miércoles, 11 de marzo de 2020

Ditmar Castro: «GALERA AL EXTRAVÍO»





TRIPULANTE GALATEA

Busco la fragilidad de náufrago
entre miles dientes de león
por ese camino viejo
traigo los pies
como mecenas
de campo ajeno
andando cuando el gentío
duerme

Se rellena de tierra la muerte
con rastro a vino
nombrando a alguien
y perdiéndose en una
madreselva de una flor
con zafios grillos a través
de las ondas de agua

Con setas a espaldas mostrando
las minucias vestidas de lobo

Enemistado con las aves
marcho imitándolas 
planeando desde
un mástil atado
sospechoso de errantería
golpeando 
con martillos de un piano
sepulcral
aquí se emulan a naturaleza
porque somos
todo lo que se nos parezca
(barroco remedo)

CORO

Aquí la muerte se viste de niebla
herético
como el lloro gutural
de una recién nacida.




TRIPULANTE FILIS

Tengo la confusión de
advertirme tras un espejo
aparento ser una pintura
duplicada sin nombre
parida del estupor

Sentirme vapor en medio
del Sahara
siendo tragada por el vacío
como flama que se extingue
por falta de oxígeno

En río de sol 
que percibe
mi espíritu como
mauritano.



IV TRIPULANTE

Soy el loco que duerme 
en el viento de la noche y el día
calles abiertas
abiertas como fauces ballenas
(Cálido entre las aceras
acompañados de guijarros
sembrados como cañaverales)

Ese loco que le vence al tiempo
comiéndose a trozos su propio
cuerpo
Ese mismo
que por cumplir con una
promesa
se suicida
y nace con cada orgasmo
TENGO LA LOCURA EN LOS PIES

En la palma de las manos
en la suerte de los impúberes
abandonados
haraposo
mugriento
dándole la cara a la amada
multitud
En sus mil aromas y hedores
que emana mi cuerpo
en la mugre
de los asfaltos
hago míos
los pasos errantes
y mortales
soy de esos pocos dioses
que toparon su personalidad exacta.


LA ÚLTIMA MORADA TERRENA

Ya nadie llama antes de entrar
y solo las libélulas
se anuncian con manso zumbar
que aún alguien habita
que el vacío no es vacío
que en la mecedora
aún se apostillan manos rosadas
y niños con alharacosos ojos
jugando al conejo de hule
hacen hoyos despojados

Se observan mariposas de luz
haciéndole el amor 
a la inexistencia
es
la última casa
la última estación
la última morada
el último silencio
la última existencia
el último exilio del afuera
la penúltima barca 
de un naviero

CORO

Amor y Muerte
dos grandes sabios
se muere después de vivir
siendo el amor a la vida.



DITMAR CASTRO VILLENA: Poeta y educador afincado en Puno. Ha publicado «Neurastenias de un individuo solo» (Cuervo Editores, 2014, la plaquette «Isla de carne» (Cuervo Editores, 2015) y el poemario «Galera al extravío» (Rupestre Ediciones, 2017). Conforma también la Asociación Cultural Huajsapata desde el 2015. Formó parte de la muestra poética «10 poetas de un solo caño» (Cuervo Editores, 2014). 


viernes, 14 de febrero de 2020

Jaime Sáenz: «LA PIEDRA IMÁN»



V

Con ojos que no miran ya en la oscuridad uno avanza a campo traviesa en pos de la piedra imán.
En lo profundo de un hueco excavado por las lluvias reposa la piedra imán.
A dos pasos de un árbol descuajado por el rayo se abre la fisura en que se oculta la piedra imán.
A la vera de una tapia que sirvió de parapeto a los coraceros de Melgarejo en la batalla de Letanías discurre una vertiente de cristalinas aguas que solo encubren la oscura forma de la piedra imán.
Existe en el derrotero un punto impreciso que seguramente corresponde al misterioso túnel que por causas ignoradas fue abandonado en las antiguas obras ferroviarias y que según se afirma desemboca en la tan mentada cámara de mampostería en cuyas grietas precisamente mis enemigos podrían haber escondido la piedra imán.
Mucho me temo que los albaceas de la que en vida fue Albertina Tontini más conocida como Tontini Albertini de repente se me adelanten y por lo mismo que son tan hurguetes se les ocurra hurgar el ataúd que por puro cantor he dejado para el último y en que por idéntica razón actualmente reposo y si esto no es así no me extrañaría en lo más mínimo que por puro imbéciles y sin tener nada que ver con el mono se apoderen de mi cuerpo creyendo que se trata de la piedra imán.
Me han dicho que en la casa del nuevo diácono de San Andrés de Machaca hay una lata de sardinas debajo del catre de campaña y que en dicha lata precisamente se encuentra la llave de la famosa petaca en que el maldito Meneses habría ocultado la piedra imán.
El que fuma y adivina y el que zapatea y el que impreca y el que depreca y el que se aprovecha de los incautos y el que hace crujir a los cautos haciendo crujir sus dientes ha consultado la baraja y me ha dicho que me de una vuelta magnífica por el Montículo munido de una manzana de Adán a ver si no me salía al paso el Sapo que Pía que me conduciría a la mata de margaritas en cuya espesura quizá me esperaría la piedra imán.
El tal Perico Sillerico que no es sino un pobre de espíritu que se cree epígono de Milarepa y que se gasta una frente del tamaño de tu culo y un cacumen que brillas por su ausencia y que se las da de acólito de Quién Sabemos ha venido a tomar el té y so capa de alentarme y traerme noticias ha agarrado y se ha puesto a beber con asqueroso desenfreno para escarnio de mi pena y luego de reírse en mi propia cara se ha embolsillado mi diccionario de bolsillo y como si eso no fuera poco quién te dice que de repente no me dice que buscando en mis bolsillos a lo mejor no me toparía con la piedra imán.
He subido al calvario en busca de la palabra sabia de prepotentes brujos hechiceros que moran en tenebrosas concavidades y que se pasan la vida repantigados en gigantescos pedrones y que se alimentan de ásperas ortigas y de sutiles lagartijas y me han dicho que vaya a la tienda de una tal Ninfa Marina Cabrona a quien las malas lenguas precisamente llaman Ninfa Carmona Marín y que compre un huevo cualquiera dando ya por descontado que en el interior del referido huevo encontraría la piedra imán.
En reciente visita de cortesía a la Sociedad de Administradores del Bien y del Mal el notable literato ecléctico Juan Joseph Cortés ha tenido a bien disertar sobre los misterios de la piedra imán desde el punto de vista de la paciencia y con tono dogmático ha citado una sentencia que dice:
«Perdida la paciencia, perdida la piedra imán».
Mas yo cité una sentencia que dice:
«Perdida la impaciencia, perdida la piedra imán».
Y luego cité una variante que dice:
«Con impaciencia se gana la piedra imán».
Pero niñerías aparte, yo sostengo que por paradoja la paciencia se paga caro, al igual que la impaciencia
y sostengo asimismo que todo tiene su precio menos la piedra imán.
Por lo demás tengo mis razones para afirmar que la posesión de la piedra imán no depende absolutamente para nada de la paciencia ni de la impaciencia,
sino que la piedra imán es una cosa totalmente aparte
—y guay de los descreídos, digo yo para mi coleto.


Jaime Sáenz, «La piedra imán», (Editorial Huayna Potosí – La Paz, 1989)

Foto: Jaime Sáenz Guzmán "El Castellano" con Alfonso Barrero Villanueva "El Alquimista". La obra teatral se llama «Sábado de tentación».


miércoles, 12 de febrero de 2020

dos poemas: OSWALDO CHANOVE





UN SOL DIMINUTO

La sonrisa es un instrumento (tecnológicamente)
    avanzado
Es indicio de civilización
Es un instrumento violentísimo
(Uno puede sonreír y sonreír)
(Y ser un villano)
(Dice el sweet príncipe)
La sonrisa es perceptible (desde la distancia)
En tiempos de los cazadores (y recolectores)
Era urgente
Los (demás) primates (solamente) hacen ruidos
(Con labios y dientes)
Pero eso es efectivo (únicamente) en distancias
     (demasiado) cortas


ESCALERA AL CIELO

El alma inmortal es (extremadamente) apetecida
Por los antropófagos
En un sentido laborioso los poetas son
   caníbales (también)
Pero los amantes son los hambrientos
Por que los amantes lamen las pieles
Los poetas prefieren el simple hálito
  (como ignición)
Porque la energía del astro rey ha fluido
   (de un eslabón a otro)
(El tejido viviente ha sido pergeñado por el
    fitoplancton flotante)
Y cada salto es un drama (imprescindible)
Para los malditos fines del verbo


Estos dos poemas pertenecen al libro: «Plexo Solar» (Aquellare Ediciones, 2010 – Arequipa)

Ilustración: «The fabric of life» by René Campbell

lunes, 12 de agosto de 2019

PACO GOYZUETA, pincel emocionado





PACO EN PUNtO:

«Teta roja del sol, 
Teta azul de la luna»

Federico García Lorca


«¡Funambulista, cierra los ojos, desmaquíllate para verme! Yo soy el pequeño dios de la humanidad. Soy el verde hígado pagliaccio que danza en el centro de la paleta del mundo. Mira como toreo las adversidades, desciendo con firmeza, sintiendo los huesos de la calzada, algo me conduce al Titicaca para sentir la delicada dentadura de la tarde. Un hombre compungido despierta en un bar canoso, sus manos se han fusionado con el vaso y se produce una humareda solo para comprobar que el ciervo herido es el que más salta. ¡Funambulista, cierra los ojos, desmaquíllate para ver a Charly Lira!, ese bandolero del verso, coulrofóbico, siempre expuesto a peligros, que un buen día desapareció de pronto tras amenazar de muerte al dueño de los pinceles de piedra, ¿recuerdas? Y el pintor, entonces, atravesó las cadenas montañosas con su mundo en brazos, una, dos, mil veces, para exponer el osado virtuosismo de una maleta no ya llena de colores sino también de emociones por vez tercera. Me detengo a comprobar como las manecillas del reloj se quitan el sombrero en los salones de mi rostro y se sirven unas copas de vino acompañadas de rostros viajeros cuyo amanecer es el fuego, el mismo fuego que insufla vida a la hoguera que ahora nos deshoja calladamente ante el pincel mientras charlamos. ¡Funambulista, abre los ojos! Hoy le ha vuelto la voz al loco, ya mismo se pone a gritar y predicar en el mercado y esa escena te gusta tanto que todo te saluda, hasta la lechera de ese viejo sueño del dos mil quince, hasta esa carnicera romántica que destroza el cráneo de un cordero para el beneplácito de un soldado de la poesía, hasta esa vieja «Lady Gatusa» que ahora vive en uno de tus cuadros y se acurruca en las faldas de un heladero de plata que conversa desde el faro. ¡Ese es tu oficio, funambulista! tú has de pulsar esos botones, solo tú y tus diversas confesiones, tus disoluciones de conciencia e improvisaciones para hacer vibrar a los niños a los que les impresiona ver un cuerpo familiar, pero con una cara tan poco común. Y literalmente el cuadro cobró vida, funambulista sin ojos, te lo juro. Sucedió hace exactamente una semana en el cerrito Huajsapata (el mismo que nos amparó tres días de juerga en tu primera muestra en Puno). Tres auténticos viciosos protagonizaron uno de tus cuadros, el de los payasos que le dan una serenata a una pantera heroica que les muestra los pechos en señal de recibimiento y complicidad, en la otra orilla. ¡Lo he visto todo a través de una ventana del Coronel Barriga! Expresionismo, tan mentado, pero pobremente vivido en la corte de faraón Dadkeri Assi hace muchos siglos».

Y así mi mente fue regresando a la galería, a los amigos, lentamente, cuando de pronto alguien observó unos de tus cuadros y pronunció: «De tal Paco, tal astilla»

Espero que este sueño te llegue en punto.


Nota: La exposición «PACO EN PUNtO» se puede ver en la sala Francisco Montoya Riquelme de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Puno (Jr. Deustua 630) hasta el día 15 de agosto.

martes, 23 de julio de 2019

ALEXÁNDER HILASACA: «Libro del Harakiri»



3

ah, los gemidos 
de mi madre labraban
la luz de mi cuerpo


14

mi llanto se ha dignado
a vivir en otro rostro
ya no sé qué harán mis ojos


33

nací con el corazón viejo
con el rostro de piedra
que teme ser lanzado al mar


60

solo una vez la nieve besó
el rostro de los hombres
fue cuando mi madre cerró los ojos


114

la poesía 
trae dos cosas:
deudas y pedantería


126

el árbol es fuerte
en la tormenta
sabio en la incertidumbre


140

quién reclamará
mis huesos
la tierra o el fuego


«Libro del harakiri» (Editorial Amarti, Ayacucho, 2019) es el nuevo poemario de Alexánder Hilasaca, artista muy conocido en la Macro Sur peruana. Está compuesto de 162 haikus. Fue presentado en Puno el día 5 de julio del presente año en las instalaciones del Ministerio de Cultura de Puno, evento organizado por la Asociación Cultural Huajsapata. Otros títulos de Alexánder son: «Memorias de una verga» (2010), «Trece lascivas perversiones» (2011), «Para maldecir violetas» (Rupestre Ediciones, 2015), «Pájaro ebrio» (12 ándulos Editores, 2016), «Testamentos negros de Babilonia» (Rupestre Ediciones, 2017).

Pintura: «Harakiri» de Reynerio Tamayo. (Acrílico sobre lienzo, 165 x 115 cm).

miércoles, 3 de julio de 2019

dos poemas: YULIANA LUQUE RODRÍGUEZ



TÚ EN TU ATAÚD Y YO EN MI LAÚD

¿Y aquel será el vidrio despintado del amor?
Mi alma vibra envuelta en tu corazón,
mi sonrisa última te la dedico hoy;
pues mañana no estaré muerta.
Tú seguirás en tu sarcófago;
y yo seguiré en mi recinto azul.

Seguiremos juntos, amor.
No importa: tú en tu ataúd
y yo en mi laúd.
No importa: tú, pálido y frío;
y yo cálida en tu sombrío.

Ya es de día y sigo viva,
es de día
y tú aún penas por un beso
beso prohibido entre muerto y vivo.
Además tú y yo
estamos juntos, aunque se solo en sueños.

                      Tú en tu ataúd y yo en laúd.


MI PECAR

Mientras al compás modele la belleza
y el cálculo agrupe recóndita estela;
la luz seguirá siendo tibia e inmensa
y la noche seguirá en la llama seca.

Mientras ande por las pesadillas
tú, ve y sueña;
no importa si es con ella;
yo deleitaré belleza y un poco de pena.
Buscaré más el rastro que deja detrás
y deslizaré por ella mi pecar.


«Flor de relámpago», es el primer poemario de la joven Yuliana Luque Rodríguez. Fue editado por Inkarri Editores (Cusco), en abril de este año. Contiene un prólogo del poeta y crítico Rodolfo Sánchez Garrafa. El libro fue presentado en junio, en la Feria del Libro de Puno 2019, con los comentarios del catedrático José Luis Velasquez Garambel y Rony Bernaola, el editor.

domingo, 2 de junio de 2019

FEDERICO MORE: «Oración fúnebre del amor completo y de la mujer perfecta»




Jamás pudiste pronunciar bien o en mediano español el nombre de quien mereció la gloria y la gracia de tu amor último. Deja, Marcela, llamarte en español. Para el amor, todos los idiomas son mal francés.
 Te conocí en las postrimerías de tu primera juventud, la única maravillosa y, por maravillosa, tuya. Hoy, cuando mi segunda juventud termina, debo dedicarte un ardiente y emocionado recuerdo.
 Te mataron el amor y la alegría. Te mató el alegre vicio de amar. Tu único disgusto fue la tumba bajo tus ojos verdes cuando apenas tenías diecinueve años. Infelices los sobrevivientes.
 De tu aldea mediterránea llegaste, una tarde brumosa y húmeda, a la gran ciudad mercantil y galante; a la fantástica Buenos Aires, devoradora de belleza y energía. Caíste como un jazmín en una nebulosa. Lucía tu cara los colores adolescentes de las vírgenes antiguas. Tu boca era fina y optimista. En tus ojos irradiaba la córnea azul de los recién nacidos. Tan bonita surgías y los hombres te miraban de tal modo, que al fin descubriste que tu destino era el amor. Ninguna mujer bonita se opone a su destino. Oponerse al destino, Marcela, tú lo sabías, es el amargo destino de los hombres inteligentes. 
 La gran ciudad donde la multitud no mira a nadie, te concedió un momento de gloria venusta. Entre los miles de mujeres hermosas; entre los cientos de miles de mujeres elegantes, tu figura sencilla y pueril tuvo la triunfal resonancia de una gran noticia en un diario de la tarde.
 En tu primer templo —Corrientes de San Martín a Cerrito— compartiste con otras divinidades la adoración de los hombres. Luego, cuando aquel viejo millonario renovó en tus ojos sus deseos, señoreaste en el cabaré. Durante un tiempo infinito de seis meses —quién sabe cuánto son seis meses en Buenos Aires— fuiste reina de la coruscante sala de baile. Te pertenecieron el mejor vestido, el auto más caro, la joya más linda. 
 Al influjo de tu risa infantil se aplacaron las disputas. Ningún hombre —ni aun el saturado con el mal vino del cabaré— dejó de alegrarse cuando tu voz clara sonaba incomparablemente bajo tu cabello rubio. Cabello de un rubio alsaciano. Rubio germánico, agraciado, embellecido por el sol de Mediodía.
 Fui tu amigo en la hora esplendorosa del triunfo, cuando miles de pesos rodaban a tus pies y cuando las luces de cabaré parecían encendidas para adularte. Fui tu amigo en los días de tu tango mal bailado, encanto de bailarines; cuando por tu capricho, la orquesta —orquesta crujiente de la edad del shymmy— durante una noche entera tocó solamente valses anticuados, valses llenos de suspiros y de saludos. Fui tu amigo en esas noches: el mantel de tu mesita de cabaré, debía, antes de ser tendido para que lo mancharas con champaña al hielo, ser macerado con perfume de musgo. A la muchacha le envanecía regalarte profusamente la suave esencia. Hasta Marieta, la italiana vendedora de niñas y flores, se complacía en obsequiarte los jazmines más blancos, las violetas más frescas, las más pomposas rosas, los claveles más lindos. Hasta Marieta, avara y trajinadora sintió que en su embrutecido corazón florecía tu belleza. 
 Fui tu amigo en esos días y te hizo gracia mi aburrimiento sistemático, en medio del bullicio del cabaré. Te reías como una loca ante mi seriedad de suramericano indígena, ante mi analfabetismo coreográfico —analfabetos modernos son quienes no saben bailar, ha dicho Pitigrilli— y ante mi indiferencia por quienes nos rodeaban.
 Tu gloria se apagó en el cabaré, no porque hubiera mujeres más bonitas que tú. No las hubo. Tu gloria se apagó porque en el cabaré las glorias aburren. ¡Te acuerdas de aquel café de la Avenida Mayo, de aquel café donde Santiago Rusiñol —te expliqué su fama—se hastiaba, solo y triste, en un rincón, saboreando su copita de anís? Rusiñol tuvo quince días de gloria en Buenos Aires. Después, su compañero fue el anís. Tu brillaste seis meses. Como que valías mucho más que Rusiñol. Luego, y hasta tu muerte solo tuviste un compañero.
 No supiste soportar la vida oscura. Conocías tu belleza y sabías que, en nombre de ella, te era debida tu celebridad. Cuando tu estrella empezó a apagarse, estabas más bonita que nunca. La niña aldeana de la primera hora; la niña robusta, fresca y sana que llegó a Buenos Aires una tarde brumosa y húmeda, había sido reemplazada por una criatura lánguida y frágil. En vez de las rosas vibrantes, en tus mejillas floreció el nácar mortecino. Tu boca perdió el optimismo escolar de dos años antes; pero ganó en elegancia nerviosa, en comprensión de la vida y en exquisitez sentimental. Tu voz no poseía la metalicidad cristalina del día de tu llegada; pero sonaba con ternura opaca y acariciadora. Parecías más alta y estabas más esbelta porque el ejercicio del amor te dio silueta y paso, cadencia y línea, movimiento y ritmo.
 El solo espectáculo de tu belleza no te consolaba. Te negaste a seguir traficando con ella y —buena aldeana de Europa— con tus ahorros y con la corta fortuna —un escritor no es un millonario— de aquel que te amo tanto, quisiste organizar una vida familiar apacible; pero las mujeres hermosas y los hombres de genio, son incapaces de esa vida. El cabaré te llamo de nuevo.
 Habíamos vivido un año de amor. Un año bajo el auxilio de Eros. En tan dulce tiempo, hice las dos únicas cosas que deseo en la vida: amar y leer. Y en las treguas lánguidas, en esos instantes en que parece que algo o alguien nos ha hecho el vacío en el cerebelo, contarte largas historias inverosímiles o recitarte versos galantes, explicándotelos palabra por palabra. Cierta vez comprendiste unos versos de Rubén Darío. Tu sagacidad prodigiosa te hizo pronunciar el nombre magistral: Verlaine. Te enamoraste del vizconde rubio de los desafíos y te estremeciste —oh, Marcela, católica, europea como Isabel de Hungría— ante la idea de una amor sacrílego con el abate joven de los madrigales.
 El cabaré te llamó de nuevo. La tristeza te era insoportable. El cabaré te recibió en los brazos gélidos, albos y mortales de la cocaína. La tristeza te llevó, en sus manos palúdicas, la cajita de plata y la diminuta espátula de marfil. Y tu graciosa naricilla respingada, tu nariz tan meridional, conoció la caricia anesteciante del poderoso y mirífico polvillo blanco. Por tus encías frescas como las rosas, fragantes como los duraznos, rosadas como las ciruelas de  Japón, el alcaloide pasó adormecedor y fulminante.
 Y así como fuiste frenética en lujo y frenética en el amor, fuiste frenética en la coca. Tu cuerpo, en el que no había ni un milímetro insensible, tembló férvido bajo la acción del clorhidrato exaltador. Tu instinto de voluptuosidad tan seguro e infalible —siempre supiste qué órgano debías poner y en dónde debías ponerlo— se aguzó hasta la maravilla. Habías centuplicado tu capacidad de gozar y atomizado tu capacidad de vivir.
Mi egoísmo pensó en cancelar nuestro amor. Pero vi la canallada y no quise dejarte sin compañero. La cocaína te mató en seis meses. Fueron los seis meses gloriosos en año y medio de pasión. En tu belleza no se alteró ni una línea. La cocaína te devoró por dentro. Te comió el hígado, te hizo saltar el corazón, te desquició los riñones. Pero la tragedia visceral no tuvo tiempo de traducirse en tu cuerpo y en tu rostro. Fuiste bella hasta el instante mismo de desaparecer. Te ahogaste suavemente en un dísnea digna del minuto supremo, en una dísnea que Afrodita, de no ser inmortal, desearía para morir.
 Tus ojos, agrandados, eran más verdes que tu esperanza de vida y amor.
No pude ni supe impedir que tomaras coca. Entendí que ese era tu destino. Tu risa alegre me convenció siempre. Nunca logré ni una frase severa o un juicio indignado para morigerarte.  Fuíste perfectamente bella, porque fuiste perfectamente alegre. Ni tú ni yo éramos sentimentales y el romanticismo nos hacía cosquillas. Por eso lo usábamos con prudencia y sabiduría. 
 También la muerte fue galante contigo: llegó despacio, con pantuflas de confidente terciopelo; te abrazó con suave perfidia, te sedujo y te besó engañándote; y , al fin, se apoderó de ti como en un rapto seductor. Eran las seis de una mañana de primavera; la hora de salir del cabaré ; la hora gris, rosa y azul: la hora de las ojeras y del último taxímetro. El instante de morir debió parecerte un instante de sumo deleite.
 Tu córnea se azuló en grado celeste, se depuró tu perfil, se quintaesenciaron tus manos; tu boca readquirió la gracia cándida del día en que saliste de Europa. Pediste un espejo. Te contemplaste con mimo. Y el abismo perdurable te abrió sus puertas. Con un espejo en la mano, entraste a la Eternidad.
 De todo esto, oh Marcela sin par entre todas las mujeres, no hace sino un año. Un año hace apenas que tu cadáver y yo, solos, fuimos al cementerio. Volví sin compañía.
Gracias a tu muerte he encontrado mi destino, mi único destino: errar buscando tu imagen; caminar con la esperanza de encontrarte de nuevo. Nuestro amor, tan humano, tan profundo, tan libre de reservas, tan lleno de misterios; nuestro amor. Marcela, bien vale dos vidas. Porque fue un amor de dos seres de carne y hueso, que, en un minuto sin definición, comprendieron que la vida se ha hecho para amar.
 Sé que no te veré nunca. Y, sin embargo, Marcela, no me atrevo a decirte adiós.  

Este hermoso texto se halla en el libro «Prosas de la luna y del mar» de Federico More, impreso en los Talleres Gráficos de la Empresa Editora Peruana, en Lima el año 1941. El libro fue reeditado en el 1er Festival del Libro Sur - Peruano el año 1958 gracias a la labor de Luis Nieto. 

Foto: Cartel de la revista del escritor alemán y director de cine Franz Wolfgang Koebner.
  

miércoles, 29 de mayo de 2019

FRANZ KAFKA: «Un mensaje imperial»




El Emperador, tal va una parábola, te ha mandado, humilde sujeto, que eres la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje: el Emperador desde su lecho de muerte te ha mandado un mensaje para ti únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado que está correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte —toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio— ante todos ellos él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca en su viaje; es un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio —pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder—, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimentos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas te sientas tras la ventana, al caer la noche, y te lo imaginas, en sueños.
Foto: Franz Kafka y su hermana, Ottla.

miércoles, 24 de abril de 2019

LAYLA MARTÍNEZ: «Las canciones de los durmientes»




EL FUNCIONARIO DE LAS MANOS DIMINUTAS 


Después de casarse con la muchacha que llevaba un escarabajo atado a la muñeca derecha, —señal inequívoca de haber conocido las inyecciones de cloro o de haber gritado azul azul azul escondida debajo de la cama o de haber escupido a los mendigos que pronuncian palabras incoherentes—, el funcionario de manos diminutas fue trasladado a un sótano dedicado a la inspección de plagas. Allí pensó que sus pequeños dedos podían ser de utilidad, pero pronto se dio cuenta de que los insectos son demasiado parecidos a los ángeles de alas membranosas que persiguen a las muchachas. Que las persiguen y las atan a los pararrayos y rezan durante días hasta que llega una tormenta y las ven explotar en miles de destellos blancos. Rezaban tanto que les salía polen de las rodillas y sus huesos se volvían frágiles y brillantes como el papel de aluminio. Por eso las tribus hermafroditas que acechaban entre los arbustos les adoraban, porque adoraban todo lo que pudiese brillar o dormir cómodamente entre las llamas. 

Antes de la colocación de los pararrayos, los ángeles de alas membranosas habían atado a las muchachas a las vías del tren y antes de eso a postes bajo los que encendían hogueras. Pero luego se descubrió que los trenes provocaban dolores inimaginables a los fabricantes de ataúdes yugoslavos, por lo que fueron sustituidos por pararrayos dorados. Una pararrayos en cada tejado, se dijo entonces, pero ni siquiera eso evitó el dolor de los fabricantes de ataúdes, que en realidad era producido por un trabajo demasiado minucioso. El funcionario de manos diminutas lo sabía, pero no lo dijo, porque así los ángeles tenían con qué divertirse. Los funcionarios no habían estado nunca en la cima de la cadena alimenticia. Los insectos sí. Los ángeles también. 

Los gritos de las muchachas atadas en los tejados eran molestos como la pureza de la raza o los charcos de estambres, pero nadie se atrevía a quitar los pararrayos ni a negar las teorías hipnóticas de los boy scouts. Por eso los ángeles de rodillas supurantes seguían corriendo por los tejados hasta que llegaba una tormenta o morían atrapados en los cables del telégrafo. Cuando esto sucedía, las tribus hermafroditas salían de sus madrigueras y se llevaban los cuerpos de los ángeles envueltos en papel de aluminio. Después los adoraban hasta la putrefacción. 

Los ángeles de alas membranosas no se habían convertido en una plaga debido a su incapacidad para reproducirse, pero la proliferación de pararrayos los había vuelto obsesivos en sus conductas antropófagas. Obsesivos como los abrillantadores de botines o como los cencerros que colgaban de los tobillos de lo suicidas. Sin embargo, los ángeles guardaban cierta semejanza con los gatos, sobre todo en lo frágil de sus huesos y en lo áspero de su pequeña lengua maliciosa. Por eso, cuando llegó la epidemia de leucemia que afectaba a los gatos, los ángeles también enfermaron. Murieron como insectos enormes y repulsivos, y pronto fueron envueltos en papel de aluminio por las tribus hermafroditas. 

El funcionario de manos diminutas recibió la noticia con indiferencia, pero al menos su esposa ya no gritaría de terror al ver un agujero en el tejado o al escuchar el aleteo de una libélula. Ahora podía concentrarse de nuevo en su trabajo. La primera plaga que detectó fue la de enterradores. Aplicó con severidad la estrangulación, pero pronto se dio cuenta de que sus medidas había producido otra plaga de cadáveres, y todo el mundo sabe que las plagas de cadáveres son peores que las de enterradores. Al menos a los enterradores no se les oye gemir en lenguas extrañas ni castañear los dientes constantemente. Las plagas de cadáveres no pueden ser eliminadas, así que pronto se acostumbraron a convivir con los muertos. A escuchar sus murmullos y verles buscar sus cabellos enterrados debajo de la nieve y observar sus pasos vacilantes en la oscuridad del bosque. Vacilantes como los escritores ciegos vestidos por sus madres o los ancianos que dejan crecer sus cabellos y los arrastran por el suelo y los guardan en los cajones de su mesilla de noche. 

Después de aquello, el funcionario de manos diminutas fue trasladado de sótano. Su nueva tarea consistía en alimentar a las muchachas que vivían en el fondo de los pozos, pero solo tenía que acudir al trabajo los días de viento. El resto de los días masticaba las bayas del enebro o gritaba amarillo amarillo amarillo hasta caer exhausto. Por eso fue el primero en notar la presencia de los tentáculos que pudrían los jardines. Por eso se lo contó a su mujer, que le contestó con palabras incoherentes afligida por el peso del escarabajo que colgaba de su muñeca, que engordaba cada día. Por eso escribió diminutas anotaciones en papel milimetrado con sus diminutos dedos, pero habló de ello con nadie más. Temía los agujeros en el techo y las costumbres antropófagas, pero las plantas no corrían por el tejado ni rezaban durante días para que llegasen las tormentas. 



LA MUCHACHA CON EL ESCARABAJO ATADO A LA MUÑECA 


La muchacha que llevaba un escarabajo atado a la muñeca no había sido la responsable de que las polillas hubiesen muerto de tristeza encerradas en frascos de cristal 

ni de que los enfermos de lepra arrojasen piedras a los enterradores 
ni de la costumbre de los muertos de murmurar en la tumba los días de tormenta 
ni de la excesiva producción de polen de las adormideras 
ni de la domesticación de las babosas en medio del invierno 
ni de las ideas de suicidio que crecían en la cabeza de las enfermeras. 

Sin embargo, las instituciones estatales responsables de la extensión de la tristeza habían decidido castigarla con inyecciones de cloro para que a partir de entonces tuviese que llevar un escarabajo atado a la muñeca. 

El escarabajo era pequeño e insomne como una comadreja, pero a diferencia de éstas, era incapaz de dar leche o de roer los cordones de los ahorcados. En cambio, resultó útil para predecir la floración de la angélica, porque media hora antes del momento señalado, era presa de unas extrañas fiebres que le brotaban por el cuerpo como una enredadera. También resultó útil para avisar de la proximidad de una decapitación, pero la falta de afilación de las cuchillas las volvió predecibles como las aureolas fracturadas de los ciervos o los setenta y cuatro nombres que reciben los huesos internos del oído. 

Al principio, la muchacha apenas notó la existencia del escarabajo, porque la cuerda que los unía era larga como los hilos que se desprenden del verano o los cabellos de las monjas que viven entre la maleza. Sin embargo, pronto llegó el invierno, y el escarabajo no pudo seguir alimentándose de la leche que cae de los laureles, así que empezó a masticar la cuerda que lo unía con la muchacha. Poco a poco la cuerda fue haciéndose más corta, hasta que solo lo separaba un palmo de la muñeca de ella. La excesiva ingesta de cuerda le había hecho crecer hasta alcanzar el tamaño de las manos de los cristos portugueses, que, como todo el mundo sabe, tienen derecho a estrangular a los agonizantes desde que la ciudad de Lisboa fue asolada por una plaga de libélulas el diecisiete de abril de 1703. 

Cuando no quedó cuerda, el escarabajo empezó a morder la mano de la muchacha. 



EL FABRICANTE DE ATAÚDES YUGOSLAVO 


Los fabricantes de ataúdes yugoslavos se habían especializado en tallas pequeñas con la epidemia de fiebre del heno del veintidós de marzo de 1897. La fiebre del heno es una enfermedad cruel, como todas las que son producidas por pequeños parásitos que anidan debajo de la piel. Ataca sobre todo a los tejidos blandos y suaves de los niños, más propensos a los coágulos y a las secreciones lácteas. Las madres escondían a sus hijos debajo de las camas para que los sudores helados no pudiesen encontrarlos, pero las esporas de la fiebre se cuelan por los huecos de las puertas, como el agua oscura de los pozos o las membranas del interior de los oídos. 

Cuando dejaban de respirar, los niños eran abandonados en la calle, donde los limpiadores de botines podían hacer su trabajo sin ser molestados. Las autoridades estatales habían prohibido enterrar a los niños por la utilidad de sus pequeños huesos para fabricar peines, pero el fabricante de ataúdes era sensible a los procesos de fermentación. Por eso, cuando caía la niebla, los metía en sacos y los llevaba al bosque. Allí les tomaba las medidas y les construía ataúdes con ramas y cortezas, como pequeños nidos subterráneos. Después, les arrancaba los botones del abrigo, con los que fabricaban anillos de latón que vendían a los cocheros búlgaros a cambio de agujas y cordones nuevos para los zapatos. Cuando habían arrancado todos los botones, los enterraban lo más profundo que podía, para que los funcionarios de manos diminutas no pudiesen encontrarlos y arrastrarlos de nuevo a la ciudad. En los lugares en que habían sido enterrados, la maleza era densa como el polen de las hortensias y emitía gemidos crueles al llegar el verano. 



EL ENTERRADOR 


Los enterradores se amarran con correas para dormir y conocen la duración exacta de los procesos de descomposición, pero nadie escucha sus voces a causa del invierno, que les hiela los dientes y los pone melancólicos como a las liebres. La carne de las liebres es melancólica, por eso los que la comen acaban arrodillándose para rezar por la llegada de un santo que afile las guillotinas. Un santo de dientes cortantes y piel brillante como el sudor de los tuberculosos o la saliva de las enfermeras. 

El enterrador también rezaba a los santos caníbales, pero sus oraciones eran extrañas y confusas como el lenguaje de los insectos. El enterrador hablaba el lenguaje de los insectos por culpa de su madre, que se había alimentado de alas de libélulas durante el embarazo. Las alas de las libélulas se pegaban al paladar, por eso el niño había nacido raquítico como las crías de las comadrejas y tenía la lengua azul como el vino del enebro. Por eso sus ojos brillaban por la noche como la sangre iridiscente de las enredaderas o como la piel de los ciervos que se ahogaban en los estanques. 

Los santos de dientes cortantes eran salvajes como las monjas que vivían en los bosques y enredaban su pelo en la maleza, por eso el enterrador los temía como se teme a las plagas de langostas, y murmuraba oraciones constantemente. Las oraciones alejaban las fiebres, pero no aplacaban a los santos, así que el enterrador debía escarbar entre la nieve con sus propias manos. Cuando encontraba a una de las muchachas que dormía con los ojos abiertos bajo la escarcha, la arrastraba por los tobillos hasta lo profundo del bosque y la abandonaba para que los santos pudiesen alimentarse. 

Era tal el terror que el enterrador sentía de aquellos dientes diminutos y afilados, que nunca cerraba los ojos. Por eso sus pupilas se habían vuelto blancas como el polen que gotea de las larvas de los insectos. Por eso no dormía nunca, y por las noches caminaba entre las tumbas cantando canciones que hacían sangrar los oídos de los muertos. Cuando había luna, recogía el polen de la adormidera, que luego vendía a las monjas que vivían entre la maleza a cambio de un puñado de agujas o de algo de yesca para incendiar las comisarías los días de viento. 

A veces vendía el polen de la adormidera al funcionario de manos diminutas, al que veía frecuentemente debido a sus numerosos parientes muertos, todos ellos fallecidos a la edad de treinta y cinco años a causa de sucesivos y violentos brotes de sífilis. El funcionario de manos diminutas usaba la adormidera para envenenar poco a poco al escarabajo que devoraba el brazo de su esposa, pero ella estaba cada vez más pálida y ojerosa y el escarabajo más gordo y brillante. El único bien que poseía el funcionario de manos diminutas era un periódico que leía antes de acostarse desde hace ciento veintisiete años, así que el intercambio fue beneficioso para ambos. Con la excepción de la envenenadora, todos pensaban que el plan del funcionario era bueno, porque es sabido que ningún escarabajo puede alcanzar el tamaño de una cabra sin morir antes a causa del esfuerzo, como es sabido que tampoco pueden alcanzar el tamaño de un físico que se ahoga en un río ni el de un preso que arrastra sus propios grillos ni el de una muchacha torturada por un ángel, como es sabido que tampoco pueden llorar durante quince años ni llorar los colores que se caen del cerebro de las mariposas ni llorar sobre las casas de los ahorcados, como es sabido que tampoco pueden practicar vivisecciones sin morir de agotamiento. 

La envenenadora, en cambio, conocía las patas cortas de la muerte, pero el funcionario ya no poseía ningún periódico que poder intercambiar por uno de sus venenos. La muchacha murió al cabo de unos días, dos horas y treinta y siete minutos antes de que el escarabajo alcanzase el tamaño de una cabra a causa de la ingesta de hueso y polen de adormidera. El enterrador y el fabricante de ataúdes yugoslavo se alegraron de la noticia, porque las tumbas para insectos eran caras y aquel invierno apenas habían tenido trabajo. 



LA VENDEDORA DE LÁMPARAS 


La vendedora de lámparas tenía las manos frías desde que los poetas mejicanos habían sido decapitados por violar la ley que prohibía poseer tratados de botánica. Los poetas mejicanos despreciaban la agricultura como se desprecia el alcohol que supuran las amapolas, pero se negaban a renunciar a cualquier forma de clasificación. El funcionario de manos diminutas se vio obligado a considerarlos una plaga, y, como todo el mundo sabe, afilar las guillotinas es la única forma de acabar con las fiebres violentas de la peste y con las plagas de poetas mejicanos. Las cabezas había rodado por el suelo entre alaridos vegetales, y la vendedora de lámparas se había visto obligada a guardarlas en sus respectivas cestas. Desde aquel día el frío se le quedó metido en los huesos como la escarcha del invierno, y comenzó a tener miedo de la oscuridad como se tiene miedo de las monedas que se colocan bajo la lengua de los muertos para que no les castañeen los dientes al ser enterrados. Al día siguiente, empezó a arrastrar por los caminos un carro lleno de lámparas para evitar que la oscuridad lo inundase todo, como sucede con los alaridos de los ancianos que se pierden en el bosque o con la ceniza que cae del cielo los días de tormenta. Las lámparas le calentaban las manos y la alejaban del lecho blando de la locura, así que la muchacha comenzó a dormir debajo del carro y a trenzarse el pelo con los cabellos que crecían al borde de los caminos. 

Durante un tiempo llevó también con ella los cestos con las cabezas de los poetas mejicanos, pero pronto los alaridos se hicieron insoportables y las abandonó bajo un rosal, donde el enterrador no pudiese encontrarlas. Cuando llegó el tiempo de las heladas rojas, los caminantes que se perdían en la maleza comenzaron a rogarle que les vendiese una lámpara, y la muchacha lo hizo, porque es sabido que los lamentos de los caminantes perdidos atraen las tormentas y provocan el parto de las jóvenes campesinas fecundadas por los estambres silenciosos de las flores. Sin embargo, para que alejasen el frío y la oscuridad debía haber siempre el mismo número de lámparas, así que cada tarde, antes de que oscureciese, la muchacha arrastraba el carro hasta la casa del anciano que las cultivaba. Antes de aquello, el anciano había cultivado papel de aluminio, pero el brillo que desprendía cuando le daba el sol atraía las plagas de langostas y de ángeles de alas membranosas. 

Y todo el mundo sabe que los ángeles y las langostas son crueles y se encuentran en la cima de la cadena alimenticia, como los novios ciegos o las babosas amaestradas. 

El anciano cambiaba las lámparas por mechones de cabello de la muchacha, que guardaba hasta que llegaba la niebla o hasta que los pájaros del verano aparecían con las patas manchadas de sangre. Los ancianos entran en la muerte con las manos amputadas por el peso de los candiles, así que cuando el fabricante de lámparas comió de las manos de la envenenadora, dejó de poder ocuparse de su labor. Desde entonces, la muchacha recorre los bosques buscando a los caminantes a los que vendió sus lámparas, pero el lecho de la locura es blando y los lechos de cabellos son confortables. 



LA ENVENENADORA 


La envenenadora tenía los dedos largos y delgados como las noches de los insomnes o como los cordones de las botas de los suicidas. Los suicidas son obligados a arrastrar decenas de cencerros atados a sus botas, de ahí que los médicos practiquen sangrías a los melancólicos que acarician sogas cuando cae la noche. Después de las sangrías, los melancólicos olvidan las sogas y acuden a los entierros, donde lloran tristemente por la muerte del cochero búlgaro que murió por la picadura de una abeja y por la enfermera fallecida tras los atentados celestes. 

La envenenadora había aprendido su oficio vagando entre la maleza, donde encontró las cabezas de los poetas mejicanos guardadas en sus cestas. Arrastró las cestas hasta su casa y colocó las cabezas en la repisa de la chimenea para que no tuviesen frío ni echasen de menos los incendios. 

Como todo el mundo sabe, los poetas mejicanos conocen todos los venenos, incluida la leche dulce que se desprende de las raíces de la angélica y el aroma de los tejos, cuyo veneno es tan violento que los pájaros caen muertos cuando lo sobrevuelan. 

Incluido el alcohol de la amapola, que vuelve sanguinarios a los boy scouts y hace que las novias vestidas de blanco pierdan las uñas y los cabellos. 

Cada noche, las cabezas de los poetas mejicanos susurraban un veneno distinto a la muchacha, y ella lo apuntaba cuidadosamente en un cuaderno. A cambio, ellas les daba un plato de leche y les peinaba los cabellos cuando había visita. Una vez que las cabezas de los poetas mejicanos acabaron de susurrarle todos los venenos que conocían, ciento setenta y cinco días después de que las encontrase escondidas debajo de un rosal, la muchacha cogió las cabezas y las arrojó al fuego de la chimenea. 


Layla Martínez, (Madrid, 1987): Es licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y graduada en Sexología por la Universidad de Alcalá de Henares. Trabaja como sexóloga en un centro social de Madrid y colabora habitualmente en distintas publicaciones, como Diagonal o Culturamas. Sus artículos sobre las interrelaciones entre el control social y las distintas manifestaciones de la sexualidad han aparecido en revistas como Estudios (2012 y 2013). Su primer poemario, titulado El libro de la crueldad, fue publicado en 2012 por LVR ediciones. En 2015 editó Las canciones de los durmientes con La Garúa Editores.

domingo, 21 de abril de 2019

dos poemas: MARITZA MEJÍA COPAJA




S o l o s i 


Si- un hondo deseo se ha nutrido de los ríos internos 

roído el sedimento 
 oído sus pasos por las grietas 
y a su bien, fragmentado la gran roca 

es grande porque lo ha movido todo 
un eco inmenso desde la tierra 
mineralia en mi sangre 

-fuera otra la situación y no ésta 

camino como un pez subterráneo camina 
sin saber dónde estará mañana 
pero los que me conocen saben: 

cuándo entenderás que pensar en caminar 
no es caminar que el decir se va y el hacer difiere de él con furia 
que los sueños existen siempre lejos de nosotros 

es que en los sueños vuelo y solo vuelo 

mañana caerá la cascada con los cantos de otros 
 dejando su peso incómodo sobre mis alas
 y caminaré        deambularé incesante en mi pajarera 
                           con el cronómetro en la frente 
                      y los huesos huecos 

por si QUIERO me tengo que ir.




G é n e s i s 


lobregoabrazodeuncorazónvacuno 
abrigomansodelasgrandesbestias 
auxilioslunaresevitannochesnegras 


la severidad interna debería dejarnos en paz 

cuando ya sea suficiente 
cuando ya sean otras las respiraciones 
y ensanchen tu pecho tanto como si fueran tuyas 

vacunocorazóndeunabrazolobrego 

lasbestiasgrandesdeabrigomanso 
negrasnochesevitanauxilioslunares 

así sea


Maritza Mejía Copaja es una poeta tacneña residente en Arequipa. Es arquitecta de profesión.


Pintura: «Ab Eo Quod», (1955) de Leonora Carrington