lunes, 29 de agosto de 2022

dos poemas: MARCELO CANAVIRE





RÍO

Cargo la piel con esfuerzo 
el sol me lanza brisas frías
se me olvida exhalar
cierro los ojos nublados
y el pasado retruca

El Cachimayu suena
tengo las manos pequeñas 
le temo a las ramas que trae el río
a la orilla de piedras medianas
a caminar sobre ellas
descalzo 
de noche
la fogata no ilumina
forma penumbras que gritan
que acusan y bailan 
me empujan a la orilla

el río me llama 
con timbal de piedra
saldo una deuda casi extinta
bebo el río
él estira el brazo 
y me lleva.



MUDANZA

Y hubo tal silencio el día, que nos tocaba olvidar
que de tal suerte, yo todavía, no terminé de callar

Silvio Rodríguez, "Ángel para un final"


un poco profundo 
agujero en la tierra
turba negra
y gusanos 
para acoger
                     tus bronquios
                     tus raíces
y los sueños 
que todavía no escribes
para que cobren fuerza
y un día
extiendas la mano
tomes una nube
extraviada en su rebaño
exprimas su lluvia
acaricies tus musgos
devores mil hongos
y chasqueando 
tus ramas
al viento
llames una bandada 
de recuerdos
cada junio.


Estos poemas fueron extraídos del poemario "Timbal de piedra" de Marcelo Canavire Castillo. El libro fue editado por Llamarada verde, en Santa Cruz - Bolivia, el año 2022. 


MARCELO CANAVIRE CASTILLO
(Sucre, 1976)
Poeta, arquitecto y docente universitario. Formado en arquitectura en la Universidad Mayor de San Simón, cursó posgrados en Educación Superior y diversas especialidades técnicas. Graduado del diplomado de Escritura Creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz (UPSA) y ha participado en diversos talleres de poesía y filosofía. Forma parte del taller de poesía Llamarada verde, y ha realizado lecturas en festivales, encuentros y espacios gestionados por diversos colectivos poéticos de Bolivia. Este es su primer libro publicado. 









viernes, 12 de agosto de 2022

Italo Passano: «ENVANECIDO»





El síndrome erotomaníaco se caracteriza por la convicción delirante y persistente de ser amado. El paciente normalmente es del sexo femenino y cree recibir mensajes y señales del objeto amoroso, que suele ser un hombre de nivel socioeconómico más elevado, y muy a menudo casado. Los rechazos por parte del objeto son interpretados como evidencias de amor hacia la paciente (conducta paradójica). Algunos autores han descrito la que denominan 'Erotomanía limítrofe' o 'borderline', que estaría caracterizada por los siguientes criterios: 

I. Cactácea: Sentimientos de ser amado (no ideas delirantes). 
II. Puñuy: Historia de contacto mínimo con el objeto. 
III. Enamoraerizo: Historia morbosa de celotipia contra el estado de abandono. 
IV. Sisífilo: Respuestas agresivas. 
V. Envanecido: Narcisismo, histrionismo, paranoide, conductas de evitación, aislamiento social.

ASOCIACIÓN PSIQUIÁTRICA AMERICANA 




“…Atados en la guerra del fuego 
a las intensidades de un ser que no entendemos 
Nuestro nuevo yo…” 


Envanecido, sentado, 
carne acumulada en la irreverente silla de tres patas 
que no puede volar. 

Metaparasexual deseo: 
Calibrar tu pineal 
Además de saborear el lecho 
serás perdonado - aléjate del éxito 
No menciones los placeres de la nuca 
El ahmor no debe saberlo 

No retrocedas a la vida por debilidad. 
Diremos que el cordero ha confundido 
                                                          la soberbia con devoción 
Cabalgo sin pies, me sumerjo, es espantoso 
escucho al conjuro floral de mis deseos:


7 


“¿Como reconocernos después de morir?” 


No has muerto totalmente 
Te esperan desgarramientos 
progesteronas fósiles 
secretos ambivalentes 
y fetos decodificados. 

No existen declaraciones formales de guerra. 
Soy un cadáver en el cementerio púbico 
que amenaza con trozos de sábila 
y así hiere tanto como sana. 

Puedo ser padre, madre, un profeta elegido. 
La certeza de la muerte entre nosotros. 
El magma de los finales cortos, 
llenando la luna de cocteles astrales, 
fluidos inmortales en los que nos bañaremos 
como animales extintos de esta generación


15 


Devuélveme la pureza 
Madre de lo absurdo e indoloro. 
He menospreciado mi útero por tanto tiempo. 

Al ande fueron mis glóbulos, 
al hoyo las esporas 
porque al gritar: 
¡te necesito más! 
En sí pido verte, 
hurgar entre lo mundano, 
en la trampa que mece 
de espinas la laguna 
es~pe~rán~do~nos

Anciana, 
te despojas de toda sexualidad. 
Eres la última coloración del desierto, 
y estas tus semillas 
que no encontraron el amanecer


18 


Con las manos en la tierra 
parece recuperarse después del aplauso. 
Flor de fuego encendida se desliza por su corteza 
y mata el capricho lunar del despertar 
que en silencio y mes a mes perfora mis manos. 

Renacer no es suficiente. 
La ensoñación primitiva nos da elegir: 
apasionarnos o la regeneración 
único lago donde sumergir los pies es seguro 
Soles y lunas resuenan sobre bondage 
Símbolos circulan como sangre 
rociada sobre una multitud agachada
Es la entropía, 
no imagino otra música 
cuando me toma por la cintura 
y camina a mi lado



31 


Apuñalo el corazón del ángel sangrante 
de los animales que llueven de los muros 
de las vírgenes perfumadas en los desagües, 
llanto febril al robar un pan
 y destruir las carreteras donde el espíritu 
fue esparcido en distintas lenguas. 

Sin emoción al morir 
floto lentamente como una mariposa de fuego 
olvidada en las montañas por ser poeta 
Por creer que las carnes son más preciadas 
que el mismo ahmor



Estos poemas fueron extraídos del poemario Envanecido, editado el 2016 por Kunah Co - Laboratorio Editorial. 




martes, 26 de julio de 2022

MILIDA CASTILLO: «Mujer raíz»





MUJER RAÍZ

Existe la mujer en el equilibrio de un niño
en la espuma obsidiana del lago

está señalando su luz libre y vertical
va alumbrando el techo, las esquinas
la inercia de la olla, el fondo del pan.

Está dispuesta a surcar
la vena nativa del Sapicani.

El gran teatro rural corea tu ser
ser mujer, ser madre
         
             espera la respiración del lago
marca el infinito fogón de tu vientre

el pañal verifica el dolor
duele la carne tiritante lejos del Sol
quizá cerca del Sol...
   
tanto que al amamantar a la guagua, al apu
al que será alcalde, poeta, cura o pescador
destinas el crecimiento de la carne 
de los músculos de esos ojos 
que nos darán su nombre
diminuto o grande.

Mandar, dominar con tus mamas al cielo
ese vuelo posee tu fuerza 
se distinguen tus alas

tus mamas reconcilian la inercia con el movimiento
no solo tomará una taza de existencia
si no tu leche fresca que da el movimiento
una     vida     dos   
                                toda 
                                          la humanidad.

Tienes Dios, tienes Raíz
ese Dios se parece a María Huanca
tiene sus músculos
en los que descansa su lógica

vida en secreto
carne de oro

hasta dar ser a la nada. 

Los andes aumentan en ti
allí crecen de pie los huesos
aprenden a caminar
suben y bajan
sin saber cuándo
ni cómo empezaron a gatear.

Tu lenguaje intuye el diálogo
no hay nada afuera que descubrir 
la primera palabra está muy adentro
gimotea en rondas de ancianos.

La eternidad altera las demás eternidades
reglamenta la totalidad de la vida
los árboles de las etnias crecen

semilla en el surco
niño en el vientre

la comunicación es cobriza 
y nuestra victoria es aymara.

El mundo de las alas erupciona tu sonrisa
va hasta allá para curar los órganos del sol
hasta enfriar su frente 
para que no se muera de soledad.

Eres necesaria en el sistema 
primario, vegetal y animal
llenas el espacio interestelar 
la ciudad, el extremo magnético del niño
las zonas olvidadas de la mesa y el mercado.

Alrededor de ti erosiona
la aspiración del cóndor
conviertes puñados de Sol 
                                           en quispiño.

Cuestionas el anochecer 
y recepcionas el despertar
ésta es tu alegría
cacareando en el patio.

La creación tiene tu cara 
y tu pensamiento
físicamente profundo 
hasta conformar un átomo en tu cuerpo
enseñando a salpicar la ciencia de los achachilas
en la pizarra de Saturno.

La hormiga recoge tu templo
carga el Huajsapata en sus espaldas
para no abandonarse en hambre 
tú estás arreando el Sol
de allí saldrá la patria
columpiándose en hombres libres.



PUEBLOS MUERTOS
(Lluxlla)

Hoy la catedral se ha abierto
los muertos están haciendo otro pueblo
han herido al dólar con un clavo rojo
y aún no mueren
porque los vivos están inermes
demolieron los sentidos
que los comen tres veces
y siguen comiendo más
porque los vivos no comen.

Anoche mismo 
alguien lloró una despedida
porque no alcanza la mesa
y le sudaban las sienes.

Pensándolo bien
éramos tantos tontos
sordomudos y cojos
mirándonos agonizar
todos los días
son los muertos los que piensan
los vivos solo aúllan.

Mañana
si los muertos hacen pueblo
todo será distinto.



LA CASA EN EL CENIT 

La casa en el cenit del universo 
con su penitente cabeza de paja
el duelo del mechero 
derrama una lágrima de fuego
el fogón hace clarear los sueños 
y el amor entre los hombres
enciende antorchas en el cielo

explosiona el dolor
explosionan los huesos

dentro de los corredores de la furia
por rutas diferentes se van pedazos de calma
flores y miradas se marchitan
en el tronco de la prueba.

La ausencia de un Dios
hace callar los gritos
del aire y los sentidos

abismos de fuego se abaten
dentro del cuarto
hasta juntar la palidez
en la piel de los meses.



UN PUEBLO ATARDECIENDO

La forma solitaria de tus calles:
un borbotón de chozas estancadas
me habla de los ribetes del cerro,
ese olor a cocinas acostadas en el dormitorio 
pone el comienzo del olvido abundante,
un mar de ropa encanecida 
rompe el sueño de la Juanita Quispe,
las viseras de los techos 
engrandeciendo a la lluvia
        
               la lluvia en su violencia  
se suicida al verdor de las plantas
al pie de las gallinas enfermas 
(dicen mucho de lo que no comen)

La humanidad en el tren de la noche
intenta retornar a la vida,
al incendio del día gimen los mercados despeinados, 
ya no tiene más vestido que el azul de su pollera,
frutas moribundas al peso insolente del sol,
la canasta repleta de aire carga agachadas calles
la cerveza muestra su cara alegre
y acá el viento bajando 
el sol a pedradas.



PERDER

He perdido un árbol,
he perdido un camino
se han ido de mis manos los ríos 
y he perdido todo
desde mis cabellos hasta mis venas
desde mi piel hasta mi sombra
he perdido lo que hubiera podido ser

             lo que soy     he perdido

hasta las ganas de estar al Sol
el Frío se ha ido de mis venas  

qué no he perdido que me falte perder

si la vida la busco en cada parte 
es porque también la he perdido.

Puedo perder una vez más
si en eso que pierdo
encuentro tu rostro y tu amistad 
no he perdido nada. 



Estos poemas fueron extraídos del libro "Mujer Raíz", editado por Jonathan de la Riva, Josué Paredes y Miguel Paredes Soto: "Promociones Tierra Adentro" (Arequipa, 2020), y señala que se trata de una publicación póstuma de la poeta. 

Homenaje a Milida de parte del programa "Tierra Adentro"


MILIDA CASTILLO VILLAGRA

Nació en Juli (Puno). Fue alumna de la primera promoción del Centro Educativo "María Asunción Galindo". Cursó estudios superiores en Arequipa y los culminó en Puno. Fue trabajadora social en temas de salud; también fue docente universitaria. Impulsó numerosos grupos de danza y junto a su esposo, Miguel Paredes, formaron el dúo de canto latinoamericano "Ríos Profundos", y condujeron el programa radial "Canciones de Tierra Adentro" , en radio Constelación. Falleció en Puno la mañana del 4 de agosto de 2009. 




Pintura: Tilsa Tsuchiya, "Ser mítico" (1971).
Foto: Miguel Paredes, Milida Castillo y Jonathan Stevens.

miércoles, 15 de junio de 2022

LIDIA CAYO: «Cemento S.A.»


 


        Había faltado con gravedad a las normas de la empresa. Por ello lo hice llamar a mi oficina, para seguir manteniéndolo como un trabajador. Él entró algo apenado pero confiado en que la mujer le daría otra oportunidad si la convenciera por su lado sensible y maternal.

—Tiene usted muchas quejas de parte de los otros trabajadores, dicen que se va encima de sus compañeros estibadores, echando golpes y rabietas descontroladas —inicié la reprimenda.

—Solo cuando ellos quieren ofenderme o humillarme sin que yo haya dado motivo o incitado al alboroto —trató de poner en defensa sus argumentos.

Le sugerí mantener en armonía las relaciones laborales con los demás o su reincorporación sería imposible. Le advertí que las normas eran bastante claras en la empresa Cemento S. A., para la que yo trabajaba como regenta desde hace algún tiempo.

Debe notárseme en la cara la preocupación que tengo de trabajar aquí, tragándome el polvillo y el ruido de tanto tráiler equipándose de material para su comercialización o transporte a obra; sé que soy sujeto de burlas y quejas, pero igual soy regenta y les hago llegar a todos el anuncio de que un capataz ha fallecido y que asistiremos en grupo al funeral por la tarde, después de haber embarcado todo el material.

Fue mi último comunicado a ese escuadrón de cargueros, todos intrigando volvieron a sus posiciones de trabajo. No me agradaba dar esa clase de noticias, menos marchar a presenciar un funeral, es aceptable que todos los días mueran las personas, pero estas muertes me impactan en el pecho desde que llegué a trabajar a Cemento S.A. Estoy enterada de que aquí los estibadores de cemento trabajan por lo mínimo nueve años por propia voluntad, luego se quedan los que aguantan por el peso de la necesidad económica y muestran resistencia unos seis años más. Por compasión se les da el cargo de capataz que significaría que ya no cargarán o descargarán sobre sus hombros bolsas de cemento a los tráileres o conteiners con el riesgo de que alguna de estas bolsas se desgarre o se caiga por la mala manipulación de la grúa mecánica. Siendo capataces solo darán órdenes y contabilizarán las toneladas de envíos. De estos capataces, pocos siguen, sufren un largo tratamiento costoso por la formación de hernias discales de todo tipo, hasta han llegado a tener tres hernias en la columna sin ningún control ni tratamiento por parte de la empresa.

Fuimos al funeral todos en autobús, apachurrados por el excesivo número de trabajadores. Escuchamos el sermón del párroco formados en una columna, dimos el pésame a la viuda y sus tres hijas, algo que no quiero recordar. La familia no pasaba de nueve personas, esa era toda su gente, por eso decidí dejar a los chicos acompañando en las afueras del cementerio bebiendo en un ruedo de sillas a la intemperie, hablando del magnífico padre que era el difunto (debió serlo para soportar tantos años de su vida como estibador de bolsas de cemento para asegurar la educación de sus preciosas hijas), del magnífico compañero de trabajo que fue (hipocresía y honras a destiempo). Era de esperar que alguien debía estar al frente de la empresa, por lo que ordené que regresáramos. Éramos cuatro en las instalaciones de la empresa, en la oficina me precipitaba a pensar si mañana ya no abriríamos los ojos, todo era confuso, la muerte lo era.

—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó el estibador (al que antes había reprendido) sin que pidiera permiso para ingresar a la oficina.

—No tienes otra opción, ya estás dentro —le dije revisando unas facturas de la mercadería.

—Es una pena que se haya ido el amigo, era fuerte y pospuso a su esposa y a su hija, quería obtener su liquidación para luego dedicarse a ellas, pero así es la vida —esbozó con profunda tristeza—, si yo amara a alguien no pospondría al amor.

—Entonces debes dejar este trabajo —le dije.

—Seguro estoy de que será aquí donde encontraré y amaré a alguien por eso no me voy, así me despidieran rondaría en los alrededores —dijo sin temor. 

—Qué quieres decir, seguro que en esta oficina no ocurrirá nada —le dije enfática, entendiendo el doble sentido de sus palabras.

—Me gusta usted desde la primera vez que llegué aquí —dijo sin titubear causando una fuerte impresión en mí, a leguas se notaba sus profundos rasgos indígenas, el gesto de un duro joven del campo donde el frío intenso maltrata la piel, además era iletrado.

Normalmente él era tosco al hablar, eso contrastaba con su buen físico, delgado, pura fibra muscular pegada a sus huesos que se ha forjado a punta de esfuerzo y sacrificio como cargador de bolsas de cemento de 42.50 kilogramos. Sus mejillas estaban quemadas por el trajín bajo el sol durante doce horas diarias sin parar, gota a gota discurría el sudor de su frente y también de sus axilas. Era un cargador sudoroso y empolvado con micro partículas de cemento, con la mirada perdida, confundido en la fatiga del hambre y la miseria; eso enfriaba mi deleite por el sexo opuesto. Alrededor de su cintura llevaba tiras de talega blanca o fajas de látex proporcionadas por la empresa en prevención de hernias. La esclavitud moderna y voluntaria que uno elige pesimista y autocompasivo, en resistencia ante el fracaso inminente del desempleado al que le llega el lento devenir de la muerte.

—Eres mi jefa cuando estoy en el frontón (el área de cargamento), pero aquí no estoy en el frontón.

Nada presagiaba lo que iba a ocurrir esa tarde, a no ser que surgiera otra pelea propiciada por el ataque del compañero socarrón y racista que de continuo dejaba su oficio para ir tras el estibador y farfullarle en sus oídos motes burlescos. 

—Debería pensar antes de dirigirse a mí con esa insinuación inapropiada —di la vuelta al sillón giratorio sin descender las piernas cruzadas. Una mirada carnal pareció desnudarme dejándome en vergüenza, me intimidó con su postura de pie, acercándose a mí. Me llamó la atención que alguien nos pudiese ver, a pesar de que estábamos los dos solos en la oficina y los otros empleados aguardaban en el frontón, todo el contorno estaba sin vigilancia.

Lo observé y esta vez me pareció un hombre joven y sensual, eso me produjo un reflejo placentero en mi estómago e irradió en todas las terminaciones nerviosas de mi vértebra llegando a la culata fogosa. Me cogió de la cintura y me transportó con esa fuerza por los aires y me ubicó contra la mampara de vidrio que separaba la oficina del directorio, con rudeza me habló: «Voy a rematarte en este matadero fino como tú, sé que no dirás nada pues tú también lo quieres». Me sentí vencida por un ser dominante. Si este hombre anónimo, como lo son millones de obreros para el capitalismo, no disfrutaba del bienestar económico por lo menos le quedaba el consuelo de gozar de la ventura del sexo. De inmediato le ofrecí mi trasero turgente, él remangó mi falda, descubriendo mis medias de nylon sujetadas por tirantes y ajustadas a mi braga de encaje negro, lo que producía en mí una sensación de maestría en la sensualidad y a él seguramente le producía la erección de su ampuloso falo impulsado por la sangre hirviente que fluye en los cuerpos cavernosos de sus genitales estimulados por la lencería, que quizás le había sido esquiva a su visión hasta ahora. Mis manos alzadas dándose contra la mampara, la blusa negra entallada resaltaba mis pezones, los que se translucían en el vidrio, los tacones firmes sostenían sobre sus agujas mis piernas abiertas, solícitas a la tiesura fálica de aquel lozano varón, él agarró mis caderas y las zarandeó contra su cuerpo flaco, puro músculo, y me penetró mediante la contracción y distención apresurada de movimientos ondulantes, desde la cintura hacia los muslos, provocándome aullantes susurros y agitaciones vociferantes —sí, sí, sí, sí…—, su viscoso esperma caía en la alfombra, nuestros movimientos fueron volviendo a la normalidad, el empleado de Cemento S.A., sin vergüenza, guardó su desinflada y reducida erección adentro del calzoncillo, cubriéndolo por la bragueta irredenta de su pantalón, en cambio a mí me bastó un solo movimiento para bajarme la falda de las caderas tratando de planchar con las palmas de las manos las rugosidades que se formaban en el tafetán negro.

—A que no me dejarás desde ahora —comentó lisonjeado.

Pausando unos segundos que se hacían eternos debí arreglar una forma sutil, menos drástica, de decirle mi sentimiento en torno a lo ocurrido. ¿Cómo le diré que yo vuelo en libertad, que él solo fue un fantasma en erección de noches de hogueras fornicadoras?, me pregunté a mí misma.

Pues tuve que decírselo. «No imagino que los hombres me olviden, no temo ni a la muerte misma, es poca mi vergüenza y nulo el arrepentimiento. Espero me entiendas y no te pongas complicado. No ha significado nada tenerte entre mis piernas». Volví la espalda acomodándome en la posición anterior cruzando las piernas, haciendo girar la silla levanté la mirada serena. «Zózimo Quispe Mamani, por qué te contentas con ocupar un lugar marginal en el seno de esta sociedad esclava del capitalismo, del que ya vaticinamos su deprimente final. Antes de que la continuidad llegue al punto culminante te enseñaré a leer», le dije con dulzura. Solo vi su sombra marchar después de ese coito breve y brusco.



Este relato pertenece al libro Efluvios de la narradora puneña Lidia Cayo, que vio la luz en mayo del 2022, en la ciudad lacustre, gracias al esfuerzo de Kunah Co-laboratorio editorial y la bella luna de fresa. La presentación del libro se realizó en las instalaciones del Club Kuntur de Puno y los comentarios estuvieron a cargo de Alexánder Hilasaca y Diana Laureano.


LIDIA CAYO VELÁSQUEZ

Nacida en Puno. Es autora de la novela Radiografía del silencio, que fue publicada el 2016, en Arequipa, por el sello editorial Doce Ángulos y presentada ese mismo año en la programación del "Festival Poético Doce Ángulos", acaecido en noviembre del 2016.

Foto: Mariana Montrazi
Foto 2: Portada de Efluvios.

lunes, 23 de mayo de 2022

«TRILCE»: Selección personal de poemas






X

Prístina y última piedra de infundada
ventura, acaba de morir
con alma y todo, octubre habitación y encinta.
De tres meses de ausente y diez de dulce.
Cómo el destino,
mitrado monodáctilo, ríe.

Cómo detrás desahucian juntas
de contrarios. Cómo siempre asoma el guarismo
bajo la línea de todo avatar.

Cómo escotan las ballenas a palomas.
Cómo a su vez éstas dejan el pico
cubicado en tercera ala.
Cómo arzonamos, cara a monótonas ancas.

Se remolca diez meses hacia la decena,
hacia otro más allá.
Dos quedan por lo menos todavía en pañales.
Y los tres meses de ausencia.
Y los nueve de gestación.

No hay ni una violencia.
El paciente incorpórase,
y sentado empavona tranquilas misturas.



XII


Escapo de una finta, peluza a peluza.
Un proyectil que no sé dónde irá a caer.
Incertidumbre. Tramonto. Cervical coyuntura.

Chasquido de moscón que muere
a mitad de su vuelo y cae a tierra.
¿Qué dice ahora Newton?
Pero, naturalmente, vosotros sois hijos.

Incertidumbre. Talones que no giran.
Carilla en nudo, fabrida
cinco espinas por un lado
y cinco por el otro: Chit! Ya sale.



XVI

Tengo fe en ser fuerte.
Dame, aire manco, dame ir
galoneándome de ceros a la izquierda.
Y tú, sueño, dame tu diamante implacable,
tu tiempo de deshora.

Tengo fe en ser fuerte.
Por allí avanza cóncava mujer,
cantidad incolora, cuya
gracia se cierra donde me abro.


Al aire, fray pasado. Cangrejos, zote!
Avístase la verde bandera presidencial,
arriando las seis banderas restantes,
todas las colgaduras de la vuelta.

Tengo fe en qué soy,
y en que he sido menos.
Ea! Buen primero!



XVIII

Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.

Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.

Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
más dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!

Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto, más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives,
a un niño de la mano cada una.

Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.




XXXIII

Si lloviera esta noche, retiraríame
de aquí a mil años.
Mejor a cien no más.
Como si nada hubiese ocurrido, haría
la cuenta de que vengo todavía.

O sin madre, sin amada, sin porfía
de agacharme a aguaitar al fondo, a puro
pulso,
esta noche así, estaría escarmenando
la fibra védica,
la lana védica de mi fin final, hilo
del diantre, traza de haber tenido
por las narices
a dos badajos inacordes de tiempo
en una misma campana.

Haga la cuenta de mi vida
o haga la cuenta de no haber aún nacido
no alcanzaré a librarme.

No será lo que aún no haya venido, sino
lo que ha llegado y ya se ha ido,
sino lo que ha llegado y ya se ha ido.



XXXV

El encuentro con la amada
tanto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblar bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
de pistilo en mayo, y su verecundia
de a centavito, por quítame allá esa paja.
Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña borda
con sus propias baterías germinales
que han operado toda la mañana,
según me consta, a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirlo y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lancinantes lechugas recién cortadas.

Otro vaso, y me voy. Y nos marchamos,
ahora sí, a trabajar.

Entre tanto, ella se interna
entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días
desgarrados! se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado
a su costado,
a pegar el botón de esa camisa,
que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!



XLI

La Muerte de rodillas mana
su sangre blanca que no es sangre.
Se huele a garantía.
Pero ya me quiero reír.

Murmúrase algo por allí. Callan.
Alguien silba valor de lado,
y hasta se contaría en par
veintitrés costillas que se echan de menos
entre sí, a ambos costados; se contaría
en par también, toda la fila
de trapecios escoltas.

En tanto; el redoblante policial
(otra vez me quiero reír)
se desquita y nos tunde a palos,
dale y dale,
de membrana a membrana,
tas
con
tas.



XLV

Me desvinculo del mar
cuando vienen las aguas a mi.

Salgamos siempre. Saboreemos
la canción estupenda, la canción dicha
por los labios inferiores del deseo.
Oh prodigiosa doncellez.
Pasa la brisa sin sal.

A lo lejos husmeo los tuétanos
oyendo el tanteo profundo, a la caza
de teclas de resaca.

Y si así diéramos las narices
en el absurdo,
nos cubriremos con el oro de no tener nada,
y empollaremos el ala aún no nacida
de la noche, hermana
de esta ala huérfana del día,
que a fuerza de ser una ya no es ala.



LXX

Todos sonríen del desgaire con que voyme a fondo, celular de comer
bien y bien beber.

Los soles andan sin yantar? O hay quien
les da granos como a pajarillos? Francamente,
yo no sé de esto casi nada.

Oh piedra, almohada bienfaciente al fin. Amémonos os vivos a los
vivos, que a las buenas cosas muertas será después. Cuánto tenemos que
quererlas
y estrecharlas, cuánto. Amemos las actualidades, que siempre no
estaremos como estamos.
Que interinos Barrancos no hay en los esenciales cementerios.

El porteo va en el alfar, a pico. La jornada nos da en el cogollo, con su
docena de escaleras, escala das, en horizontizante frustración de pies,
por pávidas sandalias vacantes.

Y temblamos avanzar el paso, que no sabemos si damos con el
péndulo, o ya lo hemos cruzado.



LXXV

Estáis muertos.

Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo
estáis. Pero, en verdad, estáis muertos, muertos.

Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del
zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la
sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que
la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.

Mientras la onda va, mientras la onda viene, cuán impunemente se
está uno muerto. Sólo cuando las aguas se quebrantan en los bordes
enfrentados y se doblan y doblan, entonces os transfiguráis y creyendo
morir, percibís la sexta cuerda que ya no es vuestra.

Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría
que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero, en verdad, vosotros
sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino el no haber
sido sino muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás.
Orfandad de orfandades.

Y sin embargo, los muertos no son, no pueden ser cadáveres de una
vida que todavía no han vivido. Ellos murieron siempre de vida.

Estáis muertos.




Foto: Rafael Alberti, Georgette y César Vallejo en París, 1931

lunes, 16 de mayo de 2022

MARINA IRKALLA: «Noema»





LA PARTIDA


Como el nervio que se adelgaza 
hasta ser solo una fibra,
un tallo único, 
una contracción infinita,
he decidido extraviarme.

Al frente
se descuelga mi cuerpo
como una fruta transparente
que cae sin remedio entre mis manos.

Pero no cae,
sino que se escurre,
indescifrable en su propia biósfera
como un inmenso piélago de grava
y sin memoria.

Bajo este desafío que resplandece,
mis extremidades sostienen aún
el tiempo
y su equilibrio,
pero aquí no existen los caminos,
y no puedo alimentarme de las rosas.

Poco a poco voy olvidando el nombre
de todas las sustancias,
voy perdiendo así el volumen,
el sentido del olfato.

Aquí solo el viento sabe de la piel
que abriga al fuego,
y del fuego desmigado de su aorta.

Por eso, cuando se enciende el murmullo 
de los insectos,
me incorporo y conjuro a los astros 
por vez primera
para que soplen hojas de menta en el día
y ascuas encendidas
por las noches. 



CARAVANAS


Las caravanas de sal llegaron una tarde
desafiando vapores,
trajeron consigo un laúd 
cuyas cuerdas temblaban con el viento
y una mujer de sombra que danzaba
todas las noches
al ritmo de la hoguera.

Los camellos jóvenes contenían su sed
en el claror detenido,
lamían sangre fresca de las lagartijas,
sobrevivían 
con la esperanza
de los espejismos.

Cierto día, levantando polvo crecido
en la superficie, 
hallaron una extraña criatura
abrazada a un tronco.

Con la boca apretada,
muerta con un gesto de horror,
guardaba entre los dientes
un rollo de papel destrozado.

Qué difícil fue extraer 
el mapa donde habitaba
el espíritu.



ALTA SED


Y he aquí que no habías bebido durante siete días
tratabas de tenderte bajo un árbol,
pero fue inútil encontrar su sombra
y solo acompañada del sosiego,
te dedicaste a hundir los dedos
contra las movedizas gibas
de la duna.

Todo en esta soledad se parecía a la luna,
a veces creías que tus dedos volverían
a la arcilla,
para estallar como pájaros de sal
de tanta espera.

Por esos días te consolaste 
contando las hormigas
que comerías de una en una,
ya habías adquirido la destreza en medirlas,
tan solo renunciabas a sus cabezas negras
que disponías en una hilera interminable
para saber que no estabas sola.



ELECTROVIBRACIÓN


Al despertar,
el sonido del primer canto 
poseía varias capas, 
martilleaba contra la pared del aire y
el tímpano
se hacía estrecho a cada eco,
pero alcancé a acariciar
las esdrújulas consteladas.

Resbalando

vi como incidía en la cúpula 
cada masa de carne magnética,
zumbaba el ruido,
se replegaba musculoso 
como un enjambre
expulsando colores y trucos de invierno,
crujían las gemas arriba:
la aurora se acercaba trayendo
en su cabellera
diminutos gusanos de luz.



PERCEPCIÓN


Fosforece la forma del silencio
y le devuelvo la mirada.
Ante él se descubren todos los objetos antiguos 
que presentían en la niñez,
como el tiempo, los gerundios y las cosas.
En la revelación más imprecisa
cada coma encuentra su lugar,
cada punto se sabe exacto,
cada línea esconde una verdad.
La tinta nace en el dedo y se expande
con la claridad de un astro 
hacia el nacimiento
del texto encarnado.
Si soplas una vela, se hace el día,
si soplas una vela, cae la noche:
es una sola flama la que teje el mundo.


Estos cinco poemas fueron extraídos del poemario Noema de Marina Irkalla, editado por la editorial Sol Negro, en la ciudad de Lima en octubre de 2021.





MARINA IRKALLA

(Piura, 1988) 
Graduada en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y máster en Gestión Cultural por la Universidad Internacional de la Rioja de España. Ha publicado Memorias del rayo (Plectro Editores, 2016), libro ganador del Premio Nacional Juvenil de Poesía Javier Heraud 2014, organizado por la Secretaría Nacional de la Juventud. Su libro, Un viaje imaginario, quedó finalista en el Premio Copé Internacional organizado por PetroPerú en el 2017. Textos suyos han sido publicados en revistas como Lucerna (Perú) y Ulrika (Colombia).

Foto 1: Taryn Elliot
Foto 2: Marina Irkalla