin importancia la consoló de toda esta miseria humana y empezó a llorar. A veces el llanto lava momentáneamente los pecados. 

     A los pocos meses, después de la entrega de tierras a los feudatarios, la cooperativa agraria empezó a cercar los campos de pastos con alambrado especialmente los linderos con las comunidades vecinas. El cerco bajaba desde la cumbre de los cerros hasta las pampas y hoyadas para trepar hasta la cima de la cordillera. Las comunidades quedaron aisladas y sin tierras, entonces recién comprendieron los comuneros que todo había sido falso y un engaño. 

     En la tarde sin viento, al abrigo del calor del sol en el poniente, las familias comuneras volvieron a reunirse en el Q’oñi K’ucho para descansar y hacer comentarios. Desde una rama alta volvió a cantar el chiwanco y la tarde empezó a declinar. El gigantesco eucalipto movía lento sus ramas, a su sombra duerme el perro y las palomas torcazas detrás de los cercos de piedra terminan de solazarse. Y la vida continua igual girando como una enorme piedra que baja desde la cima alta de la montaña. 

     Marcos Quispe regresa a su comunidad después de haber servido durante dos años en el ejército. Una mañana bajó a la pampa a pastar el ganado ovino de sus padres y mientras los animales ramoneaban la hierba seca recordó claramente y precisó algunas contradicciones que él había observado en su vida de soldado. 

    “Un día lunes, el jefe de la compañía nos ordenó a veinte soldados que debíamos montar guardia en un edificio de cinco pisos ubicado en la esquina de la plaza de armas de la ciudad. La orden que recibimos fue la de cuidar el interior del edificio y garantizar la vida de los ocupantes. Nos dieron orden de disparar en caso de ataque. Yo observaba que a este edificio, todos los días, entraban en la mañana personas de distintas profesiones y salían al mediodía y luego se alejaban en sus automóviles en distintas direcciones. Ahora me pregunto: ¿Si eran amigos del pueblo por qué necesitamos protección? Si eran enemigos del pueblo más bien había que protegerlos. Entonces esta gente que trabajaba en el interior de ese edificio eran enemigos del pueblo”. 

     Marcos, con estas reflexiones pasó el día en el campo, por la tarde regresó a la casa de sus padres. Otro día Marcos con Pedro Vilcacutipa, viajaron a la ex hacienda Santa Clara, ahora gran cooperativa agraria para observar de cerca a los ex colonos. Se convencieron que casi nada había cambiado en dos años. Los antiguos colonos eran asalariados de su empresa. 

     Las viviendas eran las mismas casuchas miserables del tiempo de la hacienda, lo extraño y lo nuevo era que junto a esas casuchas había camiones estacionados de propiedad de los socios, ellos habían adquirido buenas casas en la capital de la provincia. Para el ganado fino, llamado reproductor, habían construido nuevas instalaciones y un médico veterinario cuidaba la alimentación y su estado sanitario. La salud de los trabajadores estaba descuidada, tal vez había hasta enfermos. 

     Cuando estaban observando este estado de cosas fueron sorprendidos por los vigilantes de campo quienes le preguntaron: ¿Qué es lo que buscan? Ellos contestaron que buscaban a un pariente de apellido Qorimaywa. El vigilante les dijo que entre los trabajadores de la empresa no hay ninguno de ese apellido, les dijo que se retiraran de inmediato, de lo contrario los iba a denunciar como a invasores, para que sean encarcelados. 

     Los jóvenes comuneros se retiraron en silencio. En el trayecto del retorno por un camino invisible en medio de pasturas vieron majadas de ganado ovino fino, también vieron vacas de alto rendimiento. El ganado wajcho de los trabajadores había aumentado en cantidad, más no en calidad. Este ganado se pasteaba en un lugar rocoso señalado por el gerente. 

     En el camino los dos amigos intercambian opiniones. Pedro Vilcacutipa contó a Marcos que él conocía la organización de los sindicatos de los trabajadores donde actuó en muchas huelgas y paros. El sindicato está formado por los trabajadores, dijo. El sindicalismo está basado en el sentimiento de camaradería similar a la conciencia de ser comunero. La reivindicación de los derechos de los trabajadores, es igual al derecho de los comuneros por la tierra para poder subsistir. Estas ideas Pedro las había aprendido en los distintos sindicatos donde actuó como militante. Los comuneros, ante estos hechos reales, decidieron recuperar las tierras usurpadas por los hacendados, ahora en poder de las cooperativas agrarias. En las reuniones los dos jóvenes intervenían activamente aportando nuevas ideas y una estrategia de acción. Y la mañana del día lunes de la primera semana del mes de marzo, cinco comunidades con cerca de tres mil comuneros recuperaron las tierras despojadas. Esa mañana, un largo tumulto de gente salió de la quebrada del puma. Por delante iban los dirigentes portando en alto cincuenta banderas peruanas. Una numerosa tropa de zampoñistas ejecutaban una música marcial, mezcla de qajelo y wayño cordillerano. La música del ande peruano resuena en la distancia, el eco regresa de la quebrada para ganar la llanura sin límites que lleva el viento por todo el Altiplano Andino. Atrás, grupos de mujeres y niños, ancianos y desvalidos vienen en tumulto, y antes que salga el sol la ex hacienda Santa Clara, hoy cooperativa agraria, estaba ocupada por las cinco comunidades legítimos dueños. Ellos habían recuperado la tierra porque así estaba escrito en los viejos papeles, porque así también determinan la tradición comunitaria y la justicia tal como ellos la entienden. 

     En la capital del departamento, en el edificio de cinco pisos ubicado en la esquina de la plaza de armas, se nota un ajetreo y finalmente salió una orden casi secreta para desalojar a los invasores por medio de la fuerza armada. El día jueves de la misma semana de marzo, treinta carros del ejército llenos de soldados y seguidos de varios tanques ocuparon la llanura de Supaypampa. Los comuneros se habían ubicado en las faldas de los cerros. El ex soldado y sindicalista y varios dirigentes, bajaron portando una bandera blanca y se dirigieron al lugar donde estaban los jefes. La entrevista fue breve. El jefe del batallón ordenó abrir fuego, los soldados se negaron disparar apuntando sus armas al cielo. Se vivió momentos de mucha tensión. Un silencio profundo se vivió a esta actitud y determinación de los soldados en que se negaron a disparar a los comuneros. Los jefes hablaron entre ellos y ordenaron retirarse simulando que tenían que hacer maniobras en otro lugar y después regresaron a su cuartel. 

     El quince de abril en la plaza de armas de la capital del departamento, se llevó a cabo un gigantesco mitin de protesta y en apoyo a los comuneros que habían recuperado sus tierras. Cerca de diez mil campesinos llenaron la histórica plaza. Los oradores, todos ellos comuneros y dirigentes sindicales, reclamaban justicia y pedían la inmediata libertad de los presos. Al terminar la manifestación una larga fila de comuneros recorrieron las principales calles de la ciudad. Al día siguiente los trabajadores y obreros del centro minero decretaron un paro de cuarenta y ocho horas en apoyo a los comuneros del altiplano.

Este cuento pertenece al libro: «Cuentos de Q'oñi K'ucho» de Luis Gallegos Arriola, editado el año 1984. El año 2016 el Centro de Investigación Cultural - Teatro «Yachaq Illa» adaptó este cuento para realizar una obra teatral de gran éxito en la ciudad de Puno. La dirección de este proyectó recayó en el polifacético artista Lizandro Aguilar Cotrado.



LUIS GALLEGOS ARRIOLA
(ILAVE, 1919)

Extraordinario y prolífico narrador, es uno de los más populares y conocidos escritores puneños, debido a sus cuentos cargados de sátira y humor. Sus narraciones reflejan los problemas y vivencias de los diversos pueblos altiplánicos, llevan consigo un excelso aire tragicómico y a la vez una profunda reflexión social. Trabajó como profesor rural en los Núcleo Escolares Campesinos, estructuras educativas que consolidaron a las comunidades campesinas. Impulsó estudios antropológicos en el Instituto Indigenista Peruano y luego en el Proyecto Puno – Tambopata. Trabajó durante muchos años como periodista en el diario «Los Andes», decano de la prensa regional y ha publicado numerosos libros de cuentos y novelas cortas de corte histórico y erótico y además fue antologado en libros que recogen lo mejor del cuento peruano. Recientemente ha sido incorporado al Colegio de Antropólogos del Perú, por su trabajo narrativo y periodístico en este campo. El 10 de octubre del 2019 alcanzó la edad de 100 años, el secreto para ello es una vida destinada al amor: a su familia, a su obra y a su pueblo. 

domingo, 31 de mayo de 2020

Jaime Sáenz: «LA PIEDRA IMÁN»




XVIII

            En un lóbrego sótano, muy pequeño y húmedo, con olor a nuevo, ha guardado y a fierro enlozado, es decir, con color a Hong Kong y a manufacturas japonesas, hubo de fraguarse cierto acontecimiento —esto es, mi matrimonio.
            Era alta y rubia; era ingenua y sana; y sus ojos, de un color entre azul oscuro y violeta pálido, eran de verdad muy claros.
            Pero no era hija del país: Había nacido en Zwickau (la tierra de Schumann), y, por lo tanto, no le gustaba el ají.
            En cambio, le gustaba el vuelo del moscardón, que volaba en misteriosos espacios del cuarto junto al alma de Juan, con un zumbido vivo y profundo, con un olor a jabón y a ropa lavada en medio de torrentes de luz, cuando a todo esto, temprano por la mañana, se dejaban escuchar en la radio los valses de El caballero de la Rosa de Richard Strauss.
            A un principio vivimos en la casa de mi madre. Primero en la avenida 20 de octubre, y después en el pasaje Juan de Vargas, entrando por la calle Abdón Saavedra; y luego fuimos a parar a un cuarto oscuro y frío, en la calle Fernando Guachalla, que una señora llamada Rosa Llosa tuvo la bondad de alquilarnos, con algunos muebles y un cómodo sillón de madera con almohadones de tela color café a cuadros.
            Allí leí La montaña mágica —y si mal no recuerdo, la lectura duró sus buenos tres meses, pero la verdad es que me hizo vivir momentos de auténtica grandeza.
            Por lo demás en aquellos tiempos era joven, y todo parecía fácil y sencillo, pues en realidad había tiempo —y como todo tenía tiempo, había tiempo para todo.
            Por otra parte, en cualquier esquina de la ciudad uno encontraba paz y sosiego, y había cientos de tiendas en las cuales uno podía beber tranquilamente una copa.
            A ese paso, mi mujer era hasta tal punto comprensiva, que no hacía problema ni renegaba, sino cuando me tambaleaba y cometía atropellos de puro borracho, cosa ésta que por desgracia sucedía con demasiada frecuencia.
            De tal manera que una vez me dijo: Ten cuidado. Si sigues con la copa, yo me voy.
            Lo malo es que yo seguí con la copa.

            En 1946 nació mi primer hijo. Solo vivió tres días.
            Mi segunda hija —que sería la última— vino al mundo en 1947.
            Al cabo, la Erika —que así se llamaba mi mujer— pidió el divorcio, y luego se fue a Alemania sin decirme nada.
            Pues quién te dice que yo —sin sospechar ni remotamente lo sucedido— un buen día me preparo, y voy a su casa con una torta y con una velita para congratular a mi hija en el primer aniversario de su nacimiento, y me encuentro con la noticia de que había partido para siempre.
            ¿Qué hacer?
            Por aquellos días precisamente se conmemoraba el Cuarto Centenario de la fundación de La Paz con una gran feria en Miraflores, y no pude menos que encaminarme en derechura de la referida feria a festejar mi infortunio.

            Y cosa extraña si la hubo: Veinte años después me escribió mi hija —y también la Erika.
            Lo malo es que mi hija me escribía en alemán, pues no sabía una palabra de castellano.
La Erika recordaba los tiempos idos; y lo hacía con no sé qué encanto no desprovisto de cierta amargura.
            Como no podía ser de otra manera, tan inesperado acontecimiento me causó hondísima impresión, y con pena inenarrable, yo a mi vez recordé los tiempos idos y, por otra parte, me preguntaba por qué el olvido era tan extraño, por qué la vida era tan extraña.
            ¡Y qué haber de cosas y de circunstancias, a cuál más extrañas!
            La verdad es que el matrimonio constituyó para mí una alta enseñanza.
            Comprendí que el hombre no necesita volverse padre, ya que lo es por esencia; y si engendra un hijo, es para conformarse plenamente.
            Y aprendí asimismo que un niño es ya padre, de igual manera que una niña es ya madre.
            Esto aparte, el matrimonio enseña a conocer y amar lo doméstico —cosa de la mayor importancia para el hombre, por lo mismo que éste lleva la peor parte en el enfrentamiento con la soledad del mundo.
            Pues lo doméstico, extrañamente, le enseña a conocer y amar la soledad del mundo, que en definitiva no es sino su propia soledad.
            Ahora bien, contrariamente a lo que muchos imaginan, la así llamada felicidad no tiene absolutamente nada con común con el matrimonio.
            El matrimonio es tribulación y tormento que se debe sufrir calladamente.
            Es un camino de espinas, una cruz que se debe llevar a cuestas con dolor y amargura.
            Así las cosas, muy pronto, la vida se torna mera costumbre y rutina y, al cabo, cuando se cierne la oscuridad sobre la redondez del mundo, te atrapa la tumba.
            Esto para el hombre débil, que solo por temor a la soledad y no por amor ha fundado un hogar.
            En cambio, para el hombre fuerte, que vive con grandeza y altura, que sabe sufrir y gobernar, el matrimonio será siempre una alta enseñanza —una fuente inagotable de humanidad y sabiduría.
            Un mundo siempre nuevo, cargado de revelaciones y descubrimientos.
            Claro que todo esto depende de la suerte, y la verdad sea dicha; pues en realidad todo matrimonio es providencial. Es una fatalidad, un mandato del destino. No es cosa gratuita.
            Por lo demás, en los tiempos que corren, el matrimonio está de capa caída, es muy cierto; pero así y todo parece que las parejas que se unen libremente, lo hacen en razón de motivaciones auténticas.
            Y si desechan el matrimonio y lo consideran un mero formalismo burgués, allá ellos.
            Sin embargo, recuérdese que cualquier evasión es negación, pues en mundo en crisis no caben los experimentos, y lo único que importa es vivir experiencias.
            ¿Quién no se siente reconfortado y conmovido ante el espectáculo de esas parejas de adolescentes que se lanzan valientemente al matrimonio y se casan como Dios manda, con testigos y padrinos y con repiques de campanas y ramos de flores y todo lo demás?
            Yo me siento conmovido.
            Y si soy fanático partidario del matrimonio, es porque guardo el más profundo respeto por el hogar.
            Pues ¿quién será aquel que se muestre ajeno al contenido del hogar, y reniegue así de su condición humana?
            Si hay errantes y peregrinos, es porque recorren incesantemente los caminos en pos del hogar.
            Un clavo retorcido, una astilla de madera, un objeto cualquiera, representa ya el hogar, en la medida que el referido objeto ansia un lugar.
            Un lugar, en definitiva, no es sino eso que se llama la patria; un cielo, una agua, una tierra.
            Nadie podrá olvidar la significación del hogar, sino a riesgo de perder irremisiblemente su propia interioridad, pues el hogar es el solo hito que te permite identificar el lugar que más ocupas en el mundo.

            Ahora bien, mi vida de hogar discurrió bajo el signo de la violencia, de la discordia, del miedo y la pesadumbre.
            A decir verdad, en mucha parte el culpable fui yo.
            Sin embargo, no pocas veces se daban ciertos momentos felices, ciertos sucesos realmente gratos, todas cosas que de algún modo equilibraban la balanza.
            Ahora vivíamos en una casa antigua y misteriosa, que una familia alemana nos alquilaba, con gruesas paredes y fornidas puertas, con olor a malva y lavanda, con jardín y todo, pero el alcohol, la ira, y no sé qué espíritu maligno, se confabulaban y lo arruinaban todo, y me hacían perder la cabeza.
            Con manos ensangrentadas, y con heridas que yo mismo me infería, rompiendo vidrios y muebles, profiriendo gritos y amenazas, corría de aquí para allá, como enajenado, protagonizando escenas de locura.
            Y muchas veces, yo fanfarrón, completamente borracho y por dármelas de muy macho, me ponía a provocar a un cachorro de tigre que llamábamos Elektra, y que estaba encerrado en una jaula de madera en un cuarto vacío, hasta que una noche de esas, seguramente sin sospechar el peligro que corría, se me ocurrió abrir la jaula; y según resulta natural, el cachorro se me abalanzó rápido como el rayo, y arañando mi cuello con furiosos zarpazos, por poco no me desgarra las venas.
            Por fortuna, el Isaac, un sirviente muy leal y despierto, de estirpe callahuaya y nacido en Charazani, corrió a traer un pedazo de carne y, distrayendo al tigre, se dio maña para meterlo en la jaula.
            La Erika presenciaba la escena; y no obstante que estaba ya en los últimos meses del embarazo, no hizo ningún aspaviento, pero antes bien, conservaba la serenidad y la calma.
            Actuando en consecuencia, procedió a vendarme rápidamente el cogote, y me llevó a toda prisa a la Asistencia Pública para una curación de urgencia.

            Con todos mis defectos y borracheras, tenía una gran virtud: Era puntual en mi trabajo.
            Y como ganaba un buen sueldo, no faltaba plata, y eso que la mitad del presupuesto se iba en aguardiente.
            Y como se acumulaban abrumadoras cantidades de botellas vacías en el cuarto del tigre, periódicamente la Erika las hacía vender con el Isaac, y le regalaba la mitad del producto.
            Yo era proclive a sacar bebidas al crédito, y ante la sola visión de innumerables botellas de manzanilla, coñac, ron de Jamaica y vinos generosos que reposaban sobre mi mesa, me sentía en el mejor de los mundos, solo que me olvidaba pagar.
            Y como con esta mala costumbre resultaba debiendo cantidades cada vez más crecidas, finalmente decidía pagar, pero con mucho dolor.
            Por lo demás, el José Acebo Fernández de Córdoba, Marqués de Villaverde, era mi garante; y ha de saberse que su sueño dorado era escribir un poema a propósito del ruido de la ciudad, solo que se le iba la mano con la manzanilla y se quedaba siempre en el segundo verso: ¡Oh ruido de la ciudad, déjame revelar tu mensaje!, y de ahí no salía.
            De tal manera, que me convocaba a la terraza de la Casa España, por la noche, y con la firme determinación de seguir adelante, me pedía consejo.
            Y era de ver las reuniones que celebrábamos con tal motivo. Eran sencillamente abracadabrantes.
            Para empezar, el Pepe Acebo mandaba abrir dos cajones de manzanilla y se prosternaba con el oído atento al ruido de la ciudad; y luego, con ojos desorbitados y la locura pintada en el rostro, agarraba y se zampaba la manzanilla, no ya por copas, sino por botellas, y caía redondo en plena terraza, bajo el doble embrujo del ruido de la ciudad y la manzanilla.
            Muy pronto despertaba, dando muestras de gran sobresalto, y habiendo extraído de su bolsillo un frasco de láudano, bebía un buen trago y esta otra vez al pie del cañón, prosternado y con gesto de locura, el oído atento al ruido de la ciudad, dele que dele con la manzanilla.
            Y esto era un poema en más de un sentido, pero transcribirlo a papel era lo difícil, pues habría habido que trasgredir las leyes naturales, como quien pasa por alto una imposibilidad metafísica, o como quien convierte un cuerpo sólido en una figura plana, aunque por otra parte no habría habido para qué.
            Como el Pepe Acebo era poeta, se quedaba en el trasfondo del poema.
            Escuchaba el poema y lo miraba, y de esta manera expresaba el poema inexpresado.
            Muchos decían que estaba loco.
            De repente se presentaba en Casa España con un maletín en el que guardaba un espléndido disfraz de pepino, y en un abrir y cerrar de ojos se disfrazaba.
            Gastaba la plata como agua y tocaba la bandurria; y cada noche rompía una bandurria en la cabeza de su mujer, y aquí no pasó nada.
            Pues bandurrias las tenía por montones, y le llegaban de España por cajones.     
            El Pepe Acebo, cuando lo invitaba a casa, se llenaba de contento; y para hablar largo y tendido sobre el ruido de la ciudad, llevaba un cajón de manzanilla.
            La Erika, con características de incomprensión, se ponía iracunda y torcía el gesto —en esto era injusta.
            En una de esas, el Pepe Acebo apareció con un frasco de escabeche y una escoba que había comprado para su casa, llevando además su famoso maletín a cuestas, y como no podía ser de otra manera, se chantó en el acto el consabido disfraz de pepino, y sin más abordó su tema favorito.
            Me dijo que el ruido de la ciudad era como el humo, una física hermética y perfectamente inasible, y declaró que pensaba escribir de una vez por todas su poema en el reverso de viejos pergaminos que pertenecieron a no sé qué grande de España.
            Yo por supuesto le dije que me parecía muy bien, y le hice notar que el ruido de la ciudad no era sino el ruido de uno mismo, cuyo ruido escuchaba uno mismo.
            Luego mandé traer con el Isaac un poco de aguardiente para brindar por el éxito de sus proyectos; y como estaba en vena, le leí un poema llamado El ornitorrinco y Brahms, que precisamente acababa de escribir y que por lo demás no estaba del todo mal.
            El Pepe Acebo lo copió en su libreta y dijo que se trataba de un exponente del más puro surrealismo, y que lo aprendería de memoria.
            La Erika hizo un gesto.
            Afirmó que era un disparate, y declaró que Brahms no tenía absolutamente nada que ver con ningún ornitorrinco.
            Para evitar altercados, yo le dije que no había pena y que el ornitorrinco era yo, y luego le pedí una lata de salchichas y pan.
            Y a lo que ella dijo que no había, yo le dije que había, y ella repitió que no había; y con inopinado ímpetu, se levantó y abrió de par en par las ventanas, y dijo que había mucho humo.
            Totalmente desconcertado, yo perdí los estribos y me dejé arrastrar por la ira, y de un trancazo volqué la mesa.
            El Pepe Acebo, olvidando que su disfraz de pepino resultaba incongruente por completo en tales momentos, se esforzó vanamente por restablecer la concordia, y por último dijo que los moros usaban crucifijos de acero toledano para degollar a las mujeres que amaban.
            Ante tan oportuno comentario, yo declaré que hacían muy bien, y que ya podían usar machetes en lugar de cuchillos.
            Y de pura rabia, agarré y rompí en mil pedazos El ornitorrinco y Brahms.
            En estas y las otras, la Erika optó por retirarse y con eso terminó la cosa.
            Escenas iguales o parecidas, con una absurdidad que colmaba ya los límites del ridículo, se repetían con demasiada frecuencia.
            Aquella noche, el Pepe Acebo me llevó a su casa para no renegar.
            Tenía un fastuoso palacete en la avenida 6 de agosto, con soberbios muebles de cedro y alfombras persas, con espaciosos y deslumbrantes salones donde la opulencia y el buen gusto se daban la mano, cosa esta nada extraña, en tratándose de la residencia del Marqués de Villaverde y nada menos.
            Pero lo cierto es que su vida era un infierno —y si no me equivoco, quien señoreaba ese infierno era su mujer.
            Pues, a decir verdad, aquella noche, saltó como leona y nos recibió con dos piedras en la mano.
            Era para no creer.
            Por lo demás, es muy cierto que el Pepe Acebo la hizo levantar de la cama y la condujo a empellones al salón, y de buenas a primeras le dijo: O te me revuelves como un calcetín o te me vas de esta casa; pero, así y todo, ese no era motivo para que ella le diera el trato humillante que en efecto le dio.
            Pues habiendo hecho añicos el frasco de escabeche y habiendo enarbolado la escoba que el Pepe Acebo acababa de entregarle, ni corta ni perezosa, agarró y le propinó un escobazo en plena cara y lo zarandeó como a un muñeco, y luego de arrancar violentamente los cascabeles del disfraz que él llevaba puesto, y que por lo demás quedó hecho jirones, le arrimó dos bofetadas y le dijo a gritos que no quería verlo nunca más disfrazado de pepino.
            Acto seguido, echando maldiciones y carajos y profiriendo injurias, la leona nos puso de patitas en la calle.
            Yo no pude menos que decirme en mis adentros que el Pepe Acebo tenía sobrada razón al romper cada noche una bandurria en la cabeza de su mujer, aunque aquella noche no lo hizo.
            Sin embargo, el Pepe Acebo no se paraba en pequeñas; y viendo que lo expulsaban de su propia casa, lanzó un juramento y me dijo que, de hoy en adelante, hablarían las armas y ya no las bandurrias.
            Y a manera de confirmar su aserto, extrajo su pistola y disparó un tiro al aire.
            Luego sacó su auto y nos fuimos al Cementerio para no renegar.
            Tal lo ocurrido aquella noche.
            Ahora bien, el día siguiente, la Erika me pidió disculpas; y yo a mi vez le pedí disculpas.
            Ya era sabido, por la noche trifulca y por la mañana disculpa.
            Día tras día, trifulcas y disculpas, disculpas y trifulcas, siempre lo mismo.

            La Erika tenía marcada antipatía a mis amigos, por el solo hecho de que eran mis amigos.
            Muy pocos se salvaban; el Arturo Borda se contaba entre esos pocos —y eso que era el hombre más raro que pisa la tierra.
            Cuando iba a la casa, la Erika lo trataba con guante blanco.
            Le ofrecía el mejor asiento y le mostraba revistas, le preguntaba mil cosas y le pedía disculpas, y luego de servirle masitas en fino plato de porcelana con servilleta de lino, le invitaba licor en bella copa de cristal de roca.
            El Arturo Borda, muy respetuoso y algo cohibido, bebía con calma; pues ha de saberse que a la segunda copa empezaba a despatarrar, y a la tercera ya estaba hablando en aymara.
            Y cosa rara: La Erika escuchaba extasiada, dando a entender que comprendía, como si el propio Arturo Borda no supiera que el aymara era griego para ella.
            Ahora bien, si he consignado estas últimas líneas, ello se debe a una intención puramente anecdótica, ya que la Erika, como se comprenderá, no era insincera ni simuladora, sino que, por el contrario —y considero necesario insistir sobre este punto—, su actitud solo obedecía al respeto, muy alto de su espíritu.
            Por lo demás, el Arturo Borda solo iba a la casa a la muerte de un obispo; y la verdad es que cierta vez, habiendo rechazado con gran cortesía la copa que le ofrecía la Erika, me pidió muy pronto un pliego de papel, y con mano maestra, le hizo un retrato al carbón, el cual infortunadamente quedó inconcluso, y por idéntica razón conservo todavía.
            El Arturo Borda, por otra parte, le hizo un apunte a mi hija, cuando esta tenía seis meses de edad —y ciertamente era muy hermoso.
            Solo que, para gran pena de mi alma, tan valioso dibujo ya no existe.
            Se perdió hace años.


Jaime Sáenz, «La piedra imán», (Editorial Huayna Potosí – La Paz, 1989)

Foto: Jaime Sáenz Guzmán con Alfonso Barrero Villanueva en los talleres Krupp (1977)

domingo, 24 de mayo de 2020

QOTAPANAYCUNA





Es tan violento lo que cae
en mi equilibrio de mañana

mi equilebrio

y me doy cuenta que soy yo
quien aguarda
la caída irreversible
de mi sangre vacía

              no se ha formado el ala y ya está en el aire

humareda de colores
que se besan ante el risco
y en el risco están
mis ojos
mi sahumerio
mi lupa de estallidos

            no se ha formado el remo y ya está en el agua

la corriente va tejiendo
finos pájaros herreros
y en el risco ya están 
mis ojos 
mi sahumerio
mi lupa de estallidos

     no se ha formado el día y ya está en la noche

otra mano 
en 
otra mano 
me sostiene

arriba están pintando mis waras

lunes, 18 de mayo de 2020

LUZGARDO MEDINA EGOAVIL: «Cronología del equilibrio»


A:
Nemesia Bolívar Arcos
y Epifanio Reaño Soto,
legendarios abuelos
que sin querer me dieron
el idioma de su amor
y el más fino sentimiento.

«La mucha belleza me hace siempre persverso»

José Watanabe


EQUILIBRIO I

En verdad no sé si una carta pueda
Servirme para decirte que en el fondo del mar
Hay ilusiones y palomas que no vuelan
                Durante miles de años mi palabra
                Caminó ciegamente junto al viajero que gustaba
                Sembrar violetas en medio del polvo bellísimo
                Del misterio y la locura
Solamente vi que las agujas de la costurera
Zurcían la ruta de quienes soñaban
Con comerse toda la madrugada enterita sin ningún miedo
                Tantas veces
                Y no precisamente al azar tuve una niñez
                Como cualquiera que invade el cielo
                Donde las nubes nacen y mueren de tristeza
Tienes que acostumbrarte a no morir 
Me dijo una y otra vez lo más óseo del jardín
               Junto a los olvidos hice arder
               Al más peligroso minuto  cuyas ropas omnívoras
               Siguen oliendo a los ciegos dioses
               En una tarde sin sol
He respirado toneladas de aire
Y hasta quise tocar los labios de un nadie masculino
Hundirme en el después sobre una yegua turquesa
               No sé si esta carta primordial
               Tenga algo de mí o algo del que no fui
               Pero sé que los barcos vienen arrepentidos
Y cargados de maleficios de un vaso paleolítico
Bebiendo el intacto equilibrio de tu amor


EQUILIBRIO II

Me ha tocado vivir muchos destinos
Tal vez buscándote en las gruesas enciclopedias
Donde las aguas del río son mágicos
Y donde tus besos saben a místicas litografías
              Me ha tocado vivir tantas muertes
              Y ser feliz en la medida de la injuria y la ignorancia
Me ha tocado simplemente soñar 
Con el fenicio aroma de tu boca 
Ora incesante ora irrevocable
               Pude ser un pájaro lo mismo que una profecía 
               Pude habitar el Sur o el Norte de modo imperturbable
               Pude interpretar la mentira reptil con mi arpa
               Pude ser anciana durante siete noches con sus días
Me ha tocado vivir tu vida
Estás cubierta con mis cenizas
Y eres más generosa que una catedral de arena
Y en tus senos guardas la mutación del idioma
Y en tus ojos se repiten los pasos del intacto ayer
                Vivo como vive la estadística
                En medio de los astros
                Tal y conforme vivía el esclavo en la isla
                Pensando en el comienzo del fin sin final
La muerte no existe me repito una y otra vez
Así como blancos son tus muslos una y otra vez
Y así como la tristeza es tierna una y otra vez
                 Vivo con mis remos al hombro 
                  Inventando el añil crepúsculo para ti
                  Que vives en la esquina lluviosa y bíblica
El amor había sido como el invierno que llega sigiloso
Con su tigre de bengala y su nostalgia sucesiva


EQUILIBRIO III

En la inmensidad de la sombra
Se ha perdido mi amor con su frescura de álamo
                Iba en tu búsqueda 
                Siguiendo las huellas que tu alma dejaba
                En los templos y en los patios del día
Este amor tan pulcro y tan deformado 
Parece una patria en llamas o una ciudad
En donde todos los colores son amables pero fatales 
                Mi amor te espera desgrangrado
                Ya en la lejanía donde la flor es pasión
                Ya en el remordimiento donde la muerte es más deseable 
                O en la hondonada del silencio
                Donde todos arrojan sus descoyuntados recuerdos 
Mi amor y mi perro te buscan
Aunque la memoria pierda su hermosura
Y la tarde ya no sobreviva en el espejo
                La pena trae su pie roto desde siempre
                Algo así como que la rosa está sentencidada
                A morir en una feria de versos donde los gitanos
                Adivinan el paso del infinito cor clausurada ventana
                El paso de la uva negra por tu piel
                El paso de tu dinastía y su tiniebla
Nadie puede escribir la historia del anochecer
Excepto tus manos quietas y tácitas
Nadie puede decir el nombre de la sed
Excepto tu lengua tatuada con la sal del ocaso
                Mi amor y mi perro te siguen buscando 
                Es así que conocen los mausoleos del mundo
                Y en todos los idiomas han recorrido los olvidos
                Para verte por la hendija que va hacia tu laberinto


EQUILIBRIO IV

Mara es una isla donde la noche
No acostumbra a dormir en los bosques
Y menos rebuscar los nombres de quienes
Fueron muertos de manera plural por culpa
Del amor y sus lobos 
                  En esa isla tú naciste
                  Antes que el mismo génesis y su piedra
                  Tal vez más antes que el paso cubriera tu ombligo
Ahí tu voz fue creciendo
Tal y conforme crecen los minerales en el jardín
                   El tiempo acarició tus pies
                   Con el poder del milagro
                   Y la cadencia del último siglo
Mara es una patria donde no hay sábados 
Y el río pasa y los colores están como cansados
Y las hierbas abundan hasta el espanto
Y los niños huelen a jazmín
                   Aún recuerdo el brillo de tus uñas persas
                   Aún recuerdo el mármol donde bañabas 
                   Tu alegría cada vez que la música
                   Se inventaba a sí misma 
Es por eso que estás hecha
Con todo el universo de lo perdido
O en ti se ha perdido todo el universo
Al final ya nada importa si la historia
Tiene ojos negros y símbolos intraducibles
                   Me han contado que en esa tierra
                   Tus abuelos y los míos están esperándonos 
                   Como un plato de bermejas flores
                   Y con una llave para desoñar lo soñado



A LA MEMORIA DEL MÁS BELLO GUERRERO

A Pascual

Seguro que él nunca se propuso
Conquistar ni al tiempo ni a la aurora boreal 
                  Seguro que él nunca creyó en la suerte 
                  De las palabras en la boca de un ángel
                  De un ángel erudito pero domesticado
                  Dócil como dado para hacer trampa
Seguro que él no supo viajar con angustia
Y mucho menos supo si Trakl se orinó de miedo
En la batalla de Grodek
                  Seguro que él nunca viajó en las alas de la nada
                  Y jamás se enteró si había olvido
                   En un rinconcito de Macondo
Pienso en él desde otro país
Trato de verlo como mis ojos ecuestres
Como un ser que nunca probó
El fruto del árbol polvoriento
                   Lo imagino cabalgando en el lomo esencial
                   De las cosas más simples
Lo imagino ponerse a la cintura
Frescas agonias de setiembre
Con tal que olvidaras al ayer
Y los nombres de la inocencia
                    Lo imagino cruzando una calle cualquiera
                    Sin saber que su sangre podria perdurar
                    Como el amancer en Edimburgo
Estoy seguro que él es el mismo sándalo
Así como estoy seguro que el Oeste existe
Que la noche esta enterrada clandestinamente 
Que la luz de la vela arde como un huyaco
Y quema como la noria de tus besos.


LUZGARDO MEDINA EGOAVIL (Arequipa 1959 - 2015)

Fundador de la revista «Eclosión» en la década de los 80's. Periodista activador de conciencias, incansable ecologista, defensor del folklore y los derechos humanos. Ganador de innumerables premios a su labor como poeta y compositor. Publicó los siguientes libros: «Las bodas del dios harapiento» (Editorial Rosas - Arequipa 1981), «Cuervos en Sodoma y Gomorra» (Editorial Egrentus - Arequipa 1983),«Contra los malos presagios» (Editorial UNSA - Arequipa 1995), «Ad libitum» (Lluvia Editores - Lima 1996), «Avatar» (Editorial UNSA - Arequipa 1996), «Rostros del sueño» (Editorial UNSA - Arequipa 2005), «Nada» (Editorial UNSA - Arequipa 2007), «Cronología del equilibrio», (Editado por el Instituto Nacional de Cultura - Cusco 2008), «Bajas pasiones para un otoño azul» (Editado por Petro Perú - 2008), «Alegorías para un amor gitano y una carta para César Moro» (Editado por Petro Perú - 2014).  


De izq. a der. Filonilo Catalina, Jorge Astete, Leo Cáceres, Luzgardo Medina, Marco Fonz y José Córdova


lunes, 11 de mayo de 2020

LEMY MARZOLINI: «Los engranajes perversos»



UN ROSTRO EN DADOS EXTRAÑOS


¿A qué lugar debo lanzar estos dados con rostros vacíos?
El mundo que murió estremeció mi alma
y no he podido levantarme en tres milenios.

De nuevo ese cosquilleo,
la extraña sensación de haber nacido
en algún pantano incrustado
en el ojo fotográfico del pulpo extraterrestre.

Un círculo estridente
en los aullidos del perro deforme
en completa incandescencia.

Devolver, devolver.

El oro arrebatado a los corsarios intergalácticos
del cementerio de arrecifes y ruinas
en mutilaciones astrales.

Yo conocí a un viejo lúcido
que no precisó leer ningún libro
para verter su veneno contra el universo
luminoso y precario.

Extraño mucho a ese viejo

Ahora muerto espero haya encontrado la paz que no anhelaba.


 
RUBICÓN

Los danzarines de silicio derretidos sobre la arena
El relámpago furtivo
Tu obsesión incurable de desarticular tus planes más meticulosos
Las monedas envenenadas en el crisol enajenado
Soledad inasible
Siniestras máscaras de cera embellecidas
con polvo de ataúdes grasientos y grotescos
Los filósofos convencionales
apropiándose de las cucharas, la almohada y el alcohol
Imperturbable brillantez de neuronas dóciles
vivificadas en garras ancestrales de leones alados
Cuchillos incrustados en cirios antiquísimos
Los textos perdidos en ensoñaciones abstractas del fuego
Inextinguible de grietas cerebrales
Languidez prematura
Fruta pestilente para marginales embotados, látigos y latidos
Tus héroes infinitos, fuente principal y engranaje
Ciudad papel
Fiebre estalactita
¡Fisión, ignición y explosión!

                                             

BÚSQUEDA

Un muerto resplandeciente
en tu mente
Búsqueda intermitente.

Una espina sutilmente
clavada en tu corazón
Sinfonía inerte.

Laberintos crispados, ennegrecidos
en el sendero distante
Cenizas fugaces.
Ficticias creaciones
derretidas al calor del tiempo fantasmal
Miradas melancólicas.
¿Por qué no cumpliste tu promesa?



DESCENSO

He descendido nuevamente
con la soledad impregnada
al barco naufragado
derruido en el albor primigenio
Infancia mutilada
Siniestro escalador de
arenas humeantes
Senderos resplandecientes
de seres inefables
Chispa incandescente
Fantasma estrellado
en la inmensidad trágica
Sutil flama envuelta
en gélidos abrazos desnudos

La quietud traslúcida
He descendido para no volver
volver
volver
volver


EMBRIAGUEZ A LO BONZO

Mi aciago sistema solar ya no requiere
aquella salud de clarines resplandecientes

Continentes poblados de catedrales
terriblemente hermosas, vacías, lánguidas
No volverán las mentes repletas de claroscuros en árboles
carnívoros, endurecidos, vueltos hacia el sol invicto

¿Cómo te recordaré?
Todo el dolor de las brisas glaciales, estremecidas
Derrotadas en cálidas manos extrañas

Se lo ruego:
Volveré a las fosas comunes
de mis ancestros impertinentes

¿La noche?

Cuántos han perecido bajo tu manto inmaculado y feroz

No hay paciencia, no hay paciencia

Damas y caballeros
aconsejad al sabio mundano de cabellera inextinguible
Perpetuo retorno a huesos dóciles

¿Quieres otra metamorfosis?

Con los vicios atenuantes
de cocodrilos caníbales, empequeñecidos
con egos volubles y azules
El inmenso chirriar de pasado/futuro
encerrado en algún lenguaje críptico
fatalidad sutil

¡Maldita sea, devolvedme mi embriaguez a lo bonzo!


LEMY MARZOLINI(1990)


Nacido en algún lugar del sur del Perú. Autodidacta. Él sostiene que: «Llevar un nombre, asumir un destino es la mejor manera de asegurarse un hundimiento». Estos poemas pertenecen a su libro inédito: «Los Engranajes Perversos».

Foto: «El Aleph», obra al aerógrafo by H.R. Ginger.